jueves, 3 de abril de 2014

Capitulo 130 ♥



—Te quiero.
Siento unos labios carnosos que conozco muy bien acariciando los
míos mientras me despierto. Abro los ojos y veo el hermoso rostro de
Pedro.—
Despierta, preciosa.
Me desperezo. ¡Qué gusto! Parpadeo y caigo en la cuenta de que está
vestido. Mi cerebro inconsciente toma nota de que con Pedro ya vestido no
hay peligro de que me arrastre por todo Londres en una de sus carreras
matutinas de castigo.
—¿Qué hora es? —grazno.
—Tranquila, sólo son las seis y media. Tengo que recibir a unos
cuantos proveedores a primera hora. Quería verte antes de irme. —Se
agacha, me da un beso y me inunda el sabor de su aliento mentolado.
¿Proveedores? ¿Qué clase de proveedores? Corto esos pensamientos
por lo sano. Es demasiado temprano y, si de verdad son las seis y media, es
demasiado tarde para correr veintidós kilómetros por Londres, así que los
proveedores me importan un pimiento.
—No me hace falta tener los ojos abiertos para que tú puedas verme
—protesto mientras tiro de su espalda para que vuelva a mí. Huele de
rechupete.
—Ven a desayunar conmigo. —Me levanta de la cama y me agarro a
él con mi cuerpo desnudo y mi estilo habitual de chimpancé—. Me vas a
arrugar la ropa —dice en absoluto preocupado mientras me saca del
dormitorio y me lleva a la cocina.
—Pues suéltame —contraataco. Sé que no va a hacerlo.
—Nunca.
Sonrío satisfecha y absorbo cada gota de agua fresca que desprende.
—No necesito un polvo de recordatorio. Puedes venir a comer.
—Esa boca. —Se echa a reír—. Lo siento. De verdad que necesitaba
verte antes de irme.
Me pongo tensa en cuanto lo dice. Bueno, de hecho, en cuanto dice «lo
siento». ¡Mierda! Había olvidado su crisis nerviosa de medianoche. Bueno,
no es que se me haya olvidado, es que mi cerebro consciente no la ha
procesado aún.
—¿Qué pasa?
Ha notado que me he puesto tensa de repente. Me sienta en el frío
mármol pero no me sorprende como la otra vez. Estoy demasiado ocupada
buscando en mi mente el mejor modo de abordar el asunto.
—Anoche te despertaste —digo.
—¿Sí? —Frunce el ceño y no sé si se siente aliviado o decepcionado.
—¿No te acuerdas?
—No. —Se encoge de hombros—. ¿Qué te apetece desayunar?
Me deja en el mármol y va hacia la nevera.
—¿Huevos, un bagel, algo de fruta?
«¿Ya está?»
—Dijiste que me necesitabas. —Lo dejo caer, a ver si lo pilla.
—¿Y? Es lo que digo estando despierto —replica sin apartar siquiera
la vista de la nevera. Pues no, parece que no lo ha pillado.
—Me pediste perdón. —Me pongo las manos debajo de los muslos.
Vuelve de la nevera.
—Eso también lo he dicho estando despierto.
Es cierto, lo ha dicho todo despierto, pero anoche estaba hecho un
poema.
Sonríe.
—Paula, lo más probable es que tuviera una pesadilla. No me acuerdo.
—Vuelve a la nevera.
—Te pusiste frenético. Estaba muy preocupada —digo tímidamente.
No fue normal.
Cierra la nevera, con más fuerza de la necesaria, y de inmediato me
arrepiento de haber sacado el tema. No me da miedo. Lo he visto perder los
nervios muchas veces, pero me preocupa el modo en que se abrazaba a sí
mismo. No quiero empezar el día con una pelea. Hablaba en sueños, eso es
todo.
Se acerca mordiéndose el labio y lo observo con cautela. Cuando llega
a mi lado, se abre paso entre mis piernas, me saca las manos de debajo de
los muslos y las sostiene entre ambos. Me las acaricia con los pulgares.
—Deja de preocuparte por lo que dije en sueños. ¿No dije que te
quería? —pregunta con ternura.
Frunzo el ceño.
—No.
Sus ojos verdes parpadean y una de las comisuras de sus labios forma
media sonrisa.
—Eso es todo lo que importa.
Me besa en la frente.
Me aparto de sus labios. Sí, importa. Lo está haciendo otra vez. Me
está dando evasivas.
—No fue normal, y ya me estoy hartando de ese tonito. —Le lanzo
una mirada asesina y retrocede, sorprendido, con la boca abierta. Pero no le
doy la oportunidad de devolvérmela—. O desembuchas o me largo —
amenazo.
Él cierra la boca, no dice nada. Lo he cogido por sorpresa.
Levanto las cejas, altanera.
—¿Qué eliges?
—Dijiste que nunca ibas a dejarme —replica, despacio.
—Vale, deja que lo reformule: no te dejaré si empiezas a darme
respuestas cuando te pregunte algo. ¿Qué te parece?
Se muerde el labio sin quitarme el ojo de encima pero no desvío la
mirada. Mantengo el contacto visual y pongo una cara muy seria. Sus
pulgares me acarician con firmeza.
—No tiene importancia.
Me echo a reír, escéptica, y hago ademán de moverme, pero él se
acerca más para evitar que me baje de la encimera.
—Pedro, voy a marcharme —digo, pero sé que no es verdad.
—Soñé que te habías ido. —Habla como una metralleta, casi en
estado de pánico.
Dejo de intentar soltarme.
—¿Qué?
—Soñé que me despertaba y que te habías ido.
—¿Adónde?
—Y yo qué coño sé. —Me suelta y se lleva las manos a la cabeza—.
No podía encontrarte.
—¿Soñaste que te dejaba?
Frunce el ceño.
—No sé dónde estabas. Simplemente te habías ido.
—Vaya. —No sé qué más decir. No me mira. ¿Se puso así porque yo
lo dejaba?
—No fue un sueño agradable, eso es todo. —Está avergonzado y de
repente me siento un pelín culpable. Está muy descolocado.
—No voy a dejarte. —Intento que se lo crea—. Pero tenemos que
hablar. Tengo que torturarte para sacarte información, Pedro. Es agotador.
—Perdona.
Lo atraigo de vuelta entre mis muslos. Es uno de esos momentos en
los que yo soy la fuerte. A medida que descifro a este hombre, se vuelven
más frecuentes.
—¿Habías tenido pesadillas antes?
—No. —Acepta mi abrazo y me estrecha con fuerza.
—Porque estabas borracho.
—No, Paula. No soy un alcohólico.
—No he dicho que lo fueras.
Lo abrazo con fuerza y me da un poco de pena pero me alegro de que
se haya abierto. Es tan fuerte y tan seguro de sí mismo, pero estas pequeñas
grietas son cada vez más evidentes. ¿Las estaré causando yo?
—¿Puedo prepararte un desayuno equilibrado? —pregunta
deshaciendo nuestro abrazo.
—Sí, por favor.
—¿Qué te apetece?
Me encojo de hombros.
—Tostadas.
—¿Tostadas?
Asiento. Son las seis y media de la mañana, mi estómago no se ha
despertado aún.
—Eso no es muy equilibrado —masculla.
—Es demasiado temprano para comer.
—No, no lo es. Y tienes que comer, estás demasiado delgada.
Me suelta y se dirige a poner el pan en la tostadora. Yo bajo del
mármol y me siento en un taburete para contemplar cómo se desliza por la
estancia. Me conmueve. Ha reconocido que cocina de pena, así que el
hecho de que se haya ofrecido a prepararme el desayuno es adorable.
Pongo los codos en la encimera y apoyo la barbilla sobre las palmas de las
manos para estudiarlo mejor. Ha tenido un mal sueño. O una pesadilla. Sea
lo que sea, debe de haber sido muy duro. Es un hombre hecho y derecho, y
ayer una pesadilla lo redujo a un estado patético. Espero que no sean
frecuentes, porque fue horrible tener que verlo así, tan asustado y tan
vulnerable. No me gustó.
Suspiro para mis adentros. Está más guapo que nunca esta mañana. No
se ha afeitado, y me encanta cuando lleva barba de un día. No se ha puesto
traje, sólo unos pantalones gris marengo y una camisa negra. Es posible
que cambie de opinión sobre la comida para que no tenga más remedio que
echarme un polvo de recordatorio.
Coge la mantequilla, cuchillos y platos y lo dispone todo en la isleta,
delante de mí. Luego se dirige de nuevo a la nevera y se sienta a mi lado
con un tarro de mantequilla de cacahuete. Lo miro sin poder creérmelo.
Desenrosca la tapa y mete el dedo.
Luego se lo lleva a la boca y me mira.
—¿Qué? —masculla.
—¿Y tú me das lecciones a mí acerca de un desayuno equilibrado? —
Miro el bote que tiene en la mano.
Traga.
—Los frutos secos son muy sanos. Además, tú eres más importante
que yo.
Meneo la cabeza y unto la mantequilla en mi tostada bajo su atenta
mirada.
—A mí me importas tú —le gruño a mi tostada, y lo miro mientras le
pego un mordisco.
Pedro sonríe.
—Me alegro. ¿Qué tienes hoy en la agenda? —pregunta como si nada
mientras vuelve a meter el dedo en el tarro.
Me atraganto y frunce el ceño. ¿Lo pregunta en serio? ¡No pienso
decírselo!
—¿Por qué te sorprende tanto que quiera saber lo que vas a hacer hoy?
—Me hace un mohín.
Me trago el bocado de tostada.
—Oh, por nada —doy otro mordisco—, si pensara que de verdad te
interesa y que no lo preguntas para volver a chafarme el día. —No puedo
decirlo con más sarcasmo.
—De verdad me interesa. —Parece dolido.
No cuela.
—Te veo en el Baroque a la una. Tengo que llamar a Kate y avisarla
de que vas a fastidiarnos la comida de chicas.
—No le importará. Me quiere —dice con total confianza.
—Eso es porque le compraste a Margo Junior —le recuerdo.
—No, es porque me lo dijo.
Es un engreído.
—¿Cuándo?
—Cuando salimos. —Me aparta el pelo de la cara—. La noche en que
te enseñé a bailar. La noche en que pillaste aquel superpedo.
—¿Superpedo? —pregunto con la boca llena.
—Borracha.
Me burlo.
—Seguro que Kate también estaba borracha.
Bueno, no tanto como yo, pero eso no era difícil. Aunque iba bien
cocida, cosa que tampoco importa. Kate no le diría a nadie que le gusta si
no fuera verdad, y mucho menos que lo quiere, ni siquiera cuando es en
plan cariñoso.
—Y no sólo aquella vez. —Mete el dedo en el tarro y me lo pone
delante de las narices. Hago una mueca de asco y él se ríe antes de
llevárselo a la boca.
—¿Más veces? —pregunto sin darle importancia mientras muerdo mi
tostada. Lo está haciendo a propósito.
—En La Mansión —lo suelta como si el hecho de que Kate estuviera
en La Mansión fuera lo más natural del mundo.
La mandíbula me llega a la encimera de mármol. Recuerdo que Kate
fue allí el sábado por la noche y que ese día llamaron a Pedro para que
acudiera allí. Tuvo que ser entonces. Kate no entró en detalles cuando le
pregunté. Lo gracioso es lo que dijo y que no quiso explicarme mejor. Sin
duda, no iba a insistir después de cómo reaccionó a mi interrogatorio.
—¿Qué estaba haciendo Kate en La Mansión? —Intento decirlo con
naturalidad pero, a juzgar por la cara que pone, me ha salido fatal.
Sonríe.
—No es asunto tuyo. —Salta del taburete y tira el tarro vacío a la
basura—. Tengo que pirarme.
—¿Pirarte?
—Sí, largarme..., irme..., salir zumbando. —Me guiña el ojo y me
derrito en el taburete. Está de buen humor, juguetón y bromista. Lo quiero.
El Pedro relajado empieza a ser un habitual últimamente.
—He decidido que no es buena idea que vengas a comer. No quiero
que Kate piense que somos como lapas —suelto de pronto. Me vuelvo y
sigo comiéndome mi tostada con toda la indiferencia que soy capaz de
fingir. No obstante, me cuesta, porque mi hombre está gruñendo y
erizándose detrás de mí.
Me coge y grito cuando me da la vuelta y me empotra contra la pared.
Me aplasta con su delicioso cuerpo y yo todavía tengo la tostada en la
mano. Sus ojos me dicen que no sabe si lo he dicho en serio, y me siento...
casi culpable.
Sé lo que me espera.
Lucho por ocultar la sonrisa que baila en las comisuras de mi boca. Se
apoya en mí y levanta las caderas para que pueda sentir toda su caricia en
mi sexo. Gimo, pícara, de pura satisfacción.
—No lo has dicho en serio.
Desliza la mano por mi vientre, hacia el punto en el que se unen mis
muslos.
—Muy en serio —lo reto, y doy un respingo cuando introduce el
pulgar en mi zona sensible. Dios, nunca voy a cansarme de él.
—Voy a ser muy rápido —musita mientras continúa follándome con
el dedo. Suspiro y saboreo sus caricias expertas—. No juegues conmigo,
Paula.
Retira la mano y se aparta.
«¡¿Qué?!»
Quiero agarrarlo y volver a meter su mano donde debería estar. ¿A
qué demonios juega? Le lanzo una mirada como diciendo «¿De qué coño
vas?», y se ríe a gusto.
—Ya llego tarde porque quería asegurarme de que comías algo. Si
llego a saber que te iba a dar por jugar conmigo, te habría follado primero
y luego te habría dado de comer.
Se acerca y me restriega las caderas, siempre a punto para el amor, y
jadea en mi oído:
—A la una en punto. —Le da un mordisco a mi tostada—. Te quiero,
señorita.
Me mira más arrogante que nunca.
—No es verdad —le suelto—. Si me quisieras, no me abandonarías a
medio camino del orgasmo.
—¡Oye! —me grita. Parece enfadado—. No dudes nunca de lo mucho
que te quiero. Eso me cabrea muchísimo.
Intento poner cara de que lo siento pero, con las ganas que tenía de
correrme, me cuesta mucho convencer a mi cerebro para que haga nada.
Sólo quiere obligar a Pedro a terminar lo que ha empezado. Sé que se ha
puesto cachondo. ¿Cómo es que se va sin más?
—Que pases un buen día —añade; su mirada se suaviza y me besa en
la mejilla—. Te echaré de menos con locura, nena.
Eso ya lo sé. Pero sólo quedan seis horas hasta la hora de comer.
Sobrevivirá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario