domingo, 27 de abril de 2014

Capitulo 203 ♥

Doy un salto del susto cuando un muro alto, musculoso y de ojos verdes se interpone en mi
camino. Me llevo la mano al pecho, al corazón. Se me ha cortado la respiración. Luego me enfado.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, seca.
—No contestas al teléfono. —Señala mi bolso—. No sabía si lo oías.
Lo observo y me encuentro una mirada acusadora. Sabe perfectamente que sí lo oía.
—Me estabas siguiendo —le espeto; yo también sé ser acusadora.
—¿Adónde vas?
Se acerca y retrocedo. No puedo permitir que me toque. Mierda, ¿adónde iba?
—A ver a un cliente —respondo.
—Yo te llevo.
—Te he dicho que necesito espacio, Pedro.
Soy consciente de que estamos molestando a los demás peatones. Algunos gruñen, otros nos
lanzan miradas asesinas, pero ni a Pedro ni a mí nos preocupan. Se queda mirándome, espectacular con
un traje gris y una camisa azul.
—¿Cuánto espacio y por cuánto tiempo? Me casé contigo el sábado y me dejaste el domingo. —
Se acerca y me coge el antebrazo, desliza la mano hasta mi muñeca y me coge de la mano.
Como siempre, hace que se me ponga la carne de gallina y noto un escalofrío. Está mirando
nuestras manos entrelazadas y mordiéndose el labio inferior.
—Lo estoy pasando fatal, Paula. —Levanta la vista y me deslumbra con sus ojos verdes—. Lo
estoy pasando fatal sin ti.
Se me parte el corazón y entonces cierro los ojos, mientras lucho desesperadamente contra el
impulso de acercarme a él y abrazarlo. Si no se sale con la suya gracias a los distintos tipos de polvo o
a las cuentas atrás, recurre a romperme el corazón con sus palabras. No puede ser tan malo, pero sé
que siente cada sílaba. Me está incapacitando de nuevo.
—Tengo que irme.
Me odio a mí misma por dejarlo así. Me vuelvo esperando que me detenga, pero me suelta y sigo
andando, sorprendida y bastante preocupada.
—Nena, por favor. Haré lo que sea. No me dejes, por favor. —Su voz suplicante hace que me
pare en el acto y el dolor me parte en dos. Sigo muy enfadada con él—. Deja al menos que te lleve. No
quiero que cojas el metro. Sólo te pido diez minutos.
—El metro es más rápido —digo en voz baja entre el ruido de la multitud. Me vuelvo para
mirarlo.
—Pero quiero llevarte.
—No llegaremos a tiempo en... —No digo más. Si Pedro conduce, sí que llegaré a tiempo. Se nota
que está pensando lo mismo porque ha arqueado una ceja.
No puedo decirle adónde voy, le daría un ataque. Rebusco en mi agotado cerebro y encuentro la
solución. Le pido que me deje en la esquina de la consulta. Hay varias casas cerca, no notará la
diferencia.
Suspiro.
—¿Dónde tienes el coche?
Pone cara de alivio y yo me siento aún más culpable, aunque no sé por qué. Me coge de la mano
con cuidado y me lleva hacia un hotel y luego al aparcamiento. El aparcacoches le entrega las llaves y
sólo me suelta cuando llegamos junto al DBS para que pueda entrar.
Salimos a Piccadilly y conduce respetando a los demás conductores. Incluso cambia las marchas
con delicadeza. Su estilo de conducción encaja con su estado de ánimo: apagado.
Busco en mi cerebro el nombre de la calle perpendicular a la consulta y sólo se me ocurre uno:
—Jardines de Luxemburgo, Hammersmith —digo mirando por la ventanilla.
—Vale —contesta en voz baja.
Sé que me está mirando. Debería volverme y plantarle cara, obligarlo a que se explique mejor,
pero me puede el abatimiento. Más le vale no confundirlo con sumisión. No voy a ceder en esto.
Necesito llegar a la consulta sin Pedro y poner remedio a mi espantosa situación.
Sale a Jardines de Luxemburgo y conduce despacio por la calle bordeada de árboles.
—Déjame aquí. —Señalo a la izquierda y él para el coche. Rezo para que no se empeñe en
quedarse—. Gracias —digo abriendo la puerta.
—De nada —farfulla.
Sé que, si lo miro, veré los engranajes trabajando a miles de revoluciones por minuto y una
arruga en su hermosa frente, así que no lo hago. Bajo del coche.
—¿Cenamos juntos esta noche? —pregunta con premura, como si supiera que va a perder la
ocasión.
Respiro hondo y me vuelvo.
—Me acabas de pedir diez minutos, te los he dado y no me has dicho ni mu —replico.
Lo dejo con cara de desesperación y cruzo la calle, pero me detengo al caer en la cuenta de que no
tengo ninguna casa de ningún cliente en la que desaparecer. Debo retroceder como un kilómetro, y no
hay forma de hacerlo con Pedro observándome desde el coche. Abro el bolso y finjo estar buscando
algo mientras rezo para que se vaya. Me esfuerzo por oír el rugido del motor, o tal vez un ronroneo del
DBS y, pasada una eternidad, por fin llega a mis oídos. Es un ronroneo. Miro por encima del hombro y
veo desaparecer el coche por la calle bordeada de árboles antes de desandar lo andado. Tengo náuseas
pero lo achaco a los nervios. No estoy segura de cómo abordar esto. Después de muchas visitas a
nuestro médico de familia, en busca de más píldoras anticonceptivas acompañadas de su
correspondiente sermón, me enfrento a una charla mucho peor sobre no llevar cuidado. Pensará que
me merezco el castigo, y creo que tiene razón.
Informo de mi llegada y cojo una revista de la sala de espera; luego me paso veinte minutos
fingiendo leerla. Estoy nerviosa y doy tironcitos a mi ropa intentando tranquilizarme. Tengo muchas
ganas de vomitar y me estoy poniendo peor. De repente, como si fuera una señal, me topo con un
artículo sobre los argumentos a favor y en contra del aborto. Una risa desesperada brota de mis labios.
—¿Qué te hace tanta gracia?
Me quedo helada en la silla de la sala de espera cuando la voz de Pedro me envuelve, y cierro la
revista de golpe.
—¿Me has seguido? —pregunto atónita volviéndome para mirarlo.
—Mientes de pena, cariño —afirma con dulzura.
Tiene razón, se me da fatal, pero necesitaré mejorar si voy a seguir con este hombre. ¿Si voy a
seguir? ¿De verdad acabo de pensarlo?
—¿Vas a decirme por qué has venido al médico y por qué me has mentido al respecto? —Deja la
mano en mi rodilla desnuda y dibuja círculos mientras me observa atentamente.
Tiro la revista sobre la mesa. No hay forma de escapar de este hombre.
—Tengo revisión —farfullo en dirección a mi rodilla, intentando no mirarlo a la cara.
—¿Una revisión? —Su tono ha cambiado por completo. Ya no es dulce ni reconfortante, sino que
tiene un punto de ira.
Su mano me aprieta la rodilla. No puede decidir esto.
—Sí.
—¿No crees que deberíamos entrar juntos? —pregunta.
¿Juntos? De la sorpresa vuelvo la cabeza para que mis ojos furiosos encuentren los suyos, que me
reciben verdes y llenos de curiosidad. Examino su cara y él hace lo propio con la mía. Su mano afloja
la presión que ejerce sobre mi rodilla. Aparto la pierna.
—¿Como la decisión que tomaste de intentar dejarme embarazada? ¿Hicimos eso juntos?
—No —responde en voz baja, apartando la cara.
Me quedo mirando su perfil perfecto. No quiero ceder y agachar la mirada. Ha tenido el valor de
venir aquí, y mi abatimiento ha sido reemplazado por la rabia que sentía antes, sólo que corregida y
aumentada.
—No puedes ni mirarme a los ojos, ¿verdad? Sabes que lo que has hecho está mal. Rezo a Dios
para no estar embarazada, Pedro, porque no castigaría ni a mi peor enemigo con la mierda por la que
me has hecho pasar, y mucho menos a mi bebé.
Ahora es él quien se ha quedado atónito. Entorna los ojos y el pelo de las sienes se le humedece
cuando empieza a sudar.
—Sé que estás embarazada, y sé cómo será.
—¿Ah, sí? —No me molesto en contener la risa—. ¿Y me lo vas a contar?
Su expresión se suaviza y se me para el corazón cuando me acaricia lentamente la mejilla.
Entreabro la boca y desliza el pulgar por mi labio inferior sin quitarme el ojo de encima.
—Será perfecto —susurra.
Nuestras miradas se mantienen fijas unos instantes pero despierto de su hechizo cuando oigo mi
nombre y rápidamente recuerdo dónde estoy y por qué. La rabia también vuelve a apoderarse de mí.
No será perfecto. Puede que para él sí, pero para mí será una tortura. No voy a ofrecerme voluntaria.
Me levanto y le quito la mano que tiene en mi rodilla y la que tiene en mi mejilla y, para mi sorpresa,
Pedro también se levanta. ¡Ah, no! No va a entrar conmigo. Bastante horrible va a ser esto sin que mi
señor neurótico entre en escena. La doctora Monroe seguro que tendrá algo que decir cuando le
explique que quiero abortar, y eso que no sabe que estoy casada. Me pediría mil explicaciones y no
quiero dárselas. Además, si estoy embarazada, no quiero que Pedro lo sepa. No me dejaría abortar, y
odio pensar a qué extremos sería capaz de llegar con tal de impedírmelo. Puedo mentir un poco mejor
cuando algo es importante. No tengo elección. Es la única opción.
—¡No te atrevas! —gruño entre dientes, y retrocede—. ¡Siéntate! —Señalo una silla y le pongo
la cara más amenazadora que puedo. Me cuesta, voy a vomitar en cualquier momento. Me encuentro
muy mal y tengo muchísimo calor.
Para mi sorpresa, se sienta de mala gana. Parece asombrado por mi arrebato. Me vuelvo y lo dejo
con cara de haber recibido una azotaina en el trasero. Respiro hondo y entro en la consulta de mi
médico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario