jueves, 3 de abril de 2014
Capitulo 132 ♥
Cuando por fin me suelta, miro a los demás, muy avergonzada por mi
demostración de afecto sin tapujos. Me encuentro con un coro de
expresiones de asco ante nuestra cursilería, y alguien se lleva los dedos a la
boca como si fuera a vomitar. Es Pedro. Lo miro, sonríe y me rodea con sus
brazos.
—Sois lo peor —sentencia Kate—. Aquí está la comida, así que se
acabaron las cursilerías.
Sam se le acerca y la besa en la mejilla.
—¿Te sientes desatendida?
Ella lo aparta y el camarero nos sirve la comida.
—¡No!
Todo el mundo se abalanza sobre su plato, incluido Pedro, y charlamos
y nos reímos mientras comemos. No se me pasa por alto que de vez en
cuando Sam y Drew lanzan miraditas afectuosas hacia nuestro lado de la
mesa. Empiezo a pensar en cómo ha reaccionado Pedro al comentario de
Drew. Eso que ha dicho de que a partir de los treinta y cinco todo es cuesta
abajo es una exageración. Mi hombre tiene un cuerpo para comérselo. De
repente me viene a la cabeza la imagen de Pedro picoteando. ¿Y si ha
dejado de picotear y salir conmigo es un mal sustituto? Se ha retirado, por
así decirlo. Me siento como una mierda. Su mano sana me acaricia el
muslo mientras coge su sándwich con la mano lastimada. Tiene mucho
mejor aspecto. Los cardenales casi han desaparecido, pero las muescas
rojas de las muñecas siguen ahí, y parecen gritarme: «¡Mira!».
Le echo un vistazo a Pedro cuando me roza con la rodilla y me
encuentro con su mirada inquisitiva. Se ha dado cuenta de que estaba
pensando en su mano, absorta en mis cosas. Seguro que puede leerme la
mente. Meneo la cabeza y sonrío, pero dudo que eso haga que deje de
preocuparse por mis ensoñaciones.
—Será mejor que vuelva al trabajo —digo, apenada. Ha sido
agradable disfrutar de una comida medio normal (en fin, todo lo normal
que puede ser cuando comes con el dueño de un club de sexo superpijo y
dos de sus socios).
—Te acompaño. —Pedro deja lo que queda de su sándwich de beicon,
lechuga y queso en su plato y se levanta.
—Si mi oficina está a dos minutos, a la vuelta de la esquina —digo
contono de cansancio. Dejo de poner pegas cuando me lanza una de sus
miraditas. En vez de discutir con él, me despido de todos y le doy a Kate el
dinero para pagar mi comida y la de Pedro.
Me lo devuelve.
—Pedro ya ha pagado la cuenta —dice.
¿En serio? Pedro está demasiado ocupado estrechando las manos de
los chicos como para notar que lo estoy mirando con cara de reproche. Nos
encaminamos a la salida del bar.
—¡Eh! —grita Kate de pronto—. ¿Noche de copas y chicas el sábado?
Me vuelvo con cara de no saber a qué juega. No parece percatarse de
mi reacción. No, está demasiado ocupada viendo cómo reacciona Pedro
ante la idea. Lo miro: parece incómodo. ¡Kate! ¿Cómo se te ocurre sugerir
una cosa tan estúpida? Sam y Drew tampoco pierden punto. Están
esperando la respuesta de Pedro.
—Mejor la semana que viene —respondo con toda la calma de la que
soy capaz.
—Puedes ir —me dice Pedro por detrás.
¿Puedo ir? ¿Qué significa eso de que puedo ir?
—No, mañana tenemos el aniversario de La Mansión. Estaré hecha
polvo. En el fondo quiero ir, pero me va a prohibir que beba, el muy
controlador. No es que beba hasta caer redonda todo el tiempo, y la última
vez que lo hice fue por su culpa. Además, tengo tantas cosas que contarle a
Kate, y ella a mí, por lo que he podido ver. Durante la comida sólo hemos
cubierto los titulares.
—Oye, te ha dicho que le parece bien —protesta Kate.
—Hablamos luego. —Quiero terminar la conversación. Espero que
capte la idea y cierre el pico.
—Vale, claro. —Me guiña el ojo—. Hasta luego.
Me gustaría matarla con el bolso pero noto que Pedro tira de mí y me
impide llevar a cabo mis planes. Me conformo con lanzarle otra mirada
asesina antes de dar media vuelta y dejar que él me saque del bar.
Llegamos a Piccadilly y nos tropezamos con todo el gentío que ha
salido a comer. Hay algo de tensión entre nosotros. Me suelta la mano y
me pasa el brazo por los hombros para tenerme más cerca.
Cuando llegamos a Berkeley Street, me detengo para poder verle bien
la cara.
—Si salgo, no podré beber, ¿verdad?
—No.
Pongo los ojos en blanco y sigo andando.
—Podrás beber el viernes. —Me alcanza y vuelve a pasarme el brazo
por los hombros.
Claro, podré tomarme una copa el viernes porque él estará allí para
velar por mí. El problema es que no me siento cómoda bebiendo delante de
él. No me parece bien, y más sabiendo que tiene un pequeño problema con
el alcohol.
—¿Harás que los porteros me espíen? —gruño.
—No les pido que te espíen, Paula. Les pido que te echen un ojo.
—Y que te llamen si no sigo las reglas —contraataco, y me gano unas
cosquillas.
—No —dice, cortante—, y llámame si estás tirada y revolcándote por
el suelo del bar con el vestido enrollado en la cintura.
Lo miro mal. Vale, sí, estaba tirada en el suelo del bar, pero no me
estaba revolcando y tampoco estaba cocida. No aquella vez. Fue Kate la
que me tiró al suelo consigo. En cuanto al vestido, en fin, ése es un asunto
trivial que un hombre neurótico hizo jirones. Podría salir, tomarme un par
de copas de vino, ponerme algo aceptable y no rodar por el suelo. Así el
portero no declararía la alerta roja. Quizá podría quedarme en casa de Kate
para no restregárselo. Me río para mis adentros por lo ambicioso de mi
plan. Lo cierto es que nunca permitirá que me quede en casa de Kate.
Le dejo que me mantenga pegada a él de camino a mi oficina.
—Ahora vas a tener que soltarme —le digo cuando ya estamos muy
cerca. Podríamos tropezarnos con Patrick, y no le he mencionado el tipo de
comida de negocios que he tenido con el señor Alfonso. Esto me va a costar
sangre, sudor y lágrimas.
—No —gruñe.
—¿Qué planes tienes para el resto del día? —Esto es lo que de verdad
me interesa.
Por favor, que diga que tiene un montón de asuntos con los que
entretenerse para que yo pueda ir a casa de Matias y recoger mis cosas sin
tener que engañarlo y mentirle. Ocultar información no es lo mismo que
mentir.
Me pone morritos.
—Pensar en ti.
Eso no me hace sentir mejor.
—Volveré a tu casa en cuanto termine de trabajar —digo, y me doy
cuenta al instante de que acabo de mentirle. Hago acopio de todas mis
fuerzas para no tocarme el pelo.
—¡Nuestra casa! —me corrige—. ¿A qué hora?
—A las seis, más o menos. —«Hora más, hora menos», me digo a mí
misma.
—Te encanta esa muletilla, ¿no? Más o menos... —Me mira y creo
que me está escudriñando. Es imposible que sepa lo que estoy tramando.
Sólo lo sabe Kate.
—Más o menos —respondo, y me apoyo en él para darle un beso.
Me coge, me echa hacia atrás sobre su brazo con un gesto ridículo y
teatral y me besa hasta dejarme sin aliento en pleno Berkeley Square. La
gente trata de no chocar contra nosotros y nos grita alguna impertinencia.
Que les den.
—Joder. Te quiero, te quiero, te quiero —dice contra mi boca.
Sonrío.
—Lo sé.
Vuelve a erguirme y entierra la cara en mi cuello para mordisquearme
la oreja.
—No me canso de ti. Voy a llevarte a casa.
Lo sé, siempre me lo dice, y me entran ganas de no volver a la oficina
e irme con él. No tengo mucho trabajo, y no hay nada que no pueda
esperar. Me encanta cuando está de este humor, exigencias y órdenes
aparte.Mi móvil empieza a cantar y me saca de mi estado de rebeldía. Lo
pesco del bolso con Pedro enganchado a mi cuello. Cuando lo saco, lo
levanto por encima de su cabeza para ver quién es. Suelto un gruñido. ¿Por
qué tiene que llamarme Mikael precisamente ahora?
Pedro debe de notar mi fastidio, porque deja mi cuello y me mira con
curiosidad.
—¿Quién es?
—Nadie, un cliente. —Meto el móvil en el bolso de nuevo. Ya lo
llamaré—. Te veo en tu casa —digo, y echo a andar pero él me agarra por
la muñeca.
—¡Nuestra casa, Paula! ¿Quién era? —Su repentino cambio de humor
me pilla con la guardia baja.
—Mikael —digo entre dientes—. Sólo es un cliente —añado para
enfatizar el papel que Mikael desempeña en mi vida.
Es posible que no pueda curar esa parte de Pedro: es muy celoso y
demasiado posesivo. Tiro de la muñeca para soltarme y recorro los pocos
metros que quedan hasta la oficina dejándolo a él en la acera. ¿Y me dice a
mí que si he visto al monstruo de ojos verdes?
El móvil suena de nuevo y lo cojo al entrar en la oficina.
—Hola, Mikael.
—Paula, llamo para confirmar nuestra cita del lunes. —Su voz suave
baila en mis oídos. Puede que Pedro lo vea como una amenaza, pero no lo
es, aunque la verdad es que tiene una voz muy sensual—. ¿Te va bien a las
doce?
Me dejo caer en mi silla y la pongo de cara a la mesa. Me quedo
horrorizada al ver que tengo a Pedro delante, bufando como un toro bravo.
Parece furioso. Recorro el despacho con la mirada y veo a Tom y a
Victoria en sus respectivos puestos de trabajo, sin perderse un detalle y sin
disimular su curiosidad. Entonces veo a Patrick en su oficina pero, gracias
a Dios, está absorto con lo que sea que muestra su pantalla de ordenador y
no parece haber visto a Pedro.
—¿Paula?
Con el drama que tengo entre manos, se me olvida que estoy en plena
conversación telefónica por temas de trabajo.
—Perdona, Mikael. —Miro a Pedro con cara de no entender qué hace
aquí, pero pasa de mí y sigue actuando como una fiera al acecho, sin tener
en cuenta dónde estamos ni que tenemos espectadores—. Sí, perfecto —
intento sonar segura y profesional. Fracaso a lo grande: sueno nerviosa y
atacada.
—¿Estás bien? —Su pregunta me desmorona. Está claro que se nota
que no estoy bien.
—Sí, bien, gracias.
—Estupendo. ¿Rompiste tu regla?
El corazón deja de latirme.
—¿Disculpa? —me sale un poco agudo debido a la falta de oxígeno.
—Con Pedro Alfonso. Es un cliente, ¿no es así?
No sé qué decir. No, no era un cliente, no cuando estaba trabajando en
el Lusso, pero no soy tan tonta como para decírselo. Mikael sabe que
supuestamente estoy trabajando para Pedro. Supuestamente. Todavía no he
vuelto a La Mansión, y Pedro no me ha presionado para que lo haga.
—Sí. —Es la única palabra que me sale.
—¿Cuánto hace que sales con él?
Se me hiela la sangre en las venas y busco la respuesta correcta en mi
cerebro.
—Un mes, más o menos —tartamudeo por teléfono. ¿Por qué me
pregunta estas cosas?
—Hummm, qué interesante —responde.
La sangre se me hiela aún más. ¿Por qué le parece tan interesante?
Tengo la mirada fija en los ojos verdes del hombre por el que daría la vida
y tengo a otro hombre al otro lado de la línea telefónica que parece tener
algo que decirme, algo que va a hacer que salga despedida y con el culo
chamuscado del séptimo cielo de Pedro, aunque no es que esté allí en este
preciso instante.
—¿Por qué? —sueno muy nerviosa. Normal, es que estoy muy
nerviosa. ¿Qué es lo que sabe?
—Ya hablaremos durante nuestra reunión.
—Vale —digo simplemente, y cuelgo. Eso ha sido de muy mala
educación, pero no sabía qué otra cosa decir o hacer.
Pedro está sentado sobre mi mesa y parece que quiere arrancarme la
cabeza de cuajo, pero ¿por qué? Hay que joderse. En cinco minutos he
pasado de estar retozando en la acera a un duelo de titanes.
Nos miramos fijamente un rato. Veo de reojo a Tom y a Victoria, que
parece que se han quedado a presenciar el espectáculo. Para ser justos, es
imposible no verlo. Pedro no es fácil de ignorar y, aunque no estuvieran
mirando, seguirían con las antenas puestas, pendientes del hombre
taciturno que emana hostilidad sobre mi mesa. Su atrevimiento casi, casi,
roza la valentía.
Me centro en Pedro pero no quiero mover ficha primero por miedo a
que estalle y Patrick acuda a averiguar a qué se debe la conmoción. No
obstante, tampoco puedo quedarme aquí sentada mirándolo todo el día.
—Estoy trabajando —digo, firme y tensa. Ni siquiera yo misma me
creo mi falsa calma. Pedro parece estar a punto de explotar de la rabia.
—¿Quién era? —inquiere señalando mi teléfono con un gesto de la
cabeza.
—Ya sabes quién era —digo dejando el móvil sobre la mesa. ¿Mi
forma de hablar con Mikael tiene algo que ver con todo esto? Mikael sabe
algo, y Pedro sabe que lo sabe. Hasta ahí llego.
—No vas a volver a verlo —dice entre dientes, alto y claro.
Vale, ahora sí que estoy muy preocupada.
—¿Por qué?
Ni siquiera me molesto en señalar que Mikael es un cliente. Ya lo
sabe y, a juzgar por su expresión, le da exactamente igual.
—Porque no. No te lo estoy pidiendo,Paula. En esto, vas a hacer lo que
yo te diga. —Empieza a morderse el puto labio, temblando de rabia.
No puedo ponerme a discutir ahora, no en mi lugar de trabajo.
Tampoco puedo renunciar al contrato de Vida. Estoy jodida, muy, muy
jodida. Nunca había necesitado tanto una copa.
—Te veo en el Lusso —digo en voz baja.
—Hasta entonces. —Da media vuelta y desaparece.
Me hundo en mi silla y respiro. La vida con Pedro es una puñetera
montaña rusa, y ahora que se ha ido me voy a pasar el resto de la tarde
preocupada por él. Todo son incertidumbres, pero hay una cosa que tengo
muy clara: no voy a volver al Lusso esta noche. Necesito tiempo para
pensar y aclararme las ideas antes de que me caiga más mierda encima.
Cuando por fin me da una respuesta, aparecen veinte interrogantes más.
—Por favor, qué sexy está ese hombre cuando se enfada —comenta
Tom—. ¿Has ido a La Mansión últimamente, cielo? —pregunta bajándose
las gafas, y de inmediato sé que Victoria no es tan tonta como parece.
Ella suelta una risita nerviosa, la primera en dos días. Quiero protestar
y acusarla de ser una mojigata y luego decirle a Tom que se busque un
asistente de compras. Pero eso sería muy infantil, y no creo que pudiera
morderme la lengua y dejarlo estar. Estoy a punto de explotar de tanta
frustración y tanto estrés, y pobre el que me haga reventar porque le espera
una buena. Por suerte para Tom y Victoria, Patrick les salva el culo antes
de que se me vaya la pinza y les suelte cuatro verdades.
—Flor —dice sentándose en el borde de mi mesa, que suelta su
habitual crujido de protesta; yo hago la mueca de siempre y Patrick hace
caso omiso, como todos los días—, me ha llamado Mikael Van Der Haus:
quiere que hagas un viaje de documentación a Suecia.
Joder. Ésa no me la esperaba.
Después de haber conseguido el contrato para decorar el Lusso, el
socio de Mikael pidió que todo fuera italiano y auténtico, así que me
enviaron a Italia para que me documentara y buscara proveedores. Mikael
ha dejado muy claro que quiere materiales sostenibles en Vida, pero no me
imaginaba esto.
La complejidad de su propuesta es como un puñetazo en el estómago.
El hecho de que el viaje sea por el proyecto de Mikael va a enviar a Pedro a
la tumba y, a juzgar por lo ocurrido, es probable que yo también acabe bajo
tierra.
—¿Es del todo necesario?
«Por favor, di que no. Por favor, por favor.»
—Del todo. Mikael ha insistido mucho. Buscaré vuelos. —Se levanta
con un crujido de mi mesa y regresa a su despacho.
¿Mikael ha insistido? Estoy en apuros. No voy a poder ir a Suecia,
Pedro no me va a dejar. ¿Qué voy a hacer? Quedarme sin trabajo... Me dan
sudores fríos.
—¿Café, Paula? —Sally aparece con la misma cara de pena de esta
mañana. Lo que necesito desesperadamente es vino.
—No, gracias, Sally.
Tom y Victoria ya no están espiando. Mejor. Así puedo pasarme el
resto de la tarde preocupándome por mis dramones en paz. De repente
desearía no tener que ir a recoger mis cosas después del trabajo. Ver a Matias
es lo último que me apetece hacer.
—Aquí tienes, flor. Información de vuelos. Dime cuál te va mejor. —
Mi jefe me pasa el horario de los vuelos y me lo echo al bolso. Ya lo
pensaré más tarde.
Patrick me deja en paz y finalmente hago un leve intento de ponerme
a trabajar.
GRACIAS POR LEER!♥
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Buenísimos los 3 caps!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarohhh que pasara ahora
ResponderEliminarEse maikel me parece que quiere aprovecharse de Paula, y le va a salir el tiro por la culata jajajajjaa #tsunami en puerta
ResponderEliminarBuenisimos los capitulos!!!
ResponderEliminar