viernes, 11 de abril de 2014

Capitulo 155 ♥

Esas furcias no tienen ningún tipo de respeto. Kate, Sam y Drew
observan la escena con la incredulidad reflejada en sus ebrios rostros
mientras las mujeres se coordinan para retener a su presa. Pedro está
atrapado y, como no empiece a abofetearlas, no irá a ninguna parte. Su cara
de agobio es el resultado de la ansiedad que siente por el hecho de que yo
esté viendo cómo pelea contra esa manada de lobas que intenta
secuestrarlo. Y después de nuestro reciente encuentro en su despacho, sabe
que no es el único que tiene instintos homicidas. A saber lo que haría él si
la situación fuese al revés. La pista de baile se convertiría en un mar de
sangre.
Me acerco tranquilamente a ellos, y Pedro me observa y deja de
resistirse. Su repentina sumisión hace que las mujeres cesen en su sediento
frenesí. Le tiendo la mano y él la toma inmediatamente. A continuación,
todas apartan las manos del cuerpo de mi hombre y observan cómo
reclamo con calma lo que es mío. Tiro de él y las miro a todas ellas con
desdén. Se han quedado mudas. No digo nada, aunque su descaro hace que
me hierva la sangre. Me doy la vuelta y saco a Pedro de la pista. Oigo unos
cuantos gritos de sorpresa y un chillido de júbilo de Kate, pero no vuelvo la
mirada. Estoy disfrutando el hecho de que, por primera vez, soy yo la que
está dirigiendo a Pedro. Esto no había pasado jamás, y tampoco dura
mucho. De repente me coge y me lleva en brazos el resto del camino hasta
la barra.
—Me encanta cuando te pones posesiva —dice, satisfecho—. Dame
un beso.
Quiero dejar claro que sólo me peleo con alguien cuando es necesario,
pero sé que sería absurdo hacerlo si se diera la situación. Enrosco los
brazos alrededor de su cuello y me ahogo en su boca mientras siento que
un montón de ojos nos miran. Puede que, después de todo, no haga falta
enviar ninguna nota recordatoria.
Me coloca sobre mi taburete de siempre y llama a Mario, que saca mi
bebida al instante de debajo de la barra junto con dos botellas de agua.
Cojo una de las botellas y empiezo a beberme el agua antes de que
Pedro tenga ocasión de ordenármelo.
Se apoya en el taburete de al lado y me ofrece una sonrisa de
aprobación.
—Mario, ¿cómo vamos de existencias? —pregunta mientras vuelve a
levantarse y se inclina sobre la barra para mirar una larga fila de
interminables puertas de cristal. Echo una ojeada y veo que las estanterías
están cada vez más vacías.
—Bueno, señor Alfonso, al parecer, esta noche los socios tienen mucha
sed. —Ríe y quita algunas botellas vacías de los dispensadores—. Mañana
haré inventario. Nos llega un pedido el domingo.
—Buen chico —dice Pedro, y vuelve a sentarse en el taburete con los
pies apoyados en el reposapiés del mío—. ¿Estás bien? —Estira el brazo y
me coloca bien el diamante.
Bostezo y asiento.
—Sí.
Sonríe.
—Te llevaré a casa. Ha sido un día largo.
Recibo de buen grado su sugerencia. Ha sido un día larguísimo.
Marcar el terreno es agotador.
John entra en el bar, coge a Pedro del hombro y me saluda con una
inclinación de la cabeza.
—¿Todo bien, muchacha? —ruge, y yo asiento.
De repente he perdido la capacidad de hablar. Estoy exhausta.
—Voy a llevarla a casa. ¿Todo bien arriba?
—Sí, todo bien —confirma John. Vuelve a saludarme con la cabeza y
yo bostezo otra vez—. Pediré tu coche. Llévala a casa. —Saca el teléfono y
da unas cuantas instrucciones breves y precisas y luego asiente en
dirección a Pedro.
—Tengo que despedirme de Kate —consigo musitar a pesar de mi
agotamiento. Me dispongo a bajarme del taburete, pero Pedro me pone la
mano en la rodilla para detenerme.
Y entonces John suelta una de sus profundas risas de barítono, que te
hace temblar de pies a cabeza.
—Creo que acabo de ver cómo desaparecía con Sam en el piso de
arriba —anuncia.
«¿Qué?»
Pedro se contagia del humor de John.
—¿Quieres subir a despedirte?
—¡No! —Sé que mi cara refleja una repulsión absoluta, y ambos ríen
aún con más ganas.
¿Presenciar cómo Kate y Sam copulan? No, gracias. Joder, ¿se les
unirá alguien más? ¿Dónde está Drew? Me obligo a bloquear esos
pensamientos tan desagradables.
—Llévame a casa —digo.
Me entra un escalofrío y me apoyo sobre mis pies cansados. A pesar
de todo, estos zapatos son tremendamente cómodos, teniendo en cuenta
que los llevo puestos desde hace más de siete horas.
Pedro y John intercambian unas cuantas palabras, pero mi cerebro
impide que mis oídos escuchen. Sin embargo, sí que oigo que le dice a
John que no lo espere mañana, lo que significa que voy a quedarme a
dormir hasta las tantas en su casa, y pienso montar una escenita digna de
un Oscar como me despierte con las primeras luces del alba con mi equipo
de footing.
Me despido de Mario y de John y apoyo la cabeza sobre el hombro de
Pedro. Él me dirige al exterior de La Mansión, me mete en su coche y se
sienta al volante.
—Ha sido un día fantástico —farfullo medio dormida mientras mi
cuerpo se acomoda contra la piel suave y fresca. Y es verdad, si dejamos a
un lado lo de esas zorras desesperadas.
Me apoya la palma en el muslo y me lo acaricia suavemente.
—Para mí también, nena, gracias.
—¿Por qué me das las gracias? —digo bostezando y sintiendo los
párpados pesados. Me he comportado como una niña malcriada ávida de
atención.
—Por dejar que te lo recordara —responde tranquilamente.
Lo miro con mis ojos cansados y sonrío mientras él arranca el coche y
empieza a acelerar. Cierro los ojos y cedo ante mi extenuación. Sí, me lo
ha recordado, y me alegro de haber dejado que lo hiciera.
—Buenas noches, Clive. —Siento las vibraciones de la voz de Pedro
en mi cuerpo, que está pegado con firmeza contra su pecho. Estoy
cansadísima.
—Señor Alfonso, ¿quiere que le llame el ascensor?
—No, tranquilo. Gracias.
En mi estado comatoso, me pregunto si Clive vive aquí. Se supone
que hay dos conserjes, pero nunca he visto al otro. Oigo cómo se cierra la
puerta del ático de una patada y, antes de que me dé cuenta, estoy tumbada
sobre la cama. Creo que ni siquiera voy a quitarme el vestido. Me acurruco
de lado.
—Venga, vamos a quitarte ese vestido. —Me pone boca arriba.
—Déjalo —gruño medio dormida. No tengo energía.
Se echa a reír.
—No voy a acostarme contigo vestida, señorita. Jamás. Ven aquí. —
Me incorpora tirando de mis manos y me quedo con las piernas colgando
fuera de la cama para que me quite los zapatos—. Arriba. —Tira de mí
suavemente para levantarme y me da la vuelta—. ¿Cómo se quita esto? —
pregunta pasándome las manos por la espalda y por los costados.
Levanto la mano por encima del hombro y señalo la cremallera
escondida. La coge y la baja lentamente a lo largo de mi espalda y después
me quita los tirantes. Una vez libre del vestido, me dejo caer contra su
pecho. —Creo que esto sí que te lo voy a dejar puesto. —Su tono sugerente
me espabila un poco mientras me pasa las manos por los laterales del corsé
de encaje fino y por las caderas—. ¿Te cepillo los dientes?
—Por favor. —Empiezo a avanzar hacia el cuarto de baño con sus
manos en mi cintura.
Me sienta sobre el mueble del lavabo, echa pasta de dientes en mi
cepillo y lo pasa por debajo del grifo.
—Abre —me ordena, y abro la boca para que tenga acceso a mis
dientes.
Empieza a cepillármelos con cuidado, trazando círculos lentamente y
con paciencia, mientras me sostiene la mandíbula. En su frente se dibuja su
arruga de concentración y sus ojos brillan de contento, y sé que es porque
está realizando una de las tareas del trabajo que se ha autoasignado: cuidar
de mí. —Escupe —me ordena tras sacarme el cepillo.
Vacío la boca y dejo que me limpie los restos de pasta de los labios
con el dedo. Me mira mientras se mete el pulgar en la boca y se lo chupa.
Estoy cansada, pero no tanto. Me abro de piernas, lo agarro de la camisa,
tiro de él y lo pego contra mí con todas mis fuerzas.
Él me sonríe.
—Parece que te has despertado. —Me coge la cara con las dos manos
y me planta un beso tierno en los labios.
No me he espabilado del todo, pero me ha puesto una de las manos en
el lugar adecuado y sé que voy a hacerlo.
—Eres tú. Es instintivo. —Todavía sueno medio dormida.
—Pensaba que nunca diría esto, pero esta noche no voy a tomarte.
Me rodea la nariz con la suya y yo muevo las caderas hacia adelante
para estimularlo. Ahora soy yo la que se está comportando como una zorra
desesperada.
Se aparta y me lanza una mirada severa con una ceja enarcada.
—No —dice, y me aparta las manos de su rostro—. ¿Quieres quitarte
el maquillaje?
No me lo puedo creer.
—¿Me estás rechazando? —pregunto, desconcertada. ¿Acaso hay unas
reglas para él y otras para mí? Su rechazo ha acabado de despertarme del
todo.
Empieza a morderse el labio y me mira con curiosidad.
—Supongo. ¿Quién iba a decirlo, eh? —Se encoge de hombros y moja
una toalla con agua caliente—. A ver esa preciosa cara. —Lo miro y él
pasa el paño húmedo por mi expresión ceñuda.
—Creía que íbamos a hacer las paces como era debido. —Me siento
despreciada, y se refleja en mi tono.
Se detiene y sus labios se curvan hacia arriba.
—¿No somos amigos ya?
—No.
—¿Ah, no? —Arruga la frente—. ¿Te acurrucarías contra alguien que
no fuera amigo tuyo?
Aprieto los labios, planto las manos sobre su firme trasero y lo acerco
hacia mí.
—Puede que lo hiciera, si mi no amigo me promete que haremos las
paces por la mañana.
Él ríe ligeramente.
—Trato hecho. Vamos a acurrucarnos. —Me levanta del mueble del
lavabo—. Me encanta verte con encaje, pero me gustas todavía más
desnuda y encima de mí. Vamos a quitártelo.
Me lleva al dormitorio, me deja en el suelo, me desabrocha todos los
corchetes en el centro de mi espalda y deja que el corsé caiga al suelo antes
de deslizarme las bragas por las piernas.
Da un paso atrás, empieza a desnudarse también y me señala la cama
con la cabeza. Me meto y me acomodo. El cansancio previo vuelve a
apoderarse de mí en cuanto apoyo la cabeza en la almohada. Pedro se mete
también y deja que me acurruque contra su pecho, que es mi lugar favorito
en este mundo. Sus brazos rodean mi cuerpo y empiezo a dormirme así, sin
más.
—Mañana iremos a casa de Kate a por tus cosas. —Se revuelve un
poco y me pega todavía más a su cuerpo—. El lunes hablaremos con
Patrick, y creo que deberías decirles a tus padres que soy más que un
amigo.
Asiento entre murmullos ininteligibles. Mudarme aquí oficialmente
no me parece ningún problema, pero me preocupa la reacción de Patrick y
de mis padres. En realidad, lo de Patrick tampoco me preocupa demasiado,
a pesar de la situación con Mikael, que aún no sé cómo voy a solucionar.
La opinión de mis padres, en cambio, sí que es un problema. Para el resto
del mundo,Pedro podría parecer un tirano controlador, y en cierta medida
lo es, pero también es muchas otras cosas. No estoy segura de si mi madre
y mi padre serán capaces de ver más allá de su evidente necesidad de
dominarme y controlarme. No lo verían muy sano, pero ¿acaso no lo es si
es consentido? Y no lo acepto por estar asustada ni por sentirme
vulnerable, sino porque lo amo sin medida y porque las veces en las que
me dan ganas de gritar de frustración, o incluso de estrangularlo, quedan
totalmente eclipsadas con momentos como éste. Es verdad que resulta
imposible, y me enfrento a él hasta cierto punto, pero no soy tan ilusa
como para pensar que soy yo la que lleva los pantalones en esta relación.
Sé perfectamente por qué se comporta de esta manera conmigo. Sé que
teme que desaparezca de su vida, pero yo vivo con el mismo miedo. Y no
tengo claro si los temores de Pedro son infundados, no después de que haya
descubierto su pasado.

GRACIAS POR LEER!♥

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