martes, 1 de abril de 2014

Capitulo 125 ♥


Ni siquiera estoy segura de que no vaya a montar una escena en el
hotel más pijo de Londres delante de los pijos más repijos de la ciudad.
Se apoya en el respaldo de la silla y me lanza una potente mirada
verde.—
Bueno, una pequeña coqueta desobediente ha retrasado mi carrera
matutina porque me ha esposado a la cama y me ha torturado para
sonsacarme información. Luego me ha abandonado, dejándome indefenso
y necesitándola desesperadamente. —Empieza a jugar con el tenedor y yo
me encojo bajo su mirada. Respira hondo—. Al final he conseguido coger
el móvil que me había dejado... apenas... fuera de mi alcance. —Hace un
gesto de pinza con el pulgar y el índice—, y luego he tenido que esperar a
que un empleado viniera a liberarme. He corrido veintidós kilómetros en
mi tiempo libre para soltar las frustraciones y el malestar que me ha
causado, y ahora estoy mirando su bonito rostro y tengo ganas de tumbarla
boca abajo sobre esta mesa tan elegante y follármela sin parar durante una
semana entera.
Trago saliva. Lo que acaba de decir en el restaurante del Ritz sin
preocuparse por quién pueda estar escuchando... Dios mío, ¿qué habrá
pensado John de mí? Espero que se haya reído. Parece que el
comportamiento y la forma en la que Pedro reacciona conmigo le hacen
mucha gracia.
El camarero nos sirve los cafés, los dos asentimos y le damos las
gracias antes de que se retire.
Cojo mi cucharilla pija de plata (creo que de ley) y empiezo a
remover lentamente mi café.
—Has tenido una mañana la mar de entretenida —digo con calma.
¿Por qué habré dicho eso?
Levanto la vista, nerviosa, y me lo encuentro intentando reprimir una
sonrisa. Qué alivio. Tiene ganas de reírse pero también le apetece estar
enfadado conmigo.
Suspira.
—Paula, no vuelvas a hacerme eso.
Me desintegro en mi trono amarillo.
—Estabas muy enfadado —digo, y suelto un largo y profundo suspiro.
—Lo estaba, estaba mucho más que enfadado. Estaba como loco, Paula.
—Se masajea las sienes en círculos intentando borrar el recuerdo.
—¿Por qué?
Se detiene en mitad del masaje.
—Porque no podía tocarte. —Lo dice como si fuera tonta. Capta mi
mirada confusa porque se lleva los dedos a la frente y apoya el codo sobre
la mesa—. La idea de no poder tocarte hizo que me entrara el pánico.
«¿Qué?»
—¡Pero si estaba en la habitación! —exclamo un pelín demasiado
alto. Miro alrededor para asegurarme de que no he llamado la atención de
la clientela pija.
Me lanza una mirada asesina.
—¡Cuando te fuiste no estabas en la habitación!
Me inclino hacia él.
—Me fui porque me amenazaste. —Ésta no es una conversación que
uno deba tener en medio del pijerío del Ritz.
—Claro, porque me cabreaste, me volviste loco. —Me mira con los
ojos muy abiertos—. ¿Cuándo compraste las esposas? —me pregunta en
tono acusador, y da un golpe sobre la mesa con las palmas de las manos
que hace callar a los demás comensales.
Me hundo en mi trono y espero a que retomen sus conversaciones.
—Ayer, al salir del trabajo. Tu puto polvo de represalia me chafó los
planes —gruño.
—Esa boca... ¿Cómo que te chafé los planes? —pregunta, incrédulo
—. Paula, en ninguno de mis planes entraba que me maniataras y me
tuvieras a tu merced. En realidad, tú me has chafado los planes a mí.
Dejamos de hablar de planes, de polvos de represalia y de esposas
cuando el camarero se acerca con nuestros huevos. Me sirve primero a mí
y luego a Pedro. Gira los platos para que la presentación, que es una obra de
arte, luzca al máximo y nosotros podamos admirarla antes de atacarla con
cuchillo y tenedor. Le sonrío para darle las gracias.
—¿Se le ofrece algo más, señor? —le pregunta el camarero a Pedro.
—No, gracias.
El camarero se va y nos deja para que retomemos nuestra
conversación inapropiada.
Hundo el cuchillo en mi plato. Es demasiado bonito para comérselo.
—Deberías saber que tu pequeña coqueta está muy orgullosa de sí
misma —digo pensativa mientras me llevo a la boca la tostada integral
más deliciosa del mundo, cubierta de salmón y salsa holandesa.
—Apuesto a que sí. —Levanta las cejas—. ¿Es consciente de que
estoy locamente enamorado de ella?
Me derrito en el acto. Estoy en el Ritz, disfrutando de una comida
increíble, y tengo delante al hombre más apuesto y arrebatador que he visto
en mi vida, mi hombre apuesto y arrebatador. Es todo mío. Estoy tomando
el sol en el séptimo cielo de Pedro.
—Creo que sí.
Se centra en su plato.
—Más le vale creérselo de verdad —dice, muy serio.
—Lo sabe.
—Mejor.
—Además, ¿qué problema hay? —pregunto—. Treinta y siete años no
es nada.
Me mira un instante. Casi parece avergonzado.
—No lo sé. Tú tienes veintipico y yo tengo casi cuarenta.
—¿Y? —Lo miro atentamente. Es obvio que se siente acomplejado
por su edad—. Te preocupa más a ti que a mí.
—Puede ser. —Lucha por contener una sonrisa. Se siente aliviado al
ver que a mí no me importa en absoluto.
Sacudo la cabeza y me dedico a comer. Mi donjuán arrogante se siente
inseguro, pero eso sólo hace que lo quiera más aún.
Comemos tranquilos y en silencio. El camarero nos visita a intervalos
regulares para comprobar que todo está a nuestro gusto. ¿Cómo podría no
estarlo? Cuando terminamos, recoge los platos con maestría y Pedro le pide
la cuenta.
—¿Cuándo vamos a comprar el vestido? —pregunta antes de beber un
sorbo de café.
Suelto un leve bufido, exasperada. Se me había olvidado. Sé que, si
desobedezco, me echará a patadas del séptimo cielo de Pedro. Me encojo de
hombros.
—No hace falta que me acompañes —repongo; puedo pasarme por
House of Fraser en cualquier momento.
—Quiero ir. Recuerda que te debo un vestido. —Sonríe, y la masacre
del vestido me viene a la memoria. Sólo quiere venir para poder aprobar la
selección, lo que significa que acabaré con pantalones de esquí y jersey
ancho de cuello alto.
—¿El viernes a la hora de comer? —Intento parecer animada, pero
fracaso miserablemente.
La arruga de la frente se acentúa.
—¿No te parece que es muy poco tiempo?
—Encontraré algo —digo mientras me termino el café más delicioso
que he probado nunca.
—Apúntame en tu agenda. Quiero el viernes por la tarde, toda la
tarde.—
¿Qué? —Me están saliendo arrugas en la frente.
Saca un fajo de billetes del bolsillo y mete cinco de veinte en la
cartilla de cuero que ha dejado el camarero antes de irse. ¿Cien libras por
un desayuno? ¡Cuesta lo mismo que mi vestido nuevo!
—El viernes por la tarde tienes una cita con el señor Alfonso. A la una,
más o menos. —Los ojos le brillan de felicidad—. Iremos a comprar un
vestido y podremos arreglarnos sin prisas para la fiesta.
—¡No puedo dedicarle toda la tarde a una sola cita! —espeto,
incrédula. Don Imposible ha vuelto.
—Claro que puedes, y es justo lo que vas a hacer. Le estoy pagando
más que suficiente a tu jefe. —Se levanta y se acerca a mi lado de la mesa
—. Tienes que decirle a Patrick que estás viviendo conmigo. No voy a
andarme de puntillas con él mucho tiempo.
¿Estoy viviendo con él? Tomo la mano que me ofrece y me pongo de
pie. Lo dejo que me conduzca afuera del restaurante. No, no va andarse de
puntillas. Va a pasarle por encima.
—Eso me complicará las cosas en el trabajo. —Intento hacerlo
razonar—. No le va a gustar, Pedro, y no quiero que piense que estoy
haciendo la vaga en vez de trabajar cuando me reúno contigo.
—Me importa un bledo lo que piense. Si no le gusta, te retiras —dice
sin dejar de andar, arrastrándome detrás de él.
¿Que me retire? Adoro mi trabajo, y también adoro a Patrick. Está de
coña.
—Vas a pasarle por encima, ¿verdad? —digo con tiento. Mi hombre
es como un rinoceronte.
El aparcacoches le da las llaves a Pedro y él le tiende un billete de
cincuenta libras. ¿Cincuenta? ¿Por aparcarle el coche y devolvérselo? Vale
que es un Aston Martin, pero aun así...
Se vuelve, me coge la cara con las manos y me da un beso de
esquimal.
—¿Amigos? —Su aliento mentolado es como una apisonadora.
—Sí —me someto, pero a juzgar por los últimos minutos de
conversación, no espero que lo seamos por mucho tiempo. ¿Retirarme?—.
Gracias por el desayuno.
Sonríe.
—De nada. ¿Adónde vas ahora?
—Al Royal Park.
—¿Cerca de Lancaster Gate? Yo te llevo. —Me da un beso apretado
en los labios y me acerca suavemente las caderas hacia sí.
Trago saliva.
¡No puede hacerme esto en la puerta del Ritz! Se ríe ante mi
estupefacción antes de llevarme al coche. El aparcacoches me abre la
puerta, le sonrío con dulzura y luego tomo asiento. Pedro se desliza detrás
del volante y me da un apretón rápido en la rodilla antes de internarse
zumbando entre el tráfico de media mañana de Londres, como siempre, a
velocidad de vértigo. Me pregunto cuántos puntos le quedan en el carnet.
Así que acabo de tener un desayuno de negocios con el señor Alfonso en
el que sólo hemos hablado de locuras..

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