martes, 1 de abril de 2014
Capitulo 123 ♥
Abro los ojos y me encuentro pegada al pecho de Pedro. Aún no es de día,
lo que significa que es muy, muy temprano, y él no está despierto, por lo
que aún no deben de ser ni las cinco. Mi cerebro se despabila al instante y
comienzo la tarea de liberarme de su cuerpo sin despertarlo. Es muy
difícil. Parece abrazarse a mí con la misma fuerza tanto dormido como
despierto.
Me aparto de él con toda la suavidad del mundo, parando y
poniéndome tensa cada vez que se revuelve o que suspira en sueños. Tengo
el cuerpo rígido cuando me arrastro al borde de la cama. Una vez libre,
respiro. He estado conteniendo la respiración un buen rato. Miro a mi
apuesto hombre, que lleva barba de dos días. Quiero volver a la cama con
él pero me resisto a la tentación. Lo que tengo planeado me anima a dejarlo
durmiendo como un bendito mientras yo me voy de puntillas a buscar mi
bolso para coger mi móvil.
Son las cinco en punto. ¡Mierda! Vale, tengo que ser rápida o pronto
estará despierto y arrastrándome por las calles de Londres para que corra
una de sus insoportables maratones. Salgo del dormitorio a hurtadillas
como una ladrona, en pelotas, recupero mi paquete del arcón de madera y
saco el contenido. La bolsa de papel hace ruido y aprieto los dientes. Me
quedo helada en el sitio cuando Pedro se vuelve boca arriba en la cama y
deja escapar un gemido.
Permanezco inmóvil como una estatua hasta que estoy segura de que
se ha vuelto a dormir del todo y entonces me aproximo a la cama,
caminando descalza y de puntillas sobre la gruesa moqueta.
«¡Muy bien, señor Alfonso!»
Le cojo la muñeca con cuidado y la levanto; me cuesta: su brazo pesa
mucho. Me las apaño para ponerlo bien y esposarlo a la cabecera de la
cama. Luego doy un paso atrás para admirar mi obra. Me ha salido de
perlas. Aunque se despierte, ahora ya no va a ir a ninguna parte.
Recojo el otro par de esposas y rodeo la cama hasta el otro lado.
Tengo que arrodillarme sobre el colchón para llegar a su brazo, pero ahora
ya no me preocupa tanto despertarlo porque al menos le he inmovilizado
uno, aunque está claro que esto saldrá mejor si no puede ponerme ninguna
de las dos manos encima.
Con cuidado, le hago pasar el brazo por encima de la cabeza y le
pongo las esposas en la muñeca de la mano herida. Tiene mucho mejor
aspecto pero me preocupa que pueda lastimarse si intenta quitarse las
esposas a la fuerza.
Doy un paso atrás, orgullosa. Ha sido más fácil de lo que pensaba, y
Pedro sigue durmiendo como un tronco. Prácticamente bailo hacia la bolsa
para terminar con mis preparativos y ponerme la ropa interior de encaje
negro que me agencié durante mis compras de última hora.
Ay, Dios, se va a cabrear de lo lindo. Vuelvo junto a mi dios,
espatarrado, maniatado y desnudo, y me siento a horcajadas sobre sus
caderas. Se revuelve y me echo a reír para mis adentros de satisfacción
cuando noto que empieza a ponérsele dura debajo de mí. Me siento
pacientemente y espero.
Sus preciosas pestañas no tardan en comenzar a moverse y sus
párpados cobran vida. Sus ojos encuentran los míos de inmediato y tengo
su erección matutina, ya del todo firme, debajo de mí.
—Hola, nena. —Tiene la garganta áspera y guiña los ojos intentando
enfocarme.
Recorro su torso con la mirada. Sus músculos están tensos por la
posición de los brazos.
—Hola. —Le dedico una sonrisa radiante y lo observo atentamente
mientras recupera del todo la conciencia.
Entonces mueve los brazos y el metal de las esposas suena contra la
cabecera de madera. El repentino tirón de sus muñecas hace que abra los
ojos de par en par, y yo contengo la respiración sin perder de vista su rostro
somnoliento. Frunce el ceño y se mira las muñecas.
Sacude otra vez los brazos.
—Pero ¿qué coño...? —Todavía habla con la voz ronca. Me mira.
Tiene los ojos abiertos y la mirada perpleja—. Paula, ¿por qué demonios
estoy esposado a la cama?
Lucho por contener una sonrisa.
—Voy a introducir un nuevo tipo de polvo en nuestra relación, Pedro
—le explico con calma.
—¡Esa boca! —Tira de sus muñecas de nuevo y vuelve a mirarse las
manos atadas.
De pronto se da cuenta de lo que está pasando y sus hermosos ojos me
clavan la mirada.
—Éstas no son mis esposas —dice con tiento.
—No, y hay dos pares. Estoy segura de que te has dado cuenta. —No
puedo creerme lo calmada que estoy. La estoy liando—. Bien, como estaba
diciendo, he inventado un nuevo tipo de polvo, y ¿adivina qué? —pregunto
con una ligera emoción en la voz. Estoy tentando mi suerte.
Esta vez no me riñe, sino que arquea una ceja nerviosa.
—¿Qué?
Uf, podría comérmelo a besos.
—Lo he inventado especialmente para ti. —Me restriego sobre él,
calentándolo; su pecho se expande y tensa la mandíbula—. Te quiero.
—¡Por Dios bendito! —ruge.
Apoyo las manos en su pecho y me acerco a su cara. Me observa
descender. Tiene los ojos brillantes por la anticipación y se le escapan
pequeñas bocanadas jadeantes por los labios entreabiertos.
—¿Cuántos años tienes? —susurro acariciándole los labios con los
míos.
Levanta la cabeza intentando buscando un mayor contacto pero yo me
aparto. Me lanza una mirada asesina y deja caer la cabeza.
—Treinta y tres —jadea, y luego gime de desesperación cuando
vuelvo a mover las caderas en círculos encima de él.
Acerco la boca a su cuello y luego la desplazo hasta su oreja,
lamiendo y besando su piel.
—Dime la verdad —susurro antes de morderle el lóbulo de la oreja
con cuidado.
Resopla.
—¡Joder, Paula! No voy a decirte cuántos años tengo.
Me siento sobre su pecho y niego con la cabeza.
—¿Por qué?
Sus labios forman una línea recta y cabreada.
—Quítame las esposas, quiero tocarte.
«¡Ajá!»
—No.
Vuelvo a mover las caderas, frotando justo en el lugar adecuado. No
es que a mí no me haga efecto, pero hoy tengo que mantener el control.
—¡Joder! —Tira de las manos y sacude las piernas, lo que me hace
dar un salto hacia adelante—. ¡Quítame las esposas, Paula!
Me preparo.
—¡No!
—¡Por el amor de Dios! —ruge—. ¡No te atrevas a jugar conmigo,
señorita!
Uy, se ha enfadado.
—No creo que estés en posición de decirme lo que tengo o no tengo
que hacer —le recuerdo con toda mi chulería. Se queda quieto pero su
respiración es lenta, profunda y muy frustrada—. ¿Vas a dejar de ser
imposible y me lo vas a decir?
Me lanza una mirada asesina.
—¡No!
Hay que ver lo capullo y lo cabezota que puede llegar a ser. Esto es
absurdo, pero no quiero que me tenga en la ignorancia ni un día más.
—Muy bien —digo con calma.
Me agacho sobre su pecho y le cojo la cara entre las manos. Me mira,
esperando a ver qué voy a hacer. Le cubro la boca con la mía, la abre y su
lengua entra como un dardo en busca de la mía.
Me aparto.
Ruge de frustración.
Salto de su regazo y, con toda la maldad del mundo, le doy a su
erección un lametón largo y lento, desde la base hasta el glande.
—¡Aaaah, por el amor de Dios!
Sonrío y me siento sobre mis talones entre sus piernas antes de buscar
mi arma de destrucción masiva y sostenerla delante de él. Levanta la
cabeza y casi se le salen los ojos de las órbitas cuando ve lo que tengo en la
mano. —¡No, Paula, no! ¡Te juro por Dios que...! —Deja caer la cabeza sobre
la cama—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Joder!
Sonrío y enciendo el vibrador adornado con diamantes que Pedro odió
al instante en nuestro día de compras en Camden. No quiere compartirme
con nada ni con nadie. El juguete empieza a zumbar y Pedro gime y deja
caer la cabeza a un lado.
Esto le va a doler.
—¡Caramba! —suelto cuando siento la fuerza del vibrador en la mano
—. Esta máquina sí que es potente —digo en voz baja.
Cierra los ojos con fuerza y tensa los músculos de la mandíbula.
—¡Quítame las esposas,Paula! —masculla con los dientes apretados.
No podía esperar una respuesta mejor. Haré que me diga cuántos años
tiene aunque tenga que mantenerlo así toda la mañana. De hecho, espero
que aguante un rato. Creo que voy a disfrutarlo.
Apago el vibrador, lo dejo sobre la cama y abre los ojos lentamente.
Espero a que encuentren los míos.
—¿Vas a decirme cuántos años tienes? —pregunto con total
compostura.
—De eso, nada.
—¿Por qué te empeñas en ser un capullo cabezota? —inquiero. Es
difícil disimular mi tono de enfado. No quiero que crea que me está
sacando de quicio, pero incluso ahora se está comportando de un modo
imposible.
—¿No soy tu dios cabezota? —replica con una pequeña sonrisa de
satisfacción.
Le voy a borrar esa sonrisa de la cara. Me pongo de rodillas y le
sostengo la mirada mientras me meto los pulgares por el elástico de las
bragas de encaje.
—Esta mañana te estás comportando como un verdadero capullo.
Muy despacio, me bajo las bragas hasta las rodillas y él sigue su
recorrido con la mirada cargada de deseo. Su erección palpita y tiembla a
intervalos regulares.
—¿No te apetece echarme una mano? —Mi voz es dulce y seductora,
y lentamente me chupo los dedos y los deslizo desde mi vientre hasta mis
muslos.
Vuelve a tensar la mandíbula en cuanto me ve meterme la mano entre
las piernas.
—Paula, quítame las esposas para que pueda follarte hasta hacerte ver
las estrellas. —Lo dice con calma, pero sé que ahora mismo no está
precisamente tranquilo.
Deslizo los dedos hasta mi clítoris, jadeo y lo rozo con suavidad. No
es Pedro, pero esto me gusta.
—Dime lo que quiero saber.
—No. —Deja caer la cabeza de nuevo sobre la cama—. Quítame las
esposas.
Niego con la cabeza por lo testarudo que es mi hombre y deslizo las
manos hasta sus caderas.
¿Hasta que vea las estrellas?... Él sí que va a ver las estrellas. Le beso
el bajo vientre, junto a la cicatriz, y dibujo unos pocos círculos con la
lengua, muy despacio, antes de trepar por su cuerpo y quitarme las bragas
por el camino. Lo miro pero se niega a abrir los ojos, así que le beso las
comisuras de los labios. Funciona. Vuelve la cabeza al instante y abre la
boca. Me restriego contra su entrepierna y, como estoy tan mojada, me
deslizo arriba y abajo con suavidad.
—Paula, por favor...
—Dímelo. —Le muerdo el labio inferior y lo suelto poco a poco, pero
él se limita a negar con la cabeza.
Separo nuestras bocas fundidas.
—Bien, como quieras.
Me levanto, vuelvo a sentarme entre sus muslos y cojo mi arma de
destrucción masiva.
—Suelta eso. —Su tono es de advertencia seria pero no le hago ni
caso.
Lo enciendo otra vez sin decir nada.
—¡Paula, que lo apagues, por Dios! —La ira ha vuelto.
Le sostengo la mirada mientras me llevo lentamente el vibrador al
punto en el que se unen mis muslos.
—¡No! —Echa la cabeza hacia atrás. Lo está pasando fatal.
No me puedo creer que esté dispuesto a seguir sufriendo. Podría
pararme en un abrir y cerrar de ojos. Maldita sea, quiero que me mire. De
repente, cambio la trayectoria del vibrador y se lo paso suavemente por su
preciosa polla pulsante. Da un saltito. La cama se mueve.
—¡Joder, Paula! ¡Joder, joder, joder! —grita, pero todavía cierra los
ojos con fuerza. No puedo obligarlo a que me mire, pero me va a oír. Me
acerco el vibrador y dejo la cabeza pulsante sobre mi clítoris.
«¡La hostia!»
Trago saliva, me tiemblan las rodillas y doy un respingo ante su
increíble potencia, que produce placenteras punzadas en mi sexo.
—Ay, Dios... —gimo, y aumento un poco la presión. Es muy, muy
agradable.
Abre los ojos y bufa como un toro. Las gotas de sudor han formado un
río en la arruga de la frente. Está sufriendo de lo lindo. Me siento casi
culpable.
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