lunes, 7 de abril de 2014
Capitulo 140 ♥
Me despierto con Pedro dentro de mí, con su pecho contra mi espalda. Me
está sujetando por la cintura y me penetra con decisión. Mi cerebro no es lo
único que se despierta. Mi cuerpo da la alarma y enrosco los dedos en su
pelo, arqueo la espalda y vuelvo la cabeza hasta encontrar su boca.
Lo dejo que se apodere de la mía. Nuestras lenguas se retuercen como
salvajes mientras él entra y sale a toda velocidad. Empujo hacia él con
cada penetración y me lleva cada vez más lejos.
—Paula, no me canso de ti —jadea contra mi boca—. Prométeme que
no me dejarás nunca.
¡Ni loca!
—No te dejaré. —Lo cojo del pelo y tiro para que su boca vuelva a la
mía. Me encanta su boca, incluso cuando se pone imposible y quiero
cosérsela.
Pedro necesita que le diga constantemente que no me voy a ir a
ninguna parte. ¿Me lo hará jurar siempre? Mi respuesta no va a cambiar,
pero lo que quiero es que lo crea y que no tenga que preguntármelo cada
dos por tres.
Me aparto para mirar a mi hombre inseguro. Muestra una confianza
en sí mismo apabullante en todo menos en eso.
—Créeme, por favor.
Mantiene los embates firmes y fuertes mientras me mira pero no dice
nada. Necesito saber que me cree. Me ofrece una pequeña sonrisa antes de
volver a fundir nuestras bocas y aumentar el ritmo de sus embestidas aún
más.
Lo intento con todas mis fuerzas pero no puedo seguir con la boca
pegada a la suya cuando me está penetrando con tanta intensidad. Lo
suelto, agacho la cabeza y me agarro al colchón para no caerme mientras
tira de mí sin parar.
El hilo se tensa y se rompe y los dos gritamos al mismo tiempo. Entra
y sale de mí a un ritmo frenético y me lanza a un abismo sin fin de placer
absoluto. Intento recobrar el aliento, mi corazón lucha por recuperar el
control y mi cuerpo se convulsiona a su aire. Pedro maldice y se arquea una
vez más; luego, la ardiente sensación de su orgasmo me inunda.
—Por Dios santo —suspira saliendo de mí y echándose de espaldas.
Me doy la vuelta y me subo encima de él, con las piernas abiertas
sobre sus caderas y tumbada sobre su pecho. Hundo la cara en su cuello.
—Eso no ha sido sexo soñoliento —digo mientras beso la vena
palpitante de su cuello.
—¿No? —jadea.
—No. Eso ha sido un puto polvo soñoliento —hago una mueca al
percatarme de que acabo de soltar un taco y ni siquiera me he levantado
todavía.
—Por el amor de Dios, Paula, ¡no digas más tacos! —masculla,
frustrado.
Tengo que averiguar qué le pasa a mi boca. Normalmente nunca digo
tacos. ¡Es culpa suya!
—Perdona. —Le doy un mordisco en el cuello y succiono un poco.
—¿Estás intentando marcarme? —pregunta sin detenerme.
—No, sólo te estaba saboreando.
Me mira, me besa en la boca y sus enormes brazos me rodean la
espalda.
—¿Desayunamos?
Tengo hambre y quiero que Pedro coma algo, pero la verdad es que no
me apetece moverme de la cama. Le doy un rápido beso en los labios y me
deslizo por su cuerpo hasta que estoy recostada bajo su axila.
—Estoy muy a gusto —digo. La punta de mi dedo lo acaricia desde el
pecho hasta la cicatriz, de arriba abajo y vuelta a empezar.
—Te quiero, señorita. —Flexiona una rodilla y me deja salirme con la
mía. Qué novedad.
—Lo sé.
—¿De verdad? —pregunta, no muy seguro
La pregunta me pilla por sorpresa. Pues claro que lo sé. Me lo dice a
todas horas, y si me quiere tanto como yo a él, me quiere muchísimo.
Infinito, en realidad. Por favor, no me digas que también duda de eso. Lo
miro.
—Sí.
Me sube encima de él y luego me pone de espaldas contra el colchón.
Me sujeta por las muñecas y me mira desde arriba.
—No sé si lo sabes —replica. Su mirada es ardiente y está muy serio.
¿A qué viene esto ahora?
—Me lo dices siempre. Claro que lo sé. —Intento soltarme las
muñecas para poder cogerle la cara pero no me libera.
—Las palabras no bastan, Paula. —Está muy, muy serio.
—¿Por eso me pones a prueba con tu forma imposible de ser? —
pregunto para intentar animarlo.
No me gusta lo abatido que parece. Ojalá no se preocupara pensando
que voy a abandonarlo, intentando que lo quiera y preguntándose si sé lo
mucho que él me quiere. Todo eso quedó claro hace tiempo.
—Todo lo que hago es porque estoy locamente enamorado de ti.
Nunca antes me había sentido así. Nunca. —Casi me está echando la
bronca, como si lo cabreara sentirse de ese modo—. Me vuelvo loco sólo
de pensar que puedo perderte. Se me va la cabeza por completo. Créeme,
soy plenamente consciente. —Me besa en los labios—. Te saco de tus
casillas, ¿no?
¡Dios del cielo! ¿Está reconociendo que es imposible?
—Eres un poco difícil, pero eres mi hombre difícil y te quiero, así que
vale la pena la frustración.
—Tú también eres difícil, señorita —declara, tajante.
Abro unos ojos como platos.
—¿Yo?
¡Este tío está como una regadera!
—Pero yo también te quiero, y vales con creces todos los dolores de
cabeza.
Qué a gusto le llevaría la contraria. En cuanto me da lo que quiero —
el hecho de reconocer cómo es—, destroza el momento acusándome de ser
aún peor que él.
¿Difícil, yo?
Empiezo a defenderme pero me hace callar con sus labios carnosos y
me distraigo al instante. Sabe lo que se hace. Relajo la lengua (la tengo
dolorida de tanto usarla) y me abandono al ritmo de sus caricias. Aún no
me ha soltado las muñecas. Su boca es lo más maravilloso del mundo.
Me da un pico.
—Sabía que eras la mujer de mi vida en cuanto te vi.
¿La mujer de su vida? Esto me interesa. Perseveró de tal manera e
insistió tanto al comienzo de nuestra relación en que debíamos estar juntos
y que yo era suya que me tenía intrigadísima.
Me acaricia la oreja con la nariz.
—La mujer que iba a devolverme a la vida —dice con tono de que es
evidente, ese que usa cuando dice algo que sólo él entiende. ¿Es que estaba
muerto?
—¿Cómo lo supiste? —Parece que hoy tiene ganas de hablar, así que
debo aprovechar y sonsacarle toda la información que pueda.
Me mira directamente a los ojos. Es una mirada cargada de
significado.
—Porque mi corazón volvió a latir —susurra.
Se me hace un nudo en la garganta. Me ha dejado de piedra. Lo que ha
dicho es muy serio y muy profundo, y estoy algo abrumada. No sé qué
decir. Este hombre devastador me mira como si fuera lo único que hay en
el universo.
Tiro de las muñecas hasta que me suelta y lo abrazo como si no
hubiera nada ni nadie más en el mundo.
Para mí, no hay nadie más.
No sé cuáles son los porqués ni los detalles que hay detrás de esa
afirmación, pero el poder de esas palabras lo dice todo. No puede vivir sin
mí. Yo tampoco podría vivir sin él. Este hombre es mi mundo.
Permanece muy quieto encima de mí y me deja abrazarlo hasta que
me duele el cuerpo.
—¿Puedo darte de comer? —pregunto cuando mis muslos empiezan a
protestar a gritos.
Me levanta de la cama, todavía aferrada a él, me saca del dormitorio y
me baja por la escalera.
—Se me va a olvidar cómo usar las piernas —digo cuando llegamos
abajo y se dirige a la cocina.
—Entonces te llevaré en brazos a todas partes.
—Ya quisieras. —Sería la excusa perfecta para tenerme todo el día
pegada a él.
—Me encantaría. —Me sonríe y me deja sobre el mármol.
El frío se extiende por mi trasero y me recuerda que los dos estamos
en pelota picada. Admiro su culo perfecto cuando se acerca a la nevera y
coge varias cosas de desayuno y un tarro de mantequilla de cacahuete.
Me bajo de la isleta.
—Se suponía que iba a prepararte yo el desayuno —digo apartándolo
de en medio—. Siéntate —le ordeno a continuación, muy digna.
Me sonríe y coge el tarro de mantequilla de cacahuete antes de
retorcerme el pezón y salir corriendo hacia un taburete.
—¿Qué te apetece? —pregunto metiendo el pan en la tostadora. Me
vuelvo y veo que ya tiene un dedo dentro del tarro.
—Huevos fritos —dice con el dedo en la boca mientras intenta
reprimir la risa.
Miro mi cuerpo desnudo. Debería vestirme si quiere cualquier tipo de
frito. Vuelvo a mirarlo y compruebo que ha perdido la batalla contra la
sonrisa. Está encantado.
—Tú preparas el mío y yo preparo el tuyo.
Recorro su torso desnudo con la mirada y arqueo las cejas.
Se saca el dedo de la boca.
—Salvaje.
Volvemos la cabeza hacia la puerta de la cocina al oír la puerta
principal. Miro a Pedro con unos ojos como platos. Tiene el dedo cubierto
de mantequilla de cacahuete suspendido en el aire y la misma cara de
sorpresa que yo.
Salta y, al mismo tiempo, el bote de mantequilla de cacahuete cae de
la isleta y se hace añicos contra el suelo, llenándolo todo de cristales. Me
entra el pánico.
—¡Mierda! ¡Es Cathy!
«¡Dios del cielo, ayúdame!»
¡Anoche le arranqué la cabeza y ahora la voy a recibir desnuda! Y,
para colmo, su lasaña quemada todavía está en un rincón de la cocina... Me
va a odiar. No hay forma de salir de la cocina sin que nos vea. Pedro está
petrificado, tan atónito como yo. Seguro que a Cathy no le importa pillarlo
como su madre lo trajo al mundo. Aterrizo en la realidad. Dejo de mirar
con ojos golosos a mi hombre y corro al otro lado de la cocina.
—¡Mierda! —chillo al sentir un dolor agudo en el pie—. ¡Ay, ay, ay!
—Sigo andando, pese al dolor.
Pedro viene detrás de mí, riéndose a mandíbula batiente mientras los
dos subimos corriendo la escalera.
—¡Esa boca! —dice dándome un azote en el culo.
—¡Santo Dios! —oigo que dice Cathy cuando llegamos a lo alto de la
escalera.
¿Qué pensará de nosotros? Corro en pelota picada al dormitorio y me
escondo debajo de las mantas. Me quiero morir. No voy a poder mirarla a
la cara nunca más.
Pedro se sienta en la cama.
—¿Dónde estás? —dice buscando entre las sábanas hasta que
encuentra mi cabeza debajo de una almohada—. Te pillé.
Me da la vuelta y hunde la cara entre mis tetas.
—Has hecho enfadar al conserje y ahora has dejado pasmada a mi
asistenta.
—¡No te rías! —Me tapo la cara con las manos en un gesto de
absoluta desesperación.
Pedro se ríe a carcajadas.
—Enséñame esa herida. —Se sienta sobre los tobillos y me agarra el
pie.
—Duele —protesto cuando me pasa el dedo por el talón.
—Te has clavado un cristal, nena. —Me besa el pie y salta de la cama
—. ¿Tienes unas pinzas?
Me quito un brazo de la cara y señalo en dirección al cuarto de baño.
—En el neceser del maquillaje —gruño.
No me puedo creer que la asistenta de Pedro me haya pillado desnuda.
Es horrible, soy lo peor. Necesito una bata de estar por casa.
La cama se hunde por el peso de Pedro. Me coge el pie.
—No te muevas —me ordena con dulzura.
Contengo la respiración y me tapo la cara sólo con las manos, pero
toda la vergüenza desaparece cuando siento la lengua ardiente de Pedro
lamiendo la sangre que brota de mi pie. Su caricia me hace estremecer y
aparto las manos para poder mirarlo. Se me tensan los muslos. Me sonríe,
porque sabe lo que me pasa, y le brillan los ojos. Coge el trozo de cristal
con los labios.
—¿Qué haces?
—Voy a sacarlo —dice con la boca pegada a mi pie. Me succiona el
talón, se aparta antes de coger las pinzas y se centra en lo que tiene entre
manos .
Sonrío al ver cómo la arruga hace su aparición.
—Ya está. —Me da un beso en el pie y lo suelta. La verdad es que
apenas me ha dolido—. ¿De qué te ríes?
—De tu arruga de la frente.
—No tengo ninguna arruga en la frente —replica, ofendido.
—Sí que la tienes.
Se me echa encima.
—Señorita Chaves, ¿me está usted diciendo que tengo arrugas?
Ahora la sonrisa me llega de oreja a oreja.
—No. Sólo te sale cuando te concentras o cuando estás preocupado.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Vaya. —Frunce el ceño—. ¿La ves ahora?
Me río y me muerde una teta. Me hago una bola debajo de él.
—Vístete —dice, y me besa en los labios—. Iré a ver si Cathy ya ha
dejado de gritar.
Se me hiela la sonrisa en la cara cuando Pedro menciona a la pobre
asistenta, que acaba de ver mi culo en primer plano.
—Vale.
—Te veo abajo. —Me da un último beso en la boca—. No tardes.
—Vale —refunfuño como la niña pequeña y gruñona que soy.
Se levanta y se pone un pantalón de pijama de cuadros. Luego me deja
para ir a tranquilizar a la asistenta.
Me doy una ducha para dejar de pensar en la pobre mujer y me pongo
un vestido de flores —que seguro que es demasiado corto— y unas
sandalias planas. Me hago una coleta y lista.
Entro en la cocina nerviosa, avergonzada y temblorosa. Pedro me mira
por encima de su plato —un bagel con huevos revueltos y salmón—, y me
dedica una de sus sonrisas. Su pecho desnudo hace que me olvide de que
soy lo peor y me percato de que pone mala cara al ver lo corto que es mi
vestido. Paso de él.
—Aquí está. Cathy, te presento a Paula, el amor de mi vida —dice
dando palmaditas en el taburete a su lado.
Cathy se vuelve desde la nevera para mirarme.
Me pongo como un tomate y le pido disculpas con la mirada. Me
siento mucho mejor cuando veo que ella también se ruboriza. He estado tan
preocupada por sentirme tan avergonzada que había olvidado que ella
también se ha llevado un buen susto. Me siento junto a Pedro, que me sirve
un poco de zumo de naranja.
—Me gusta tu vestido —sonríe —. Un poco corto pero de fácil
acceso. Nos lo quedamos.
Lo miro horrorizada y le pego una patada en la espinilla. Él se echa a
reír y le hinca los dientes al bagel. Su comportamiento me tiene
anonadada, pero me alegro de que no me haya hecho subir a cambiarme ni
haya proscrito al pobre vestido para siempre.
—Encantada de conocerte, Paula. ¿Quieres desayunar? —me dice
Cathy. Su voz es cálida y amable. No me lo merezco.
—Igualmente, Cathy. Me gustaría mucho, gracias.
—¿Qué te apetece? —Me sonríe. Tiene un rostro muy dulce.
—Tomaré lo mismo que Pedro, por favor.
No me sorprendería si se da la vuelta y me dice que me meta el bagel
por el culo, pero no lo hace. Asiente y sigue con lo suyo.
Cojo mi vaso de zumo y a continuación miro a Pedro. Está muy
satisfecho. Me alegro de que mi vergüenza le haga tanta gracia. Seguro que
no estaría tan tranquilo si Cathy fuera un hombre. Acerco la mano a su
regazo, la meto por debajo del pantalón y le cojo la polla. Da un salto, se
golpea la rodilla con el mármol y se atraganta con la comida. Cathy se da
la vuelta, asustada de ver a Pedro atragantándose, y corre a ofrecerle un
vaso de agua. Él lo coge y hace un gesto de agradecimiento.
—¿Estás bien? —pregunto muy preocupada mientras le acaricio la
polla erecta muy despacio.
—Sí, estoy bien. —Su voz es aguda y forzada.
Cathy se va a preparar mi desayuno y yo sigo siendo mala con la
entrepierna de él. Deja el bagel, respira hondo y me mira con los ojos muy
abiertos.
Ignoro su cara de sorpresa y le paso el pulgar por el glande húmedo
antes de volver a la base. La siento latir en mi mano y está húmeda por el
semen que escapa por la punta. Lo recojo y lo deslizo arriba y abajo por su
erección de acero.
Lo miro.
—¿Bien? —digo, y sacude la cabeza de desesperación.
Estoy en mi salsa. Esto no había pasado nunca. Debe de tenerle mucho
respeto a Cathy, porque sé que, con cualquier otra persona delante, a estas
alturas ya me habría sacado en brazos de la cocina.
—Aquí tienes, Paula. —Cathy me sirve mi desayuno.
Suelto a Pedro como si fuera una brasa y me meto el pulgar en la boca
antes de centrarme en mi desayuno. Él coge aire y me clava la mirada.
—Gracias, Cathy —digo alegremente.
Le doy un gran mordisco a mi bagel.
—Cathy, esto está delicioso —le digo mientras ella mete los platos en
el lavavajillas. Me mira y sonríe.
Los ojos de Pedro siguen clavados en mí mientras disfruto de mi
bagel, así que me vuelvo despacio para enfrentarme a él y me encuentro
con que su cara es una mezcla de horror y sorpresa.
Enarca las cejas y, con un gesto de la cabeza, señala la puerta de la
cocina.—
Arriba, ahora —dice levantándose—. Gracias por el desayuno,
Cathy. Voy a ducharme. —Me mira y yo asiento.
—De nada —responde Cathy—. ¿Tienes la lista de mis tareas de hoy?
Estoy falta de práctica y veo que no has hecho nada de nada, salvo romper
puertas y agujerear paredes. —Se seca las manos en un trapo de cocina y le
dedica a Pedro una mirada de desaprobación.
Él no se vuelve para mirarla a la cara porque está ocultando la enorme
tienda de campaña que la erección levanta en sus pantalones. Mentalmente,
me anoto un tanto. Qué bueno...
—¡Paula te lo dirá en cuanto me haya ayudado con una cosa que debo
hacer arriba! —grita por encima del hombro antes de desaparecer.
¿Yo? No sé qué es lo que hace Cathy ni qué quiere él que haga hoy, y
tampoco tengo la menor intención de seguirlo escaleras arriba y terminar
lo que he empezado.
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