sábado, 5 de abril de 2014

Capitulo 138 ♥



Entramos en el Lusso cogidos de la mano y Clive nos intercepta en el acto.
Me mira muy mal. Le pido perdón con una sonrisa y veo que los de
mantenimiento han reparado mi travesura.
—Señor Alfonso —dice con cautela.
¿Tiene miedo de que le caiga la bronca por haberme dejado escapar?
Me vería obligada a defenderlo si Pedro intenta regañarlo. No es su trabajo
hacer de carcelero.
—Clive. —Pedro lo saluda con un gesto de la cabeza y me conduce al
ascensor sin decirle nada más al pobre hombre.
Se cierran las puertas y me acorrala contra la pared. Su cuerpo me
cubre por completo. La punzada a la que tanto me he acostumbrado da
justo en la entrepierna y me caliento al instante. Me mete una pierna entre
los muslos, la levanta y roza todo mi sexo. Sólo con eso ya empiezo a
jadear.—
Has cabreado al conserje —susurra con los labios pegados a los
míos. Nuestros alientos ardientes se funden en los milímetros que separan
nuestras bocas.
—Mierda —me obligo a decir entre respiraciones entrecortadas.
Me besa con fuerza. Asalta mi boca con decisión y frota su erección
contra mí. Dios, quiero arrancarle la ropa. Ahora, esto no tiene nada que
ver con hacer el amor... Tampoco es que vaya a quejarme.
—¿Por qué no te has puesto un vestido? —pregunta, malhumorado,
metiéndome la lengua.
Eso mismo quiero saber yo. Me lo habría subido a la cintura y Pedro
ya estaría dentro.
—Me estoy quedando sin vestidos.
No he llevado nada a la tintorería desde que llegué, y casi toda mi
ropa sigue en casa de Kate.
Gime en mi boca.
—Mañana sólo compraremos vestidos. —Me levanta con las caderas
y vuelve a frotarse contra mi sexo.
Suspiro de placer, puro y desinhibido.
—Mañana compraremos un vestido —digo desabrochándole el
cinturón.
Se separa de mi boca y me roza con la frente húmeda. Los ojos le
brillan y se humedece los labios. Lo acaricio por encima de los pantalones
con el dorso de la mano y se revuelve y palpita cuando mi lengua recorre
su labio inferior. Le bajo la bragueta y libero su miembro erecto, luego lo
cojo por la base y aprieto un poco.
Cierra los ojos con fuerza.
—Tu boca —me ordena con dulzura.
Me apunto. No me canso de él. Necesito que haga lo que sabe hacer y
borre toda la mierda del día.
Las puertas del ascensor se abren al llegar al vestíbulo del ático y me
alegro de que sea el único ascensor que llega hasta aquí. Deslizo la espalda
pared abajo hasta que me encuentro en cuclillas delante de él, pero su
polla, ardiente y palpitante, no es lo único que llama mi atención. Ahí está
su cicatriz. Me he prometido no volver a preguntar por ella pero no puedo
evitar sentir curiosidad, especialmente después de lo que me ha dicho John.
Levanto la vista y sus brazos están firmemente apoyados en la pared, por
encima de la cabeza. Me mira fijamente.
—¿A qué esperas? —dice, y empuja las caderas hacia adelante con
impaciencia.
Me olvido de la cicatriz misteriosa y recuerdo la última vez que hice
esto. Fue un bestia. ¿Volverá a portarse así?
Me aparto de su mirada sensual y relajo la mano que sostiene su polla
palpitante. Lamo una gota de semen de su glande hinchado y, muy
despacio, muevo la mano. Gime desde lo más profundo de su garganta y
las caderas le tiemblan ligeramente. Sé que quiere metérmela entera en la
boca. ¿Se contendrá?
Se le acelera la respiración con cada caricia y su abdomen sube y baja
ante mis ojos. 
—Métetela toda, Paula —jadea.
La puerta del ascensor se cierra y Pedro le pega un puñetazo al botón y
vuelve a apoyar la mano en la pared.
Rodeo el glande con los labios y dibujo delicados círculos con la
lengua. Se estremece. Me encanta hacerle esto. Me encanta provocar los
gemidos que salen de su boca y observar cómo reacciona su cuerpo.
Espero a que empuje hacia adelante pero no lo hace. Se está
conteniendo. La tensión de su cuerpo se extiende hasta el mío a través de
nuestras caricias. Las caderas le tiemblan un poco. Pongo fin a su agonía y
me la meto entera, hasta que choca contra el fondo de mi garganta. Parece
de terciopelo. Reprime un rugido cuando me la saco, envuelta en mis
labios, y me la vuelvo a meter. Esta vez, empuja con las caderas y mi
cabeza choca contra la pared. No hay escapatoria. Me cubre la coronilla
con las manos para protegerla y empuja hacia adelante con un grito. Echa
la cabeza atrás y entra y sale de mi boca con determinación.
Me acuerdo de que tengo que relajarme. Me estoy esforzando al
máximo para no vomitar. Dejo que mis manos exploren sus caderas,
encuentran su culo y le clavo las uñas en las nalgas tersas.
—¡Más! —Su voz es severa y bestial. Se las clavo más aún—. Joder,
Paula... 
Sigue entrando y saliendo y sé que está a punto. 
—¡Joder! —grita sacándola para sujetársela firmemente por la base
—. Estate quieta y abre la boca. —Me taladra con la mirada.
Obedezco sin soltar, abro la boca y lo miro a los ojos.
Entra y sale a toda velocidad. Los músculos de su cuello se tensan y con un
grito ahogado apoya el enorme glande en mi labio inferior y descarga un
líquido caliente y cremoso que golpea el fondo de mi garganta e inunda el
interior de mi boca. Trago por instinto.
Aminora el ritmo y lo suelto . Le acaricio el interior de los
muslos hasta que encuentro su mano, la cojo y los dos relajamos su polla
hasta que se calma mientras yo chupo su esencia salada que se me sale de
la boca.
—Quiero una de éstas todos los días durante el resto de mi vida. —Lo
dice con cara de póquer y en tono muy serio. Espero que se refiera a mí—.
Y quiero que me la hagas tú —añade como si me hubiera leído el
pensamiento.
Sonrío y me centro en su erección de acero, que sigue contrayéndose
en nuestras manos. Chupo y lamo hasta la última gota y luego le doy un
beso tierno en la punta.
Relaja la mano y lo suelto.
—Ven aquí. —Me levanta y me abraza contra su pecho—. Os quiero a
ti y a tu sucia boca —me dice con dulzura mientras me da un beso de
esquimal.
—Lo sé.
Le subo la bragueta y le abrocho los pantalones. Me deja hacer.
—Pierdes el tiempo —dice—. Estarán en el suelo en cuanto te haya
metido en casa.
Luego me coge de la mano, me saca del ascensor y me lleva al ático.
Abre la puerta y un delicioso aroma invade mis fosas nasales.
—¡La cena!
Se me había olvidado por completo. Gracias a Dios, apagué el horno
antes de salir, si no, ahora esto estaría lleno de camiones de bomberos y
más facturas de mantenimiento.
Me conduce a la cocina y me suelta la mano para coger una manopla.
Se la pone y saca una fuente con una hermosa lasaña demasiado hecha y la
tira a un lado, mientras niega con la cabeza.
—Tengo asistenta y cocinera y, aun así, te las apañas para quemar la
cena. —Me mira con una ceja arqueada.
Con nuestros gritos y la consiguiente reconciliación me había
olvidado de la pobre mujer con la que fui tan maleducada. Tendré que
pedirle disculpas. Seguro que cree que soy una hija de perra.
—¿Volverá? —pregunto, culpable.
Se ríe.
—Eso espero. —Pincha la crujiente capa superior de la lasaña—. La
lasaña de Cathy es una delicia.
Me mira.
—Parece que habrá que buscar otra cosa para cenar.
Aparta la fuente y avanza como un depredador hacia mí. Su mirada
verde y hambrienta está cargada de placenteras promesas. Me pasa un
brazo por la espalda sin dejar de caminar y me lleva firmemente apretada
contra su pecho. Le paso los dedos por la mata de pelo suave y despeinado
y frunzo el ceño cuando deja atrás la escalera y se dirige a la terraza.
—¿Adónde vamos?
—Un polvo al fresco —dice, y me besa con fuerza—. Hace una noche
preciosa. Vamos a aprovecharla.
Me lleva a la terraza y cruzamos las losas de piedra caliza en
dirección a la tarima. La brisa fresca de la noche trae los sonidos de
Londres, altos y claros. Me suelta y empieza a desabrocharme la blusa. A
sus dedos les cuesta encontrar los diminutos botones dorados, y se
concentra tanto que aparece la arruga de la frente. Le quito el cinturón y le
bajo la bragueta. Luego me centro en su camisa. La desabotono lentamente
hasta que su delicioso y cálido pecho está bajo las palmas de mis manos.
Con el pulgar, trazo círculos sobre sus pezones y él suelta el último botón
de mi camisa antes de pasar a los pantalones.
—Fanfarrona —musita entre besos mientras sus manos buscan el
cierre de mi pantalón.
Es cruel, pero lo dejo buscar. Prueba en la parte delantera y luego en
la espalda y, cuando no lo encuentra, ruge:
—¿Dónde está la cremallera?
Llevo sus manos al cierre lateral de mis pantalones, me los baja y me
levanta del suelo para que pueda quitarme los zapatos.
—Otra razón para comprar sólo vestidos —protesta mientras me quita
la blusa—. Todo lo que no me ofrezca acceso inmediato a ti tiene que
desaparecer.
Sonrío para mis adentros. Ahora está pasando por encima de mi
guardarropa.

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