Si me pone las manos encima estaré perdida, y quiero seguir
enfadada. Necesito seguir estándolo. Pretende cegarme con su tacto una
vez más.
Me alcanza y coloca las manos sobre las mías. Mi cara está a la altura
de su cuello y de su mentón. Intento bloquear mi sentido del tacto, pero
fracaso estrepitosamente. Sé que no me dejará salir de su despacho hasta
que hayamos hecho las paces.
—Mañana volveré a casa de Kate —digo, desafiante. Necesito tiempo
para superar estos celos irracionales. Por lo visto, Pedro Alfonso también ha
despertado en mí cualidades bastante desagradables.
—Sabes que no vas a hacer eso, Paula. Pero el hecho de que lo digas me
pone furioso.
—Sí lo voy a hacer —respondo. Sé que lo estoy provocando, pero
necesito que sepa que esto me afecta.
Se inclina hasta que sus ojos quedan a la altura de los míos.
—Muy furioso, Paula —me advierte suavemente—. Mírame —me
ordena a continuación.
Gimo.
—No. —Si lo hago, estaré perdida y Pedro se anotará un tanto.
—He dicho que me mires.
Niego ligeramente con la cabeza y él exhala un suspiro.
—Tres —empieza a contar claramente.
Mis ojos ascienden hacia los suyos de manera instintiva, pero no
porque haya empezado la cuenta atrás y no quiera que llegue hasta cero. Es
porque no entiendo nada. He cumplido su orden de manera involuntaria, y
ahora estoy mirando de lleno esos ojos verde oscuro cargados de lujuria.
—Bésame —me exhorta.
Aprieto los labios, niego con la cabeza e intento liberar mis brazos.
—Tres... —empieza de nuevo, y yo me quedo helada y abro
inmediatamente la boca. Roza mis labios con los suyos levemente—. Dos...
No es justo. Podría besarme, pero sé que no va a hacerlo. Quiere que
me rinda y yo intento resistirme desesperadamente, aunque mi cuerpo
traicionero desea tenerlo.
—Uno... —Sus labios vuelven a rozar los míos.
Aparto la cabeza y me retuerzo intentando zafarme de él.
—No, no vas a liarme, Pedro.
Deja escapar un gruñido de frustración y me suelta. Yo levanto las
manos y lo empujo. Empezamos a forcejear y lo golpeo para apartarlo de
mí mientras él intenta agarrarme de las muñecas.
—¡Paula! —chilla mientras me sujeta con fuerza y me da la vuelta. No
sé por qué me molesto. Sé que tengo las de perder, aunque él me está
tratando con mucho cuidado—. ¡Para de una puta vez!
No le hago caso, la rabia y la adrenalina alimentan mi tenacidad para
seguir resistiéndome contra él.
—¡Joder! —grita. Me obliga a echarme al suelo y me retiene debajo
de su cuerpo—. ¡Basta ya!
Jadeo debajo de él. Me duelen todos los músculos y el corazón se me
va a salir del pecho. Abro los ojos y veo que me observa perplejo. No sabe
qué hacer conmigo. Estoy perdiendo el control.
Nos quedamos mirándonos, jadeando tras el esfuerzo de nuestro
combate físico. Y entonces los dos nos inclinamos hacia adelante hasta que
nuestras bocas se unen con fuerza y nuestras lenguas batallan con urgencia.
Pedro gana. Gime, me suelta las muñecas y me agarra del pelo
mientras me toma la boca con tanta fuerza como yo a él. Es un beso
posesivo. Yo refuerzo mi reclamo e intento hacerle entender que mis
sentimientos hacia él son tan fuertes que el hecho de imaginármelo con
otras mujeres hace que me vuelva tan loca de celos como él. Posa una
mano sobre mi pecho y me lo agarra con fuerza por encima de la tela del
vestido. Me lo pellizca y me lo aprieta entre gruñidos.
La lengua y los labios empiezan a dolerme, pero ninguno de nosotros
tiene intención de parar. Ambos estamos tratando de dejar algo claro.
Deslizo las manos desde sus bíceps hasta su cabeza, lo agarro del pelo y lo
presiono todavía más contra mí. Estoy ardiendo completamente mientras
me retuerzo en el suelo debajo de él, marcando con éxito mi propiedad. Y
entonces rodamos, mis labios se apartan de los suyos y descienden hacia su
torso trajeado hasta que alcanzo la cremallera de sus pantalones. Se la bajo,
me apresuro a liberarlo y, una vez libre, le envuelvo la verga con la mano
sin demora.
Estoy embriagada de frenesí, le cubro el miembro con la boca y lo
absorbo entero, sin cuidado, sin suaves lametones ni caricias juguetonas.
Lo ataco de manera frenética y desesperada.
—¡Joder! —exclama cuando siento que me toca el final de la garganta
—. ¡Joder, joder, joder!
No me dan arcadas y me lo meto en la boca una y otra vez, sin parar,
apretando en la base de su miembro y agarrándole con firmeza los
testículos.
—¡JODER! —Levanta las caderas—. ¡Paula! —Me agarra del pelo. No
sé si me suplica o me reprende.
Me concentro en reforzar mi desesperación por él y continúo lo más
de prisa y crudamente que puedo, sintiendo la sedosidad de su piel dentro
de mi boca. La fricción de la velocidad de mis movimientos nos calienta a
ambos.—
No dejes que se salga, Paula —me ordena, y recibe con sus caderas
cada embate de mi cabeza. Me duelen las mejillas, pero no paro.
Y entonces siento que se expande en mi boca, su respiración se vuelve
irregular y me agarra el pelo con más fuerza. Gimo a su alrededor, le
aprieto con más firmeza las pelotas y deslizo la mano por debajo de su
camisa para agarrarle el pezón y pellizcárselo con fuerza.
Brama. Eleva la pelvis y me aprieta la cabeza contra él. La punta de su
verga me golpea la pared de la garganta.
Y entonces se corre.
Yo me lo trago.
Ambos gemimos.
—Joder, Paula —jadea retirándose de mi boca y pegándome contra su
cuerpo—. Joder, joder. —Me toma los labios de nuevo y me pasa la lengua
por la boca para compartir su esencia salada—. Deduzco que eso quiere
decir que lo sientes —resuella mientras me lame con la lengua.
¿Acaso cree que esto ha sido un modo de pedir disculpas? ¿Que si
siento el qué? ¿Ser una loca irracional y posesiva... como él?
—No —afirmo. Y es verdad.
Nuestras lenguas permanecen pegadas y seguimos jadeando y
acariciándonos el uno al otro.
Vuelvo a bajar el brazo y le agarro el miembro semierecto sin dejar de
acariciarlo mientras ambos seguimos comiéndonos la boca... de manera
agresiva. No estoy preparada para parar. Él se aparta, jadeando, con el
pecho agitado, pero yo no me detengo. Pego mis labios doloridos de nuevo
contra los suyos y hundo la lengua en su boca mientras continúo
ordeñándole frenéticamente la polla.
—Paula, para. —Me quita la mano de su entrepierna y aparta la cara
para romper nuestro contacto.
Pero esta vez tampoco paro. Forcejeo con él cubriéndolo de besos con
urgencia. Nunca antes me había rechazado.
—¡Paula! ¡Por favor! —Pierde la paciencia, me pega de nuevo al suelo
y me aprisiona bajo su cuerpo.
Los ojos se me llenan de lágrimas. Estoy más desesperada que todas
esas mujeres. No llevo esto nada bien. Un sollozo escapa de mis labios y
aparto la cara muerta de vergüenza.
—Cariño, no llores —me ruega con suavidad, tirando de mi cara de
nuevo hacia la suya y apartándome el pelo. Después me mira casi con
compasión—. Lo he entendido —susurra, y me pasa el pulgar por debajo
del ojo—. No llores. —Me acaricia los labios con los suyos—. Para mí
sólo existes tú.
Parpadeo para evitar que me caigan más lágrimas.
—No puedo con esto —digo, y estiro la mano para tocarle la cara—.
Me siento violenta —admito. No puedo creer que acabe de confesarle eso,
y me sorprende el hecho de que sea cierto—. Eres mío —digo con un hilo
de voz.
Él asiente. Lo ha entendido.
—Soy sólo tuyo. —Se lleva mi mano a los labios y me besa la palma
con firmeza—. No les hagas caso. Sólo están sorprendidas. Se sienten
despechadas al ver que les ha ganado la partida una belleza joven y
despampanante de ojos oscuros. Mi belleza.
—Y tú eres la mía —afirmo bruscamente.
—Siempre, Paula. Cada milímetro de mi cuerpo es tuyo. —Mueve un
poco el cuerpo y deja caer todo su peso sobre mí, cubriéndome por
completo. Me agarra la cara con las palmas de las manos y me mira
fijamente con esos ojos verdes que tiene—. Paula, tú me perteneces. —Posa
los labios sobre los míos—. ¿Entendido?
Afirmo con la cabeza, aunque me siento débil y necesitada.
—Buena chica —susurra—. Eres mía, y yo soy tuyo.
Asiento de nuevo, por miedo a llorar si abro la boca. Pensaba que ya
no podía quererlo más.
Me acaricia las mejillas con las palmas de las manos y recorre con la
vista cada milímetro de mi rostro.
—Sé que esto te resulta muy difícil.
—Te quiero. —No sé ni cómo he conseguido articular las palabras.
—Lo sé. Y yo a ti. —Se sienta y luego me ayuda a incorporarme—.
Más tarde haremos las paces como es debido. No quiero estropearte el
vestido. —Sonríe levemente y me da la vuelta—. Hemos de tener
paciencia, y ambos sabemos que tengo muy poca en lo que se refiere a ti.
—Me da la vuelta otra vez y me frota la nariz con la suya—. ¿Te sientes
mejor?
—Sí.
—Bien. Vamos.
Me coge de la mano y me dirige hacia la puerta. Me la suelta
brevemente para colocar el aparador en su sitio, luego la reclama de nuevo
y me lleva de regreso a la fiesta. Me siento mucho mejor. Lo ha entendido.
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