sábado, 26 de abril de 2014

Capitulo 198 ♥

Tira de mí hacia el ascensor ante mi asombro y también el de Charlie. Ya sabía yo que esto iba a
pasar. Me empuja contra la pared de espejos y me cubre con su cuerpo, el muy controlador.
—Te desea —ruge.
—Tú crees que todo el mundo me desea.
—Porque es verdad. Pero eres mía. —Me besa con fuerza y toma mi boca sin tregua,
levantándome del suelo con la presión de su cuerpo.
Estoy en éxtasis. Éste no es el Pedro tierno. Éste es el Pedro dominante, fiero y poderoso, y estoy
preparándome para todos los polvos que me he perdido. Le echo los brazos al cuello y me abalanzo
sobre él con igual intensidad, o puede que más.
—Soy tuya —gimo entre los ataques de su lengua.
—No necesitas recordármelo.
Su mano sube por mi muslo y me cubre el sexo. Un chorro caliente fluye de mí y en lo más hondo
siento una punzada de placer. Qué falta me hacía. Introduce los dedos en mis bragas de encaje.
—Estás mojada —ronronea en mi boca—. Sólo conmigo, ¿entendido?
—Entendido.
Mis músculos se cierran con fuerza cuando me penetra con el dedo.
—Más —suplico sin pudor. Necesito más.
Separa nuestras bocas y saca el dedo para meterme dos.
—¿Así? —Se mete bien adentro y con fuerza—. ¿Así, Paula?
Echo la cabeza hacia atrás, contra el espejo, con la boca abierta y los ojos cerrados.
—Sí, así.
—¿O prefieres que te empale con la polla? —Su voz es carnal, y me sorprende; se ha pasado
varias semanas haciéndose el remilgado con mi cuerpo.
Si éste es el efecto que Charlie va a producir en mi señor, espero que dure toda la vida. Me está
reclamando y recordándome a quién pertenezco. No es que necesite un recordatorio, pero siempre voy
a aceptarlos con gusto. Dejo caer la cabeza y encuentro sus ojos verdes, luego alargo el brazo y le
desabrocho la bragueta. Meto la mano en su bóxer y cojo su polla caliente y palpitante.
—No has contestado a mi pregunta —dice entre jadeos.
—La quiero toda. —Aprieto la base y, sin aflojar la mano, subo hasta el glande—. Te quiero
dentro de mí.
Dibuja un último círculo con los dedos antes de sacarlos y levantarme del suelo. Le rodeo la
cintura con las piernas y mis manos buscan su nuca.
—Sabía que eras una chica sensata.
Las puertas del ascensor se abren entonces y me saca en brazos al vestíbulo del ático, abre la
puerta en un abrir y cerrar de ojos y me sube por la escalera hacia el dormitorio principal.
—Te tengo tantas ganas que me haces perder la cabeza, Paula.
Me deja en el borde de la cama, me quita el vestido, se arranca la camiseta de un tirón, se saca las
Converse de una patada y se baja los vaqueros junto con los calzoncillos hasta los pies. Es verdad que
me tiene muchas ganas, cosa que aún me hace desearlo más. Va a follarme.
Me tumba en la cama, me quita las bragas y se libra del sujetador a la misma velocidad. Trabaja
de prisa pero no lo bastante: la impaciencia y el tenerlo desnudo tan cerca me pueden. Necesito
tocarlo. Me siento y deslizo las manos por su culo de piedra. Lo atraigo hacia mí para colocarlo entre
mis piernas abiertas. Su abdomen está a la altura de mis ojos y lo acaricio con la lengua. Le beso con
ternura la cicatriz, que ya no me hace torcer el gesto. Es una imperfección gigante, una tara en su
maravilloso cuerpo, pero para mí aún lo hace más perfecto. Mi perfecto adonis imperfecto. Mi dios.
Mi marido.
Noto sus dedos enredados en mi pelo y mis ojos recorren sus abdominales cincelados, ascienden
por su pecho y llegan a sus ojos verdes rebosantes de... amor. No es deseo ni lujuria, sino amor.
No va a follarme, va a hacerme el amor con ternura. Lo hace muy bien, pero necesito de mi
amante fiero desesperadamente, necesito que deje de tratarme como si fuera a romperme. Mis manos
vuelven a su torso hasta que mis palmas están casi en su cuello perfecto. Le beso el estómago antes de
empezar a subir, y me pongo de pie hasta que llego a su nuca y tiro de él para que su boca descienda
sobre la mía. Trepo por su cuerpo y le rodeo la cintura con las piernas. Me pasa un brazo por debajo
del culo para sujetarme y accede a mi demanda de contacto boca con boca.
Bocas fundidas.
Bocas que se deleitan la una con la otra.
Bocas que se consumen de ardiente deseo.
No me tumba en la cama, sino que me lleva al cuarto de baño y se sienta a horcajadas sobre el
diván, conmigo encima. Me mira.
—Tenemos que hacer las paces —dice; luego tira de mí hacia abajo y nuestras bocas colisionan
—. Nadie podrá impedir que te haga mía, Paula —añade mientras nuestros labios y nuestras lenguas
libran una batalla campal.
—Genial.
Le tiro del pelo intentando despertar su lado salvaje, ese que me gusta tanto como el tierno. Sabe
lo que quiero y lo que necesito, el muy cabrón lo sabe perfectamente, y me lo va a dar.
—Mi chica lo quiere duro.
Se aparta y esta vez soy yo la que gruñe. Me mira, jadeante y sudoroso. Quiere dármelo, se lo veo
en la cara y en los ojos verdes. Están que echan humo, oscuros de la desesperación. Soy yo la que lo
pone así.
Tira de mí con cuidado y se pone firme, listo para penetrarme, pero me tenso y se lo impido. Le
tendré muchas ganas, pero debo seguir siendo sensata, igual que lo he sido estas últimas semanas. No
lleva condón y, a juzgar por el tirón que me ha dado, sabe exactamente por qué me estoy conteniendo.
—Pedro. —Estoy sin aliento por lo mucho que me cuesta contener el deseo.
—Paula, voy a hacerte mía y no vas a impedírmelo con peticiones estúpidas.
Tira de mí y se apodera de mi boca con decisión. No me resisto, la verdad es que no quiero
resistirme. Éste podría ser el polvo salvaje que tanto llevo esperando.
Mantiene nuestras bocas unidas, se endereza y me penetra a la primera. Mis piernas se enroscan
instintivamente en su cintura y entrelazo los tobillos para estar más cerca de él.
—Dios —jadea contra mi boca—. Es perfecto.
Sí que lo es. Todo es perfecto cuando no hay barreras entre nosotros, sólo piel con piel, yo sobre
él. Jadeo con la boca contra su hombro y le clavo las uñas en los bíceps.
—Muévete —le ordeno—. Por favor, muévete.
—Cuando sea el momento. Ahora deja que te disfrute.
Me coge las manos y se las lleva a la nuca, donde mis dedos se enredan en su pelo y tiran de él
por instinto. Luego, sus grandes manos descienden por ambos lados de mi cuerpo, después por mi
pecho, y se detienen en mi cintura. Me sujeta para que me esté quieta. Lo único que se oye son
nuestras respiraciones agitadas, cargadas de anhelo y de deseo.
Me coge con fuerza y me levanta con un gemido profundo antes de dejarme descender sobre él.
Cierro los ojos en la felicidad más absoluta y jadeo. Tengo que retirar las manos de su pelo para poder
apoyarme en su pecho, firme y cálido. Me sorprende lo duros que tiene los pectorales, la perfección de
sus músculos, que me gritan que los acaricie, que me suplican que sienta su belleza. Mis manos
insaciables se pasean por todo su cuerpo y se detienen en sus pectorales cuando me levanta, me deja
caer y me mueve las caderas en círculos, lenta y meticulosamente.
—No intentes decirme que no te gusta —gime—. No intentes decirme que no estamos como
deberíamos estar. —Sigue haciendo virguerías dentro de mí, incansable—. Ni lo intentes.
—No te corras dentro.
Es posible que su potencia me atonte, pero una pequeña parte de mí todavía es consciente de lo
que hace.
—No me digas lo que tengo que hacer con tu cuerpo, Paula. Bésame.
Lo carnal de sus palabras y cómo me reclama como suya me ciegan y mi cuerpo se niega a
rechazarlo. Él manda y lo sabe. Mi boca cae sobre la suya y mi cuerpo se aferra al de él, invitándolo a
que me haga lo que quiera. Echa la cabeza hacia atrás para mantener nuestras bocas unidas, vuelve a
levantarme y a dejarme caer sobre él. Gimo en su boca, un mensaje de sumisión ronco y sensual. No
puedo pensar. Su energía me confunde y el ritmo preciso de sus caderas me catapulta a un delirio de
lujuria.
Gimo cuando me levanta despacio y sin dificultad una y otra vez. La presión de su polla contra la
parte más profunda de mi ser es la mismísima encarnación del placer.
—No sabes cuánto me gusta —gimo—. Fóllame, Pedro —suplico; necesito que no sea tan gentil.
—Esa boca,Paula —me regaña—. Vamos a hacerlo así, justo así.
Cierra los ojos y se tensa. Está siendo demasiado tierno. Necesito que me sorprenda, que me deje
atónita. Necesito que me lo haga como un animal. Lleva semanas así, y sé por qué.
—¿Por qué me tratas con tanta ternura? —digo acariciándole el cuello con la nariz entre
mordiscos y lametones.
—Sexo somnoliento —gime.
—No quiero sexo somnoliento.
No va a producir el efecto deseado. Sí, me correré, gemiré de placer y me estremeceré en sus
brazos, pero necesito gritar de gusto. Necesito un buen mete y saca, no que me haga cosquillas.
—Fóllame, Pedro.
Coge aire cuando me la meto hasta el fondo.
—¡Jesús, Paula! ¡Esa boca!
—¡Sí! —Me levanto y vuelvo a dejarme caer con fuerza.
—¡Paula! —Me sujeta en lo alto—. ¡Así, no!
Lo noto palpitar en mi interior. Su pecho sube y baja contra mi cuerpo. Estoy jadeando en su
cuello y me agarro con fuerza de su pelo.
—Deja de tratarme como si fuera de cristal.
—Para mí eres de cristal, nena. Eres muy delicada.
—Pero no voy a romperme, ni hace dos semanas, ni ahora. —Intento volver a levantarme, lo
necesito, pero me tiene bien sujeta. Es otra de las razones por las que le ruego a Dios no estar
embarazada. No puedo soportarlo. Saco la cara de su cuello y lo miro a los ojos—. Necesito que me
folles a lo bestia.
Niega con la cabeza.
—Sexo somnoliento.
—¿Por qué? —pregunto. ¿Va a reconocer lo que ya sé?
—Porque no quiero hacerte daño —susurra.
Intento controlar el genio. ¿No quiere hacerme daño a mí o no quiere hacérselo al bebé que tal
vez ni siquiera existe?
—No me harás daño —replico.
Se relaja un poco y aprovecho para subir y dejarme caer con un grito de satisfacción. Él también
grita. Sé que quiere empalarme viva, poseerme como un animal, dominarme y llevarme al éxtasis,
pero no lo va a hacer y eso me desquicia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario