jueves, 24 de abril de 2014

Capitulo 192 ♥

Caminamos por el sendero de grava en silencio, más allá de las canchas de tenis, y llegamos a
la arboleda. El sol de la tarde lucha por atravesar las copas de los árboles y los rayos se cuelan entre
las hojas e iluminan tramos del suelo. Ambos tenemos cosas que decir, pero ninguno de los dos da el
primer paso. Me dedico a contar las manchas de luz que bailan a mis pies. Nunca nos había pasado
esto. Nunca nos habíamos sentido incómodos el uno con el otro, y parece que estamos recuperando el
tiempo perdido. Estamos muy, muy incómodos.
Suelto la mano de Dan y me levanto la falda del vestido, piso una rama, el tacón se queda
enganchado y doy un ligero traspié.
—¡Ay!
—Ten cuidado. —Me coge del codo para que no me caiga—. No creo que esos zapatos estén
hechos para hacer senderismo —bromea con una media sonrisa.
Me relajo al instante.
—No —me río, y me enderezo.
—Paula —dice echando a andar de nuevo.
Lo miro un poco harta de la situación.
—Suéltalo, Dan. Dime lo que sea que te mueres por decirme desde que conociste a Pedro.
—Está bien: no me gusta.
Doy un paso atrás. Si apenas lo conoce.
—Vale —me río, incómoda—. No esperaba que te mostraras tan directo.
Se encoge de hombros.
—¿Qué quieres que te diga?
—Ni siquiera lo conoces. Sólo has hablado con él una vez, cuando intentaste hacerle una
advertencia —lo acuso.
Tengo razón. Mi madre interrumpió el discurso del hermano mayor, pero Dan llegó a empezarlo
y la mandíbula tensa de Pedro y la forma en que se contuvo dejaban claro lo que pensaba de su
opinión.
—Pues explícame lo de su problema con la bebida —me reta.
Abro unos ojos como platos.
—¿De qué estás hablando? —No me gusta un pelo su mirada de reproche.
—Hablo de ese problema con la bebida del que Matias nos alertó, ese que nadie ha mencionado
desde entonces. El hecho de que no haya tocado el alcohol en todo el día no se me ha pasado por
alto, Paula. Al menos yo me he dado cuenta. Mamá estaba demasiado liada haciendo de madre de la
novia para verlo.
Ya sabía yo que lo bueno no iba a durar. Pedro se metió a mis padres en el bolsillo cuando los
trajo a Londres. Se enamoraron de él y no dijeron nada del asunto de la bebida. Pensaron que Matias,
despechado, se lo había inventado. No hizo falta que los ayudara a llegar a esa conclusión. No
necesito que Dan escarbe en un problema que ni siquiera lo es. Pedro no ha tocado el alcohol desde
el día en que lo encontré en el Lusso. No lo necesita teniéndome a mí, y soy toda suya.
—¿Y dónde está su familia? —pregunta.
—Ya te lo he dicho: no se habla con ellos.
—Ya —se echa a reír—. Qué oportuno. Y mira que Matias me caía fatal...
Ese comentario hace que me rechinen los dientes. Estamos en plena guerra de miradas, pero ni
siquiera siento la necesidad de defender a Pedro. No hay nada que defender, aunque sea mi hermano
el que está exigiendo respuestas.
—¿Así que ahora vas a respaldar a Matias? —le espeto a traición.
Lo apunto con un dedo a pocos centímetros de la cara. Estoy muy cabreada y nunca me había
cabreado con Dan.
—No busques donde no hay. No tiene familia, déjalo estar. Hablemos de lo que de verdad te
tiene de tan mal humor. Hablemos de Kate.
Ahora es él quien abre unos ojos como platos. Sí, acabo de meter el dedo en la llaga. No voy a
dejar que me fastidie el día con sus opiniones. No cuentan, y no quiero escucharlas.
—¡No estoy de mal humor! —grita. Su tono me confirma que he dado en el clavo—. Kate me
importa una mierda.
—¡Ja! —me río—. Por eso no le has quitado los ojos de encima en todo el día. No te acerques a
ella, Dan.
—¿Y quién coño es Sam?
Trago saliva. Lo sabía. Tal vez no me guste la dirección que está tomando la vida de Kate, pero
prefiero que la viva con Sam que contemplar un desastre total con Dan. Ya terminó en llanto y
chirriar de dientes una vez, y ahora volvería a terminar igual.
—Es alguien con quien Kate encaja —le espeto.
No me puedo creer lo que acabo de decir. Mi hermano se moriría del susto si le contara los
detalles de la relación de Kate y Sam. Tampoco es que yo esté enterada de todo, pero me hago una
idea.
—Déjalo estar. —Me levanto la falda del vestido, lista para emprender la retirada, cuando me
coge del brazo.
—¿Qué pasa si no quiero?
—Quítale las manos de encima. —El gruñido familiar me hace volver la cabeza a toda
velocidad.
Ahí viene Pedro. Respira de prisa y tiene cara de querer matar a alguien.
—No pasa nada. Ya nos íbamos —digo liberando mi brazo de un tirón. Necesito llevarme a
Pedro antes de que aplaste a mi hermano, y no sólo verbalmente.
Dan da un paso al frente.
—Es mi hermana.
Pedro recorre los escasos metros que hay entre ambos.
—Es mi mujer.
Mi hermano se echa a reír. Mala señal, a juzgar por la repentina cara de alucine de Pedro. He de
intervenir, pero meterse entre estas dos fieras no me apetece nada. Entonces veo a Pedro apretar los
puños y sé que es ahora o nunca.
Le pongo la mano en el brazo y parpadea, demasiado centrado en Dan para darse cuenta de que
soy yo. En el momento en que lo hace, aparta la mirada iracunda de Dan y me mira. Sus ojos se
suavizan al instante.
—Vámonos —le digo con calma deslizando la mano hacia la suya para poder entrelazarlas.
Asiente y damos media vuelta sin dedicarle una sola mirada más a Dan. Menos mal. Mi hermano
lo está pasando mal, y sé que puede ser muy cabezota cuando se pone a la defensiva. Kate no lo está
haciendo a propósito pero lo está volviendo loco otra vez, y él intenta no pensar en el tema a base de
centrarse en mí.
Caminamos hacia La Mansión y lo dejamos atrás.
—Dame la mano —ordena Pedro. Lo dejo que la coja y que me espose de nuevo—. No vuelvas
a pedirme que te las quite.
—No lo haré —mascullo. Ojalá no me las hubiera quitado nunca. Así no habría tenido que
lidiar ni con el follón que tiene Dan con Kate, ni con sus preguntas sobre el problema con la bebida
de Pedro—. Tira la llave.
Levanta una ceja.
—¿Desearías haber estado atada a mí?
—Sí —confieso—. No vuelvas a soltarme.
—Vale —accede—. ¿Te apetece tomar un trago?
Seguimos caminando hacia la casa, esposados y juntos de nuevo.
—Por favor. —Apenas he probado el alcohol en todo el día y me sorprende un poco su
ofrecimiento.
—Ven. —Tira de mí y me da un beso en la frente—. No voy a consentirlo, Paula, por mucho que
sea tu hermano.
—Lo sé —digo en voz baja.
Estoy gratamente sorprendida por su autocontrol. A Pedro no le importa pasar por encima de
quien sea, y Dan no ha hecho nada por congraciarse con él. Ha intentado retenerme a la fuerza, que es
lo peor que podría haber hecho. No quiero que mi marido y mi hermano se peleen, pero sé que Pedro
nunca se echaría atrás tratándose de mí, y Dan nunca consentiría quedar como un gallina. Va a ser un
problema.

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