sábado, 5 de abril de 2014
Capitulo 136 ♥
Me detengo en la puerta de entrada y pulso el botón del interfono. Por el
altavoz oigo la voz de John y saludo a la cámara con la mano pero las
puertas ya han empezado a abrirse. Inicio el largo recorrido por el camino
de grava que lleva hasta La Mansión. Aparco en el patio circular y
contemplo la casa de piedra caliza que se yergue en el centro y que parece
gritar a los cuatro vientos lo que ocurre detrás de sus puertas.
Estaciono junto al coche de Pedro y me miro en el retrovisor. Teniendo
en cuenta los acontecimientos de las últimas horas, de las últimas semanas,
tampoco tengo tan mal aspecto.
John me abre la puerta antes de que coja la manija y me dedica una
sonrisa para transmitirme confianza. Sin embargo, no consigue hacer que
me sienta mejor.
Cruzamos juntos la imponente entrada, y dejamos atrás la escalera, el
restaurante y el bar. Oigo risas y conversaciones pero no me molesto en
mirar. Ya lo he visto antes, sólo que ahora sé lo que son realmente.
—¿Se ha tranquilizado? —pregunto al llegar al salón de verano.
Hay gente en los butacones, bebiendo y charlando, probablemente de
lo que les depara la noche. Una docena de miradas curiosas me siguen y me
pongo tensa. ¿Habrán visto el cabreo de Pedro?
—Muchacha, vuelves loco a ese hijo de perra. —John se ríe y vuelvo
a ver el tímido diente de oro.
Suspiro. Estoy de acuerdo, pero él también me vuelve loca a mí. ¿Se
dará cuenta John?
—Mi hombre es difícil —musito.
John me regala una de sus nada frecuentes sonrisas arrebatadoras,
toda llena de dientes y de destellos dorados.
—¿Difícil? Bonita palabra. Yo le digo que es como un grano en el
culo. Aunque admiro su decisión.
—¿Decisión? —Frunzo el ceño—. ¿Está decidido a ser difícil?
John se detiene cuando llegamos frente al despacho de Pedro.
—Nunca lo había visto tan decidido a vivir.
De repente quiero volver al inicio de nuestro recorrido para continuar
con esta conversación.
—¿Qué quieres decir? —pregunto sin poder evitar el toque de
confusión. Esa frase me ha dejado perpleja. Yo no lo veo en absoluto
decidido a vivir. Lo veo decidido a tener un ataque provocado por el estrés.
Es autodestructivo.
No puedo respirar.
Es autodestructivo. Pedro dijo eso mismo el día que me llevó en moto.
¿Qué quería decir?
—Es algo bueno, créeme. —John me mira con afecto—. No seas muy
dura con él.
—¿Hace mucho que lo conoces, John? —Quiero que siga hablando.
—El tiempo suficiente, muchacha. Te dejo —dice, y su cuerpo de
mastodonte se aleja por el pasillo.
—Gracias, John —añado.
—Está bien, muchacha. Está bien.
Me quedo en la puerta del despacho de Pedro con la mano a unos
milímetros de la manija. La información que me ha dado John, aunque
vaga, ha despertado aún más mi curiosidad. ¿De verdad era
autodestructivo? Pienso en alcohol, picoteo, ir en moto sin protección y en
cicatrices. Empujo la manija hacia abajo y, con cuidado, entro en su
despacho.
Me siento insultada al instante. Pedro está en su enorme sillón
mirando a Sarah, sentada en el borde de la mesa. Esa mujer es una
sanguijuela. Me siento posesiva, y es como si recibiera una bofetada, pero
la botella de vodka que descansa sobre la mesa es lo que de verdad me
pone nerviosa. Puedo olvidarme de las atenciones de féminas no deseadas
siempre que sigan siendo no deseadas. Lo del vodka es otra historia.
Me miran a la vez y ella me sonríe. Es una sonrisa realmente falsa.
Luego veo la bolsa de hielo en la mano de Pedro. Se los ve muy cariñosos.
No me cabe la menor duda de que estos dos han tenido una relación
sexual. Sarah lo lleva escrito en la cara. Quiero vomitar. Me siento
posesiva y celosa.
La intrusa atrevida no hace siquiera amago de bajar el culo de la mesa
de Pedro, sino que se queda ahí sentada, disfrutando con la tensión que
causa su presencia. No obstante, es la botella transparente la que supone
una amenaza. Puedo soportar a Sarah. No estoy de humor para jueguecitos
con ex conquistas sexuales.
Miro a Pedro y él me mira. Todavía lleva puestos los pantalones gris
marengo pero se ha arremangado la camisa negra. Tiene el pelo rubio
ceniza despeinado pero, a pesar de toda su belleza, parece asustado e
incómodo. No lo culpo. Acabo de pillarlo en plan cariñoso con otra y con
una botella de la sustancia del mal delante. Es el dos por uno de mis peores
pesadillas.
Hace girar la silla con los pies, alejándose de la intrusa y acercándose
a mí.
—¿Has bebido? —Mi voz es fuerte y serena. No me siento así.
Niega con la cabeza.
—No —responde en voz baja.
No sé si habla tan bajo por la otra mujer o por el vodka. Deja caer la
cabeza y el silencio es incómodo. Entonces Sarah le pone la mano en el
brazo a Pedro y quiero correr hacia la mesa y arrancarle el pelo a tirones.
Pedro parpadea y me clava la mirada.
¿Quién coño se cree que es? No soy lo bastante ingenua para tragarme
que está siendo una buena amiga.
—¿Te importa? —La miro directamente, para que quede claro que le
estoy hablando a ella.
Me mira como si no se hubiera enterado y deja la mano en el brazo de
Pedro. De repente estoy furiosa conmigo misma por haberle dado a otra
mujer la oportunidad de consolarlo, especialmente a esta mujer. Ése es mi
trabajo. Pedro retira el brazo y la mano de Sarah acaba sobre el escritorio.
—¿Perdona? —masculla ella. Me cabrea aún más.
—Ya me has oído. —La miro con cara de pocos amigos y ella sonríe;
es una sonrisa burlona y resulta casi imperceptible. Sabe que sé lo que está
intentando hacer. Eso hará que nuestra relación sea mucho más fácil.
Pedro nos mira a una y a otra, dos mujeres enfrentándose en su
despacho. Que Dios lo bendiga por no abrir la boca, pero entonces la zorra
descarada se agacha y lo besa en la mejilla. Sus labios le acarician la piel
más de lo necesario.
—Avísame si me necesitas, cielo —dice con el tono seductor más
ridículo que he oído nunca.
Pedro se tensa de pies a cabeza y me mira con los ojos muy abiertos.
Su hermoso rostro está en alerta. Tiene motivos para estar nervioso, y más
aún después de toda la mierda que me ha hecho tragar por un cliente y por
un ex novio. A Matias y a Mikael tendrían que haberlos identificado por la
ficha dental si él me hubiera pillado con ellos como yo lo he pillado con
Sarah.
Abro la puerta del despacho de par en par y miro al megazorrón rubio.
—Adiós, Sarah —digo en tono definitivo.
Ella me mira con sus morros carnosos, un toque de chulería y mucho
aplomo antes de bajarse de la mesa y salir del despacho de Pedro meneando
el trasero, aunque primero me lanza una mirada asesina. Le dedico mi
mirada especial hasta que desaparece por la puerta. En cuanto ella y sus
plataformas de doce centímetros han cruzado el umbral, cierro de un
portazo. Espero haberle dado en el culo.
Ahora, vamos a lidiar con mi hombre imposible. De repente estoy
decidida a solucionar esta mierda. Después de haberlo visto con Sarah sé
perfectamente que eso es lo que quiero.
Es mío... Y punto.
Me vuelvo para mirarlo. No se ha movido de la silla y la botella de
vodka sigue sobre su mesa. Pedro se muerde el labio inferior. Los
engranajes echan humo.
Señalo la botella con un gesto de la cabeza.
—¿Qué hace eso ahí?
—No lo sé —responde.
Parece estar pasándolo fatal, y me da pena encontrarme al otro lado de
la habitación.
—¿Te la quieres beber?
—Ahora que tú estás aquí, no. —Sus palabras me llegan altas y claras.
—Eres tú quien se ha marchado —le recuerdo.
—Lo sé.
—¿Y si no hubiera venido? —Ésa es la pregunta clave.
Le doy vueltas a lo mismo una y otra vez. Se comporta como si fuera
facilísimo y me asegura constantemente que no necesita beber mientras me
tenga a mí, pero ahora lo encuentro en compañía de una botella de vodka
porque hemos discutido. Vale, ha sido más que una discusión pero eso no
es lo importante. No puedo ponerme así cada vez que nos peleemos. Y
tampoco se me olvida que el vodka no es lo único que le estaba haciendo
compañía.
—No me la habría bebido. —La aparta.
Me fijo en la botella y veo que está sin abrir, aunque sigue ahí y algo
hizo que la pusiera ahí... Yo. Yo soy la razón de que se haya vuelto loco, de
sus exigencias absurdas y de sus pataletas. Es culpa mía. Lo he convertido
en un controlador neurótico.
Seguimos mirándonos unos instantes. Yo no dejo de repasar todo lo
que tenemos que aclarar y él se muerde el labio inferior porque no sabe qué
decirme. Yo tampoco sé por dónde empezar.
—¿Qué hace eso ahí? —insisto.
Se encoge de hombros como si no fuera importante, lo que me cabrea.
¿Mi temor estaba justificado y ahora espera que me olvide como si nada
con sus evasivas y su silencio?
—No iba a bebérmela, Paula —repite, un poco molesto.
Me deja de piedra.
—¿Te la beberías si te dejo?
Sus ojos vuelan en busca de los míos y el pánico se apodera de él.
—¿Vas a dejarme?
—Necesito que me des respuestas. —Lo estoy amenazando, pero
siento que no tengo otra opción. Hay cosas que tiene que decirme—. ¿Por
qué está Mikael tan interesado en nuestra relación?
—Su mujer lo ha dejado —se apresura a responder.
—Porque te acostaste con ella.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace meses, Paula. —Sus ojos son sinceros—. Era la mujer que se
presentó en el Lusso. Te lo contaré antes de que vuelvas a amenazar con
dejarme. —Me encanta su sarcasmo.
—No estaba preocupada por ti...
—Puede que sí, pero también me desea.
—¿Y quién no? —digo, sorprendentemente tranquila.
Asiente.
—Se lo dejé muy claro, Paula. Volvió a Dinamarca y me acosté con ella
hace meses. No sé por qué le ha dado por venir detrás de mí ahora.
Lo creo. Además, Mikael ha estado liado con su divorcio, así que tuvo
que ser hace mucho. Divorciarse lleva tiempo. Todo empieza a cobrar
sentido. Así que Mikael es el «nadie en particular» que va a intentar
apartarme de Pedro.
—Quiere apartarte de mí, como hice yo con su mujer. —Deja caer la
cabeza entre las manos—. Yo no se la robé, Paula. Ella decidió marcharse,
pero sí, lo que él quiere es apartarte de mí.
—Pero erais todos amigos, le compraste el ático del Lusso. —Me
duele la cabeza.
—Es pura fachada por su parte, Paula... No tenía por dónde pillarme,
nada con lo que pudiera hacerme daño, porque a mí no me importaba nada
ni nadie. Pero ahora te tengo a ti. —Me mira—. Ahora sabe dónde clavar el
puñal.
Empiezan a picarme los ojos y lo veo poner cara de derrota. Ya no
aguanto más estar lejos de él. Me acerco a su silla y me recibe con los
brazos abiertos. Hago caso omiso de la mano hinchada y me siento en su
regazo. Lo dejo que me arrope con sus brazos y que invada todos mis
sentidos. Su tacto y su fragancia me calman al instante y ocurre lo
inevitable, lo que pasa siempre cuando estamos así: todo lo que nos causa
tanto malestar de repente carece de importancia. Solos él y yo, en nuestra
pequeña burbuja de felicidad, apaciguándonos el uno al otro. El resto del
mundo se interpone en nuestro camino o, para ser exactos, el pasado de
Pedro se interpone en nuestro camino.
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