jueves, 3 de abril de 2014

Capitulo 131 ♥


Una vez arreglada, bajo por el ascensor y taconeo por el vestíbulo
mientras busco las gafas de sol en el bolso.
—Buenos días, Paula —dice Clive al pasar.
—Buenos días —respondo, me pongo las gafas y saludo a la luz del
sol. Me paro de repente al ver a John apoyado en su Range Rover.
¿Va en serio?
Se levanta las gafas de sol y se encoge de hombros. Menos mal, a él
también le parece ridículo. Pero hoy necesito mi coche para poder recoger
las cosas de casa de Matias después del trabajo.
—John, puedo ir yo sola al trabajo. —Lo cierto es que estoy un poco
harta.—
No creo que puedas, muchacha —dice arrastrando las palabras. ¿De
qué habla?—. Están lavando tu coche. —Se encoge de hombros otra vez y
se sienta detrás del volante.
Me vuelvo y compruebo que hay un ejército de personas limpiándome
el coche.
Por el amor de Dios. Saco las llaves del bolso y veo que faltan las del
Mini. Don Controlador va a tener que explicarme qué hacía hurgando en el
bolso de una mujer (y, ya de paso, por qué me toquetea el móvil). Es de
muy mala educación. ¿Por qué nunca me pide mi opinión? Es una lata.
Llamaré a Kate. Ella me llevará. Marco su número.
—¡Nena! —responde, contenta.
—Oye, ¿podrías llevarme a casa de Matias cuando salga de trabajar para
que pueda recoger mis cosas? —Se lo pido todo lo de prisa que puedo.
—Claro.
—Genial. Te veo a la hora de comer. Por cierto, Pedro también viene.
Cuelgo y me siento al lado de John. Lleva su modelito habitual: traje
negro y camisa negra. ¿Cuántos trajes negros tendrá?
—¿Crees que está siendo poco razonable y difícil? —pregunto con
naturalidad mientras bajo el espejo para poder ponerme el brillo de labios.
—Sí, muchacha —dice con su forma de hablar de siempre—. Pero,
como ya te he dicho, sólo es así contigo.
Dejo caer la mano en el regazo y miro a John, que, como siempre, está
tamborileando con los dedos sobre el volante.
—¿Y en el trabajo no se comporta como un lunático?
—No.
Frunzo el ceño.
—¿Es simpático?
—Sí.
Suspiro con toda el alma para que John sepa que quiero una respuesta
más larga.
—¿Por qué?
Me mira y me deslumbra con sus dientes blancos. Veo el brillo de su
diente de oro.
—Muchacha, no seas demasiado dura con ese hijo de perra. Nunca le
había importado nadie hasta que llegaste tú.
Me reclino en mi asiento y escucho cómo John comienza a tararear al
ritmo del tamborileo de sus dedos. Es imposible que a Pedro nunca le haya
importado nadie. Tiene treinta y siete años.
—¿Cuántos años tiene? —pregunto, sonriente.
Me gano otra sonrisa de John.
—Treinta y siete. Pero tú eso ya lo sabías, ¿no?
«¡Ay, no!»
Me muero de la vergüenza en el acto y me pongo colorada como un
tomate. Había olvidado que hubo que rescatar a Pedro, y me apuesto a que
John se deleitó la vista. Me echo a reír para mis adentros al pensar en la
escena que debió de encontrarse: un dormitorio con un dios esposado a la
cama, un vibrador adornado con diamantes, mi conjunto de ropa interior de
encaje por el suelo y a dicho dios haciendo agujeros en la pared con el
vibrador. Me apuesto a que debió de parecerle de lo más divertido, y que
Pedro le explicó cómo y por qué había terminado esposado a la cama.
Mi vergüenza no conoce límites.
Pasamos el resto del trayecto en silencio, salvo por el tararear de
John. Soy incapaz de mirarlo. Me deja en Berkeley Square y corro a la
oficina para deshacerme de mi incomodidad. Me despido de él con un
gesto de la mano. ¿Cómo voy a volver a mirarlo a la cara?
De camino a mi mesa veo a Sally ordenando un armario. Parece que
está al borde del suicidio. La blusa de poliéster de cuello alto ha vuelto y el
pintaúñas rojo ha desaparecido. Ha pasado lo que me temía. Los hombres
son unos cabrones. Decido no mencionarlo, no creo que le haga gracia.
—Buenos días, Sally —digo tratando de no parecer excesivamente
feliz. Me ofrece una tímida sonrisa antes de volver a sus tareas. Me da
pena—. ¿Dónde está todo el mundo?
Se encoge de hombros. Está fatal. Me resigno a cerrar el pico y me
pongo a trabajar.
La mañana resulta muy productiva. Cierro unas cuantas cuentas y me
pongo al día respecto a mis clientes actuales. A las doce y cuarenta y cinco,
salgo a comer.
Entro en el bar y encuentro a Kate sentada a nuestra mesa de siempre.
Me lanza una mirada de enfado cuando me acerco.
—Tus modales por teléfono dejan mucho que desear.
He sido un poco brusca esta mañana, pero ha sido porque estaba tan
ocupada lidiando con mi hombre imposible que no he podido cuidar las
formas.
—Perdona. —Me siento, y lo primero que veo enfrente de mí es una
enorme copa de vino—. ¡Joder, Kate! ¡Llévatela de aquí! —La pongo en su
lado de la mesa.
Ella me lanza cuchillos con la mirada.
—Pensé que la necesitabas.
Y la necesito, pero Pedro llegará pronto. ¿Qué pensaría si me
encontrara tomando vino? Sería muy cruel y desconsiderado por mi parte.
Intento retirar también la copa de Kate, que se lanza a por ella.
—Kate, llegará en seguida.
—¡Oye! ¡Deja esa copa donde estaba! —me ordena, muy seria—.
Pedro no es mi novio.
No me puedo creer que se comporte así. Qué poco considerada. Se
niega a dejar la copa y la miro mal mientras la suelto. Ella la coge y bebe
un buen sorbo mirándome fijamente.
—¡Zorra!
Kate sonríe por encima de la copa. Cojo la mía y me la bebo de un
trago. Ella suelta una carcajada. Dios, qué maravilla. Hace casi dos
semanas que no bebo, todo un récord para mí. Dejo escapar un suspiro
largo y satisfecho.
—La necesitabas. —Kate confirma lo evidente.
—Sí, y probablemente necesite otra. —El sentimiento de culpa me
invade. Soy débil.
Inspecciono el bar antes de correr a la barra para dejar mi copa vacía.
Me siento como una delincuente juvenil.
—Ah, y no le digas a Pedro que lo quieres, que se vuelve muy creído
—gimo al volver a sentarme.
Kate se parte de la risa.
—¿Te recojo en tu oficina a las seis?
Sí, vamos a zanjar esta conversación antes de que él llegue.
—¿Te viene bien? —Sé que sí pero, después de que me haya reñido
por mis modales al teléfono, creo que es bueno que sea educada.
—Claro. ¿Has hablado con Matias?
—Sí, me estará esperando, pero Pedro no lo sabe y no quiero que se
entere —le advierto.
Kate arquea las cejas pero no dice nada.
—Me lo echaría a perder. —Me encojo de hombros.
Creo que el vino se me ha subido a la cabeza. Estoy atontada.
—¿Qué tal Sam?
—Llegará pronto. Pensé que, ya que esta mañana me has dicho que
Pedro se nos unía, podía preguntarle a Sam si le apetecía venir. —Lo dice
como si Pedro fuera la única razón por la que ha invitado a Sam. Como si
no la conociera.
—Oye, ¿tú sabes qué ha pasado entre Victoria y Drew? —pregunto
con curiosidad. Seguro que Kate sabe algo.
Le brillan los ojos.
—¡No te lo vas a creer!
—¿Qué pasa? —Me acerco más a ella, emocionada ante la perspectiva
de escuchar un buen chisme.
—Drew la llevó a La Mansión. ¡Y a la muy puritana no le gustó! —
Kate está encantada, pero a mí me entra el pánico.
Victoria se ha enterado de la existencia de La Mansión; ¿sabrá quién
es el dueño? ¿Se lo habrá contado todo Drew? ¿Habrá sumado dos y dos?
Ay, Dios, espero que no. La chica no es una lumbrera, pero si lo ha
averiguado sin duda se lo habrá dicho a Tom. Esto se está complicando
mucho. Aunque Tom no me ha comentado nada y, con un descubrimiento
tan jugoso como ése, no creo que pudiera resistirse. Quizá la pobre es
tonta. Eso espero, porque lo último que necesito es a Tom y a Victoria
metiéndose en mis asuntos y cuchicheando en la oficina.
—¿Qué te apetece comer? —La pregunta de Kate me saca de mis
cavilaciones.
—Un sándwich de beicon, lechuga y tomate con pan integral.
—¿Y para Pedro?
Frunzo el ceño. No tengo ni idea. Ni siquiera sé cuál es su plato
favorito.
—Pregunta si tienen mantequilla de cacahuete —digo encogiéndome
de hombros.
—¿Mantequilla de cacahuete? —Pone cara de asco. Amén, amiga—.
Mira, por ahí vienen. —Kate señala hacia la puerta con el vaso y me
vuelvo para mirar.
Suspiro de admiración, igual que Kate cuando ve a Sam. Drew es el
último en llegar. Sé muy bien que Kate está disimulando lo que siente por
Sam.
Pedro me da un beso en la mejilla y luego acerca una silla de otra mesa
para poder sentarse a mi lado, con la mano sobre mi rodilla. El calor de su
mano asciende por mi pierna y me da de lleno entre los muslos. No ayuda
nada cuando empieza a hacerme caricias y a darme pequeños apretones.
—Me has quitado las llaves del coche. —Lo miro enfadada.
—¿Todo el mundo bien? —Ignora mi acusación y empieza a trazar
círculos con el pulgar en el interior de mi muslo. Está sonriente. Sabe
perfectamente lo que me está haciendo.
Intento apartar la pierna pero no lo consiente. Me lanza una pequeña
mirada de advertencia y me da un apretón extra. Es su forma de decir:
cuando quiera y donde quiera.
—Yo, muy bien —sonríe Kate. Sí, está de maravilla ahora que ha
llegado Sam—. Voy a pedir, ¿qué queréis tomar? —dice poniéndose en
pie.
Los chicos le dicen lo que quieren para comer y ella desaparece en
dirección a la barra dejándome sola con las fieras.
Pedro se acerca a mí.
—Has bebido.
Me pongo tensa.
—Ha sido un accidente.
—No me importa que te tomes una si estoy contigo, Paula. —Se vuelve
hacia los hombres. ¿Que no le importa? Niego con la cabeza.
Observo con alegría cómo Pedro actúa con total normalidad con Drew
y con Sam. Hablan de deportes, casi todos de riesgo, y se comportan como
hombres normales y corrientes. Éste es el Pedro tranquilo y relajado. Se ríe
con ellos, le brillan los ojos y mantiene la mano en mi muslo. Sonrío. Es
un placer verlo así. Me guiña un ojo y quiero sentarme a horcajadas sobre
él y comérmelo a besos.
—¿Cómo está Victoria? —le pregunta Kate a Drew mientras vuelve a
sentarse a la mesa. Todos lo miramos a él. Cómo disfruta Kate liándola.
—No preguntes —replica él, y le da un trago a su botellín de cerveza.
Nadie más se pone nervioso por todo el alcohol que hay sobre la mesa.
¿Acaso yo lo estoy enfocando mal?
—Es una chica muy dulce pero tiene que animarse un poco —añade.
Retrocedo en mi taburete. Ese comentario ha sido un poco duro, más
aún después de haberla llevado a La Mansión. No puede despreciarla por
ser un poco escéptica.
—¿Por qué la invitaste a ir? —Formulo la pregunta antes de que mi
cerebro haya podido detenerme. ¿No es evidente? Pedro me lanza una
mirada de desaprobación y me pongo como un tomate.
Drew se encoge de hombros.
—Porque soy así y me gusta ese sitio.
—Amén —dice Sam alzando su botellín.
Abro unos ojos como platos al ver lo directo que es Sam pese a la
presencia de Kate; luego noto que mi amiga se pone algo tensa. La miro,
inquisitiva, pero ella finge no haberme visto y responde al brindis de Sam
con su copa de vino. Él le sonríe y los ojos aún se me abren más. ¡Kate ha
estado follando en La Mansión!
«¡La madre que me parió!»
—Además —prosigue Drew—, tengo que aprovechar al máximo. A
partir de los treinta y cinco, todo es cuesta abajo, el culo se te pone flácido
y te salen tetas. Buscaré una mujer que me ame por mi personalidad y no
por mi cuerpo cuando lo necesite.
Observo que Pedro se pone tenso a mi lado, aunque no me mira. Tiene
treinta y siete años, pero sin duda no tiene el culo flácido ni le han salido
tetas. Cruzo las piernas para que me apriete el muslo con más fuerza. Miro
con el rabillo del ojo y veo que su boca es una fina línea recta.
—Sólo me quedan nueve años, más me vale disfrutarlos —dice Kate
con una sonrisa sardónica.
La mandíbula me llega al suelo. No puedo creer lo que acaba de
soltar. Tengo la boca y los ojos totalmente abiertos. Me quedo corta si digo
que estoy a cuadros. Estoy sentada a la mesa en un bar normal, en un
Londres normal, con gente normal, y todos están hablando de La Mansión
como si fuera lo más normal del mundo. No, no son gente normal. ¿Cómo
iban a serlo? Estos tres hombres han estado picoteando y ahora han
arrastrado también a Kate al lado oscuro. Necesito más vino. ¿Qué coño
está pasando?
—Con nosotras la edad es mucho más cruel —dice Kate blandiendo
su copa de vino.
Sam le guiña el ojo, cosa que confirma mi teoría de que ha estado
follando allí. Quiero sacarla de aquí y exigirle una explicación. No estoy
segura de que sea bueno, a pesar de que Kate insiste en que sólo se está
divirtiendo. Sé que está fingiendo.
—¿Eso es lo que te ha pasado a ti, Pedro? —pregunto antes de beber
un sorbo de mi vaso de agua.
Me sube la mano por el muslo y cierro las piernas con fuerza.
—No —responde volviéndose hacia mí—. ¿Acaso crees que mi
cuerpo deja algo que desear? —Me arquea una ceja expectante.
Es la pregunta más estúpida del mundo.
—Ya sabes que no.
Sonríe.
—¿Sigo siendo tu dios?
Me sonrojo y le lanzo una mirada asesina al mismo tiempo.
—Eres un dios arrogante —murmuro.
Me coge de la nuca con la mano, me acerca a él y me da un beso en la
boca de los de caerse de culo. A pesar de que estamos en público, lo dejo
hacer. Como siempre, mi mente se queda en blanco y el mundo desaparece.
Sólo existen Pedro y su poder sobre todo mi ser. Me engulle, me atrapa, me
posee...

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