Cierro los ojos e intento borrar de mi mente a los ex novios odiosos y
a los padres preocupados. Nada, no funciona. Cuando vuelvo a abrirlos,
Pedro me está mirando con las manos apoyadas en los reposabrazos de la
silla.
Su enorme sonrisa desaparece en cuanto ve mi expresión.
—¿Qué ocurre? —pregunta, muy preocupado.
No quiero decírselo. Lo último que necesito es volver a lo que pasó
ayer.
—Cuéntamelo. No más secretos.
—Vale —digo cuando se pone en cuclillas para que nuestros ojos
queden a la misma altura.
Me coge la mano.
—Venga, cuéntamelo.
No quiero empezar el día a malas con la furia de Pedro.
—Matias llamó a mis padres y les ha contado que estoy viviendo con un
alcohólico empedernido que le pegó una paliza —suelto lo más rápido que
puedo, y me preparo para la tormenta.
Se demuda y se muerde el labio inferior. He cambiado de opinión, no
quiero que Pedro le haga una cara nueva a Matias. Por la mirada que tiene,
creo que lo mataría.
Espero pensativa a que sopese lo que sea que está sopesando.
—No soy alcohólico —masculla.
—Lo sé —digo con toda la convicción de que soy capaz, aunque creo
que mi tono parece condescendiente.
No le gusta que lo llamen alcohólico, y ahora me pregunto si tiene
razón o si está en modo negación. Parece muy enfadado. Ojalá no le
hubiera dicho nada.
—Pedro, ¿cómo lo sabe? —inquiero.
Se pone de pie.
—No lo sé, Paula. Tenemos que hablar con Cathy.
¿Eso es todo? ¿No va a indagar y a averiguarlo?
—¿Por qué tenemos que hablar con Cathy? —pregunto secamente.
—Hace tiempo que no viene. Hay cosas que necesita saber. —Me
tiende la mano y dejo que me ayude a levantarme.
—¿Como qué?
—No lo sé. Por eso tenemos que hablar con ella. —Me arrastra a la
cocina.
Le suelto la mano.
—No. Tú tienes que hablar con ella. Es tu casa y tu asistenta —replico
negando con la cabeza. Acabo de ganarme una buena.
—¡Nuestra! —Me agarra por el culo y me atrae hacia sí—. Se te da
muy bien tocarme las pelotas. Lo que me recuerda —me restriega la
entrepierna— que lo de antes ha sido cruel y en absoluto razonable.
Arquea una ceja.
—Te he estado esperando arriba y no has aparecido.
Se me escapa la risa.
—¿Y qué has hecho?
—¿Tú qué crees?
Me echo a reír a carcajadas al pensar en mi pobre hombre teniendo
que recurrir a una paja rápida porque yo soy una cría y una
calientabraguetas. Se me pasa la risa en cuanto vuelve a restregarme la
entrepierna. Lo miro a los ojos. Le brillan de felicidad. Conozco su
jueguecito y, estando Cathy en la cocina, sé que no va a terminar lo que
empiece. Me revuelvo en sus brazos y me enderezo.
—Lo siento —digo con una sonrisa, aunque lo cierto es que no lo
siento en absoluto.
Me mira mal con sus ojazos verdes. La ira ha desaparecido, gracias a
Dios.
—Ya lo creo que lo vas a sentir. —Me atrapa—. No vuelvas a hacerlo.
Me da un señor morreo y se va. Me quedo mareada y desorientada.
Le lanzo una mirada asesina.
—Ve a hablar con tu asistenta —digo; se me da fatal fingir que no me
afecta.—
¡Nuestra! ¡Por todos los santos, mujer! —Aprieta la mandíbula de
la frustración—. ¡Eres imposible!
«¿Yo?»
—Ve a hablar con la asistenta. Necesito hacer las paces con Clive. —
Lo dejo enfadarse a gusto—. Adiós, Cathy —digo al salir del ático.
Bajo tímidamente del ascensor. Ya me he ganado a Cathy, ahora tengo
que recuperar al conserje. Necesito purgar mi alma. Me río por dentro.
Unas míseras disculpas no van a bastar, y Clive ya está al tanto de lo de la
puerta del ascensor. Debe de estar muy enfadado conmigo.
Lo pillo recogiendo el correo.
—Buenos días, Clive.
Cierra el buzón y alza la mirada. Me odia.
—Paula —contesta con cero amabilidad. Es más que formal. Está muy,
muy cabreado.
—Clive, lo siento mucho.
—Me has causado muchos problemas —dice negando con la cabeza
de vuelta a su mostrador—. Y no sé qué le ha pasado a la puerta del
ascensor. Eres un torbellino, Paula.
¿Yo? Pongo los ojos en blanco. No voy a defenderme.
—Lo sé. ¿Cómo puedo compensarte?
Me apoyo con los codos en el mostrador y pongo mi cara más
angelical.
—No me mires así, jovencita —me recrimina.
Le dedico una caída de ojos y él intenta no sonreír, pero las comisuras
de los labios lo delatan. Ya casi lo tengo.
—¿Cuál es tu bebida favorita? —A los jubilados les encanta el
whisky.
Levanta la vista del correo. «¡Bingo!»
—Un Glenmorangie Port Wood Finish —dice mientras se le ilumina
la cara.—
Hecho —digo. Y Clive sonríe—. Y de verdad que lo siento mucho.
No sé qué me pasó.
Lo sé perfectamente: Pedro Alfonso. Eso me pasó.
—Está olvidado. Ten, tu correo. —Me da un par de sobres.
—Gracias, Clive.
Salgo a la luz del día, me pongo las gafas y meto los sobres en el
bolso. Hace un día precioso y tengo muchas ganas de pasarlo con don
Imposible.
—Vas a tener que hablar con Cathy —dice Pedro saliendo del Lusso
detrás de mí—. Quiere saber cuáles son nuestros platos favoritos,
productos de higiene personal y no sé qué más. —Está claro que el tema lo
supera.
Lo veo acercarse, con su metro noventa de puro músculo. Sonrío.
Nunca me cansaré de mirarlo. Lleva los vaqueros gastados colgando de las
caderas y una camiseta blanca que le marca un poco los bíceps. Lleva
puestas las Wayfarer y no se ha afeitado. Está para comérselo.
—¿De qué te ríes? —pregunta la mar de contento.
—¿No te parece raro no saber esas cosas? —Mi voz es crítica, porque
tengo razón. Es absurdo que ignoremos esas cosas tan básicas el uno del
otro.
Me coge de la mano y sigue andando.
—¿Adónde quieres llegar?
—Pues que no sabemos nada el uno del otro. —No me lo puede negar.
Es la pura verdad.
Se detiene.
—¿Cuál es tu comida favorita?
Frunzo el ceño.
—El salmón ahumado.
—Lo sabía —sonríe—. ¿Qué marca de desodorante usas?
Pongo los ojos en blanco.
—Vaseline.
Levanta la vista al cielo y suelta un falso suspiro de alivio.
—Ahora ya te conozco mucho mejor —se burla—. ¿Contenta?
Se cree muy listo. Lo que no quiere es admitir que no es normal no
saber esas cosas.
—¿Vamos a ir en coche? —pregunto cuando me abre la puerta del
acompañante.
—No vamos a ir andando, y no uso el transporte público. Sí: vamos a
ir en coche. Además, tenemos que pasar un momento por La Mansión para
comprobar que todo está listo para esta noche.
Creo que voy a disimular un gruñido. Genial, me pido la jornada libre
para estar con Pedro y me arrastran a La Mansión día y noche. Me subo al
coche y espero a que Pedro se siente a mi lado.
Nos dirigimos a la ciudad. El tráfico de la hora punta no parece
molestar a Pedro. Oasis canta Morning glory, y Pedro la tararea mientras
tamborilea con los dedos sobre el volante. Como siempre, conduce como
un loco y sin la menor consideración. Éste es el Pedro que se toma las cosas
con calma, ese del que me habla todo el mundo. Ante los últimos
descubrimientos, siento como si me hubieran quitado un peso de encima.
Sé que tiene un pasado, uno muy sórdido, pero es su pasado. Me quiere. De
eso no me cabe duda.
—¿Qué? —Me pilla con una sonrisa estúpida en la cara.
—Estaba pensando en lo mucho que te quiero. —Lo digo como si
nada mientras bajo un poco la ventanilla. Hace calor aquí dentro.
—Lo sé. —Me acaricia la rodilla—. ¿Adónde vamos?
Fácil.
—A Oxford Street. Todas las tiendas que me gustan están en Oxford
Street. Hace una mueca de desaprobación.
—¿Todas las tiendas?
—Sí.
Pero ¿qué le pasa?
—¿No hay una a la que vayas siempre?
¿Sólo una? ¿Cree que voy a encontrar un vestido en la primera tienda
que pise?
—También quiero unos zapatos nuevos. Y puede que un bolso. No
vamos a encontrarlo todo en una sola tienda.
—¡Yo sí! —Se ha quedado de piedra al saber que pretendo arrastrarlo
por más de una tienda. No me imagino a Pedro comprando ropa. Los
hombres lo tienen mucho más fácil que las mujeres. Si está esperando una
experiencia similar, lo tiene crudo.
—¿Tú adónde sueles ir?
—A Harrods. Zoe me viste siempre. Es rápido e indoloro.
—Sí, porque pagas por un servicio —respondo, cortante.
—No hay nada mejor, y es dinero bien invertido. Son los mejores —
afirma, convencido—. Además, como no vas a pagar tú los vestidos, puedo
elegir cómo vamos a comprar.
—Un vestido, Pedro. Me debes un vestido —le recuerdo. Se encoge de
hombros y no me hace ni caso—. Un vestido —repito.
—Muchos vestidos —dice por lo bajo.
¡No! No va a comprarme la ropa. Ya fui de compras con él una vez y
casi le da un ataque de epilepsia al ver el largo del vestido. Sí, sólo compré
aquel trapo tan caro para vengarme de él, pero fue porque el muy dictador
pretendía decirme qué me podía poner y qué no. Quiere comprarme ropa
para poder elegirla él.
—¡No vas a comprarme ropa! —digo con todo el enfado que siento.
Me mira como si tuviera dos cabezas.
—¡Ya lo creo que sí!
—Va a ser que no.
—Paula, esto no es negociable y punto. —Retira la mano de mi rodilla
para cambiar de marcha.
—Cierto, no es negociable. Mi ropa me la compro yo.
Pongo la música a todo volumen para ahogar su respuesta. No voy a
ceder. ¡Mi ropa me la compro yo y punto!
Oasis llena el silencio el resto del camino. Pedro se está mordiendo el
labio inferior y los engranajes de la cabeza se mueven tan de prisa que casi
puedo oírlos. Sonrío porque, si no estuviéramos en un lugar público, me
echaría un polvo de entrar en razón ahora mismo. Como no puede ser, tiene
que maquinar otra cosa para salirse con la suya.
Aparca y me mira.
—Tengo una propuesta —me dice, confiado.
Los engranajes. No me cabe duda de que el resultado de la propuesta
será que él se saldrá con la suya.
—No voy a negociar contigo, y no puedes echarme un polvo de entrar
en razón, ¿verdad? —digo muy segura al salir del coche.
Pedro salta del asiento y viene junto a mí. Me clava la mirada.
—¡Esa boca! Ya me debes un polvo de represalia.
—¿Perdona?
—Por tu pequeño numerito del desayuno.
Sabía que no iba a salir impune.
—Digas lo que digas, no vas a comprar mi ropa —replico, altanera.
Me viene a la mente el comentario de Pedro acerca de comprar sólo
vestidos. Lo decía en serio.
—Escúchame —protesta—. Mi oferta te va a gustar —sonríe. Su
confianza en sí mismo ha vuelto, y me pica la curiosidad. Lo estudio un
instante y sonríe aún más. Sabe que ha llamado mi atención.
—¿Qué? —pregunto. ¿Con qué va a cautivarme?
Los ojos le brillan de satisfacción.
—Si me dejas que te regale las compras —me dice poniéndome un
dedo en la mandíbula para cerrarme la boca cuando ve que voy a poner
peros—, te diré cuántos años tengo.
Cierra el trato con un beso.
«¿Qué?»
Lo dejo que me bese hasta dejarme sin más pegas, ahí, en mitad de las
aceras de Londres. Una vez más, estoy poseída por este hombre que me
pone un dedo encima y me deja inconsciente. Gime en mi boca, se separa y
me coge en brazos.
—Ya sé cuántos años tienes —digo pegada a sus labios.
Se aparta un poco y me mira fijamente.
—¿Estás segura?
La mandíbula me llega al suelo.
—¡Me mentiste!
¿No tiene treinta y siete años? ¿Cuántos tiene, entonces? ¿Más?
—Dímelo —exijo, muy seria.
—No. Primero las compras y luego las confesiones. De lo contrario,
puede que te rajes. Sé que las chicas guapas juegan sucio. —Sonríe y me
deja en el suelo.
—¡No! —Es obvio que voy a jugar sucio—. ¡No me puedo creer que
me mintieras!
Me lanza una mirada inquisitiva.
—No me puedo creer que me esposaras a la cama.
Ya. Yo tampoco, pero parece que todo el esfuerzo fue inútil. Me coge
de la mano y cruzamos la calle en dirección a la tienda.
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