sábado, 12 de abril de 2014

Capitulo 156 ♥

—Buenos días.
Abro los ojos; la luz natural me ciega y la música erótica que sonaba
en el salón comunitario invade mis oídos. El atractivo rostro de Pedro flota
sobre el mío, cubierto por la barba de un día. Tiene un aspecto delicioso.
Muevo los brazos para intentar agarrarlo, pero no responden.
«Pero ¿qué coño...?»
En su rostro se forma una sonrisa oscura y maliciosa y al instante soy
consciente de lo que ha hecho. Levanto la vista y veo que tengo las manos
esposadas a la cabecera de la cama.
—¿Pensabas ir a alguna parte? —pregunta.
Lo miro a los ojos y veo que los tiene cargados de deseo, enmarcados
por sus largas pestañas. Debería habérmelo imaginado.
—¿Qué vas a hacer? —Tengo la voz áspera por más de un motivo.
—Vamos a hacer las paces —dice con una media sonrisa—. Querías
hacer las paces, ¿no? —Enarca una ceja con confianza.
—¿Un polvo soñoliento? —repongo, probando suerte. Sé que no voy a
salirme con la mía. No soy tonta.
—No. De eso, nada. Todavía no he pensado qué nombre voy a ponerle
a éste —dice. Alarga el brazo hacia la mesilla de noche y coge la bolsa de
seda dorada que nos regalaron en la cena del aniversario.
No recuerdo haberla traído, pero tampoco recuerdo cómo llegué a
casa. Me trajo Pedro, y supongo que también cogió él la bolsa.
Se sienta a horcajadas desnudo sobre mis caderas y la deja en mi
vientre.
—A ver qué tenemos aquí —murmura metiendo la mano.
Me muevo un poco intentando ponerme cómoda, bueno, lo más
cómoda que puedo, teniendo en cuenta que mis brazos están separados y
sujetos a la cabecera por unas esposas.
Pedro saca un vibrador dorado.
—No necesitamos esto. —Lo mira con cara de asco y lo tira hacia
atrás por encima de su hombro. Oigo cómo golpea el suelo de la habitación
—. ¿Qué más hay? —se pregunta. Extrae una pequeña caja y la tira hacia
atrás también, con una cara más agria todavía—. Eso tampoco nos hace
falta.
—¿El qué? —pregunto, pero hace como que no me oye y continúa
hurgando en la bolsa.
A continuación saca un tanga plateado de seda y lo inspecciona
detenidamente antes de descartarlo también.
—No es de encaje —murmura, y vuelve a rebuscar en la bolsa.
Observo cómo se divierte, sentado sobre mis caderas con gesto de
concentración. No parece impresionado. Saca una tarjeta, la lee y bufa
antes de romperla y tirarla junto al resto de artículos ofensivos al suelo.
—¿Qué era eso? —pregunto, muy intrigada.
Me mira un momento.
—Nada que vayas a necesitar —gruñe.
—¿El qué?
—Un vale para ponerte bótox —masculla. Me echo a reír y él me
ofrece una sonrisa malévola. No hay duda de que fue Sarah quien organizó
las bolsas. Ojalá no lo hubiera roto; podría haberlo aprovechado ella—.
Estos regalos son una mierda —espeta antes de sacar un último objeto y de
tirar la bolsa al suelo con el resto del contenido—. Bueno, esto sí que
parece interesante —murmura, y sostiene un anillo de goma negra unido a
un artilugio con forma de bala pequeña de metal.
—¿Qué es eso? —inquiero.
Lo sostiene en el aire y lo observa antes de mirarme a mí. Sonríe y se
inclina hacia adelante. Me coloca una almohada debajo de la cabeza y me
da un beso casto en los labios.
—Quiero que lo veas bien —susurra. Vuelve a colocarse sobre mis
caderas y eleva la pelvis hasta estar de rodillas.
¿Qué hace? Coge el aro de goma negro, empieza a deslizarlo por su
erección y de repente lo entiendo todo.
—¡De eso, nada! ¡Si yo no puedo usar artefactos que funcionen con
pilas, tú tampoco! —grito, irritada, pero Pedro no me hace caso—. ¡Eh! —
grito de nuevo.
Mantiene la vista fija en sus manos, tira del aro hasta la base de su
erección y coloca bien la bala en el tronco. Dejo escapar un bufido y echo
la cabeza hacia atrás para apoyarla en la almohada mirando al techo.
¡Quiero hacerlo! Incluso sin mirar a la divina criatura que tengo encima de
mí, en lo único que puedo pensar es en cosas eróticas con la música
sonando de fondo.
—Mírame —ordena, pero yo mantengo la vista fija en el techo. Siento
cómo el colchón se hunde junto a mi cabeza cuando apoya el puño en él.
Me agarra de la mandíbula con la otra mano—. Mira. —Es ese tono que
me impide desobedecer. Me sacude el mentón ligeramente y mis ojos
descienden hacia los suyos. Sus pozos verdes brillan de lujuria y sus labios
se separan—. Bésame, Paula. —Baja la cabeza y yo elevo la mía para
pegarlo a mí sin demora.
Ataca mi boca con avidez, la conquista con su lengua y gruñe de
satisfacción. Sé que voy a acabar jadeando y temblando y que no hay nada
que pueda hacer para evitarlo.
Ese beso animal provoca que mis sentidos se saturen con ansia de
más, y de repente se aparta y sollozo.
—Vas a mirar —dice, y me muerde el labio.
—¡Apaga la música! —espeto, un poco desafiante.
Me agarra de la cadera y me lanza una mirada de advertencia.
—¿Por qué? ¿Te estás poniendo cachonda? —No lo dice en broma.
Anoche se percató de mi reacción ante la música y ahora la está usando en
mi contra.
Esto va a ser una tortura. Se aparta de mi rostro y se aferra a mi
pezón, absorbiéndolo con fuerza. Arqueo el cuerpo, gimo, cierro los ojos y
busco dónde ocultar mi rostro. Es imposible.
—¡Abre los ojos! —ladra, y me aprieta la cadera de nuevo.
Los abro al instante mientras él pasa a mi otro pecho y vuelve a
repetir su acción, lamiendo, mordiendo y estirando mis pezones al
máximo. Me esfuerzo por mantener los ojos abiertos y no tensar las
piernas. Quiero flexionarlas, pero las suyas me aferran y evitan que me
mueva.
¡Joder!
—Eres cruel —gimo. Lo miro y encuentro una mirada de satisfacción.
Se está vengando a gusto.
Se pone de rodillas, se agarra la erección con una mano y enciende el
artilugio con forma de bala con la otra. Oigo que se activa una vibración
constante y él abre la boca.
—¡Vaya! —exclama.
Cierro los ojos sólo una milésima de segundo y él me coge de la
cadera de nuevo obligándome a abrirlos una vez más. Respiro hondo y
desciendo la mirada desde sus ojos hasta su pecho, hasta su cicatriz y hasta
la mata de pelo que cubre su entrepierna. Se está sacudiendo el miembro
arriba y abajo. Sus muslos se tensan. Grito de desesperación por querer
tocarlo. Ahora sé cómo se sintió él, y no es en absoluto agradable. Quiero
tocarlo. Lo necesito sobre mí y no puedo tenerlo. Me siento impotente.
Mueve el puño y aprieta hacia atrás, retirando el prepucio y
descubriendo el capullo húmedo y brillante.
—Qué gusto, nena —dice con voz grave, y una chispa se enciende en
mi entrepierna—. ¿Quieres ayudarme?
Mi mirada recorre su cuerpo de nuevo hacia sus ojos.
—Vete a la mierda —respondo tranquilamente, sin preocuparme por
mi lenguaje. No puede castigarme de una manera peor que ésta.
—Esa boca —dice a duras penas con un gemido, y yo lucho contra las
esposas—. Vas a hacerte daño, Paula. Deja de resistirte —dice con la voz
quebrada, mientras sigue deslizando el puño por su sólida extensión.
Tal vez si me resisto lo suficiente acabe liberándome. Le preocupará
que me haga daño. Todo el mundo sabe lo mucho que le preocupa mi
seguridad. Me retuerzo un poco más.
—¡Para! —ladra, y de repente empieza a frotarse a más velocidad.
Esto me está matando pero, joder, me encanta verlo así, arrodillado sobre
mí, masturbándose. Todos los músculos de su pecho, sus brazos y sus
muslos se tensan más todavía, y la vena de su cuello se hincha.
—Por favor —ruego. Necesito tocarlo.
—No es agradable, ¿verdad? —pregunta—. Acuérdate de esto la
próxima vez que pretendas impedir que te toque.
—¡Lo haré! Pedro, por favor, suéltame. —Cierro los ojos con fuerza,
gritando en mi cabeza para bloquear la música.
—¡Abre los malditos ojos, Paula!
—¡No! —Empiezo a mover la cabeza con fuerza de un lado a otro.
Ésta es la peor de las torturas. Nunca en la vida volveré a impedir que me
toque. Jamás. Siento cómo desliza los dedos por mi sexo, recogiendo mi
humedad y abriéndolo. Después me introduce el dedo con dureza. Abro los
ojos como platos—. ¡Por favor!
Su rostro se descompone mientras continúa masturbándose.
—Vas a mirar —reafirma, y empieza a frotarse con más fuerza y a
más velocidad—. ¡Joder! —De repente avanza, me coloca las rodillas a
ambos lados de mi cabeza y la entrepierna delante de la cara—. ¡Abre la
boca! —ruge, y obedezco inmediatamente sin vacilar. Se agarra con la
mano libre a la cabecera y empieza a frotarse de nuevo con el puño hacia
adelante y hacia atrás—. ¡Joder, joder!
Baja la cabeza y dirige su miembro hacia mi boca ansiosa y se corre
en mi lengua. Su semen salado desciende por mi garganta. Aprovecho la
ocasión para rodearlo con los labios y poder tocarlo.
Su pecho se eleva y luego empieza a relajarse. Las vibraciones de la
bala recorren su verga y me hacen cosquillas en los labios mientras le doy
lametones. Su polla da una sacudida al sentir mi lengua y yo lamo, chupo y
absorbo su contenido mientras él sigue sacudiéndose encima de mí e
intenta estabilizar la respiración. Abre los ojos y me mira antes de apartar
el cuerpo. La vibración se detiene, y entonces oigo un leve golpe seco que
me indica que el artilugio ha sido relegado al suelo.
Se acomoda entre mis muslos y me mira con expresión abstraída
mientras acaricia la parte interior de mis brazos. ¿No piensa soltarme? Las
eróticas notas de Enigma siguen inundándome los tímpanos y no ayuda a
mi estado a punto de estallar.
—Puede que te deje así para siempre. —Pega los labios a los míos y
me pasa la lengua por la boca—. Así sabré dónde estás todo el tiempo.
—Creo que eso sería acercarnos demasiado a la esclavitud sexual —
susurro contra su boca. No puede estar tan loco como para tenerme
esposada de manera permanente.
—¿Y cuál es el problema?
—Que me gustaría pensar que me quieres por algo más que por mi
cuerpo.
—Ah, te quiero por muchas otras cosas. —Recorre toda mi cara con
los labios arriba y abajo y vuelve a hundirme la lengua en la boca—.
-Quiero que seas mi esposa.-

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