sábado, 19 de abril de 2014

Capitulo 177 ♥

Veo cómo asimila las palabras. No puede negarlo, sé que lo he
pillado. Inspira profundamente y abre la boca para hablar, pero no dice
nada. Vuelve a hacerlo pero sigue sin decir nada. Lo hace tres veces hasta
que por fin habla:
—No es sólo eso, Paula. Eres vulnerable cuando bebes.
—Pero es parte del motivo, ¿verdad? —Ya sé que la otra parte es que
teme que los hombres den por hecho que soy presa fácil.
—Sí, supongo que sí —confiesa.
—Vale, ¿y qué hay del sexo? —Necesito saber eso. Quiere que sea
todo lo contrario a todo lo relacionado con La Mansión, pero luego me
folla como un loco.
Vuelve a sonreír.
—Ya te lo he explicado. Nunca me parece tenerte lo bastante cerca.
—Cuando follamos adormilados, sí —respondo. No voy a insistir
mucho en este asunto. Me encanta el Pedro dominante.
—Ya, pero entre nosotros hay una química increíble. Jamás la había
sentido.
Mi corazón se acelera y, por primera vez en casi un día entero, es de
felicidad. ¿Jamás había sentido eso? Pero se ha acostado con decenas de
mujeres, ¿o son cientos? Mi sonrisa desaparece al instante.
—¿El qué?
Apoya las manos sobre mis muslos.
—Es pura dicha, nena. Una satisfacción absoluta. Un amor absoluto
capaz de mover la tierra y de hacer temblar el universo.
Vuelvo a sonreír.
—¿En serio?
—Sí. Es como estar en el cielo.
Me dejo caer sobre su pecho.
—¡Ay!
—Cuidado. —Me ayuda a incorporarme—. ¿Te duele mucho?
La ira se refleja en sus ojos mientras espera mi respuesta, y yo rezo
para que John haya echado a Steve antes de que Pedro le ponga las manos
encima. Aún no puedo creer que sea policía.
—Tranquilo. —Me revuelvo—. ¿Qué voy a hacer con el trabajo? —
pregunto.
¿Cómo ha podido transcurrir tan de prisa el fin de semana? Me río
para mis adentros. Lo he pasado despilfarrando el dinero en compras,
comida, joyas, vestidos, encajes, fiestas, en una propuesta de matrimonio
muy peculiar, en un montón de sexo fabuloso, en que me drogaran para
violarme, en azotes... Gruño. Menudo fin de semana.
—No te preocupes. Ya he hablado con Patrick. —Pedro se incorpora y
me arrastra consigo al borde de la cama.
«¿En serio?»
—¿Hay alguien de mi entorno a quien no hayas importunado? —
pregunto secamente.
Se levanta y me deja de pie, mostrando su magnífica desnudez delante
de mí.—
No seas impertinente —me advierte, circunspecto—. No tienes
ninguna marca de latigazos en el culo, señorita. Y, cambiando de tema,
¿por qué está todo revuelto como si hubiesen entrado a robar?
Ay... No sé cómo, pero me había olvidado de eso.
—Estaba buscando algo.
Frunce el ceño.
—¿El qué? —pregunta con un leve tono de cautela.
Lo observo y analizo su expresión y su lenguaje corporal. No me dice
nada.
—Nada.
Me pone de espaldas a él y me lleva hasta el cuarto de baño
cogiéndome del codo con una mano y empujándome del culo con la otra.
Su falta de curiosidad respecto a lo que estaba buscando no hace sino
aumentar mis sospechas. Normalmente jamás aceptaría una respuesta tan
imprecisa a una de sus preguntas.
—¿Qué le has dicho a Patrick? —pregunto mientras me sienta sobre
el mueble del lavabo.
—Le he dicho que te desmayaste el sábado y que no te encuentras
bien.
Vaya. Bien pensado.
—¿No se extrañó de que lo llamaras tú?
—Ni lo sé ni me importa. —Empieza a preparar un baño y regresa a
mi lado—. Mira lo que le has hecho a tu precioso cuerpo —dice con voz
suave observando mi espalda desnuda en el espejo—. No voy a poder
hacerte el misionero en una buena temporada.
Una oleada de decepción recorre mi cuerpo y me miro por encima del
hombro.
—¿Sólo eso? —espeto con incredulidad. Me siento como si me
hubiera desollado viva, y el único recuerdo visible que tengo de mi tortura
son unos cuantos verdugones rojos y uno con una especie de corte con
sangre seca.
—¿Cómo que si sólo eso? —dice, cabreado.
Aparto la mirada de mis dolorosas heridas y observo con el ceño
fruncido a Pedro, que me devuelve la mirada con una expresión similar a la
mía aunque probablemente más feroz. Lo agarro de las caderas.
—Date la vuelta —le ordeno mientras lo empujo con las manos para
conseguir que su cuerpo musculoso reacio a obedecer se vuelva. Cuando le
veo la espalda no puedo evitar lanzar un grito ahogado. A esto es justo a lo
que me refería. Tiene el doble de marcas que yo, mucha más sangre y
muchos más recuerdos del aciago día de ayer—. ¿Lo ves? Las tuyas son
mejores que las mías.
«¿Qué estoy diciendo?»
Se vuelve de nuevo y apenas me da tiempo a soltarlo de la cintura
cuando me baja del mueble y me deja en el suelo. Me petrifica con una
mirada furiosa, me agarra de los brazos y me sacude ligeramente.
—¡Paula, no digas tonterías!
—¡Lo siento! —exclamo al instante. ¿Por qué estoy diciendo estas
chorradas?—. Es que me duele tanto que creía que tendría peor aspecto.
—¡Bastante malo es ya! —Me suelta y regresa a la bañera, vierte un
poco de aceite de lavanda y remueve el agua con la mano.
No sé cómo he podido decir esa estupidez. Me lo tengo merecido.
—He dicho que lo siento —refunfuño, pero hace como que no me oye.
Inclino la cabeza hacia un lado y admiro su firme desnudez mientras
muevo las piernas y giro los hombros para intentar recuperar un poco de
flexibilidad. Necesito relajarme. Siento cómo mis músculos se agarrotan
entre mis hombros. Permanezco sentada pacientemente en el mueble
mientras Pedro prepara las toallas, el champú y el acondicionador y lo
dispone todo a un lado de la bañera antes de ordenar el desastre que
organicé ayer. Lo hace todo en absoluto silencio, sin mirarme ni una sola
vez. Sabe perfectamente qué he estado buscando.
—Abajo. —Me ofrece la mano y me mira con expectación, pero yo la
rechazo y me dejo caer al suelo con cuidado, me quito las bragas y me
dirijo hacia la bañera.
Me meto y empiezo a descender a regañadientes al sentir el escozor
del agua. Hago caso omiso del gruñido de desaprobación de Pedro ante mi
rechazo. Estoy demasiado ocupada apretando los dientes y concentrándome
en meterme bajo el agua, que pronto empieza a aliviarme en lugar de
apuñalarme. Me recuesto y cierro los ojos con un suspiro de alivio.
Siento que me observa. Abro un ojo y veo que tiene las cejas
levantadas hasta el nacimiento del pelo y mueve la cabeza para indicarme
que me aparte. Hago todo lo posible por demostrar las molestias que me
causa hacerlo tomándome mi tiempo y resoplando sin parar mientras me
desplazo hacia adelante para hacerle un sitio. No sé por qué me estoy
comportando de esta manera tan insolente. Bueno, sí. Me cabrea que mis
heridas de guerra sean una nimiedad en comparación con las suyas y que
sea yo la que no para de quejarse, de hacer gestos de dolor y de
comportarse como si me hubiesen lapidado.
Se mete en la bañera y se sienta detrás de mí. Apenas da muestras de
sentir molestias cuando el agua le cubre la espalda. Coloca las manos sobre
mis hombros y tira de mí hasta que mi espalda queda pegada a su cuerpo.
—No te resistas. —Me muerde la oreja y yo me retuerzo. Dobla las
piernas y me rodea el cuello con los brazos, de manera que me envuelve
completamente.
Vale. Ahora toca conversar en la bañera.
Apoyo la cabeza contra su hombro y disfruto del roce de su barba
matutina en mi rostro.
—Entonces, ¿Steve está fuera? —pregunto con frialdad.
—No lo dudes.
—¿Y no vas a preguntarle nada?
—Sólo si prefiere que lo incineren o que lo entierren —responde
sarcásticamente, y lo creo. Su respuesta, aunque brusca y un poco
exagerada, es justo la que esperaba oír—. ¿Te hago daño?
—No, estoy bien —lo tranquilizo. Me aprieta un poco más fuerte,
pero nuestros cuerpos mojados hacen que nos deslicemos sin que duela—.
¿Y qué pasa con Sarah?
«¡PUM!»
Se queda parado y yo continúo trazando suaves círculos en sus muslos
con mis dedos índices como si no hubiera dicho lo que acabo de soltar. Lo
que es bueno para uno... Además, Steve no tiene ningún interés sexual en
mí. Sarah, por el contrario, tienen un evidente interés en Pedro, y como él
parece empeñarse en seguir ajeno a la situación, soy yo quien debe
imponer unas medidas de control de riesgos.
—¿Qué tiene que ver Sarah con todo esto? —pregunta totalmente
perplejo.
Si pudiera verme el rostro descubriría mi cara de incredulidad. No
puede estar hablando en serio. Tengo que mantenerme serena.
—Te hizo daño.
—Yo se lo pedí.
—Y yo se lo pedí a Steve —repongo tranquilamente.
—Ya, pero Steve sabía que no debía tocarte porque eres mía. Cruzó la
línea, y no me refiero sólo a la persona con la que lo hizo, sino por cómo lo
hizo, aunque, claro está, lo primero es mi manzana de la discordia. —Me
muerde el lóbulo de la oreja para asegurarse de que sepa que se refiere a
mí. ¿A quién, si no?—. Aceptó el látigo de alguien a quien no conocía y ni
siquiera estableció unos límites previamente. Podrías haber sido cualquier
tarada. —Supongo que lo era en esos momentos —mascullo—. Pero bueno,
tú eres mío. Tú también eres zona prohibida, ¿sabes?
—Lo sé —responde suavemente—. Lo sé, nena. No volverá a pasar,
pero creo que ya le has dejado bastante clara a Sarah tu postura —añade
sarcásticamente.
Sonrío con suficiencia. Sí, es verdad, pero quiero que la eche.
—Entonces ¿no vas a echarla? —pregunto, aunque, muy a mi pesar,
ya sé la respuesta.
—Es una empleada y una buena amiga. No puedo despedirla por haber
hecho algo que yo le pedí que hiciera, Paula.
Suspiro pesadamente para dejarle bien claro que no me hace ninguna
gracia. ¿Una «amiga»? ¿Una «buena amiga»?
—Ella lo planeó todo, Pedro.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Recibí un mensaje de John.
—¿Qué mensaje?
—El que ella envió desde su teléfono diciendo que debía ir a La
Mansión. —Sé que esto no va a llevarme a ninguna parte.
—¿Crees que Sarah cogió a hurtadillas el teléfono de John para
mandarte un mensaje?
—¡Sí!
—¡No seas tonta!
—¡No soy tonta! —chillo—. Lo tengo en mi móvil. Te lo enseñaré.
—Paula, Sarah jamás haría algo así.
¡Venga ya! Y se supone que es amiga suya... Pues está claro que no la
conoce muy bien. Yo he tenido el placer de conocerla sólo durante un mes
y la calé desde el primer segundo en que la vi. Pedro no se entera de nada.
—¿Crees que me lo he inventado?
—No, creo que te drogaron el sábado por la noche, y que puede que
aún estés algo confusa —responde intentando apaciguarme. No me hace
ninguna gracia. ¡No me lo he imaginado!
—Te lo enseñaré —digo como una adolescente ultrajada—. Ella te
desea, Pedro.
—Pues no puede tenerme, y lo sabe. Te pertenezco a ti. —Aprieta los
labios contra mi cara.
—Sí —resoplo, apretando la mejilla contra su beso.

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