Tras quedarme estupefacta y en silencio, de repente la música que me bombardea se me hace
insoportable. Me arreglo la ropa y hago lo posible por volver a parecer normal. No sirve de nada.
Estoy atónita. No me ha dicho ni media palabra desde que me ha sacado de la pista de baile hasta que
me ha dejado sola en el baño para discapacitados, donde acaba de follarme. Ni me ha hecho el amor
ni ha sido sexo salvaje. Acaba de follarse a su esposa, como si yo fuera una cualquiera que se ha
ligado en un bar. Estoy dolida y mis incertidumbres no han hecho más que aumentar. ¿Qué hago
ahora? Me vuelvo a toda prisa cuando la puerta se abre y Kate entra como un rayo.
—¡Por fin te encuentro! ¡Nos vamos!
—¿Por qué?
Parece asustada.
—Sam está aquí.
¿Eso es todo?
—No es para tanto, ¿no?
—Y tu hermano también —añade secamente.
—Vaya...
—Sí, vaya... —Me coge de la mano y me saca del baño—. ¿Dónde está Pedro? —pregunta
cuando pasamos junto a la barra.
Miro a mi alrededor y lo veo en la barra. Una mano sostiene un vaso de un líquido cristalino y
la otra... la tiene en el culo de una mujer.
La sangre me hierve en las venas.
Me suelto de Kate de un tirón y corro hacia el cabrón de mi marido.
—¡Paula! ¡Tengo que salir de aquí! —me grita Kate.
La ignoro y me abro paso entre la gente. Pedro levanta la vista y me ve pero no da señales de
haberme reconocido. No parece sentirse culpable ni pone cara de saber que lo han pillado. ¿Por qué
iba a hacerlo? Sabe que estoy aquí porque acaba de follarme y de marcarme en los servicios. Veo a
Sam, que parece estar más asustado que Pedro ante mi llegada inminente.
Lo primero que hago cuando lo tengo a mi alcance es cogerle el vaso y bebérmelo. Es agua. Lo
tiro al suelo y el sonido del cristal al romperse apenas es audible entre el rugido de la música y de la
gente charlando. Luego me vuelvo hacia la mujer, que tiene la mano en el culo terso de mi dios
neurótico.
—¡Piérdete! —le grito a la cara al tiempo que le quito la mano del trasero de Pedro.
No necesito repetirlo con la mano que él tiene en el culo de ella. Ya la ha retirado, y tampoco
hay necesidad de que le repita que se largue. La mujer pone cara de sorpresa y se marcha, recelosa.
Es lo más sensato que ha hecho en su vida. Estoy que muerdo.
—¡¿Qué coño estás haciendo?! —le grito a Pedro.
Él levanta las cejas, despacio, y una sonrisa burlona aparece entonces en las comisuras de su
sensual boca. Es la primera reacción emocional que he conseguido sacarle desde que llegó al bar.
Pero no dice nada.
—¡Contéstame!
Niego con la cabeza, se vuelve hacia la barra y le hace un gesto al camarero. Él se lo ha
buscado. Me doy la vuelta y veo a mis tres amigos, y a Sam, a Drew y a mi hermano, todos
alucinando en colores. Yo también estoy flipando.
—¡Apartad! —grito empujándolos para poder pasar.
Me dirijo a la pista de baile y no tardo mucho en encontrar lo que busco. Recibo muchas ofertas
cuando me levanto el bajo del vestido, pero no voy a elegir a cualquiera. Contemplo unos segundos
la selección y me decanto por un hombre alto, moreno y de ojos azules. Está muy bueno. No me
planteo que me rechace. Me acerco a él, le dejo que me vea bien y le paso la mano por el cuello. Me
acepta encantado, me mete la lengua en la boca sin dilación y me rodea la cintura con el brazo. Me
regaño mentalmente por pensar lo bien que se le da y no tardo en fundirme con su ritmo, hasta que de
repente desaparece.
Abro los ojos y veo que el extraño le está poniendo a Pedro cara de pocos amigos.
—¡¿De qué vas?! —grita sin poder creérselo, a lo que mi hombre responde propinándole un
puñetazo en toda la nariz... De los que duelen.
Observo horrorizada cómo le sale un chorro de sangre de la nariz que salpica por todas partes.
Sin embargo, eso no lo detiene. Se abalanza sobre Pedro y lo derriba. Vuelan puñetazos e intentos de
estrangulamiento y todo el mundo se aparta para dejar espacio a los dos luchadores.
—Paula, pero ¿en qué demonios estabas pensando? —La voz cabreada de Sam me apuñala los
tímpanos. Levanto la cabeza y me encuentro una mirada acusadora.
No sé en qué estaba pensando. No pensaba, la verdad.
Sigo la mirada de Sam de vuelta a la pista de baile. Pedro recibe un gancho en la mandíbula. Se
me tuerce el gesto.
—Por favor, Sam, haz que paren.
Todo cuanto veo es la camisa blanca de Pedro cubierta de sangre y la cara del otro tío hecha
puré. Tiene la nariz rota.
—¿Estás loca o qué? —se ríe Sam.
Estoy a punto de suplicarle cuando Pedro se levanta, coge al tío y lo empotra contra un pilar
antes de clavarle un rodillazo en las costillas con todas sus fuerzas. El hombre se hace un ovillo en el
suelo y se abraza el torso. Me siento fatal, y no sólo porque mi marido se palpa la mandíbula con
gesto de dolor. Me siento responsable por el pobre desconocido, al que he escogido para que le
dieran la paliza de su vida. ¿Qué coño me pasa?
Trago saliva y recibo un empujón. Jay entra a la carga, evalúa la situación y coge a Pedro y lo
saca del bar. Me aparto cuando pasan junto a mí, pero Pedro se revuelve contra Jay y me agarra del
brazo.
—¡Saca tu culo a la calle! —me ruge.
De repente me doy cuenta de que he cometido un terrible error, y no quiero oír las perlas que
van a salir de la boca del hombre enfurecido que me espera fuera. Decido que lo más seguro es
quedarse en el bar. Me revuelvo contra pedro y Pedro se revuelve contra Jay.
El portero maldice mientras lidia con nosotros.
—¡Afuera! —grita, y de repente me levanta del suelo y me aprieta contra su pecho—. ¡Yo te la
saco afuera si sacas tu culo testarudo del bar! —le chilla a Pedro.
Funciona, pero no sin que mi marido le gruña:
—No muevas las manos ni un centímetro.
Pese a estar enloquecida, noto que el portero me está sujetando por la cintura con una mano y
por el antebrazo con la otra. Me resisto, desafiante.
—¡Suéltame, cabrón!
—Alfonso, ¿cómo cojones la soportas? —le pregunta Jay caminando hacia la salida del bar.
«¿Perdona?»
—Me vuelve loco —responde pedro lanzándome una mirada de disgusto antes de volver a mirar
al frente y pasarse la mano por la mandíbula—. Ten cuidado con ella.
Jay me deja en tierra y me dedica un gesto de desaprobación. Estrecha la mano de Pedro y nos
deja en la acera. Nos estamos tanteando con la mirada cuando nuestros amigos, y Dan, salen
corriendo del bar. No quiero que mi hermano presencie esto.
—¡Largaos! —les ruge Pedro.
Dan da un paso adelante.
—¿Te crees que voy a dejarla contigo? —espeta echándose a reír.
Rezo para que Dan cierre el pico porque, después de lo que acabo de ver, no me cabe duda de
que mi marido es capaz de aniquilarlo. Me vuelvo hacia Kate y le pido ayuda con los ojos, pero todo
cuanto consigo es que me mire con los labios apretados. Los demás observan alternativamente a mi
hermano y a mi hombre. Han visto al Pedro enloquecido. No van a ayudarme.
Pedro me coge del codo y mira a Dan.
—¿Te importa que me lleve a mi mujer a casa? —dice. Es una afirmación, no una pregunta.
—La verdad es que sí me importa. —Mi hermano no va a bajar del burro. Lo veo en el brillo
metálico de sus ojos oscuros.
—Dan, no pasa nada. Estoy bien. Vete —replico. Luego miro al resto del grupo—. Marchaos
todos, por favor.
Pero nadie se mueve.
Pedro me sujeta con más fuerza.
—¡¿Qué coño crees que voy a hacerle?! —aúlla—. ¡Esta mujer es mi vida!
Me echo atrás ante su fiera declaración, igual que los demás, igual que Dan. Si soy su vida,
¿dónde carajo se ha metido estos cuatro días? ¿Por qué me ha follado como si no fuera más que un
objeto? ¿Y por qué le ha metido mano a otra en el bar? Me suelto y doy un paso atrás. Miro a mi
amiga, aunque no sé por qué. Tal vez en busca de consejo, porque no sé qué hacer. Ella niega
sutilmente con la cabeza. Es su forma de decirme que no monte una escena. Mi lado peleón me está
gritando que no le consienta dejarme mal, mientras que mi pequeño lado sensato intenta
tranquilizarme y me aconseja que no me deje en mal lugar yo solita.
La mirada de Kate me anima a acercarme a ella, le doy un tirón al bajo de mi vestido y, en un
acto estúpido de desafío, cojo su copa de vino y me la bebo.
—¡Paula! —Mi amiga intenta detenerme, pero tengo una misión.
—Te veo luego —digo cogiéndole mi bolso de la otra mano. Entonces me vuelvo hacia Pedro.
Tiene el labio torcido en un gesto de advertencia, pero me importa un bledo. Mentalmente no dejo de
ver todo lo que ha hecho esta noche, y me estoy cabreando mucho—. No te molestes en seguirme —le
suelto. Me mira y la ira es más que evidente en su rostro. Espero que mi disgusto también lo sea pero,
por si no lo es, le lanzo una mirada de asco antes de empujarlo para pasar y concentrarme al máximo
para no caerme. No debería haberme bebido esa copa de vino por muchas razones.
A trompicones, bajo de la acera para llamar a un taxi, pero no llego ni a levantar el brazo.
—¡No bajes de la acera! —me ruge echándome sobre sus hombros—. ¡¿Estás tonta?!
—¡Que te den, Pedro! —Me lleva de nuevo a la acera—. ¡Bájame!
—¡No!
—¡Pedro, me haces daño!
Me baja al instante y sus ojos verdes me examinan, preocupados.
—¿Te he hecho daño? ¿Dónde?
Me llevo la mano al pecho.
—¡Aquí! —le grito en las narices.
Da un paso atrás pero luego hace el mismo gesto que yo. Se golpea el pecho, con la camisa
manchada de sangre.
—¡Bienvenida al club, Paula! —ruge.
Parpadeo ante el volumen de su voz antes de dar media vuelta sobre mis tacones, borracha, y me
marcho.
—¡El coche está aquí! —me grita desde atrás.
Me detengo, doy media vuelta muy despacio y me marcho en la otra dirección. No voy a
conseguir nada intentando escapar. Yo estoy borracha, y él está decidido.
—No me gusta tu vestido —me gruñe pisándome los talones.
—A mí, sí —contraataco sin dejar de andar.
—¿Y eso por qué? —Me alcanza, cosa que no es difícil: estoy pedo y llevo tacones.
Me paro y me vuelvo para mirarlo.
—¡Porque sabía que lo odiarías! —grito, y el resto de los viandantes se nos quedan mirando.
—¡Pues tenías razón! —me grita.
—¡Bien! ¿Estás enfadado por eso, porque estoy borracha, o porque he besado a otro?
—¡Por todo! Pero lo de besar a otro hombre se lleva la palma —dice temblando de la rabia.
—¡Tenías la mano en el culo de otra!
—¡Ya lo sé! —Me mira y yo le devuelvo la mirada.
—¡¿Por qué? ¿Una sola mujer te resultaba aburrido?! —chillo poniéndome tensa.
Miro alrededor para ver quién más ha oído mi comentario. Me alegra comprobar que nuestros
amigos han huido. Podría haberlo atacado por ser tan celoso o por ser tan posesivo, pero no, voy y
elijo su vida sexual pasada.
Me mira con sus ojos verdes entornados y los labios apretados.
—¡Lo estabas pidiendo a gritos!
—¿Yo? ¿Cómo?
—¡Me dejaste! ¡Prometiste que no me dejarías nunca!
Estamos el uno frente al otro, mirándonos como un par de lobos a punto de saltar a la yugular
del otro. Ninguno de los dos se echa atrás. Los dos tenemos motivos para estar enfadados. Por
supuesto, yo soy la que más motivo tiene, pero no estoy preparada para pasarme la noche en plena
calle sólo para demostrar que tengo razón. No soy tan cabezota como él.
—No deberías haber decidido mi futuro tú solo —digo con más calma.
Echo a andar y doy un traspié al llegar al bordillo de la acera. No sé dónde tiene aparcado el
coche, pero seguro que en breve me gritará hacia adónde debo ir.
—Eres un grano en el culo —me suelta—. Estaba pensando en nuestro futuro.
Me coge por detrás y me lleva en brazos.
—Bájame, Pedro —protesto sin mucha convicción. Mi débil intento de soltarme es bastante
patético, la verdad.
—No voy a bajarte, señorita.
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