jueves, 10 de abril de 2014

Capitulo 150 ♥

«¡No! ¡No, no, no!»
Me vuelvo y veo a Pedro con el entrecejo fruncido. Me alegro, porque
debería estar preocupado. Oigo que los tacones de Sarah se alejan y entra
en el restaurante. Sí, ha soltado la bomba y se ha largado para que no le
salpique la metralla.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta con una mezcla de confusión y
preocupación reflejada en el rostro.
Ni siquiera sé qué decir. Miro alrededor del vestíbulo de La Mansión
y veo que muchos socios empiezan a subir al piso de arriba. Deben de ser
más de las diez y media.
—¿Paula?
Vuelvo la vista hacia Pedro y compruebo que empieza a caminar hacia
mí. Retrocedo y él se detiene.
—Me voy —digo, decidida.
No puedo quedarme aquí a escuchar a todas esas mujeres alardeando
sobre sus encuentros sexuales con él y juzgando por qué estamos juntos.
Tampoco pienso quedarme a ver cómo desaparece con otra sin dar
explicaciones. Y desde luego no tengo intención de aguantar las
humillaciones de Sarah. Doy media vuelta y me dirijo con determinación
hacia la inmensa doble puerta de la entrada para salir de este infierno. El
corazón me va a mil por hora y las lágrimas de frustración empiezan a
brotar.—
¡Paula! —lo oigo gritar, y después oigo sus fuertes pisadas tras de
mí.
No sé qué planeo hacer una vez fuera. Sé que me alcanzará, y sé que
no me dejará marcharme. Robaré un coche. No me importa haber bebido
demasiado. La escenita del aseo ha sido horrible, pero lo de Sarah me ha
destrozado. No puedo seguir sometiéndome a esta tortura. Está acabando
con mi sensatez y transformándome en un monstruo celoso y resentido. No
debería haber venido aquí.
—¡Paula, mueve el culo hasta aquí ahora mismo!
Llego a los escalones y me topo con Kate.
—¿Dónde estabas? —pregunta, y abre los ojos como platos al ver que
Pedro corre detrás de mí.
—Me voy —contesto mientras me recojo el vestido para bajar los
escalones.
Kate observa cómo me marcho a toda prisa con una expresión de no
entender nada reflejada en su pálido rostro. Desciendo con una prisa
absurda y me estrello contra el firme pecho de Pedro, cubierto con la
chaqueta de su traje. ¡Ese maldito pecho! Me levanta y me coloca sobre su
hombro sin hacer el más mínimo esfuerzo.
—¡Tú no vas a ir a ninguna parte, señorita! —ruge, y empieza a subir
de nuevo los escalones hacia La Mansión.
Me aparto el pelo de la cara y apoyo las manos sobre su zona lumbar
para intentar liberarme.
—¡Suéltame! —grito frenéticamente mientras me retuerzo, pero me
tiene bien cogida y sé que preferiría morir antes que soltarme—. ¡Pedro!
Kate nos observa pasar con la boca abierta, tira la colilla de su
cigarrillo al suelo y nos sigue.
—¿Qué está pasando?
—¡Es un gilipollas! ¡Eso es lo que está pasando! —grito atrayendo la
atención de los aparcacoches, que dejan lo que están haciendo y observan
en silencio cómo me llevan a hombros de vuelta al edificio—. ¡Pedro,
suéltame!
—¡No! —grita, y continúa avanzando hacia el vestíbulo y hacia el
salón de verano.
»No te preocupes, Kate. Sólo tengo que tener una charlita con Paula —
dice tranquilamente mientras me agarra con más fuerza ante mi continua
resistencia.
Alzo la vista y veo a mi amiga plantada en la entrada del bar
mirándome y encogiéndose de hombros. Quiero gritarle, pero sé que ella
poco puede hacer para convencer a Pedro de que me suelte. Me lleva a
través del salón de verano, donde se han retirado todas las mesas y se ha
preparado una pista de baile. La banda interrumpe sus pruebas de sonido y
observa cómo Pedro avanza conmigo sobre su hombro. Levanto la cabeza y
veo a John, que viene del despacho de Pedro, y se echa a reír sacudiendo la
cabeza. No tiene ninguna gracia. Pasamos por su lado en el pasillo pero no
dice nada. Sólo se aparta y nos deja el camino libre, como si fuese algo de
lo más cotidiano. Supongo que así es.
Pedro cierra la puerta de su despacho de una patada y me deja en el
suelo, con el rostro descompuesto de rabia, lo que no hace sino aumentar
mi propia ira. Me apunta con un dedo.
—¡No vuelvas a huir de mí! —ruge.
Me estremezco.
Levanta los brazos con frustración, se acerca al mueble bar y yo me
dirijo a la puerta de nuevo. ¿Beberá si me marcho? En estos momentos
estoy demasiado furiosa como para que me importe. Agarro la manija de la
puerta pero no continúo. Pedro me alcanza y me levanta. Me deja de nuevo
en el suelo y prácticamente le da una patada a un aparador hasta que
bloquea la salida.
—¿A qué coño estás jugando? —Me agarra de los hombros y me
sacude con suavidad—. ¿Qué pasa?
Recupero la posesión de mi cuerpo y me aparto de él. Él gruñe pero
me deja estar. De todos modos, ya no puedo ir a ninguna parte.
Me vuelvo y le lanzo la peor de mis miradas.
—¡No puedo creer que te abalances sobre cualquier hombre que me
mire y en cambio te parezca de lo más normal meter a otra mujer en tu
cuarto estando desnudo y tumbado en la cama! —chillo. ¡Estoy furiosa!—.
¡Creía que te había soltado John!
Baja ligeramente la mirada mientras asimila lo que acabo de
reprocharle.
—¡Pues no fue así! —grita—. Él estaba aquí, no pude localizar a Sam,
y Sarah andaba cerca. ¿Qué querías que hiciera?
Lo miro con la boca abierta de incredulidad. ¿Cómo se atreve a
enfadarse conmigo?
—¿Y no se te ocurre otra cosa que llamar a una mujer?
—¡No deberías haberme esposado a nuestra puta cama!
—¡A TU cama! —subrayo.
Abre los ojos con furia.
—¡NUESTRA!
—¡Tuya! —rebato puerilmente.
Él echa la cabeza hacia atrás y maldice mirando al techo. Me da igual.
No pienso dejar que le dé la vuelta a la tortilla y me haga sentir culpable a
mí.
—Y, ya que estamos, acabo de tener el placer de escuchar a tres
mujeres que compartían impresiones sobre tus habilidades sexuales. Me ha
encantado. Ah, y Zoe ha tenido la amabilidad esta mañana de informarme
sobre lo frecuentada que está tu cama. ¿Y quién coño era esa mujer? —
Intento recobrar un poco la compostura, pero me cuesta. No paro de
imaginarme a Pedro entreteniendo a otras mujeres, y eso me está
emponzoñando la mente. Es ridículo. Tiene treinta y siete años.
Se acerca a mí.
—Ya sabes que tengo un pasado, Paula —dice con impaciencia.
—Sí, pero ¿te has follado a todas las putas socias de La Mansión?
—¡Esa puta boca!
—¡Vete a la mierda! —Me acerco al mueble bar, cojo la primera
botella de alcohol que encuentro (que parece ser de vodka) y me sirvo un
chupito.
Con las manos temblorosas, levanto el vaso e ingiero todo el
contenido de un trago. De repente me pregunto por qué tiene alcohol en su
despacho si pretende evitar beber. Me arde la garganta y me estremezco
mientras dejo el vaso de un golpe sobre el mueble de madera pulida. No
soy tan idiota como para servirme otro. Me quedo ahí plantada con las
manos sobre el armario mirando la pared.
Él tampoco dice nada.
Me duele la garganta y me siento totalmente fuera de control,
consumida por los celos y el odio.
—¿Cómo te sentirías tú si otro hombre me viera totalmente desnuda y
esposada a una cama? —pregunto con un tono imparcial.
La respiración pesada que recorre la corta distancia que nos separa
hasta rozarme cálidamente la espalda me da la respuesta.
—¡Me darían ganas de matarlo! —ruge.
Me lo imaginaba.
—¿Y cómo te sentirías si oyeras a alguien comentando cómo es
hacerlo conmigo y diciendo que no iban a dejar de intentar llevarme a la
cama de nuevo?
—¡Basta!
Me vuelvo y lo veo observándome detenidamente, con la barbilla
temblorosa.
—Aquí ya no tengo nada que hacer —digo, y me dirijo hacia la
puerta.
El aparador parece pesado, pero no tengo ocasión de comprobarlo.
Pedro se interpone en mi camino y detiene mi progreso. Respiro hondo y lo
miro.
—Que sepas que no voy a irme, pero sólo porque no puedo. Voy a
salir ahí y me voy a tomar algo, y mañana por la noche saldré de fiesta con
Kate. Y tú no vas a impedírmelo.
—Eso ya lo veremos —responde, muy seguro de sí mismo.
—Por supuesto que lo veremos.
Empieza a mordisquearse el labio clavando su mirada en la mía.
—No puedo cambiar mi pasado, Paula.
—Lo sé. Y no parece que yo pueda olvidarlo tampoco. ¿Te importa
apartar el mueble, por favor?
—Te quiero.
—Quita el aparador de ahí, por favor.
—Tenemos que hacer las paces —dice con expresión socarrona.
Se me salen los ojos de las órbitas.
—¡No! —grito, ofendida por su intención de que lo perdone echando
un polvo rápido.
Avanza un paso y yo doy otro hacia atrás.
—No tienes escapatoria, paula —me advierte con voz calmada. Yo
retrocedo otro paso y observo cómo me mira detenidamente—. ¿Vas a
resistirte? —Enarca una ceja admonitoria y yo sigo retrocediendo hasta
que mi espalda choca contra el mueble bar y me agarro al borde.

No hay comentarios:

Publicar un comentario