Paramos tardísimo frente a la casa de Kate, después de haber
conseguido que Pedro haya aprobado que salga con un vestido de color rosa
palo de Ponte y unos zapatos a juego, aunque casi me esposa a la cama de
nuevo al ver que me había dejado el anillo de compromiso sobre la mesilla
de noche. Había olvidado ponérmelo, pero él se ha encargado de
colocármelo de nuevo. Al menos he conseguido convencerlo de dejar el
collar en la caja fuerte. Ya me siento bastante incómoda con este pedrusco
enorme en el dedo. Si me pusiera también el collar, acabaría al borde de un
ataque de nervios.
Kate sale corriendo de casa y Pedro baja del coche para que ella suba
atrás.
—¡Vaya! Éste me gusta mucho más que el Porsche —dice, y se
acomoda en el asiento trasero—. No le digáis a Samuel que he dicho eso.
Bueno, enséñamelo.
—¿Qué? —Me vuelvo para mirar a la cara a mi exaltada amiga.
Ella se queda helada y mira a Pedro con temor.
—Mierda.
—No pasa nada —la tranquiliza.
Lo miro con la boca abierta.
—¿Ella lo sabía?
—Necesitaba uno de tus anillos para saber la medida. —Se encoge de
hombros y centra la atención en la carretera.
Kate suspira de alivio.
—¿Lo sabías? —le digo con tono recriminatorio.
—Sí. ¿Ha sido romántico? Enséñamelo. —Me hace un gesto para que
le muestre la mano.
Me echo a reír con ganas. Pedro me mira con el rabillo del ojo y con
los labios apretados formando una línea recta mientras va esquivando el
tráfico.—
Sí, ha sido romántico —resoplo. «Si te parece que es romántico que
te esposen y te obliguen a tragarte el semen, entonces lo ha sido.» Le
muestro la mano.
—¡Joder! —Me la agarra con las dos suyas y se acerca el diamante a
la cara—. Menudo pedrusco. ¿Cuándo es la boda? —Me suelta la mano,
coge su bolso y saca un espejito—. Joder,Paula, ¿se lo has dicho ya a tus
padres?
Kate ha tocado sin querer dos temas peliagudos. Discutiremos la fecha
de la boda como adultos en breve, y en cuanto a mis padres..., bueno,
todavía no sé qué hacer.
—No lo sé, y no —contesto.
Pedro se revuelve en su asiento y me mira con disgusto. Yo hago como
si nada. No voy a entrar en eso ahora. Me vuelvo y miro a Kate.
—¿Qué tal anoche? —pregunto tranquilamente.
—Genial —contesta sin dar más detalles, y continúa mirando el
espejo.—
¿A qué hora os fuisteis? —insisto.
—No me acuerdo. —Hace un mohín frente al espejo y desvía sus
enormes ojos azules en mi dirección—. ¿Este interrogatorio tiene alguna
razón de ser?
Pedro se ríe por lo bajo.
—Creo que Paula quiere saber si os divertisteis en el piso de arriba
después de que nosotros nos fuéramos —aclara. Le lanzo una mirada
asesina y él arquea una ceja. ¿Hace falta ser tan directo?
Kate le da unas palmaditas en el hombro.
—Eso, amigo mío, no es asunto vuestro. Bueno, sí lo es, pero no. —Se
echa a reír de nuevo y yo me quedo estupefacta.
Me vuelvo y niego con la cabeza, consternada. Estoy rodeada de
chalados.
Pedro se detiene delante del Baroque y sale del coche para dejar que
Kate baje.
—¡Voy pidiendo las bebidas! —anuncia ella, y entra danzando en el
bar.
Pedro espera a que me aproxime a la acera. Está enfadado otra vez y
no se me escapa el detalle de que acaba de hacerle un gesto al portero.
Cuando estoy lo bastante cerca, me estrecha contra su pecho y absorbe
la esencia de mi cabello.
—No bebas.
—No lo haré.
Se aparta y apoya la frente en la mía.
—Lo digo en serio.
—No voy a beber —le aseguro. No pienso discutir. Si lo hiciera sólo
conseguiría que volviera a meterme en su coche de regreso al Lusso en un
abrir y cerrar de ojos.
—Pasaré luego a recogerte. Llámame.
Me aparta el pelo de la cara y me besa intensamente para marcar su
propiedad. Llevo un diamante enorme en la mano, creo que eso ya lo dice
todo. Parece tan abatido que casi me dan ganas de irme con él, pero
tenemos que superar esa ansiedad tan irracional que siente cuando estoy en
otra parte que no sea con él.
Le cojo la cara y beso su mejilla cubierta por una barba de dos días.
—Te llamaré. Ve a correr o algo —digo.
Lo dejo en la acera y rezo para mis adentros para que vaya a casa, se
ponga el chándal y dé doce vueltas por los parques reales. Sonrío con
dulzura al portero mientras entro y él me saluda con la cabeza y también
me sonríe como si lo supiera todo. ¡Esto es absurdo!
Kate está en la barra con Tom y Victoria, que ya tienen sus bebidas.
Ella está algo menos cabreada, y Tom parece encantado de verme. Lleva
una ridícula camisa de rayas rosa y amarillas.
—¡Paula! —exclama—. ¡Vaya, qué vestido tan fabuloso! —canturrea
mientras me lo acaricia.
—Gracias. —Sabe Dios cuál habría sido su reacción si me hubiera
dejado puesto el gris.
—¿Qué quieres beber,Paula? —pregunta Victoria por encima del
hombro.
—¡Vino! —exclamo, desesperada, y los tres se echan a reír.
Nos sentamos a una mesa y le doy tranquilamente el primer sorbo a
mi copa de vino. Dejo escapar un suspiro de placer y cierro los ojos
agradecida. Está riquísimo.
—¡Santo cielo! ¿Qué diablos es eso? —Tom se abalanza sobre la
mesa, me agarra la mano y empieza a babear encima de mi nuevo amigo—.
¿El adonis?
Me encojo de hombros.
—Estoy loca por él.
—Pero si sólo lo conoces desde hace..., ¿cuánto? ¿Un mes? —El tono
de Victoria me encoleriza—. Y además regenta un club de sexo.
—¿Y? —espeto, totalmente a la defensiva.
—Y nada, sólo era un comentario —recula resoplando ante mi
hostilidad, y vuelve a dejarse caer sobre su butaca.
—¿Y cuándo ha ocurrido esto? La última vez que lo vi sólo estabas
acostándote con él —dice Tom recordando mis palabras.
—Bueno, pues ahora voy a casarme con él. —Recojo la mano y me
refugio en mi copa de vino.
Soy consciente del exhaustivo interrogatorio que me espera tanto por
parte de mis padres como de Dan. No necesito el de mis amigos también.
Ah, y Dan vuelve mañana. Con todo lo que ha acontecido los últimos días,
se me había olvidado por completo. Una oleada de culpabilidad me invade
por haber pasado por alto el regreso de mi hermano, pero pronto es
sustituida por una punzada de emoción y, después, igual de rápido, por el
temor. ¿Qué opinará de todo esto? Miro por encima de mi copa y veo que
Kate me sonríe para infundirme seguridad.
—Simplemente ha pasado —musito.
—¿Cómo está Drew? —dice Kate dirigiéndose a Victoria.
No sé si es una pregunta adecuada. Visto el mal humor que se gasta
Victoria y tras saber que Drew la había invitado a La Mansión, sumado al
hecho de que ella no lo acompañaba anoche, no creo que la respuesta vaya
a ser muy positiva, pero agradezco el intento de desviar la conversación de
mi amiga.
—Y yo qué sé —responde ella con altanería—. No pienso volver a
verlo. He quedado con otra persona.
—¿Esta noche? —pregunta Tom, perplejo, inclinándose sobre la mesa
con expresión acusadora.
—Sí —responde ella.
Tom resopla y vuelve a su silla.
—¡Vale, pues muchas gracias! ¡Vas a dejarme tirado! —exclama.
Miro a Kate, y veo que tiene la misma expresión que creo tener yo:
divertida.
A Victoria casi se le salen los ojos de las órbitas al ver el cabreo de
Tom.
—¡Tú no tienes ningún problema en dejarme tirada cuando se te
ofrece un poco de acción! —le reprocha con razón.
Tom ha dejado a Victoria tirada en numerosas ocasiones cuando otro
tío le ha lanzado una mirada prometedora.
—Aun así, la semana tiene siete días, podrías haber elegido otro. ¿Y
de quién se trata? —Remueve su piña colada y hace todo lo posible por
aparentar aburrimiento.
—El amigo de un amigo —dice.
Me alegra ver que parece sincera y que ha superado su historia con el
airoso Drew. Esa relación no tenía ningún sentido.
—Ah, ahí está. —Se levanta—. ¡Nos vemos!
Se dirige hacia un tipo bastante normalito de mediana estatura que
está en la barra y ambos se saludan con un beso incómodo en la mejilla y
un apretón de manos. Ella le dice algo al oído y él asiente antes de
marcharse. Hacen bien. De lo contrario, estaríamos toda la noche
observando el progreso de la cita y Tom no pararía de criticarlos.
—Vaya —resopla él—. ¿Qué os ha parecido?
Nos pasamos la siguiente hora riendo, charlando de todo un poco y
bebiendo. Es estupendo. Esto me recuerda por qué tengo que discutir con
mi hombre imposible sobre este asunto. Necesito a mis amigos, sobre todo
a Kate. Con Tom aquí, todavía no he tenido la ocasión de ponerla al día
sobre Mikael y Coral ni de interrogarla sobre La Mansión y sus últimas
visitas allí.
—¿Y cómo está Sam? —Tom centra la atención en Kate.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Todavía quieres tirártelo? —bromea
guiñándome el ojo.
Tom se pone rojo como un tomate y le lanza a Kate una mirada de
odio muy afeminada. Me sorprende que esté tan pillado por el joven
tranquilo, relajado y adicto a la diversión que es Sam.
—No —refunfuña, y cruza las piernas en un gesto totalmente gay—.
Sólo preguntaba por educación. ¿Cómo está Pedro?
Tengo la copa pegada a los labios, lista para inclinarla y dar un trago,
cuando formula la pregunta. No puedo evitar el tema de que voy a casarme
con él durante toda la noche. Todo el mundo sabe que es un tipo imposible,
pero sólo conmigo. Los que están presentes en esta mesa (y también otros
que no están) lo han visto en acción alguna vez.
—¿Por qué? ¿También te lo quieres tirar a él? —salta Kate en tono de
burla. Yo empiezo a descojonarme y Tom la mira con la boca abierta.
Nos observa muy disgustado.
—¿Es la noche de meterse con Tom o qué?
—Eso parece —digo, y levanto mi copa—. Tom, Pedro te absorbería...
hasta la... médula —digo, muy seria.
—¡Paula! —exclama.
—¡Venga ya! Yo tengo que escuchar tortuosas historias sobre tus
encuentros sexuales.
Kate se echa a reír.
—Si vais a empezar a hablar de la vida sexual de Tom, yo me voy a
fumarme un piti. —Se levanta de la mesa y se dirige a la zona de
fumadores.
—Necesito ir al servicio —gruñe Tom.
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