miércoles, 30 de abril de 2014

Capitulo 209 ♥

Pasamos casi todo el sábado haciendo las paces. He disfrutado con el sexo soñoliento y no he estado
de acuerdo con casi nada de lo que Pedro decía para que me echara un polvo de entrar en razón. Luego
he olvidado a qué había accedido durante el polvo de entrar en razón para ganarme un polvo de
recordatorio. También hemos echado un polvo al fresco en la terraza después de comer, seguido de un
polvo de represalia cuando él ha decidido que era lo justo por haber roto mi promesa. Pero sé que en
realidad quería tenerme esposada y, la verdad, me lo merecía. Me ha follado de todas las formas,
posturas y lugares posibles y he disfrutado cada segundo, aunque ahora estoy un poco escocida. Estoy
de vuelta en el séptimo cielo de Pedro. Ahora que no hay embarazo, ha vuelto a follarme cuando,
donde y como quiere. Ayer recibí con creces la dosis del Pedro dominante que me había perdido las
últimas semanas. No podría ser más feliz. Pero lo cierto es que el embarazo sigue ahí.
Kate me llamó, y estoy segura de haber oído a mi hermano de fondo, pero lo negó y pasó a
preguntarme si Pedro y yo habíamos hecho las paces. Sí. También me preguntó si le había contado que
estoy embarazada. No. Después de haberlo disfrutado todo el día y de que las cosas hayan vuelto a la
normalidad, como debería ser, estoy segura de que es la decisión correcta.
—¿Vas a quedarte ahí tirada todo el día o vas a vestirte para que podamos pasarnos por La
Mansión? —inquiere. Está en la puerta del baño como su madre lo trajo al mundo, secándose los rizos
rubio ceniza con una toalla.
Me incorporo y me arrastro hacia los pies de la cama, luego me pongo boca abajo, apoyo los
codos sobre el colchón y la barbilla en las manos. Sé lo que me hago, y él también, a juzgar por cómo
me miran esos ojos verdes. No es que no quiera ir a La Mansión. Me gusta mucho más desde que
cierta bruja con látigo ya no está.
—No lo sé. —Mi voz es ronca e insinuante, justo como yo quiero—. Se te ha puesto dura —digo
señalando su entrepierna con la cabeza mientras lo miro a los ojos. Me cuesta contener la risa. Me
muerdo el labio y me quedo observándolo.
—Eso es porque te estoy mirando.
Se echa la toalla sobre los hombros y se apoya en el marco de la puerta.
Empiezo a babear. Está para chuparse los dedos. Sonrío.
—Lo tienes todo de piedra.
—Excepto esto —dice en plan profundo golpeándose el pecho—. Por dentro soy un blando. Pero
sólo contigo.
Sonrío de oreja a oreja.
—A veces tienes el corazón de piedra —murmuro tumbándome de espaldas con la cabeza
colgando fuera de la cama.
—Es usted una seductora, señora Alfonso.
Boca abajo, observo cómo su cuerpo se acerca hasta que lo tengo justo encima de mí. Su polla de
acero me roza los labios. Saco la lengua para probar la punta húmeda, pero la aparta.
—Pídemelo por favor.
—Por favor. —Le acaricio el pecho con el extremo de los dedos, gime, y lleva la polla de vuelta a
mi boca. La abro y observo su expresión de anticipación. Luego la rodeo con los labios.
—Paula, qué boca tienes —gime cerrando los ojos.
—¿Debería parar? —Le doy un pequeño mordisco y deslizo los dientes por su piel suave—.
¿Quieres que pare?
—Quiero que te calles y que te concentres en lo que estás haciendo.
Sonrío y lo suelto. Me siento en el borde de la cama, entre sus muslos. Cojo su polla y la
aprieto... fuerte.
—Deja de jugar conmigo, señorita. —Me coge del pelo y tira con fuerza para que me la meta en
la boca.
No ofrezco resistencia. Me encanta hacerlo así. Mi cabeza sube y baja y le clavo las uñas en su
firme trasero para acercármelo más.
—¡Joder! —ruge sujetándome la cabeza—. No te muevas.
Se frota contra mi garganta y lucho para que no se me revuelva el estómago. Permanezco en
silencio mientras se convulsiona dentro de mí, con la cabeza echada hacia atrás y tirándome del pelo.
Tengo que mantener el control. No puedo vomitar. No se lo voy a contar, así que me concentro en mi
boca, completamente llena con su polla. Me concentro únicamente en no echar la pota. Cierro los ojos
y respiro por la nariz. ¿Qué me pasa? Si el embarazo hace que la hombría de Pedro me dé asco, no
quiero volver a estar embarazada.
Me relajo un poco cuando la saca y la dejo caer de mis labios antes de trepar por su cuerpo y
enroscarle las piernas alrededor de la cintura. Tengo que hacerlo bien, y más teniendo en cuenta la
cara de incredulidad que me pone. No le gusta que lo deje a medias. Ésa es su decisión. Le muerdo el
labio.
Te quiero dentro de mí.
—Estaba muy bien donde estaba —dice con escepticismo. Me hace gracia—. Me alegro de que te
parezca tan divertido, Paula.
—Perdona. —Lo beso con fuerza. Tengo que convencerlo de que lo necesito. Es mi única salida
—. Te necesito dentro de mí. Ahora.
Se aparta y me mira con aire de sospecha. Me preocupa. Pero entonces me deslumbra con su
sonrisa, la que está reservada sólo para mí.
—No tienes que decírmelo dos veces, nena —replica. Me deja sobre la cama y se coloca encima
de mí—. Quítame la toalla.
La cojo y la lanzo a la otra punta de la habitación.
—Enrosca los dedos en mi pelo —me ordena.
Obedezco en el acto y mis manos se pierden entre su cabello húmedo.
—Tira.
Me lame los labios, gimo y le tiro del pelo.
—Bésame, Paula. —Su tono firme hace que lo necesite aún más.
Ataco su boca con decisión y desesperación.
—Para —me ordena.
Lo hago, aunque no quiero.
—Bésame con ternura —susurra.
Suspiro y deslizo la lengua por su boca, muy despacio. Es el paraíso.
—Ya basta —dice bruscamente.
Vuelvo a parar.
Se aparta y me da un beso amoroso en los labios.
—¿Por qué no puedes obedecerme en todo sin chistar?
Sonrío y reclamo su boca.
—Porque eres adicto al poder, y todo se pega menos la hermosura.
Se echa a reír y me coloca sobre sus caderas.
—Todo tuyo, nena.
—Muy bien —acepto de inmediato. Me levanto e intenta bajarme de nuevo sobre su entrepierna.
Lo aparto de un manotazo—. Si me disculpas...
—Perdona —sonríe—, pero no te andes con jueguecitos, ¿vale?
—Se te olvida, dios —digo cogiendo su erección y guiándola hacia mi cuerpo—, que me has
cedido el poder.
Desciendo con cuidado, y la sonrisa desaparece. Ahora mismo me está dando las gracias.
Gime y me agarra de los muslos.
—Es posible que te ceda el poder más a menudo.
Asciendo y vuelvo a descender muy despacio mientras le acaricio el pecho.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
Me mira y me desliza las manos por mis muslos.
—Eres tan guapo.
Vuelvo a ascender y a descender con un suspiro.
—Lo sé.
—Y tan arrogante.
—Lo sé. Arriba.
Arqueo las cejas.
—¿Quién manda aquí?
—Tú, pero no por mucho tiempo si abusas del poder. Arriba.
Reprime una sonrisa y yo le lanzo una mirada asesina, pero me levanto.
—Buena chica —jadea—. Más rápido.
Vuelvo a descender y muevo las caderas en círculos.
—Pero a mí me gusta así.
—Más de prisa, Paula.
—No. Mando yo.
Asciendo pero no tengo ocasión de descender, puesto que me tumba de espaldas sobre la cama y
me sujeta las manos.
—Has perdido tu oportunidad, señorita —replica al tiempo que me penetra con decisión—. Ahora
mando yo.
¡Bam!
Chillo y me abro de piernas.
¡Bam!
—¡Joder! —grito cuando noto que me llega al útero.
¡Bam!
—¡Pedro!
—Has tentado la suerte, nena —gruñe sujetándome las muñecas con menos fuerza y
embistiéndome una y otra y otra vez. Cierro los ojos—. ¡Mírame!
Obedezco del susto.
—Buena chica.
El sudor le cae a chorros de la cara y aterriza en mis mejillas. Tengo que agarrarme a él. Tengo
que morderlo y arañarlo, pero estoy indefensa, como a él le gusta.
—¡Deja que te abrace! —grito intentando soltarme mientras él arremete contra mí.
—¿Quién manda?
—¡Tú, maldito controlador!
—¡Cuidado...
¡Bam!
—... con esa...
¡Bam!
—... puta...
¡Bam!
—... boca!
Grito.
—¡Joder! —chilla—. ¡Córrete para mí, Paula!
No puedo. Estoy intentando concentrarme en el orgasmo que siento muy adentro, en alguna parte,
pero cada vez que creo haberlo capturado, me clava las caderas y lo echa hacia atrás. Cierro los ojos y
no puedo hacer más que aceptar el asedio al que somete a mi cuerpo.
—Por Dios, Paula, ¡voy a correrme!
Y, con eso, grita, se aprieta contra mí y se desploma. Me suelta las manos. Respira
descontroladamente y su cuerpo palpita bañado en sudor. Yo estoy igual, salvo que sin orgasmo.
—No te has corrido —jadea en mi cuello.
No puedo hablar, así que niego con la cabeza, con los brazos laxos a los lados.
—Lo siento, nena.
Asiento con la cabeza y trato de levantar los brazos para acunarlo y que así sepa que estoy bien,
pero mis músculos no obedecen. Me ha dejado incapacitada de verdad. Nuestros pechos sudorosos
están pegados y los dos respiramos con fuerza. Estamos destrozados. Quiero quedarme en la cama
pero entonces noto que me falta su peso y que me está levantando en brazos. Protesto entre dientes
cuando me lleva al cuarto de baño.
Abre el grifo de la ducha, coge una toalla, la pone en el suelo y me deja encima. Estoy a punto de
reunir las fuerzas suficientes para mirarlo mal cuando se sienta conmigo en el suelo y me abre de
piernas.
—Vamos a resucitarte.
Abre el agua fría y se coloca entre mis piernas. Luego me despierta de verdad con una caricia
larga, suave y delicada en el centro mismo de mi sexo.
Arqueo la espalda. Mis brazos sin vida vuelven a funcionar y recupero la voz.
—¡Ay, Dios!
Lo cojo del pelo húmedo y lo aprieto contra mí. El orgasmo profundo que no ha acabado de salir
ahora parece estar a punto de hacerlo. Ni siquiera intento controlarlo. Empiezo a jadear, se me tensan
los músculos del abdomen y levanto la cabeza. El agua fría recorre mi cuerpo. Pedro está en todas
partes, lamiendo, mordiendo, chupando, dándome besos en el interior de los muslos y penetrándome
con la lengua.
—¿Ya te has despertado? —masculla con mi clítoris en la boca. Le da un mordisco.
—¡Más! —exijo tirándole del pelo.
Lo oigo reírse. Luego cumple con mis demandas, sella la boca en mi sexo y chupa hasta que me
corro. Exploto. Veo las estrellas. Gimo y me llevo las manos a la cabeza. Es demasiado. Es increíble,
es alucinante. Palpito contra su boca y me relajo por completo. El agua fresca es una gozada y el ruido
constante de la ducha es de lo más relajante. No voy a moverme del suelo, por nada ni por nadie. Que
me lleve de vuelta a la cama.
—Me encanta sentirte palpitar, de verdad.
Me besa por todo el cuerpo hasta que encuentra mis labios y les dedica especial atención. Sólo
respondo con la boca. No logro convencer a mis músculos de que se muevan, aunque lo cierto es que
tampoco lo estoy intentando con mucho empeño.
—¿Me he redimido?
Asiento contra sus labios y se echa a reír. Se aparta para verme mejor. Mis ojos todavía
funcionan. Es más guapo que un sol y lo sabe, el muy engreído.
—Te quiero —digo; me ha costado pronunciar las palabras con la respiración entrecortada.
Él me deslumbra con su sonrisa..., mi sonrisa.
—Lo sé, nena —repone, y se levanta demasiado de prisa para mi gusto—. Vamos. Ya he
cumplido con mis obligaciones divinas y ahora tenemos que ir a La Mansión.
Me coge de la mano y me levanta sin esfuerzo. Y eso que no lo ayudo. Me hago el peso muerto
para protestar, aunque ni siquiera lo nota.
—¿Tengo que ir? —refunfuño cuando me echa champú en el pelo y empieza a lavármelo.
—Qué raro. Normalmente siempre quieres venir. —Me sonríe y pongo los ojos en blanco—. Sí,
tienes que venir. Tenemos que recuperar el tiempo perdido. Cuatro días, ni más, ni menos.
Lo ignoro y dejo que sus manos grandes y fuertes me masajeen la cabeza. Luego me la aclara.
—He terminado contigo, señorita. Sal —dice, y me da una palmada en el trasero para que salga
mientras él termina de ducharse.

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