viernes, 18 de abril de 2014
Capitulo 171 ♥
—¿Qué está pasando? —La voz familiar de Kate me da esperanzas de
escapar de este horror—. ¡Joder! Pedro, ¿qué cojones le ha pasado a tu
espalda?
—¡Nada! —brama él.
—A mí no me hables así. ¿Dónde está Paula? ¿Qué coño está pasando?
¡¿Paula?! —grita mi nombre, y yo quiero contestarle, pero sé que si abro la
puerta Pedro entrará, y no quiero verlo.
—Está ahí dentro y no quiere salir. ¿Paula? —dice—. Kate, por favor,
hazla salir.
Golpea la puerta de nuevo. Su voz es desesperada y agitada.
—Vale, pero explícame qué hace ahí encerrada y por qué estás
sangrando por todas partes —le exige Kate con furia.
—Paula ha visto algo que no debería haber visto. Está fuera de sí.
Tengo que verla. —Le cuesta respirar.
Quiero gritar por qué estoy fuera de mí, pero nuevas arcadas me
impiden decir nada.
—¡Ay de ti como le hayas hecho algo, Pedro! —grita Kate—. ¿Paula?
Me ha hecho algo, pero nada de lo que ella cree. Es peor. Mucho peor.
—¡No! —exclama Pedro, a la defensiva—. ¡No es nada de eso!
—¿Qué ha sido entonces? Está ahí dentro vomitando. ¿Paula? —El
puño de Kate empieza a golpear suavemente la puerta—. Pau, vamos. Abre
la puerta.
—¡Paula! —grita Pedro, histérico.
—Pedro, vete de aquí —le espeta Kate.
—¡No!
—No va a salir contigo aquí. Eh, grandullón, llévatelo de aquí.
—¿Pedro? —ruge John, y rezo para que le haga caso y se marche. No
pienso ir a ninguna parte si él está ahí fuera—. Vamos a ver si te espabilas
un poco, pedazo de gilipollas.
Me siento con la cabeza entre las manos y oigo cómo intentan
convencer a Pedro de que salga del servicio.
Por fin oigo que la puerta se abre y vuelve a cerrarse, y Kate golpea
suavemente la puerta.
—Paula, ya se ha ido —me asegura desde el otro lado.
Me levanto, abro el pestillo y dejo que mi amiga entre en el escusado
conmigo. Se hace hueco en el pequeño espacio y arruga la nariz al ver mi
vómito por toda la taza.
—¿Qué coño ha pasado? —Se agacha al otro lado del cubículo hasta
que estamos rodilla con rodilla.
Gimoteo y me sueno la nariz con un poco de papel. Tengo un sabor
horrible en la boca. Respiro pausadamente unas cuantas veces entre
sollozos e intento estabilizar mis cuerdas vocales.
—Ha dejado que lo azoten —explico. El sonido de las palabras me
obliga a dirigir la cabeza de nuevo hacia la taza, pero lo único que consigo
es ahogarme con unas arcadas secas. Kate me acaricia la espalda.
—¿Qué?
Me aparto del retrete y veo que Kate tiene la boca abierta de
incredulidad. ¿Quién podría creerlo? Pero ha visto las marcas por toda su
espalda.
—Entré en su despacho y Sarah estaba azotándolo con un látigo.
Abre unos ojos como platos.
—¿Sarah, la megazorra? —inquiere, muerta de asombro.
—Sí —digo, y asiento con la cabeza por si la palabra no logra salir de
mi boca—. Él estaba arrodillado, Kate, como una especie de esclavo
sumiso. —Rompo a llorar de nuevo; el horrible recuerdo de mi hombre
fuerte y seguro de sí mismo postrado de rodillas y dejándose golpear
invade mi mente. ¿Por qué ha hecho tal cosa?
—Joder. —Apoya la mano sobre mi rodilla—. Paula, tiene la espalda
hecha un asco.
—¡Ya lo sé! —grito—. ¡La he visto!
No había nada de sexual en eso. No había ningún elemento placentero.
Al menos no por parte de Pedro. Lo de Sarah ya es otra historia. Pedro
quería que le hiciera daño. El estómago se me revuelve otra vez.
—Kate, necesito salir de aquí, pero él no va a permitirlo. Sé que no va
a dejar que me vaya.
Un aire de determinación se instala en su hermoso y pálido rostro y se
pone de pie.
—Espera aquí.
—¿Adónde vas? —pregunto, alarmada. Pedro entrará como una bala
en cuanto Kate salga por esa puerta. Sé que lo hará.
—John se lo ha llevado a su despacho. Sólo voy a comprobarlo. —
Abre la puerta y pasa por encima de mi cuerpo desparramado.
Contengo la respiración a la espera de oír más gritos, pero no sucede
nada. La puerta se abre y se cierra y entonces se hace el silencio. Estoy
sola. Me levanto, con las piernas débiles y temblorosas, y cojo un poco de
papel higiénico y lo paso por el asiento. Me cubro la boca con la mano.
Mientras limpio el retrete, nuevas y violentas arcadas amenazan con
invadirme.
La puerta de los aseos se abre. Me quedo helada y aguanto la
respiración.
—Paula —susurra Kate dando unos golpecitos en la puerta—. Pedro
está en su despacho con John. Sam nos dejará salir.
Abro la puerta y me veo por un instante en el espejo antes de que mi
amiga me saque del baño y me arrastre hasta la salida. Joder, estoy hecha
un asco.
—Espera, necesito un poco de agua.
Me suelto de la mano de Kate, me acerco al lavabo y me inclino para
lavarme la cara y enjuagarme la boca.
—Toma un chicle. —Me mete una tira en la boca.
Ahora me replanteo las virtudes del alcohol. ¿Habría preferido
encontrármelo borracho? Sí, sin lugar a dudas. Habría preferido
encontrarme con esa pobre criatura antes que ver cómo lo golpeaban. Es
autodestructivo. El dolor se torna ira cuando recuerdo cómo reaccionó al
ver los cardenales que me hice cuando acompañé a Kate a repartir la tarta
en la parte trasera de la antigua Margo, y la cara que puso cuando vio las
magulladuras que tenía en el brazo después de mi encontronazo con el
calvorota agresivo, lo violento que se puso.
Antes de que me dé tiempo a declarar mis intenciones de ir a buscar a
Pedro para pedirle explicaciones, él entra en los servicios como un toro
presa del pánico. En cuanto me ve me doy cuenta de que su mirada perdida
ha desaparecido. Tiene el pecho húmedo y el cabello rubio oscurecido por
el sudor. La mirada de Kate oscila entre ambos mientras evalúa la
situación.
Pedro se acerca a mí, y no hago ningún intento por evitar que haga lo
que sé que va a hacer. Se agacha, me coge en brazos y sale del servicio en
dirección a su despacho. Mantiene la mirada fija hacia adelante mientras
avanza con determinación. Atraviesa de nuevo el salón de verano bajo la
atenta mirada de algunos de los socios, que siguen revoloteando y
disfrutando del espectáculo. Soy consciente de los cuchicheos y de cómo
nos señalan, y las lágrimas invaden mis ojos y empiezan a descender por
mis mejillas. Estoy rota de dolor, siento angustia y tengo el corazón hecho
pedazos.
Cierra la puerta de su despacho de una patada y continúa directo hacia
el sillón. Se agacha para dejarme y hace una mueca de dolor. El estómago
se me revuelve. Me abraza con fuerza y hunde la cabeza en mi cuello. No
dice nada, me sostiene lo más cerca que puede y yo intento controlarme
para evitar los temblores que asaltan mi cuerpo, pero es una batalla
perdida. Mi hermoso hombre tiene problemas graves, y justo cuando creía
que empezaba a entenderlo, me encuentro con el peor toque de atención
posible. No lo conozco en absoluto, y desde luego no lo comprendo.
—Por favor, no llores. —Su voz amortiguada alcanza mis tímpanos
—. Me está matando.
—¿Por qué? —pregunto. Es lo único que puedo decir. Es todo cuanto
quiero saber—. ¿Por qué has hecho eso?
—Te prometí que no bebería.
«¿Qué?»
¿Ha preferido que lo azotaran en vez de beber porque me prometió
que no lo haría? Justo cuando pensaba que no podía quedarme más
alucinada...
—¿Querías beber?
—Quería evitarlo.
—Mírame —le ordeno, pero no hace ademán de levantar la cabeza—.
¡Maldita sea, Pedro, mírame! —Me revuelvo para intentar agarrarlo de la
cabeza y levantársela, pero él silba de dolor y me detengo inmediatamente
—. Tres —digo tranquilamente. No puedo creer que le esté haciendo la
cuenta atrás, pero no sé qué otra cosa hacer. Siento que se tensa debajo de
mí, pero sigue sin mirarme—. Dos.
—¿Qué pasa si llegas a cero? —pregunta tranquilamente.
—Que me largo —respondo con calma.
Levanta la cabeza y gimo al verlo con los párpados caídos y cargados
de dolor y la barbilla temblorosa. Me mira directamente a los ojos. Me
están rogando en silencio.
—Por favor, no lo hagas.
Las pocas fuerzas que me quedaban se desmoronan al verlo y oírlo.
Me derrumbo por completo, le agarro la cara entre las manos y acerco los
labios a los suyos, pero todavía no me siento lo bastante cerca. Me
revuelvo con rabia hasta quedar sentada a horcajadas sobre su regazo, y
después lo pego a mí todo lo posible sin hacerle daño.
—¿Qué querías evitar?
—Herirte.
—No lo entiendo. —Estoy totalmente confundida. ¿Cree que así no
me hiere?—. Habría preferido que hubieras bebido.
—No, no lo habrías preferido. —Lo dice con una pequeña carcajada
que me pone los nervios de punta.
Me aparto y busco su mirada.
—Preferiría verte con media destilería de vodka en el cuerpo a
presenciar lo que acabo de ver.
Agacha la cabeza avergonzado.
—Créeme, Paula, no lo habrías preferido.
—Te digo que sí —insisto. Esto no es ningún concurso—. ¿Cómo
quieres que confíe en ti de este modo? Pedro, me siento traicionada.
Ni siquiera he pensado todavía qué voy a hacer con Sarah en cuanto le
ponga las manos encima. No me conformaré con aplastarla. Ha marcado a
mi dios neurótico y, cuanto más lo asimilo, más cabreada me siento.
Me levanto de su regazo y lo rechazo cuando intenta agarrarme.
—No voy a marcharme —digo con frialdad. Su expresión de pánico
hace que me cabree todavía más.
Empiezo a pasearme por el despacho golpeteándome el diente con la
uña bajo la mirada tensa y angustiada de mi hombre imposible, que no deja
de someterme a malditos retos cada vez más complicados. Pero esto ha
sido el colmo. Era algo sádico. Joder, y yo le di un pequeño azote con el
cinturón la noche de la inauguración del Lusso.
Me siento en el sofá que está delante de él y apoyo mi dolorida cabeza
sobre las palmas. Oigo cómo toma aire varias veces, como si quisiera decir
algo. Yo exhalo agotada y me masajeo las sienes.
—¿Hay algo que deba saber?
—¿Como qué? —pregunta, a la defensiva. No me gusta ese tono, y
¿cómo coño voy a saber yo qué? Detesto este lugar. Primero lo de la
bebida, y ahora que se haya dejado azotar. ¿Qué otra cosa podría
sorprenderme o cabrearme más que eso?
—No lo sé, dímelo tú. Dijiste que no habría más secretos, Pedro. —
Levanto los brazos, enfadada. Quiero consolarlo desesperadamente.
Mantenerme alejada de él me duele casi tanto como ver cómo lo golpean
—. ¿Por qué iba a preferir esto a verte borracho?
Se inclina despacio hacia adelante con la mandíbula apretada y apoya
los codos sobre las rodillas mientras se frota las sienes pensativo.
—Para mí, la bebida y el sexo van de la mano.
—¿Y eso qué quiere decir? —digo con voz aguda y nerviosa.
—Paula, heredé La Mansión con veintiún años. ¿Te imaginas lo que
siente un joven que de pronto se ve con este lugar y con un montón de
mujeres dispuestas a satisfacerlo? —Parece avergonzado.
Empiezo a planteármelo. Me lo imagino perfectamente, y no me
extraña que las mujeres estuvieran dispuestas a satisfacerlo. Siguen
estándolo. ¡Sólo hay que verlo!
—¿Te refieres a las incursiones sexuales? —susurro. ¿De verdad
quiero saber esto?
Suspira.
—Sí, a las incursiones, pero todo eso ha quedado atrás. —Se inclina
hacia adelante con una mueca de dolor—. Ahora en mi vida sólo estás tú.
—¿Bebías y follabas?
—Sí, como te he dicho, la bebida y el sexo van de la mano. Ven aquí,
por favor. —Extiende el brazo sobre la gran mesa que separa los dos sofás,
pero yo me aparto. Deja caer la mano y mira al suelo.
Continúo sin entenderlo. Eso sigue sin explicar por qué ha aceptado
que Sarah lo azote.
—Entonces ¿no has bebido porque habrías querido follar? —Debo de
tener la frente como un mapa de carreteras, porque estoy totalmente
confundida.
—No me fío de mí mismo cuando bebo, Paula.
—¿Porque crees que saltarás sobre la mujer que tengas más a mano?
Ríe nervioso y se pasa las manos por el pelo.
—No lo creo. No te haría algo así.
—¿No lo crees? —Estoy estupefacta.
—Es un riesgo que no voy a correr. Paula. Bebo demasiado. Pierdo la
razón y las mujeres se abalanzan sobre mí dispuestas a todo. Ya lo has
visto. —Me sonríe avergonzado.
Me burlo.
—¡No parecías estar en condiciones de hacer nada el viernes de la
semana pasada! —Estaba inconsciente, y sí, he visto cómo las mujeres se
abalanzan sobre él. ¡Es humillante!
—Sí, ése no es mi nivel normal de embriaguez, Paula. Quería olvidar
—responde, incómodo.
De repente me siento fatal.
—¿Así que normalmente mantienes un nivel de embriaguez estable y
después te follas a un montón de mujeres dispuestas a todo? —Creo que
estoy empezando a entenderlo—. ¿Nunca has bebido cuando te has
acostado conmigo?
Se levanta, aparta la mesa para arrodillarse delante de mí y apoya las
manos sobre mis muslos. Me mira directamente a los ojos.
—No, Paula. Nunca me he hallado bajo los efectos del alcohol cuando
he estado contigo. No lo necesito. El alcohol me hacía bloquear cosas, me
ayudaba a olvidar lo vacía que era mi existencia. Todas esas mujeres me
importaban una mierda. Y entonces apareciste tú, y todo cambió. Me
devolviste a la vida. No quiero volver a beber porque, si empiezo, puede
que no pare, y no quiero perderme ni un segundo contigo.
Su confusión hace que se me llenen los ojos de lágrimas. Era un
mujeriego que se tiraba a todo lo que se movía. Eso ya lo sabía.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario