Me estoy mirando al espejo de cuerpo entero con un nudo en el estómago.
Me he secado el pelo con secador, está ondulado y brillante. Mi maquillaje
es delicado y natural y ya me he puesto el vestido. Tiene un tacto increíble
pero estoy que me subo por las paredes. No sé si es por el lugar al que voy
o por si estoy teniendo un pequeño ataque de ansiedad de pensar que puede
que a Pedro no le guste el vestido.
Me vuelvo para ver el escote de la espalda, que parece más
pronunciado que en la tienda. ¿Se enfadará? Estuvo a punto de tener un
infarto cuando me vio con el vestido de verano con la espalda al aire.
Soplo para apartarme el pelo de la cara y me echo un poco más de
desodorante. Me estoy asando, sin duda son los nervios. Me pongo mis
pendientes de oro blanco; son unas bolitas sencillas, el encaje no permite
otra cosa. Meto el brillo de labios y la polvera en la cartera junto con el
teléfono. Llaman a la puerta y el corazón se me sale del pecho. Tengo un
nudo en el estómago.
—Paula, cariño, tenemos que irnos —dice en voz baja desde el otro
lado. No intenta entrar, y ese gesto, junto con la dulzura de su voz, me
indica que puede que él también esté nervioso. ¿Por qué? Porque
normalmente entraría a la carga, sin llamar y sin decir nada.
—¡Dos minutos! —grito. Mi voz es aguda y temblorosa.
Me rocío con mi perfume favorito de Calvin Klein. No hay gruñidos
ni gritos impacientes. Debería mover el culo. Me deja para que me
tranquilice un poco.
Respiro hondo un par de veces, cojo la cartera y echo los hombros
atrás. Qué mal. Estoy supernerviosa. Tengo que ver a todos los socios de
La Mansión y no me apetece nada. Las mujeres me han dejado claro que
les he aguado la fiesta. No creo que vayan a cambiar de opinión sólo
porque lleve un vestido de alta costura o porque oficialmente sea la novia
de Pedro. ¿La novia? Suena muy tonto, pero ¿qué otra palabra puedo usar?
Además, él es demasiado mayor para llamarlo novio. No suena nada bien.
Vale. Recojo un poco el bajo del vestido y admiro mis zapatos antes
de salir del dormitorio en dirección a la escalera.
Veo la sala de estar y oigo las fascinantes notas de Nights in White
Satin de Moody Blues que caen sobre mí desde los altavoces integrados.
Sonrío para mis adentros y entonces lo veo.
Freno en seco en lo alto de la escalera y procuro recobrar el aliento.
Es como volver a verlo por primera vez. Está impresionante con el traje
negro, la camisa blanca almidonada y la corbata negra. Se acaba de afeitar
y puedo ver su hermoso rostro. También se ha peinado. Dios, esta noche
voy a fastidiar los planes de muchas.
Aún no me ha visto. Camina despacio de un lado a otro, con las manos
en los bolsillos y mirando al suelo. ¿Mi donjuán chulo, orgulloso y pagado
de sí mismo está nervioso?
En silencio, observo cómo se sienta, junta las manos y traza círculos
con los pulgares en el aire. Vuelve a levantarse y a pasear de un lado a otro.
Sonrío y, como si notara mi presencia, se vuelve y recibo de pleno el
impacto de ver a mi hombre de frente, en todo su esplendor. Me quedo sin
aliento y tengo que sujetarme a la barandilla para no caerme.
Abre un poco más los ojos.
—Madre mía —dice, y oscilo sobre los talones bajo su intensa
mirada.
Pedro se acerca a la escalera sin apartar la mirada de mí. Bajaría para
reunirme con él, pero mis estúpidas piernas están paralizadas y no logro
convencerlas de que se muevan. Es posible que tenga que bajarme en
brazos.
Sube la escalera sin que nuestros ojos se separen y, cuando llega hasta
mí, me tiende la mano con una sonrisa. Respiro hondo, cojo la falda de mi
vestido y pongo la mano en la suya. Lo dejo que me guíe por la escalera.
Mis piernas parecen un poco más fuertes ahora que él me lleva de la mano.
Llegamos abajo y se vuelve. Recorre con la mirada mi cuerpo cubierto
de encaje. Da una vuelta a mi alrededor para ver la espalda y cierro los
ojos, rezando para no haber cometido un error monumental al haber
elegido un escote trasero tan pronunciado. Coge aire y siento su dedo
cálido en lo alto de la nunca. Lo desliza despacio por mi columna vertebral
y un millar de escalofríos viajan por mis terminaciones nerviosas. Acaba
en la base de mi columna y siento el inconfundible calor de su boca sobre
mi piel cuando me besa en el centro de la espalda. Sus labios tibios me
relajan. Si fuera a explotar, ya lo habría hecho.
Lentamente, vuelve a colocarse delante de mí.
—No puedo respirar —susurra cogiéndome de la cintura y
atrayéndome hacia su boca. Es como si me hubiera vuelto tan delicada
como el encaje que cubre mi cuerpo.
Qué alivio. El nudo del estómago ha desaparecido. Ahora sólo tengo
que preocuparme de la infinidad de mujeres que se arrodillarán ante él. Se
aparta y me besa el bajo vientre. Tiene una erección de campeonato. Ahora
no querrá que me desvista, ¿o sí?
—Me gusta muchísimo tu vestido —dice, sonriente—. Éste no te lo
probaste. Me acordaría. —Lo contempla, admirado.
—Siempre encaje —repito sus palabras y nuestras miradas se funden.
—¿Escogiste este vestido para mí? —me pregunta con ternura.
Asiento, da un paso atrás y se mete las manos en los bolsillos. Se
muerde el labio y ahí están los engranajes, trabajando mientras él me mira
con aprobación.
—Igual que yo he elegido esto para ti —dice mientras se saca la mano
del bolsillo y veo una delicada cadena de platino colgando de su dedo.
Casi me atraganto con mi propia lengua cuando mis ojos ven la
exquisita joya. La vi en una vitrina de cristal esta mañana mientras pasaba
con Zoe por la sección de joyería. Me lo señaló y me cautivó al instante,
con sus delicadas capas de platino y un diamante cuadrado suspendido al
final. Casi me da un ataque al ver el precio escrito en letra muy pequeña.
Lo miro a los ojos.
—Pedro, ¡ese collar vale sesenta mil libras! —suelto. No se me
olvidará nunca. Conté los ceros varias veces.
«¡Ay, Dios!»
Me entra muchísimo calor de repente y mis ojos van de Pedro al
diamante que le cuelga del dedo. Sonríe y se me acerca por detrás, me echa
el pelo sobre el hombro. El corazón me da volteretas mortales en el pecho.
Acerca el collar a mi cuello y lo deja caer sobre mi esternón. Siento una
carga enorme en el pecho. Estoy empezando a temblar.
Sus manos rozan mi espalda cuando abrocha el cierre y luego me
desliza las palmas por los hombros y me da un beso en la nuca.
—¿Te gusta? —me susurra al oído.
—Sabes que sí, pero... —Toco el diamante y al instante quiero un
paño de terciopelo para limpiarle mi huella dactilar—. ¿Te lo dijo Zoe? —
Quiero vomitar. Sé que se dedica a las ventas, pero decirle a Pedro que me
quedé prendada de un carísimo collar de diamantes es aprovecharse de la
situación. ¿Sesenta mil libras? ¡Virgen santa!
—No, yo le pedí a Zoe que te lo enseñara. —Me da la vuelta entre sus
brazos y acaricia el collar con el dedo y luego mi pecho—. Eres
increíblemente hermosa.
Me da un tierno beso en los labios.
¿Él se lo pidió? Me entra la risa nerviosa.
—¿Es a mí o al diamante?
—Sólo tengo ojos para ti —me dice con la ceja levantada—. Para
siempre.
Dejo de reírme.
—Pedro, ¿y si lo pierdo? ¿Y si...? —Me hace callar con sus labios.
—Cállate,Paula. —Vuelve a cubrirme la espalda con el pelo—. Está
asegurado y es un regalo que quería hacerte. Si no te lo pones, me enfadaré
mucho, ¿entendido?
Su tono no admite discusión, pero estoy abrumada y mucho más
nerviosa que antes ahora que el collar forma parte de la ecuación de la
fiesta. No voy a volver a ir en metro ni a pasear de noche, eso fijo, no con
esta cosa colgando del cuello. Además, dudo que pueda hacer ninguna de
esas cosas si Pedro se sale con la suya (y eso es lo que va a pasar).
Respiro hondo y apoyo las manos en su pecho.
—No sé qué decir. —Me tiembla la voz, igual que el cuerpo.
—Puedes decir que te encanta. —Las comisuras le bailan—. Puedes
darme las gracias.
—Me encanta. Muchas gracias. —Le doy un beso.
—De nada, nena. Aunque no es tan hermoso como tú. Nada lo es. —
Me coge las manos—. Mi trabajo aquí ha terminado. Vamos, has
conseguido que tu dios llegue tarde.
Me lleva a la puerta principal y apaga la música. Coge las llaves y
vamos al ascensor. Ya han reparado el espejo.
Se abren las puertas, entramos e introduce el código. Me mira y me
guiña el ojo.
—Eres demasiado guapo —digo con cierta melancolía, pasándole el
pulgar por el labio inferior para quitarle los restos de pintalabios—. Y todo
mío.
Coge mi mano y me besa la punta del dedo.
—Sólo tuyo.
Cruzamos el vestíbulo del Lusso. Clive nos mira dos veces y abre la
boca de par en par. Pedro me pasa el brazo por los hombros y sé que es una
señal de lo que nos espera esta noche. Por mí, fenomenal, porque no tengo
intención de apartarme de su lado.
Me ayuda a subir al DBS y viajamos a La Mansión a toda velocidad.
Lo he hecho llegar tarde a su fiesta de aniversario pero no parece
importarle. Me mira de vez en cuando y sonríe cuando me pilla mirándolo.
Le pongo la mano sobre el muslo y me relajo cuando él pone la suya
en el mío y me da un apretón cariñoso. Ahora mismo estoy muy enamorada
de él y, por primera vez, me ilusiona esta velada. Pedro, el amante de la
diversión, tiene ganas de fiesta, y es en esos momentos cuando veo la
personalidad afable que todo el mundo dice que tiene. No ignoro el hecho
de que sólo veo a ese Pedro cuando las cosas van como él quiere, o cuando
hago lo que me ordena y él se sale con la suya o consigue lo que desea,
pero cuando él está así es cuando yo soy más feliz y cuando me siento más
contenta. Estoy en mi salsa en el séptimo cielo de Pedro.
No me sorprende ver a John en la escalera de La Mansión cuando
aparcamos. Pedro me ayuda a salir del coche y me lleva a la entrada, donde
John está dando instrucciones a una docena de hombres con uniforme de
aparcacoches. Pedro le lanza las llaves, él las coge y se las pasa a uno de los
aparcacoches y lo informa de que sólo tiene que mover el Aston Martin de
Pedro si es estrictamente necesario.
Saludo a John con la mano. Me sonríe al pasar y veo su diente de oro.
Lleva su traje negro de costumbre, sólo que ha cambiado la camisa negra
por una camisa blanca y pajarita. Lleva las gafas de sol puestas, como
siempre. Está muy elegante. Es el tío más guay del universo.
—¡Por fin! —La voz de pánico de Sarah es lo primero que oigo al
entrar en La Mansión.
Se acerca contoneándose. No puede moverse mucho porque lleva un
ajustado vestido rojo de satén que podría ser su segunda piel. Debe de
haberse embutido en él. Ya no me cabe ninguna duda sobre la condición de
sus pechos. Los lleva bien altos, con un escote palabra de honor. Si bajara
la cabeza, podría besárselos ella misma.
Detiene su marcha acelerada hacia Pedro y me da un repaso que
termina en mi cuello, donde su mirada se queda fija. Ha visto el collar,
porque es difícil no verlo, pero no le fascinan su belleza o su brillo (¡qué
va!), sino que está pensando en quién lo ha comprado y, a juzgar por la
mueca que hace con su cara llena de bótox, ha dado en el clavo.
Instintivamente, cojo el diamante, como si lo estuviera protegiendo de
sus ojos pequeños y brillantes. Me mira con envidia y entonces repara en
mi cuerpo cubierto de encaje. Enderezo la espalda y sonrío con dulzura.
—Ya estoy aquí —gruñe Pedro, colocándome a su lado.
Entramos en el bar, donde Mario está dando instrucciones al personal.
La estancia es ahora tres veces más grande, y caigo en la cuenta de que las
puertas que dividen el bar y el restaurante están abiertas y hay decenas de
mesas altas de bar con sus taburetes distribuidas por las dos salas.
—Siéntate aquí. —Pedro me muestra un taburete junto a la barra y
llama a Mario antes de acomodarse junto a mí.
Sarah señala una lista que lleva en la mano.
—¿No podemos repasar...?
—Sarah, dame un minuto —la corta Pedro sin dejar de mirarme. Me lo
comería a besos—. ¿Qué quieres beber?
Noto el aire gélido que desprende Sarah, ahí de pie como una maceta,
esperando a que Pedro termine de atenderme antes de prestarle la atención
que ella quiere. Tal vez tarde en decidirme. ¿Puedo tomar alcohol? Dijo
que podía beber si él estaba cerca.
Aparece Mario, hecho un pincel, con su chaqueta blanca y su pajarita.
Lleva la raya al lado y ni un pelo fuera de su sitio, ni siquiera los del
bigote. Sonríe y recuerdo el suculento cóctel que me ha preparado antes.
—Tomaré un sublime de Mario, por favor —le sonrío.
Él se ríe a gusto.
—¡Sí! —exclama detrás de la barra—. ¿Y usted, señor Alfonso?
—Sólo agua, Mario —responde Pedro acercándose para besarme.
Sarah me está taladrando con la mirada, así que, cómo no, obedezco y
dejo hacer a Pedro. No es que necesite a Sarah para eso. Pedro hace y
deshace a su antojo cuando quiere y donde quiere.
—Un gin-tonic de endrinas, Mario —suelta entonces ella, y resopla
mientras Pedro se dedica a mí.
Esa mujer le importa un comino, y me siento mucho más cómoda
ahora que lo sé. Ni siquiera es una amenaza real.
—pedro, de verdad que te necesito en la oficina —insiste.
Él gruñe y mentalmente deseo que la pise como a un felpudo.
—¡Sarah, por favor! —masculla poniéndose de pie—. Nena,
¿prefieres quedarte aquí o venir conmigo?
No la estoy mirando, pero sé que ha puesto cara de asco y, aunque me
encantaría tocarle las narices un poco más, estoy muy contenta aquí con
Mario y mi sublime.
—Vete, yo estoy bien aquí.
Coge su botella de agua y me besa en la frente.
—No tardo nada.
Echa a andar y Sarah tiene que seguirlo corriendo sobre sus tacones de
dieciséis centímetros para no perderlo, no sin antes coger su gin-tonic de la
barra con un gruñido. La ignoro y acepto la copa que me ofrece un Mario
sonriente.
—Gracias, Mario. —Le devuelvo la sonrisa, doy un trago y gimo de
gratitud.
—Señorita Paula, ¿me permite que le diga lo preciosa que está usted
esta noche? —me sonríe con afecto y me sonrojo un poco.
—Mario, ¿me permites que te diga lo elegante y seductor que estás
esta noche? —Levanto mi copa por el pequeño italiano al que tanto cariño
le he cogido.
Él da una palmada sobre la barra y se echa a reír. Luego mira el
diamante que cuelga de mi cuello antes de observarme con una ceja
arqueada.
—La quiere mucho, ¿verdad?
Me encojo de hombros un poco avergonzada. De repente me siento
incómoda con el italiano afable. No quiero que todo el mundo piense lo
inevitable, como hizo Sarah.
—Es sólo un collar, Mario. —Sí, un collar de sesenta mil libras, pero
nadie tiene por qué enterarse de ese pequeño detalle.
Lo cojo otra vez. De vez en cuando, tengo que comprobar que sigue
ahí, aunque noto el peso perfectamente.
—Veo que también usted quiere mucho al señor Alfonso —añade
sonriéndome mientras me rellena la copa—. Eso me hace feliz.
¿De verdad? Un vaso roto lo distrae y se va, agitando los brazos y
gritando en italiano.
Estoy muy a gusto en la barra, viendo cómo los empleados se
preparan para la velada. Se sirve champán en cientos de copas y Mario no
para de limpiar la barra. Grita órdenes aquí y allá para gestionar a su gente.
Es como una demostración precisa de organización, sabe lo que se hace. El
pequeño italiano es un perfeccionista y lo quiere todo impoluto. La enorme
sala está decorada con gusto, todo está en su sitio, perfecto hasta el más
mínimo detalle. Los candeleros cuelgan bajo e iluminan lo justo con una
luz aterciopelada. Las palabras «sensual» y «estimulante» me vienen a la
cabeza. Son palabras que ya he oído antes.
Aparece Pablo con una bandeja de canapés.
—Señorita Paula, está usted espectacular esta noche —dice, y me
ofrece la bandeja—. ¿Un canapé?
Huelo el delicioso salmón y veo las tostadas cubiertas de crema de
queso. —Ay, Pablo. —Me llevo la mano al estómago—. Aún estoy llena.
No tengo ni idea de cómo voy a aguantar una cena de tres platos. Voy
a reventar el vestido.
—Pero si apenas ha tocado la comida —replica mirándome con
desaprobación, y luego sigue con su trabajo—. Que disfrute de la velada.
—Tú también, Pablo —le contesto.
De inmediato me siento idiota por haberle dicho a un empleado de
Pedro que disfrute de una noche de trabajo duro, pero tiene razón: no me he
terminado la comida. Ha sido porque perdí el apetito cuando apareció
Sarah, y es probable que por esa misma razón tampoco tenga hambre
ahora.Me vuelvo hacia la barra y veo que me han rellenado la copa. Busco a
Mario y lo veo al otro lado, colocando unos taburetes en su sitio. Me ve y
me sonríe mientras levanto la copa y frunzo el ceño. Me ignora y sigue
trasladando taburetes. Tengo que ir con cuidado. Me he tomado dos copas
del sublime de Mario y no tengo ni idea de lo que lleva. No puedo acabar
tirada por los suelos cuando todavía está llegando gente.
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