miércoles, 2 de abril de 2014

Capitulo 127 ♥



Esta vez se ha pasado de la raya. No va a fastidiarme la reunión de
negocios. Dios, va a aplastar a Mikael, y eso que ni siquiera sabe que la vez
anterior me invitó a salir con él a cenar.
No entiendo nada. Los observo charlar, en plan profesional, mientras
pienso en cómo voy a manejar la situación. Como siempre, cuando Pedro
me la juega de esta manera, lo que quiero es gritarle, pero Mikael está con
él, así que no puedo hacerlo.
Como si notara mi presencia (siempre la nota), se vuelve y me mira.
Le lanzo una mirada que deja claro que está abusando de su suerte y me
acerco despacio.
—Mikael —digo abriéndome paso entre ellos dos.
Pedro se pone tenso de pies a cabeza al ver la familiaridad con la que
trato a mi cliente. ¡Por mí, como si se tira por la ventana! Se lo tiene
merecido. ¿Y quiere que me vaya a vivir con él? Ya puede olvidarse, y no
hay polvo de entrar en razón que vaya a hacerme cambiar de parecer.
Mikael me sonríe. No se me pasa por alto la ceja arqueada.
—Paula, te presento a Pedro Alfonso. Compró el ático del Lusso. Le estaba
enseñando tus diseños. Está tan impresionado como yo.
—Gracias —digo sin saludar ni mirar a Pedro. Le doy la espalda y me
centro en mi cliente—. ¿Fijamos la fecha de nuestra próxima reunión?
Siento una corriente de aire gélido procedente de Pedro.
—Sí, perfecto —asiente Mikael—. ¿Te va bien el viernes por la tarde?
Podemos reunirnos en Vida y hacernos una idea aproximada de las
cantidades. ¿Qué te parece si te invito a comer?
Levanta las cejas, sugerente, y a pesar de que sé que no debería alentar
este tipo de comportamiento, no puedo evitarlo.
—El viernes por la tarde me va perfecto, y estaré encantada de comer
contigo. —Sonrío hasta que siento el aliento tibio y mentolado de Pedro en
la nuca. Se me ha acercado mucho para ser alguien que supuestamente no
me conoce.
—Lamento interrumpir —interviene de pronto.
Me quedo helada. «Por Dios, que no le dé por hacer la apisonadora.»
Me coge de los hombros y Mikael frunce el ceño, confuso. Pedro me
da la vuelta hasta que me quedo de cara a él.
—Nena, ¿no te acuerdas de que el viernes te voy a llevar de compras?
«¡Me cago en él!»
No tiene consideración ni vergüenza. Va a conseguir que me despidan.
Mikael llamará a Patrick para quejarse, luego Patrick se va a enterar de lo
de Pedro, ¡y me van a despedir! Ni siquiera logro reunir las fuerzas para
ponerle cara de asco.
Los ojos le brillan cuando ve mi expresión de estupor. No sé qué
hacer.—
No sabía que se conocían —farfulla Mikael, aún más confuso
que yo.
Nos acaba de presentar y ninguno de los dos le hemos dicho que ya
nos conocíamos. De hecho, somos más que conocidos. Somos más que
amigos. Me acaba de llamar «nena» y me coge con fuerza de los hombros
de un modo que no es, para nada, profesional.
Pedro le dedica a Mikael una sonrisa de las que matan.
—Estaba por el barrio y sabía que el amor de mi vida estaba aquí. —
Se encoge de hombros—. Pensé en acercarme para robarle un beso. No voy
a verla hasta dentro de cuatro horas.
Me roza la oreja con los labios. Estoy sin habla.
—Te echaba de menos —susurra.
¿Que me echaba de menos? ¡Si sólo hace dos horas que no nos vemos!
Se está superando. Quiero darle una patada en la entrepierna. Este hombre
es imposible, y acabo de caerme de culo del séptimo cielo de Pedro.
Me da la vuelta, para que pueda ver a Mikael, y me aprieta contra su
pecho envolviéndome con sus brazos. Luego me besa en la sien. Esto es
muy poco profesional. Me quiero morir. Levanto la vista hacia Mikael, que
observa la sesión de avasallamiento de Pedro con atención.
—Perdona, cuando me has dicho que habías quedado aquí con tu
novia, no caí en la cuenta de que te referías a Paula —dice.
—Sí, ¿verdad que es preciosa? —Me besa en la sien otra vez y hunde
la nariz en mi pelo—. Y es toda mía —añade en voz baja, pero lo bastante
alto para que Mikael lo oiga.
Me arde la cara, cada segundo que pasa me sonrojo más y más. Miro a
todas partes menos a Mikael. ¿Está intentando eliminarlo a él? Mikael es
un cliente, no una amenaza. Al menos, por lo que Pedro sabe. Que Dios me
ayude si se entera de que me invitó a cenar.
Mi mirada se posa un instante en Mikael. Me está observando
fijamente. Estoy tan incómoda...
—Pedro, si yo tuviera una Paula, sin duda haría lo mismo. —Me sonríe
y me pongo aún más roja—. Entonces ¿quedamos mejor el lunes?
Recupero el habla.
—Por supuesto. El lunes es perfecto.
Intento librarme de Pedro pero no me suelta, y sé que ni el ejército
británico al completo podría arrancarme de sus brazos.
Mikael me ofrece la mano.
—Te llamaré para decirte a qué hora en cuanto haya consultado mi
agenda.
Le acepto la mano y la ofrenda. Estoy finalizando una importante
reunión de trabajo con un cliente muy importante en los brazos de mi loco
del control, neurótico y posesivo. Estoy pasándolo fatal.
—Espero esa llamada —digo con entusiasmo, y me gano un pellizco
por la espalda.
¿Es que quiere que explote aquí mismo?
Mikael sale del reservado y veo que se vuelve para mirarnos un par de
veces. Noto una mirada pensativa en su rostro pálido y no puedo evitar
pensar que Pedro acaba de lanzarle un desafío. Estoy tan enfadada que no
me responden las rodillas. Me alegro de que Pedro esté detrás de mí, porque
es lo único que me mantiene en pie.
Me relajo contra su pecho y suspiro.
—No me puedo creer que hayas hecho esto —le digo con calma,
mirando al vacío—. Acabas de avasallar al cliente más importante que
tengo.
Me vuelvo entre sus brazos para mirarlo a la cara.
—¿Quién es tu cliente más importante? —pregunta con el ceño
fruncido.
Pongo los ojos en blanco.
—Tú eres mi amante, y da la casualidad de que también eres mi
cliente.
—¡Soy mucho más que tu amante!
Bueno, vale. Me he quedado un poco corta. Sin duda es más que mi
amante. Miro su rostro asustado y me maldigo por querer ir directa al bar
del hotel y beberme de un trago una copa de vino. Mentira, una botella
entera.
Suspiro. No hay nada que hacer.
—Tengo que volver al trabajo —digo. Me doy la vuelta, pero me coge
de la muñeca y siento la oleada de calor que siempre me provoca su
contacto.
Me adelanta y me mira a los ojos sin soltarme la muñeca.
—Lo has dicho a propósito —dice.
¡Sí, claro que sí! ¡Igual que él ha venido expresamente al Royal Park
para sabotear mi reunión! Lo miro a través del mar de lágrimas que se
agolpan en mis ojos.
—¿Por qué? —Es una pregunta sencilla.
Mira al suelo.
—Porque te quiero.
—Eso no es una razón. —Mi tono sugiere que me siento derrotada. Lo
estoy.Me observa, horrorizado, y me pone firme con su increíble mirada.
—Lo es. Además, tiene fama de ser un mujeriego.
Vale, ahora se está inventando cualquier excusa para justificar su
comportamiento irracional. Si me quiere, debería apoyarme en mi trabajo,
no sabotearlo. Sé que estoy siendo un poco melodramática pero esta
situación podría tener un impacto terrible en mi floreciente carrera, ¿y todo
porque él cree que Mikael es un mujeriego? ¿Basándose en qué?
—No puedes sabotear todas mis reuniones con clientes del sexo
opuesto —le digo, agotada. No confío en absoluto que vaya a hacerlo
entrar en razón.
—No lo haré. Sólo con él. Y con cualquier otro hombre que pueda ser
una amenaza —replica con franqueza.
Quiero darme de cabezazos contra la pared y gritar al cielo. ¿Significa
eso que aparecerá también el lunes en la Torre Vida? Pedro cree que todos
los hombres son una amenaza.
—Tengo que irme. —Intento recuperar el control de mi cuerpo pero él
no me suelta.
—Yo te llevo. —Finalmente me libera—. Coge tus cosas.
Se acerca a la mesa y comienza a recoger mis tableros de inspiración.
—Son realmente buenos —dice con celo.
No puedo corresponder a su entusiasmo. Estoy abatida y desanimada.
Puedo ver cómo la carrera de mis sueños desaparece por el desagüe, y lo
peor de todo es que tengo miedo de empujarlo a la bebida si no cumplo con
sus peticiones irracionales. Estoy desesperada y no le veo solución. ¿Cómo
puedo pasar de la felicidad absoluta al desaliento extremo en tan poco
tiempo?
Le pido a Pedro que me deje en la esquina de Berkeley Square para que
Patrick no me vea saliendo del coche del señor Alfonso casi cuatro horas
después de nuestro desayuno de negocios. No me cabe duda de que Patrick
no tardará en enterarse de mi relación con Pedro, pero cuanto más tarde,
mejor. Necesito pensar en cómo se lo voy a decir y rezar a todos los santos
para que Mikael no deje caer la bomba primero. Es un asunto delicado.
Le doy a Pedro un beso en la mejilla y lo dejo observándome y
mordiéndose con furia el labio inferior. Ninguno de los dos dice nada.

—Te has tomado tu tiempo, flor —comenta Patrick en cuanto me
siento a mi mesa.
—Mikael y yo teníamos mucho que hacer. Parece que todo va bien —
le digo a modo de explicación.
Parece funcionar. Sonríe al instante.
—¡Ah! ¿Está contento?
—Mucho —confirmo.
La sonrisa de Patrick gana unos centímetros.
—¡Maravilloso! —exclama retirándose a su oficina. Está pletórico.
Abro el correo y oigo abrirse la puerta de la oficina. Levanto la vista y
un enorme ramo de calas viene flotando hacia mí. ¿Cómo es posible? No
hace ni cinco minutos que nos hemos despedido.
Aterrizan en mi mesa y la repartidora suspira.
—No sé por qué no te compra la floristería entera. Firma aquí, por
favor. —Me planta el acuse de recibo en las narices y garabateo mi
nombre.
—Gracias. —Se lo devuelvo y busco la tarjeta.

"LO SIENTO, MÁS O MENOS.
BSS, P."

Me hundo en la silla. Lo que en realidad quiere decir es... que lo siente
porque sabe que me ha sentado mal, pero que no lamenta en absoluto haber
avasallado a Mikael o haberse pasado mi día por el forro. Quizá deba pasar
esta noche en casa de Kate. Me vendría bien un poco de tiempo libre, una
botella de vino, poder pensar con calma y sin distracciones.
La puerta del despacho se abre y aparece Ruth Quinn, sonriéndome de
oreja a oreja. ¿Qué hace aquí? Pero si he hablado con ella esta misma
mañana. Su pelo rubio está resplandeciente y ondea mientras ella avanza
con decisión hacia mi mesa saludándome efusivamente con la mano.
—¡Paula!
—Ruth. —Frunzo el ceño, pero no parece notar mi confusión.
—Estaba por el barrio y pensé en venir a verte. —Aposenta su cuerpo,
elegante y delgado, en una silla frente a mi mesa.
—Qué bien —digo, y espero a que siga hablando.
—Sí —sonríe, pero no me da más datos.
Echo un vistazo al reloj. No son ni las tres. Todavía me quedan tres
horas para terminar sus diseños y enviárselos por correo electrónico.
—¿Querías añadir alguna cosa al proyecto?
—No. Estoy segura de que me van a encantar tus diseños.
No sé qué decir. ¿Ha venido para nada? ¿Sin motivo?
—Paula, ¿va todo bien? —Su sonrisa titubea un poco.
Me compongo.
—Sí, todo bien. —Me obligo a alegrar la cara.
No estoy bien, pero quiero lamentarme con calma, no entablar una
conversación estéril con una clienta.
—Lo tengo todo listo, Ruth. Te lo enviaré antes de que termine la
jornada. —Esto ya se lo he dicho por teléfono, pero ¿qué otra cosa puedo
decir? ¿Debería ofrecerle una taza de café?
—Eres un amor. —Se atusa el pelo y se lo echa a un lado—. ¿Tienes
planes para el fin de semana?
Ahora sí que frunzo el ceño. ¿No se me estará pegando en plan lapa?
—No estoy segura. —Es la verdad. No sé qué hacer ni hacia adónde
voy, ni el fin de semana, ni en mi vida en general.
—¡Podríamos salir de copas!
Suelto un gruñido para mis adentros. Quiere que seamos amigas. No
mezclar los negocios con el placer es mi nueva regla, también con clientas.
¿Qué le digo?
—Claro. —Lo que mis labios acaban de decir me deja atónita. No
quiero salir de copas con Ruth, quiero meterme en la cama y hacer el bicho
bola.
—¿Estás segura de que va todo bien? —insiste.
—Sí, de maravilla. —Intento sonreír, aunque me cuesta.
—¿Problemas con los hombres? —Levanta sus cejas rubias
perfectamente depiladas.
—No. —Niego con la cabeza. Dios, se está poniendo personal.
—Paula, sé distinguir una mujer en un calvario emocional en cuanto la
veo. —Se echa a reír—. Ya me sé el cuento.
—Ruth, de verdad que no hay ningún hombre. —No puedo creer lo
que acabo de decir. ¿Que no hay ningún hombre? Hay un hombre y es el
que me tiene pasando el calvario emocional, pero para este tipo de
conversaciones necesito a Kate, no a una clienta. Vino y Kate.
Me dedica una sonrisa comprensiva y se levanta.
—No valen la pena.
Le devuelvo la sonrisa, pero sólo porque me alegra que vaya a
marcharse ya.
—Te paso los diseños en breve, Ruth. —Parezco un disco rayado.
—¡No puedo esperar! Ya hablaremos... para salir de copas. —Sale
volando de la oficina y me deja con el calvario emocional que sabe que
estoy pasando.
Le escribo un e-mail de inmediato. No quiero que vuelva por la
oficina ofreciéndose para salir de copas. Me va a estallar la cabeza.
Necesito a Kate y necesito vino.
Pero no voy a casa de Kate. Salgo de la oficina y me dirijo a los
muelles de Santa Catalina porque el señor de La Mansión del Sexo es como
un imán. Le dije que no iba a abandonarlo y necesito respuestas a
preguntas como quién es la mujer misteriosa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario