Un par de horas después, entro en la cocina y veo a Pedro, todavía en
chándal, con un dedo dentro del tarro de mantequilla de cacahuete. Cuando
me mira, pongo cara de asco y él me regala una sonrisa que no llega a
iluminar sus ojos. Parece inquieto.
—Capuchino doble sin chocolate. —Me acerca una taza de Starbucks
y yo la acepto agradecida—. Te he traído de todo —dice encogiéndose de
hombros—. No tenían salmón.
—Gracias —sonrío y me siento a su lado.
—Espero que lleves algo de encaje debajo de esa camisa tan ancha —
dice indicando mi cuerpo con la cabeza mientras se mete el dedo en la
boca.
Echo un vistazo a mis vaqueros rotos y a la camiseta corta de Jimmy
Hendrix y sonrío.
—Pues sí. —Me levanto la camiseta y le enseño mi lencería de color
crema; él asiente con aprobación—. Creía que ibas a traer algo para cenar.
—Cojo la bolsa de papel que tengo más cerca, saco un croissant y le hinco
el diente con ganas.
—Como has estado durmiendo todo el día, técnicamente ahora es la
hora del desayuno. —Me pone el dedo debajo de la nariz y yo me aparto en
mi taburete negando violentamente con la cabeza. Él sonríe un poco y se lo
mete en la boca—. ¿Qué quieres que hagamos esta noche?
—¿Puedo elegir? —digo con la boca llena.
Me mira e inclina la cabeza hacia un lado.
—Ya te dije que de vez en cuando tengo que dejar que te salgas con la
tuya. —Alarga el brazo y me limpia una miga de la comisura de los labios
—. Tengo que dar para recibir y toda esa mierda.
Una carcajada escapa de mis labios y casi escupo el croissant a medio
masticar al atragantarme. Toso y me doy unos golpecitos con la mano
sobre la boca. ¿Dar para recibir? Este hombre está loco.
—¿He dicho algo gracioso? —pregunta.
Levanto la vista y veo que está muy serio. ¡Joder!
—No, nada, es que se me ha ido por donde no debía. —Toso un poco
más y el pobre empieza a darme palmaditas en la espalda.
Cuando me recompongo, el videoportero empieza a sonar y Pedro se
levanta para contestar.
—Sí, Clive, que suba. —Cuelga y deja el teléfono en su sitio—. Es
Jay —dice sin mirarme.
—¿Jay? ¿Quién es Jay? —Dejo el croissant de nuevo en la bolsa de
papel.—
El portero del bar. Tiene las grabaciones de las cámaras de
seguridad. —Guarda la mantequilla de cacahuete en la nevera y sale de la
cocina.
«¡Mierda, mierda!»
¿Las grabaciones de las cámaras de seguridad?
¿Grabaciones en las que apareceré hablando con Matias?
Creo que voy a vomitar.
Oigo los saludos en la distancia y, momentos después, Pedro vuelve a
entrar en la cocina acompañado de Jay. El portero me sonríe con aire
malicioso, como si ya hubiera visto las imágenes y supiera lo que se
avecina. Sí, voy a vomitar. Me levanto del taburete y me dispongo a salir
de la cocina.
—¿Adónde vas? —me pregunta Pedro.
No me vuelvo. Debo de tener una expresión de auténtico pánico.
—Al baño —respondo dejando a los dos hombres en la cocina.
En cuanto desaparezco de su vista, corro por la escalera y me encierro
en el lavabo, donde me encuentro a salvo del huracán que está por llegar.
Debería haber imaginado que no iba a dejar estar las cosas. Debería haber
imaginado que intentaría dar caza al criminal. Joder, qué mal. Me siento
sobre la tapa del retrete, me levanto, me paseo en círculos por el cuarto de
baño y de repente oigo la manija de la puerta.
—¿Paula?
Me vuelvo.
—¿Qué? —digo con nerviosismo. Estoy histérica.
—¿Qué pasa, nena? ¿Estás bien?
Tal vez debería decir que no y fingir que sigo enferma para poder
quedarme tranquila en el cuarto de baño.
—Sí, estoy bien. ¡Bajo dentro de un minuto! —grito. Decir que estoy
enferma sería absurdo. Derribaría la puerta para atenderme.
—¿Por qué has cerrado con el pestillo?
—No me he dado cuenta. Estoy haciendo pis.
Qué horror. Menos mal que nos separa un bloque de madera enorme,
porque tengo el dedo enredado en un mechón de pelo. Debería salir por la
ventana del baño.
—Vale, no tardes.
—No. —Oigo cómo se dirige al dormitorio con pasos largos y
regulares. Estoy muerta de miedo, y ni siquiera sé por qué. Yo no había
quedado en reunirme con Matias. Sólo fue un encuentro fortuito.
«¡JODER!»
¿Por qué narices tiene que ser tan persistente? ¿Por qué no puede
dejarlo estar en lugar de pedirle al portero la grabación de las cámaras de
seguridad? Debería bajar y darle una patada a esa mierda. Abro la puerta y
salgo con paso firme del baño en dirección a la habitación y después al
descansillo. Está llevando esto demasiado lejos. Al ver la inmensa pantalla
plana detengo la marcha en seco. Es como una pantalla de cine, lo resalta
todo y hace que todo parezca enorme. Aunque no en este caso. La imagen
es bastante borrosa, los movimientos parecen entrecortados y la pantalla no
deja de saltar. Jay pasa rápido la grabación y toda la actividad, la gente
yendo y viniendo y las luces aquí y allá se ven aún más desordenadas. Pero
entonces aparezco yo sentándome a una mesa con los demás.
—Más despacio —ordena Pedro, y Jay reproduce la grabación a una
velocidad normal—. Eso es, déjalo así.
Me agacho en el escalón superior y veo la televisión a través del
cristal mientras mi noche se reproduce delante de mí. No sucede nada
interesante durante un buen rato. Veo cómo Tom se lanza sobre la mesa y
me agarra la mano. Veo cómo Victoria se marcha para reunirse con su cita
y cómo Kate se levanta de la mesa, y sé perfectamente lo que viene a
continuación. Ruego para mis adentros para que el televisor estalle en
llamas de repente, pero no lo hace. Tom se marcha, y Matias se acerca. Me
pongo tensa de los pies a la cabeza y veo cómo Pedro levanta los hombros
hasta tocarse los lóbulos de las orejas. Matias está de espaldas a la cámara,
pero no hay duda de que es él. Sería imposible intentar convencer a Pedro
de que era otra persona.
—Páralo —ordena secamente, y se acerca al televisor para verlo todo
bien. Empieza a asentir pensativamente—. Continúa.
Jay pulsa «play» y él da unos pasos atrás. Esto es horrible. Estoy
pegada al escalón, recordando la última vez que Pedro descubrió que había
visto a Matias. No quiero que la escena se repita. ¿Cómo puede ser que no
previera esto? Veo cómo me bajo del taburete y me agacho para recoger
mis posesiones desperdigadas con Tom.
—Necesito verlo desde otro ángulo —dice Pedro.
—Hay otra cámara —se apresura a contestar Jay.
—Tráemela. ¿La viste hablando con él?
—Alfonso, hago lo que puedo, pero si me llaman para encargarme de
algún gilipollas borracho o de alguna pelea de niñatas, no puedo estar
encima de ella.
Sacudo la cabeza.
Lo próximo va a ser que me ponga un guardaespaldas. Esto es
ridículo.
—No necesito que nadie me vigile —mascullo entre dientes. Estoy
furiosa.
Ambos se vuelven para mirarme. De repente Jay parece incómodo y
Pedro está tenso y agitado. Durante unos instantes nos mantenemos en
silencio. Es embarazoso y, de manera inconsciente, me cruzo de brazos
mientras me siento. Pedro escudriña cada uno de mis movimientos.
—¿Dejaste tu bebida desatendida en algún momento? —pregunta Jay.
La pregunta me deja atónita.
—No.
—¿Cuándo empezaste a sentirte rara? —pregunta Pedro cruzando los
brazos sobre su pecho.
—Me tambaleé un poco en la barra, pero pensaba que había sido cosa
de los tacones.
—¿Hablaste con alguien en la barra?
¡Mierda! ¿Debería mentir? He visto cómo reacciona Pedro cuando se
me acerca algún tipo y no es agradable. ¡Mierda, mierda, mierda! Lo miro
nerviosa. Sabe que estoy cavilando.
Me mira con ojos oscuros y admonitorios. Su pecho se hincha y se
deshincha agitado, con los brazos cruzados todavía sobre el pecho.
—Responde a la pregunta, Paula —dice, más calmado de lo que sé que
se siente.
—Había un tipo en la barra que se ofreció a invitarme a una copa.
Pero me negué. —Escupo las palabras rápidamente. Es obvio que me
siento incómoda, pero lo descubriría de todas formas cuando continuara
viendo la grabación, así que será mejor que sea sincera.
Pedro parece haberse quedado paralizado, y mi corazón bombea a gran
velocidad en mi pecho.
Bajo la mirada hasta los pies.
—No pasó nada. Me fui de la barra y volví con Kate. —Intento
quitarle importancia antes de que a Pedro le dé algo.
—¡Deja de decir que no pasó nada! —grita.
Doy un brinco, lo miro sin querer y veo que tiene las venas del cuello
hinchadas y la mandíbula tensa. Y entonces algo atrae mi atención en la
pantalla. Ojalá no lo hubiera hecho. Debería haber hecho caso omiso, y tal
vez así habría pasado sin que Pedro lo hubiera visto. Se me hiela la sangre.
En la barra hay un hombre alto y trajeado. Es demasiado tarde para hacer
como si nada. Pedro se vuelve hacia la pantalla plana y ve, al igual que Jay,
lo que acaba de llamar mi atención.
Vuelve a hacerse el silencio mientras vemos cómo el hombre
desaparece de la pantalla cuando me levanto para ir a la barra. Después
aparece el baboso musculoso de la coleta acercándose demasiado. Se me
caen las monedas y me agacho a recogerlas. Me tambaleo y vuelvo a mi
mesa. Entonces, el hombre alto vuelve a aparecer en pantalla. Entorno los
ojos para intentar enfocarlo mejor. ¿Será él? Desde luego lo parece, pero
en su mensaje decía que estaba en Dinamarca.
Veo a Pedro echando chispas con el rabillo del ojo, lo que indica que
está pensando lo mismo que yo. Observo la grabación totalmente
estupefacta. Oigo su respiración agitada, pero estoy demasiado pasmada
como para confirmar lo que ya sé. Debe de estar colérico.
De repente el tiempo pasa muy de prisa, pero entonces Sam entra en el
bar y la grabación se ralentiza de nuevo. Me levanto de la mesa y dejo a
Sam babeando sobre Kate. Entonces Pedro aparece en la esquina inferior de
la pantalla y veo cómo me desmayo, me doy contra el suelo con fuerza y la
gente se arremolina alrededor de mi cuerpo desplomado hasta taparme por
completo ante la lente de las cámaras.
Nadie dice nada durante un rato largo e incómodo. Miro a Pedro y veo
que me está observando. No me gusta nada la negrura de sus ojos, y siento
cómo los míos se inundan de lágrimas. ¿Debería contarle lo del mensaje?
Ya está bastante iracundo. ¿Debería añadir más leña a su evidente ira?
Jay carraspea y desvío la mirada hacia él.
—¿Ya habéis visto suficiente? —pregunta.
—Sí —responde Pedro sin apartar los ojos de mí. Está claro que su
llegada repentina fue lo mejor que podría haberme pasado.
—Entonces me marcho. —Jay se levanta y extrae el disco del
reproductor—. Sé dónde está la salida.
Pedro no dice nada, y Jay se va, cerrando la puerta tranquilamente al
salir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario