Entro en el dormitorio tras una ducha fresca y sacudo la cabeza al ver a
Pedro tumbado boca arriba en medio de la cama, vestido sólo con unos
bóxeres blancos ajustados y dejando patente con la expresión que no le
hace gracia que salga. Me siento delante del espejo de cuerpo entero y
empiezo a secarme el pelo. Nos hemos pasado todo el día trasladando la
montaña de ropa y accesorios al piso de arriba. Ahora tengo mi propio lado
en el inmenso armario vestidor, y también tenía a un hombre muy feliz,
hasta que he empezado a prepararme para mi noche de fiesta con Kate. El
buen humor no le ha durado mucho, pero Tom y Victoria van a salir con
nosotras también, y tengo muchas cosas que contarle a Kate, así que estoy
deseando que llegue la hora, y Pedro va a tener que aprender a
compartirme.
Termino de secarme el pelo, apago el secador y oigo un montón de
resoplidos y bufidos provenientes de la cama. Se está comportando como
un crío, así que no hago caso y me dirijo al cuarto de baño para ponerme
crema y maquillarme. Cuando me estoy aplicando la máscara de pestañas,
entra como si tal cosa y se tumba sobre el diván dejando escapar un
dramático suspiro. Reclina con descaro su cuerpo definido y cruza los
brazos por detrás de la cabeza, lo que acentúa todavía más los magníficos
músculos de su cuerpo. Intento hacer como que no está, pero ver cómo se
pasea con unos bóxeres blancos ajustados de Armani es algo difícil de
ignorar. Lo está haciendo adrede.
Salgo corriendo del baño para ponerme la ropa interior y vestirme.
Eso podría llevarme un tiempo, sobre todo bajo la mirada crítica de Pedro,
pero todavía no he llegado a mi recién asignado cajón de la ropa interior
cuando me agarra y me tira sobre la cama, sin la toalla. Debería haberlo
imaginado; va a placarme para marcarme y no me dejará salir hasta que su
esencia esté por todo mi cuerpo. Ya ha hecho esto antes.
Me pone de rodillas con las piernas separadas y me agarra de la
cintura.
—No te vas a correr —gruñe. Acerca los dedos a mi sexo y empieza a
moverlos para prepararme.
La repentina invasión me obliga a hundir la cara en la ropa de cama
para amortiguar el grito. Va a dejarme al borde del orgasmo otra vez, lo sé.
—Esto es para mi propio beneficio, no para el tuyo —asegura entre
dientes.
Empieza a trazar círculos alrededor de mi ano y yo gimo de
desolación contra la cama. Esto es una auténtica tortura. Sabe
perfectamente lo que se hace. Mi cuerpo entero se tensa ante su tacto.
—Relájate, Paula. No quiero hacerte daño. —Me mete los dedos y, por
acto reflejo, mis músculos se tensan para evitar su invasión.
Lanzo un grito.
—¡Relájate! —chilla, y yo espero que mi cuerpo lo obedezca, pero no
lo hace. Se resiste ante el hecho inevitable de que Pedro parará antes de que
estalle. No quiero salir esta noche con una presión insoportable entre las
piernas. Quiero estar saciada y relajada, y él puede hacer que lo esté. ¡El
puto culo! Siento que se coloca en la entrada.
Me quejo.
—Maldita sea, Paula —dice con exasperación—. Deja de resistirte.
—Vas a dejarme a medias, ¿verdad? No vas a dejar que acabe —
jadeo, desesperada.
—Eso pretendo, nena. —Me da una palmada en el trasero—.
¡Relájate!
—¡No puedo! —Una oleada de dolor se extiende por mi cuerpo a
causa del rápido manotazo. Él grita de frustración ante mi inconformidad y
acerca la mano a mi vulva para acariciarme con los dedos.
—¡Ahhhhh!
Me relajo al instante. El tacto de sus dedos hace estallar todos mis
sentidos y me obliga a echarme hacia adelante. Está pulsando el botón con
el que tiene contacto directo. Me ahogo en una oleada de inmenso placer y
empiezo a acercarme a un intenso clímax a toda velocidad. Intento retener
su mano, pero aparta los dedos.
—¡No! —grito de pura frustración.
—Sí.
Vuelve a meterme los dedos y a rozarme con el pulgar la punta del
clítoris, obligándome a empujar hacia atrás en un intento desesperado de
obtener más fricción. Vuelve a sacarlos y extiende toda mi humedad por la
raja de mi trasero.
—¡No, Pedro! —Siento cómo su firme polla empuja contra el orificio
—. ¡Por favor!
—Sabes que te encanta, Paula. —Empuja y me penetra a un ritmo lento
y controlado—. ¡JODER!
Quiero gritar de rabia y de frustración, pero eso no evita que empuje
hacia atrás para recibirlo hasta el final. Sé que no voy a correrme, pero no
lo puedo evitar.
Pedro jadea, me agarra de la cintura y se clava muy adentro en mi
interior dejándome sin respiración.
—¡Joder! —grito cuando me llena por completo. Empuja hacia
adelante y constato que piensa cumplir su palabra.
—Joder, Paula —jadea—. Me encanta estar dentro de ti, nena. —
Empuja más aún y deja escapar un largo gemido mientras yo me concentro
en controlar mi respiración entrecortada—. Cógete a la cabecera.
Respiro hondo y levanto los brazos para agarrarme a una de las barras
de madera. Suelto un alarido. El cambio de posición permite que me
penetre más profundamente. Se queda quieto mientras sigo sus órdenes y
me acaricia la espalda con suavidad. Los fuegos artificiales que amenazan
con estallar en mi sexo comienzan a tornarse dolorosos.
—¿Estás bien cogida?
—¡Sí! —respondo secamente, con lo que me gano una nueva palmada
en el trasero.
Voy a gritar de frustración, y eso que ni siquiera ha terminado
conmigo. ¿Por qué coño no detengo esto?
Oigo que contiene la respiración y empieza a salir. La presión
disminuye ligeramente, pero entonces me empuja hacia adelante y vuelve a
hundirse en mí con una potente estocada. Grito de nuevo.
—¡Agárrate bien, Paula! —Repite el delicioso movimiento y yo tenso
las manos y apoyo la frente sobre mi antebrazo.
—¡Por favor, Pedro! —le ruego.
—Te gusta, ¿verdad? —pregunta con voz lujuriosa y sedienta.
—Sí.
—Te gusta que folle con fuerza, ¿verdad, Paula?
—¡Sí!
—Sí, sé que te gusta.
Levanta las manos de mis caderas y me agarra de los hombros antes
de embestirme de nuevo una y otra y otra vez, gritando de placer con cada
arremetida. Entonces baja la mano hasta mi sexo y acaricia mi tembloroso
clítoris con los dedos.
Yo grito, clavo los dientes en mi brazo de desesperación y la cabeza
empieza a darme vueltas con una mezcla de placer infinito y de dolorosas
puñaladas. Siento que estoy cerca del clímax y, en un furioso intento de
conseguirlo, empujo hacia atrás contra él con incesantes movimientos.
—De eso, nada —ruge. Aparta los dedos y saca la polla de mi culo.
Grito de rabia y él me quita las manos de la cabecera, me da la vuelta
y me tumba sobre la cama. Se sube a horcajadas sobre mi estómago, me
atrapa los brazos a ambos lados del cuerpo con las rodillas y empieza a
frotarse la verga con la mano arriba y abajo. No quiero mirar.
—¡Abre los ojos, Paula! —grita, y me agarra de la cadera, provocando
que deje escapar un grito y que me retuerza debajo de él.
—¡Eres un cabrón! —le digo mientras le lanzo la peor de mis miradas
—. ¡Pienso cogerme el pedo del siglo esta noche!
—No lo harás.
Continúa masturbándose encima de mí mientras miro, con los ojos
oscuros y cargados de excitación. Los músculos de su cuello empiezan a
tensarse. Aprieto los labios. ¡No pienso abrir la boca!
Se inclina hacia adelante, se agarra con la mano libre a la cama y se
corre sobre mis pechos con un alarido que resuena por toda la habitación.
Jadea encima de mí y decelera sus movimientos mientras yo me retuerzo
en vano. Me ha cubierto las tetas con su semen de advertencia, llevo el
pelo revuelto, probablemente tenga que volver a maquillarme, y estoy a
punto de estallar por la inmensa presión que siento entre las piernas. No
me siento en absoluto contenta.
—¿Quieres correrte? —pregunta mirándome a los ojos con la frente
repleta de sudor.
—¡Voy a salir! —ladro para dejar claro que no pienso volver a
negociar sobre eso. ¡Ni hablar!
—Eres muy testaruda. —Se agacha y me pasa la palma de la mano por
todo el pecho, extendiendo su esencia por cada milímetro de mi torso—.
Mi misión aquí ha terminado —dice con una media sonrisa antes de
inclinarse y pegar los labios a los míos.
Abro la boca de manera involuntaria y acepto los ansiosos lametones
de su lengua, gimiendo y suplicando más, pero entonces se retira y yo
sacudo la cabeza de un lado a otro y me pongo boca abajo. Se echa a reír y
me da una palmada en el culo antes de levantarse de la cama.
—No te duches.
—¡No me da tiempo! —le grito a la espalda mientras se recoloca los
calzoncillos.
Grito y me revuelvo en la cama durante unos instantes. No sé qué voy
a conseguir con eso, aparte de despeinarme y lograr que se me corra todo el
maquillaje. No puedo creer lo que acaba de hacer. Pero ¿qué digo? Claro
que puedo creerlo. Este tío es irracional e imposible.
¡En fin! Salto de la cama y me dispongo a arreglarme. Mis rizos
secados al aire se han transformado en una maraña morena y tengo las
mejillas sonrojadas. Cualquiera diría que acabo de echar un polvo, lo que
es irónico, porque no ha sido así. Al menos no en el sentido más
satisfactorio. Aprieto los muslos, gruño y cojo una toalla pequeña para
secarme los restos de Pedro del pecho. Es imposible limpiar el inmenso
chupetón que me ha hecho antes en la teta. No podré ponerme nada
escotado esta noche, y no sólo por esa mancha roja.
¡Maldito controlador!
Vuelvo a maquillarme, me visto y bajo la escalera con todo el sigilo
de que soy capaz. Pienso dirigirme directamente a la puerta y, con un poco
de suerte, tardará un rato en darse cuenta de que me he ido. Inspecciono el
espacio diáfano del ático y no lo veo, así que me acerco de puntillas a la
cocina y asomo la cabeza por el pasillo. ¿Dónde está?
—¡Ni de coña vas a salir con eso puesto!
Mis piernas ponen de inmediato la quinta marcha al oír su alarido y
corro hacia la puerta. Doy un portazo al salir para entorpecer su
persecución y rezo para que el ascensor esté abierto. Doy gracias a todos
los santos, entro y pulso el código inmediatamente. Las puertas se cierran
justo cuando veo el rostro furioso de Pedro a través de la minúscula rendija.
Lo saludo con descaro y me vuelvo para mirarme al espejo.
Vale, el vestido gris de Chloé es bastante provocativo, pero me hace
unas piernas fantásticas, aunque esté feo que yo lo diga. Él se lo ha
buscado.
La puerta del ascensor se abre y atravieso a gran velocidad el
vestíbulo con el suelo de mármol mientras busco las llaves en mi bolso.
Necesita ponerse algo de ropa y esperar a que el ascensor vuelva a subir
hasta el ático, así que tengo tiempo.
—¡Hola, Clive! —canturreo mientras paso por delante de él y salgo
del edificio. Pulso el botón en el mando del coche y corro por el
aparcamiento.
Lo oigo antes de verlo. Me vuelvo y veo cómo sale corriendo del
vestíbulo del Lusso con cara de pocos amigos. Aprieto los labios con
fuerza para evitar reírme. Parece que vaya a matar a alguien. Se dirige
hacia mí a toda velocidad, descalzo y magníficamente desnudo, a
excepción de los calzoncillos blancos. Permanezco donde estoy. Sabía que
no conseguiría salir con este vestido. Me alcanzaría aquí o en el bar, iba a
arrastrarme hasta casa y a ponerme algo que fuera más de su gusto.
Me agarra, me carga sobre los hombros, levanta la mano para
sujetarme el vestido de manera que no se me vea el culo y vuelve a
llevarme de nuevo al Lusso.
—Maldita suerte la mía, que he ido a enamorarme perdidamente de la
mujer más imposible de todo el maldito universo. Buenas tardes, Clive.
—Señor Alfonso —saluda el conserje sin prestarnos mucha atención—.
Hola, Paula.
—¡Hola, Clive! —canturreo entre risas. Pedro entra en el ascensor e
introduce el código mientras masculla entre dientes.
—¿Todavía no has cambiado el código? —Le paso la palma de la
mano por la espalda, se la meto por debajo de los calzoncillos y le doy un
pequeño apretón.
—Cállate, Paula —me ordena.
—¿Somos amigos?
—¡No! —Me da una palmada en el culo y yo grito—. No juegues
conmigo, preciosa. A estas alturas deberías saber que yo siempre gano.
—Lo sé. Te quiero.
—Yo también te quiero, pero eres terriblemente puñetera.
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