Me rindo. Mi cuerpo es débil, mi mente aún está peor, y me duele la garganta de tanto gritar.
Dejo que me lleve al coche y me siente en el asiento del acompañante. Ni siquiera protesto cuando
me abrocha el cinturón de seguridad. Masculla incoherencias mientras intenta cubrirme las piernas
con el bajo del vestido y cierra la puerta de un portazo.
Soy vagamente consciente de haber subido al coche y de los agradables acordes de Ed Sheeran,
pero mi mente está agotada y no logro reunir fuerzas para gritarle. La frente se me cae contra la
ventanilla y tengo la vista perdida en las luces brillantes de Londres que dejamos atrás.
—Madre mía —dice Clive con tono de desaprobación cuando me despierto. Mi cabeza se
mueve arriba y abajo, al ritmo de las zancadas de Pedro—. ¿Llamo el ascensor, señor Alfonso?
—No, ya puedo yo. —La voz de pedro resuena en mi interior—. Este vestido es un cinturón —
gruñe llamando el ascensor. Entra en cuanto las puertas se abren.
Me despierto del todo en sus brazos y me revuelvo para que me suelte.
—Puedo andar —le espeto.
Da un respingo burlón y me deja en el suelo, pero sólo porque no hay escapatoria ni coches que
puedan atropellarme. Se abren las puertas del ascensor y soy la primera en salir, buscando las llaves
en el bolso. Las encuentro bastante rápido, teniendo en cuenta que las manos no me responden, pero
introducir la llave correcta es otro cantar. Cierro los ojos e intento concentrarme mientras aproximo
la llave a la cerradura. Lo oigo gruñir a pocos pasos de mí, pero lo ignoro y sigo insistiendo. Se ve
que se harta de esperar porque de repente me coge la muñeca y guía mi mano. Acierta a la primera.
Las puertas se abren. Me quito los zapatos y me tambaleo por el inmenso espacio abierto. Subo
la escalera con cuidado. Cuando llego a lo alto, no giro a la izquierda hacia el dormitorio principal,
sino que voy a la derecha y me meto en mi cuarto de invitados favorito. Me desplomo sobre la cama,
vestida y sin desmaquillar, señal de que estoy molida. No me paro a pensarlo. Se me cierran los ojos
y caigo rendida en el sueño de los borrachos.
—Hay que quitarse eso.
Noto que tiran de mi vestido. Estoy medio dormida. Sé que todavía estoy borracha y que tengo
los párpados pegados porque se me ha corrido la máscara de pestañas.
—¿Vas a cortarlo en trocitos? —murmuro, molesta.
—No —dice con calma. Sus brazos, fuertes y familiares, me envuelven y me levantan de la
cama—. Tal vez no sea capaz de hablar contigo, nena —susurra—, pero quiero que «no nos
hablemos» en nuestra cama.
Automáticamente mis brazos buscan su cuello para agarrarse y hundo la cara en él. Puede que
esté ligeramente ebria y muy cabreada, pero sé cuál es mi sitio favorito. Me deposita sobre el
colchón, me tumba y poco después me atrae contra su pecho.
—¿Paula? —me susurra al oído.
—¿Qué?
—Me vuelves loco, señorita.
—¿Un loco enamorado? —farfullo medio dormida.
Me acerca un poco más a él.
—Eso también.
—Te quiero.
¿Qué ha sido eso? Abro los ojos, llenos de rímel corrido.
—Bebe —me ordena con dulzura.
Gimo y me doy la vuelta sobre la almohada.
—Déjame en paz —lloriqueo.
Se ríe.
Me duele la cabeza. Ni siquiera la he levantado de la almohada, pero tengo la sensación de que
Black Sabbath están ensayando en mi cabeza.
—Ven aquí.
Me enrosca el brazo en la cintura y me arrastra por la cama hasta que me tiene en su regazo. Me
pasa la mano por el pelo y me lo aparta de la cara. Entreabro los ojos y veo un vaso de agua
burbujeante delante de mis labios.
—Bebe —insiste.
Dejo que me ponga el vaso en los labios y bebo el líquido frío con gusto.
—Bébetelo todo.
Me termino el vaso y luego me dejo caer en su pecho desnudo. Soy lo peor cuando tengo resaca.
—¿Duele mucho? —Sé que se está riendo.
—Muchísimo —grazno.
Me pesan los párpados y estoy demasiado cómoda para pensar en los acontecimientos de la
noche anterior, los que me han unido a esta espantosa resaca y al hombre que me saca de mis
casillas.
Cambia de postura y se recuesta en la cama llevándome consigo. Al menos me habla lo
suficiente para cuidar de mí en mi estado lamentable. ¿Qué clase de persona castiga al amor de su
vida, un alcohólico, saliendo por ahí a emborracharse? Y encima embarazada, aunque él no lo sepa.
¿Qué clase de persona tortura a su marido, que es celoso a más no poder, metiéndole la lengua hasta
las amígdalas a otro hombre? La misma clase de persona que le esconde las píldoras anticonceptivas
al amor de su vida para intentar dejarla preñada sin que ella se entere. Estamos hechos el uno para el
otro.
—Lo siento, más o menos —digo en voz baja.
Me da un beso en el pelo.
—Yo también.
Qué valiente es. Seguro que huelo a perro muerto y que tengo un aspecto aún peor. El aroma a
resaca no es el más agradable por la mañana, y menos aún para un ex alcohólico.
Me quedo hecha un ovillo lamentable sobre su pecho, medio dormida, medio despierta, dejando
vagar mis pensamientos.
—¿En qué piensas? —me pregunta casi con miedo.
—En que no podemos seguir así —contesto con sinceridad—. No es bueno para ti. —Omito el
hecho de que tampoco lo es para mí.
Suspira.
—Yo de mí no me preocupo.
—¿Qué vamos a hacer? —insisto.
Se queda unos momentos en silencio. Luego me tumba de espaldas, me separa las piernas y se
acomoda entre mis muslos. Respira hondo y deja caer la cabeza sobre mi pecho.
—No lo sé, pero sé que te quiero muchísimo.
Miro al techo. Eso ya lo sé, pero estamos poniendo a prueba el viejo dicho de que el amor todo
lo puede. Siempre que la pifia recurre a lo mucho que me quiere, como si eso disculpara todas sus
neuras y sus locuras.
—¿Por qué lo hiciste?
No necesito darle detalles. Sabe perfectamente a qué me refiero.
Me mira y ya lleva puesta la arruga de la frente.
—Porque te quiero —dice a modo de defensa—. Todo lo hago porque te quiero.
—Me tratas como a una zorra, me follas en el baño del bar, sin una palabra, y luego te marchas
y te pillo metiéndole mano a otra. ¿Eso lo has hecho porque me quieres?
—Estaba intentando demostrártelo —me discute en voz baja—. Y cuidado con esa boca.
—No, Pedro, estabas intentando tocarme las pelotas. —Me revuelvo un poco debajo de él y me
mira nervioso—. Necesito una ducha.
Busca en mi mirada pero al final se aparta para que me levante. Voy al cuarto de baño, cierro la
puerta, me cepillo los dientes y me meto bajo el agua. Estoy desanimada y resacosa. Sólo quiero
volver a meterme en la cama y olvidarlo todo, pero mi cerebro va a cien y estoy entrando en terreno
pantanoso, lo que empeora mi dolor de cabeza. No lo he visto en cuatro días. Estoy intentando no
pensar pero no puedo evitarlo, sobre todo después de lo que pasó la última vez que desapareció.
Pego un brinco cuando noto su mano en mi vientre y me besa en el hombro.
—Ya lo hago yo —susurra quitándome la esponja y dándome la vuelta. Se arrodilla delante de
mí y coge mi pie, se lo apoya en el muslo y empieza a enjabonarme la pierna.
No hay ni rastro de la arruga de la frente. Parece contento, relajado y en paz, como a mí me
gusta. Es porque vuelve a cuidar de mí.
—¿Dónde has estado desde el lunes? —pregunto sin quitarle ojo.
No se tensa ni me mira receloso, sino que sigue enjabonándome mientras el agua cae sobre
nosotros.
—En el infierno —responde con dulzura—. Me dejaste, Paula. —No me mira y no lo dice en
tono de acusación, pero sé que me está diciendo que rompí mi promesa.
—¿Dónde has estado? —insisto dejando el pie sobre el suelo de la ducha y levantando el otro
cuando me da un golpecito en el tobillo.
—Estaba intentando darte espacio. Sé cómo me porto contigo y ojalá pudiera evitarlo, de
verdad. Pero no puedo.
Aún no me ha respondido. Todo eso ya lo sé.
—¿Dónde has estado, Pedro?
—Siguiéndote —susurra—... a todas partes.
—¿Durante cuatro días? —exclamo.
Me mira y deja de enjabonarme.
—Mi único consuelo era ver que tú también te sentías sola.
Me coge la mano y tira de mí para que me arrodille yo también. Me aparta el pelo mojado de la
cara y me da un beso tierno en los labios.
—No somos convencionales, nena. Pero somos especiales. Lo que tenemos es muy especial. Me
perteneces y yo te pertenezco a ti. Eso es así. No es natural que estemos separados, Paula.
—Nos volvemos locos el uno al otro. No es sano.
—Lo que no es sano es mi vida sin ti. —Me sienta en su regazo y rodea su cuello con mis
brazos antes de enroscar los suyos alrededor de mi cintura—. Aquí es donde debes estar —añade
apretándome la cintura para enfatizar sus palabras—. Justo aquí. Siempre a mi lado. No vuelvas a
besar a otro hombre, Paula, o me meterán a la sombra durante mucho, mucho tiempo.
Me doy cuenta de lo tonta que he sido. Le acaricio la mandíbula. No hay cardenales ni rasguños.
—Tienes que dejar de hacer locuras —digo.
Mi enfado ha desaparecido, y sé por qué. Es por lo mucho que sé que me quiere. ¿Excusa eso su
comportamiento? Parece que deja de autodestruirse en cuanto me tiene en sus brazos y hago lo que
me ordena. No puedo fingir que no me resulta frustrante, que no me saca de quicio y que no hace que
a veces me pregunte en qué me he metido. Pero este lado suyo, el tierno y afectuoso, casi supera sus
neuras y su confusa forma de ser. Y de repente me acuerdo de que sigo embarazada.
Y Pedro cree que no lo estoy.
Me coge las mejillas y me besa.
—Y tú tienes que dejar de llevarme la contraria —sonríe sin despegarse de mis labios.
—Eso nunca —replico, y me lo como a besos bajo el agua caliente de la ducha.
LO IBA A CORTAR EN LA PARTE DE LA PELEA PERO NO LO HICE JA! GRACIAS POR LEER! ♥
Amo a este Pedro !! lo juro por mas loco que este jajajaja , pero paula tbm le falta un tornillo .. son dos loquitos enamorados a mas no poder ♥
ResponderEliminarEspectaculares los 4 caps!!!!! Me encantaron, este Pedro me fascina. Y Alicia tiene razón: son 2 loquitos enamorados!!!!
ResponderEliminarwow me encantaron los capítulos,buenísimos!!!
ResponderEliminarme gustaron ojala que no aborte estoy en contra apesar de que pedro hizo todo mal en dejarla embarazada sin su consentimiento besos espero el siguiente
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