El calor de sus labios activa una vibración en mi pierna que va directa a mi
intimidad.
Dejo escapar unos débiles gemidos.
—Apártate el pelo de la cara —ordena tranquilamente.
Me apoyo sobre una mano, me recojo el pelo con la otra y lo dejo caer
sobre mi espalda.
—Mejor. Ahora puedo ver todas mis posesiones.
Me da un mordisquito en el tobillo y noto una sacudida.
—Ver que estás excitada y saber que soy yo el que te hace estar así es
la sensación más gratificante del mundo. —Extiende la mano, me pasa un
dedo por la vulva y aplica una ligera presión en la parte superior de mi
clítoris.
Separo los labios y unos suaves jadeos escapan de mi boca repetidas
veces. Me retuerzo con la tremenda necesidad de cerrar las piernas de
golpe.—
Déjalas abiertas, Paula. Quiero ver cómo palpita tu carne en mi mano
cuando te corras para mí. —Su tono gutural acelera mi deseo de explotar
bajo sus caricias y su intensa mirada.
Cambia un dedo por dos y me atrapa el clítoris entre ellos apretando
despacio. Echo la cabeza atrás.
—¡Ahhhhhhhh! —gimo.
Sé que estoy cometiendo una falta grave.
—Mírame, nena. No apartes los ojos de mí.
—Estoy cerca —jadeo.
—Lo sé, pero pararé si no me miras. Escúchame, Paula. Mírame con
esos preciosos ojos que tienes.
Me obligo a levantar la cabeza con un esfuerzo inmenso y tiemblo
bajo su tacto. Cuando nuestras miradas se cruzan, aumenta el ritmo de sus
caricias. La visión de sus ojos verdes y lujuriosos, sus labios entreabiertos
y su cuerpo relajado aumenta mi placer. Él está quieto, pero totalmente
excitado. Sus únicos movimientos son los de sus dedos en mi sexo
deslizándose arriba y abajo, el de las sacudidas de su polla y el de su pecho
agitado. Entonces acerca los labios a mi tobillo y hunde los dientes en la
superficie de mi piel.
Pierdo la razón.
Contengo un grito y aprieto los pies contra los hombros de Pedro
mientras una descarga de presión estalla y me invade por todos los ángulos
de mi cuerpo hasta que quedo reducida a una masa de nervios palpitantes.
—Eso es —jadea mientras me besa el pie y desliza el dedo por mi
hendidura—. Paula, estás palpitando. Es perfecto.
Mis pechos agitados ascienden y descienden, estoy toda sudorosa y
mis músculos se contraen con violencia. Él sigue sentado, observando mi
clímax, con la mirada fija en mi abertura. La excitación en sus ojos es algo
que no se puede describir con palabras. Lo que no sé es cómo consigue
refrenar el impulso de llevarse las manos a su miembro pétreo, que
continúa sacudiéndose sobre su regazo.
—Ven aquí. —Extiende las manos y yo las acepto. Bajo los pies de
sus hombros y doblo las piernas mientras me coloco a horcajadas sobre su
regazo y me sujeto al respaldo de la silla—. Sube —dice tranquilamente.
—Ponte un condón —replico, jadeando.
-Paula, no me pidas que me ponga condón —casi suplica él.
—Pedro, ¿sabes la suerte que hemos tenido de que no me haya
quedado preñada todavía?
Sé que es posible que lo esté, pero ruego a Dios para que no sea así.
También sé que, para él, el hecho de que no lo esté sería más bien mala
suerte. Debe de saber que podría estarlo: me robó las píldoras y sabe que
no he ido a por otras. Tengo que mantenerme firme con este asunto. Es una
locura. ¿Añadir un niño a nuestra relación? Eso sería una auténtica
estupidez, y ya tenemos bastantes asuntos de los que ocuparnos, como de
su comportamiento neurótico e imposible, sólo que ahora supongo que a
ambos se nos podría calificar de neuróticos.
Sacude la cabeza y tira de mí hacia abajo, colocándose, pero me
pongo tensa y hago todo lo posible por evitar que me penetre. Me mira y
sus ojos me dicen todo lo que necesitaba saber. Le aparto la mano de
debajo de mí y vuelvo a sentarme sin Pedro hundido en mi interior. Lo miro
fijamente, pero él baja un poco la mirada. Sabe que lo he pillado.
Me vuelvo, saco uno de los preservativos de la caja y me agacho hasta
que estoy de rodillas en el suelo entre sus piernas. Él observa cómo abro el
envoltorio, extraigo el condón y le agarro la polla con suavidad para
deslizarlo por su cabeza y desenrollarlo por toda su longitud. Ambos
permanecemos callados mientras vuelvo a montarme sobre su cuerpo y a
colocarme en su regazo.
Me elevo inclinándome hacia adelante para que mis pechos queden
cerca de su boca. Él acepta el ofrecimiento, me lanza una sonrisa cómplice
y luego enrosca la lengua alrededor de cada uno de mis pezones y los
atrapa entre sus dientes. Acabo de tener dos orgasmos muy intensos, y si
sigue mordisqueándome de esta manera pronto llegará el tercero. ¿Cómo
consigue hacerme esto?
Siento su mano bajo mis lumbares y se coloca debajo de mí. Noto la
extraña sensación del látex que me toca la pierna.
—Baja despacio —me ordena con innegable voz de mando.
Obedezco y hago descender los muslos, bajando lentamente sobre él.
Su vara de acero encuentra mi abertura y la atraviesa mientras exhala un
largo suspiro controlado. Apoya la cabeza contra el respaldo y yo la mía en
su frente, con los ojos cerrados. Me tiene completamente empalada. No es
lo mismo, pero sigue estando dentro de mí.
—No te muevas. —Su aliento fresco invade mis fosas nasales
mientras me habla a la cara y me envuelve la cintura con sus enormes
manos.
Me quedo quieta. Siento cómo vibra dentro de mí, y me cuesta un
mundo no contraer los músculos a su alrededor. Necesita un momento.
—Me encanta tenerte a mi alrededor. ¿Cuánto crees que puedes
permanecer así sin moverte? —Me da un pico en la boca y me pasa la
lengua por el labio inferior. Sé que no aguantaré. Aprieto la boca contra la
suya, pero él me detiene y aparta la cara—. Veo que no mucho.
Echo la cabeza atrás y él me mira otra vez.
—Me estás rechazando —digo suavemente. A veces me sorprende que
haga esas cosas, teniendo en cuenta lo mal que reacciona él cuando no
puede tocarme a mí.
—Es un desafío.
—Tú eres un desafío —respondo, y bajo la cabeza para intentar
reclamarlo de nuevo, pero vuelve a apartarme la cara.
Intento provocarlo moviendo las caderas, pero él me agarra la cintura.
No necesita hacer mucha fuerza para mantenerme inmóvil. Aparto la
cabeza y él vuelve a mirar al frente.
—Me necesitas —dice con una voz tan áspera y sexy que apenas
puedo controlar la respiración. Su polla sigue sacudiéndose frenéticamente
dentro de mí.
—Te necesito. —Sé que para él estas palabras significan más que «Te
quiero». Su expresión de deleite lo confirma. Me inclino hacia adelante
para atrapar sus labios pero vuelve a apartarme la cara—. ¿Cómo te
sentirías si alguien impidiera que me besaras? —pregunto.
—Querría matarlo —afirma con un rugido mirándome de nuevo.
Afloja las manos sobre mi cintura y yo aprovecho la falta de sujeción
para bajar lanzando un gemido. Sus ojos cerrados con fuerza vuelven a
abrirse.
—Yo también —digo con firmeza, y me aprieto contra sus caderas.
Resopla y me agarra de la cadera para detener mi táctica.
—¿Quién está al mando, Paula?
—Tú.
Sus ojos centellean.
—¿Quieres que te folle?
—Sí.
—Buena respuesta. —Levanta las caderas y empuja hacia arriba,
mientras tira de mí hacia abajo con un gruñido gutural. Grito y me agarro
al respaldo de la silla—. ¿Así? —pregunta mientras se retira y vuelve a
penetrarme hasta el fondo.
—¡Joder, sí! —Echo la cabeza atrás y cierro los ojos.
—¡Mírame! —ladra con otro golpe de la pelvis—. Nótala, Paula. ¿La
notas? Abro los ojos con la vista borrosa. La expresión carnal y posesiva de
su rostro hace que me sienta como la criatura más deseada sobre la faz de
la tierra.
—La siento.
Gruñe y empuja hacia arriba una y otra vez, elevándome y tirando de
mí hacia abajo para recibir cada uno de sus embates. Una capa de sudor
empieza a brillar en su frente. Los músculos de su mentón se tensan y la
vena de su cuello sobresale. Me agarro con tanta fuerza al respaldo que los
nudillos se me ponen blancos. Quiero besarlo pero, primero, no ha dicho
que pueda hacerlo y, segundo, nuestras bocas no podrían permanecer
unidas. Mi sexo tiembla y mi saturado montículo de nervios protesta ante
tanta intensidad, pero necesito uno más, sólo uno más.
—Estoy cerca —expreso de manera entrecortada y difícil de descifrar
—. ¡Pedro, estoy cerca!
—¡Espera! —gruñe entre dientes, y aprieta hacia arriba. Me agarra las
caderas con tanta fuerza que casi me hace daño—. ¡Aguántate!
—¡No puedo! —grito, y él para al instante.
La falta de fricción y de ritmo detienen mi orgasmo.
—He dicho que esperes —jadea. Su polla se sacude furiosamente
dentro de mí. ¿Cómo lo hace? Su respiración es agitada e irregular—.
Contrólalo, Paula.
—Contigo no puedo controlar nada. —Apoyo la cabeza en su hombro
mientras el ardor en mi entrepierna se enfría ligeramente.
—Ya lo sé. —Vuelve la cara hacia mi pelo y me besa—. Eres mía, así
que yo lo controlaré.
Empieza a girar las caderas suavemente para reactivar mi orgasmo
abandonado. No puedo discutirle eso. Le pertenezco por completo y sé
perfectamente que no se refiere sólo a mi orgasmo inminente.
—Te quiero —murmuro contra su húmedo hombro.
Suspira.
—Yo también te quiero, nena. ¿Nos corremos a la vez?
—Por favor.
—Dame esos labios.
Deslizo los labios por su cuello hasta la mandíbula y hasta su boca y
él empieza a mover las caderas ociosamente, hacia adelante y hacia atrás,
mientras me derrito con sus besos.
Éste es el Pedro dulce; es como si estuviera saliendo con una decena
de hombres diferentes.
—Mmm. Eres deliciosa —dice. Gimo en su boca y noto que sonríe—.
Siento cómo te contraes a mi alrededor, y me encanta que lo hagas. —Guía
mis caderas y me coge con fuerza.
—A mí también me encanta sentirte dentro. —Aprieto los muslos y lo
agarro del pelo para acercarlo más aún.
—Córrete para mí —dice, y empieza a moverse trazando círculos
estudiados seguidos de un pequeño empujón de las caderas.
Yo me retuerzo un poco y termino emitiendo un largo gruñido de
satisfacción en su boca. Mi tercer orgasmo no ha sido tan intenso, pero sí
igualmente gratificante.
—Joder —susurra, y su cuerpo se pone rígido.
No siento su semen caliente en mi interior, pero todos los demás
signos del clímax están ahí. Me sostiene quieta en sus brazos.
—Eres increíble.
Me aferro a su polla palpitante con ansia y lo hundo hasta el fondo en
mí. Es el placer encarnado. Él es el placer encarnado.
—Ha sido fantástico —digo devorándole la boca. Él deja que haga lo
que quiera, y me mantiene lo más pegada a él posible mientras me acaricia
las caderas suavemente—. No ha estado tan mal, ¿verdad? —pregunto.
—No, no lo ha estado, pero sigue habiendo algo que se interpone entre
nosotros.
—¿Quieres matar al condón? —digo sonriendo contra sus labios.
—Sí. —Se aparta y sonríe—. Arréglate o llegaremos tarde.
Continúo cubriéndolo de besos.
—¿Adónde vamos? —No me importaría nada quedarme donde estoy
—. Estoy cómoda aquí.
—A cenar. He hecho una reserva. —Se ríe ligeramente, me sujeta de
las mejillas y me aparta la cara—. Ducha.
—Deja que te quiera. —Me aproximo y le mordisqueo suavemente la
oreja. —Paula.. —me advierte tirando de mí. Le brillan los ojos con malicia
cuando estira la mano y pasa un dedo por el borde del chupetón que me ha
hecho en la teta—. Siempre tendrás esto. —Me mira—. Siempre.
Yo hago lo propio y recorro mi propia marca en su pectoral.
—Deberías hacer que me tatúen tu nombre en la frente —sonrío—.
Así no habría ninguna duda de a quién pertenezco.
Enarca las cejas y parece sopesarlo por unos instantes.
—No es mala idea —dice finalmente, muy serio—. Me gusta.
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