domingo, 13 de abril de 2014

Capitulo 159 ♥

Escupo pasta de dientes por todo el espejo al dejar escapar un grito de
sorpresa. El cepillo se me cae de las manos y forma un pequeño estrépito
en el lavabo. Me miro la mano izquierda, que de repente siento pesada, y
me agarro al borde del mueble para no caerme al suelo. Parpadeo unas
cuantas veces y sacudo la cabeza. Debería dejarlo pasar, tal vez estoy
alucinando o algo. Pero no. Delante de mí, cegándome, tengo un diamante
tremendamente enorme, que luce orgulloso en mi dedo anular.
—¡Pedro! —chillo, y empiezo a desplazarme a tientas sin soltar el
borde del mueble hasta que estoy lo bastante cerca del diván como para
dejarme caer sobre él.
Hundo la cabeza entre las piernas para intentar controlar la
respiración, así como los frenéticos latidos de mi corazón. Creo que voy a
desmayarme.
Oigo cómo cruza la puerta del baño a la carrera pero no consigo
levantar la cabeza.
—Paula, nena, ¿qué pasa? —Parece aterrado. Se postra de rodillas
delante de mí y me apoya las manos en los muslos.
Soy incapaz de hablar. Tengo un nudo en la garganta del mismo
tamaño que el diamante de mi mano izquierda.
—¡Paula, por el amor de Dios! ¿Qué ha pasado?
Me levanta la cabeza con suavidad y me busca la mirada. Su rostro
está cargado de desesperación, mientras que el mío está cubierto de
lágrimas. No sé qué me ha llevado a decir que sí, pero con la repentina
aparición de este anillo en mi dedo acabo de ser tremendamente consciente
de la realidad de lo que está sucediendo.
—¡Por favor! ¡Háblame! —ruega con desespero.
Trago saliva en un intento de escupir algunas palabras, pero no
funciona, así que recurro a levantar la mano. Joder, pesa una barbaridad.
Observo a través de mis ojos húmedos cómo se forman arrugas en su
frente y desvía su mirada confundida de mis ojos a mi mano.
—Vaya, por fin lo has visto —dice secamente—. Sí que has tardado.
Joder, Paula. Acaban de darme mil infartos. —Me coge la mano y pega los
labios en ella al lado de mi nuevo amigo—. ¿Te gusta?
—¡Joder! —grito sin poder creerlo. Ni siquiera voy a preguntar
cuánto ha costado. Esto es demasiada responsabilidad. Un suspiro escapa
de mis labios mientras me llevo rápidamente la mano al pecho en busca de
mi otro amigo.
—Está a salvo. —Me coge la mano y me la baja hasta colocarla sobre
la otra en mi regazo desnudo. Suspiro de alivio mientras él me acaricia el
dorso de ambas con los pulgares y sonríe—. Dime, ¿te gusta?
—Sabes que sí. —Miro el anillo. Es de platino, sin lugar a dudas, un
aro plano coronado con un reluciente diamante cuadrado. Me están
entrando sofocos—. Un momento. —Lo miro con la frente arrugada por la
confusión. Puede que vaya a necesitar el vale del bótox después de todo—.
¿Cuándo me lo has puesto?
Sus labios forman una línea recta.
—Justo después de esposarte.
Abro unos ojos como platos.
—Demasiado seguro estabas.
Se encoge de hombros.
—Uno puede ser optimista.
¿Lo dice en serio?
—Yo llamo engreimiento a eso que tú llamas optimismo.
Sonríe.
—Llámalo como quieras. Ella ha dicho que sí. —Se abalanza sobre
mí, arrastra mi cuerpo desnudo al suelo frío y duro del baño y entierra el
rostro entre mis tetas. Me echo a reír mientras él me fuerza.
—¡Para!
—¡No! —Me muerde una teta y empieza a absorberla en su boca—.
Voy a hacerte un chupetón —farfulla alrededor de mi piel.
Incluso si pudiera detenerlo no lo haría. Lo dejo que haga lo que
quiera y hundo los dedos en su pelo. Me quedo con la boca abierta una vez
más al ver de nuevo el anillo. No me puedo creer que me lo haya puesto
antes de preguntarme, el muy arrogante. ¿Cómo es posible que no me haya
dado cuenta hasta ahora?
Estaba distraída...
—Ya está —anuncia, e imprime un beso casto sobre su marca—. Ya
estamos empatados.
Desciendo la mirada hacia el círculo perfecto que acaba de hacerme
en el pecho y después a Pedro, que observa su obra con satisfacción.
—¿Contento? —pregunto.
—Sí. ¿Y tú?
—Encantada.
—Bien, mi misión aquí ha terminado. Siguiente trabajo: alimentar a
mi seductora. Arriba. —Me pone en pie—. ¿Tardarás mucho en bajar?
—Unos cinco minutos más o menos.
—Más o menos —repite con tono burlón, y se inclina para morderme
la oreja—. Date prisa. —Me da una palmada en el culo y vuelve a dejarme
sola.
Una enorme sonrisa se dibuja en mi rostro sonrojado. He dicho que sí.
Y no tengo ninguna duda. Ninguna. Mi sitio está con Pedro, lo tengo claro.
Qué locura.
Termino de cepillarme los dientes, me doy una ducha rápida y me
afeito las piernas. Cojo su camisa de la puerta y me la pongo con unos
shorts deportivos. Atravieso el descansillo y recuerdo el correo que todavía
no le he dado. Me desvío hacia la habitación color crema, cojo el correo y
bajo la escalera, pasando por alto el hecho de que hace apenas unos veinte
minutos que me ha dejado en el baño y ya lo echo de menos.
Está en la cocina, con el dedo en el tarro de mantequilla de cacahuete,
mientras observa concentrado la pantalla de su portátil. Miro con el mismo
asco de siempre el bote de mantequilla de cacahuete y con el mismo
embelesamiento de siempre a ese hombre tan hermoso y me siento en el
taburete frente a él.
—Toma. Se me olvidó darte esto. —Le paso el correo y me sirvo un
poco de zumo de naranja.
—Ábrelas tú.
De repente veo las llaves de mi coche sobre la encimera.
—¿Mi coche está aquí?
—Lo ha traído John —dice, y continúa observando la pantalla del
ordenador. Sonrío para mis adentros al imaginar al grandullón de John
conduciendo mi Mini—. ¿Eres religiosa? —pregunta de pronto como si tal
cosa.
Arrugo la frente mientras me bebo el zumo.
—No.
—Yo tampoco. ¿Prefieres alguna fecha en particular?
—¿Para qué? —inquiero. Parezco confundida, y lo estoy.
Levanta la vista y me mira con el ceño fruncido.
—¿Quieres convertirte en la señora Alfonso en alguna fecha en
concreto?
Vaya.
—No sé —digo encogiéndome de hombros—. ¿El año que viene? ¿El
otro?
Cojo una tostada y empiezo a extender la mantequilla. Sólo hace
media hora que me lo ha pedido; necesito espabilarme un poco todavía. Ya
tendremos tiempo para decidir eso, y aún tengo que hablar con mis padres.
El tarro de mantequilla de cacahuete cae de repente sobre la isla de
mármol con un fuerte impacto y doy un brinco.
—¡¿El año que viene?! —exclama Pedro con un gesto de puro
disgusto.
—Vale, pues el otro. —Supongo que el año que viene es un poco
pronto. Parto la tostada por la mitad y le doy un bocado a una de las
esquinas.
—¿El otro? —dice con indignación.
Lo miro y veo su hermoso semblante desfigurado de incredulidad. La
verdad es que me da igual. El siguiente, entonces, lo mismo me da. Me
encojo de hombros y continúo masticando la tostada.
Frunce el ceño, cabreado.
—Nos casaremos el mes que viene —espeta. Coge el tarro de nuevo y
mete el dedo con agresividad—. El año que viene... —farfulla sacudiendo
la cabeza.
Casi me atraganto con la tostada, y empiezo a masticar frenéticamente
para vaciar rápidamente la boca. ¿El mes que viene? ¿Se ha vuelto loco?
—¡Pedro, no puedo casarme contigo el mes que viene!
—Puedes y lo harás —dice sin mirarme.
Me paro a pensar un momento. Aún no les he dicho a mis padres que
estoy viviendo con él, y menos todavía que vaya a casarme. Necesito
tiempo.
—No, no puedo —repongo, medio riendo. Debe de estar de broma.
Me mira con ojos feroces y vuelve a dejar el tarro con un golpe. Doy
otro brinco.
—¿Perdona? —inquiere, realmente estupefacto.
—Pedro, mis padres ni siquiera te conocen. No puedes esperar que los
llame y que les dé una noticia como ésa por teléfono. —Ruego para mis
adentros que sea razonable. He visto esa cara muchas otras veces y siempre
indica que no va a ceder.
—Iremos a visitarlos. No voy a andarme con tonterías, Paula.
Bebo nerviosa otro trago de zumo mientras él sigue atravesándome
con la mirada. La idea de presentárselo a mis padres me llena de temor. ¿A
qué les digo que se dedica? Su sugerencia de decirles que regenta un hotel
no colará eternamente.
Vacilo bajo su dura mirada, pero he de mantenerme firme en esto.
—No estás siendo razonable —protesto con voz tranquila.
De todos modos, no se puede organizar una boda en un mes. Le doy
otro mordisco a mi tostada y absorbo el resentimiento que emana de cada
poro de mi hombre exigente.
—¿Me amas? —pregunta de repente.
Lo miro con el ceño fruncido.
—No preguntes tonterías. —A veces se pone imposible.
—Bien —gruñe con total irrevocabilidad mientras vuelve a centrar la
atención en el portátil—. Yo también te amo. Nos casaremos el mes que
viene. Dejo caer la tostada con exasperación.
—Pedro, no voy a casarme contigo el mes que viene. —Me levanto del
taburete, acerco mi plato a la basura y tiro la mitad de mi desayuno. Se me
ha quitado el apetito.
—Ven aquí —gruñe a mi espalda.
Me vuelvo para mirarlo y veo de nuevo su expresión de fiereza. ¿Qué
problema hay en esperar? Sólo serán un año o dos. No pienso huir a
ninguna parte.
—No —le contesto. Abre los ojos como platos—. Y no vas a
conseguir que acepte con un puto polvo. Olvídalo. —No pienso ceder.
Dicen que se debe empezar como se pretende continuar. Sé que no las
tengo todas conmigo, pero haré todo lo posible por mantener mi postura.
—Esa boca, Paula. —Su rostro se torna severo y sus labios forman una
línea recta mientras me atraviesa con la mirada—. Tres.
—¡No! —Me echo a reír—. ¡Ni se te ocurra! —Empiezo a
inspeccionar la cocina buscando una vía de escape, pero él está más cerca
de la salida que yo, así que no podré evitar que me atrape.
—Dos. —Se levanta y empieza a frotarse las manos.
—¡No!
—Uno.
—¡Pedro, vete a la mierda! —Me reprendo a mí misma por mi
lenguaje, que seguramente no ha hecho sino alimentar su enfado. Decir
tacos y desafiarlo no es una buena combinación.
—¡Esa boca! —ladra—. Cero. —Empieza a rodear la isla en dirección
hacia mí, y yo comienzo a girar por instinto hacia el otro lado—. Ven aquí
—dice con los dientes apretados, y se detiene un momento antes de venir a
por mí en la otra dirección.
Me aseguro de estar siempre al otro lado de la isla.
—No. ¿Qué prisa hay? No voy a irme a ninguna parte. —Intento que
entre en razón. Sé que en cuanto me ponga las manos encima habré
perdido.
—Ya, claro. ¿Por qué lo estás retrasando, entonces? —dice mientras
continúa persiguiéndome con calma.
—No lo estoy retrasando. Se tarda más o menos un año en organizar
una boda.
—No la nuestra. —Empieza a avanzar de prisa con expresión
amenazadora y yo corro en la dirección opuesta—. Deja de huir de mí,
Paula. Sabes que me pone muy furioso.
—¡Pues sé razonable! —Casi me echo a reír cuando de repente
cambia de dirección y yo tiro hacia el otro lado.
—¡Paula!
—¡Pedro! —lo imito burlonamente calculando las posibilidades que
tengo de llegar al pasillo y de subir la escalera sin que me atrape. No son
muchas.
—¡Ya está bien! —grita, y echa a correr hacia mí.
Salgo pitando en dirección al pasillo. Sé que no lograré llegar a la
escalera, así que pongo rumbo hacia el gimnasio e intento cerrar la puerta
de cristal. Él está pegado al otro lado, empujándola contra mí, pero con
cuidado para no hacerme daño. Podría tirarme al suelo si quisiera con un
golpe de su meñique.

No hay comentarios:

Publicar un comentario