martes, 8 de abril de 2014

Capitulo 145 ♥

Pedro aparca derrapando en el exterior de La Mansión, donde John nos
espera en la escalera. Sólo hay unos pocos coches, incluido el mío. Había
olvidado que lo dejé aquí.
—Venga, quiero terminar cuanto antes para poder tenerte unas horas
sólo para mí. —Me coge de la mano y echa a andar.
—Pues llévame a casa —refunfuño, ganándome un suave gesto de
reproche.
—Te estoy ignorando —murmura.
—Paula. —John nos saluda con una inclinación de la cabeza y nos
sigue.—
¿Todo bien? —pregunta Pedro mientras me conduce hasta el bar.
Está vacío, excepto por el personal que revolotea nerviosamente por el
lugar.Me sienta en un taburete y él toma a su vez asiento delante de mí.
Deja mi mano sobre su muslo. Localizo a Mario, que está secando copas
con un paño.
—Todo bien —murmura John—. Los del catering están en la cocina,
y el grupo de música vendrá a las cinco. Sarah lo tiene todo bajo control.
—Hace un gesto para llamar a Mario, y el vello de todo mi cuerpo se eriza
al oír que menciona el nombre de Sarah.
—Genial, ¿dónde está? —pregunta Pedro.
—En tu oficina, terminando las bolsas de regalos.
¿Bolsas de regalos? ¿Qué se mete en una bolsa de regalo para una
fiesta en un club de sexo? Ay, Dios, no quiero ni pensarlo.
Mario se acerca y hace volar el paño sobre su hombro. Su sonrisa
cálida hace que se la devuelva al instante. Es un hombre de lo más dulce.
—¿Te apetece una copa? —Pedro me aprieta la mano que tengo en su
muslo.—
Sólo agua, por favor.
—Que sean dos, Mario —dice, y luego se vuelve hacia mí—. ¿Qué
quieres comer?
Eso es fácil.
—Filete —digo entusiasmada con los ojos brillantes. El filete que
tomé aquí es el mejor que he comido nunca.
Sonríe.
—Mario, dile a Pablo que tomaremos filete con patatas nuevas y
ensalada. Comeremos en el bar.
—Por supuesto, señor Alfonso. —Mario asiente feliz, mientras coloca
dos botellas de agua y un vaso sobre la barra.
—¿Podrías quedarte aquí un momento mientras voy a comprobar
algunas cosas? —me pregunta Pedro mientras suelta mi mano, coge una
botella y me sirve un poco de agua.
Levanto una ceja en señal de desaprobación.
—¿Vas a dejar a Mario vigilándome?
—No —dice despacio, dirigiéndome una mirada rápida y cautelosa.
Oigo la risa atenuada de John—. No es necesario, ¿o sí?
—Supongo que no. —Me encojo de hombros y miro el bar—. ¿Dónde
está todo el mundo?
Se pone de pie y coloca la mano en mi muslo.
—Cerramos el día de nuestro aniversario. Hay muchas cosas que
preparar. —Me besa en la frente y coge su botella de agua—. ¿John?
—Cuando quieras —responde él.
Me aparta el pelo de la cara.
—Volveré tan pronto como pueda. ¿Seguro que aquí estarás bien?
—Estoy bien —respondo, haciéndole un gesto para que se vaya.
Me dejan en el bar rodeada por del caos del personal. Están todos
abrillantando las copas como locos y reponiendo los contenidos de las
neveras. Siento que debería echar una mano, pero en ese momento suena
mi teléfono en el bolso y lo saco. Aparece el nombre de Ruth Quinn en la
pantalla iluminada. Debería pasar de contestar, es mi día libre, pero ésta
podría ser la oportunidad para cancelar lo de ir de copas con ella.
—Hola, Ruth.
—Paula, ¿cómo estás?
Suena amistosa, demasiado amistosa.
—Bien, ¿y tú?
—Genial. Recibí tus presupuestos y los diseños. ¡Son maravillosos!
—Me alegro de que te gusten, Ruth. —Supongo que será un placer
trabajar con alguien tan entusiasta.
—Ahora que me has enseñado lo bien que podría quedar el desastre de
la planta baja, estoy impaciente por empezar.
—Genial. Entonces, supongo que has recibido la factura por mis
honorarios. En cuanto esté pagada podremos arrancar.
—La recibí. Os haré una transferencia. ¿Tienes los datos de la cuenta
bancaria? —pregunta.
—Ahora mismo no puedo dártelos. ¿Te importaría llamar a la oficina?
Es mi día libre y no los tengo a mano.
—Uy, lo siento. No lo sabía.
—Descuida, Ruth. Ha sido una cosa de última hora. No te preocupes
—le aseguro.
—¿Estás haciendo algo divertido? —pregunta.
Sonrío.
—Estoy en ello. Disfrutando un poco de mi novio. —Eso ha sonado
raro.
—Vaya...
Se hace el silencio.
—¿Ruth? ¿Estás ahí? —Miro el teléfono para ver si se ha cortado la
llamada. Pero no—. ¿Hola?
—Perdona. Es sólo que dijiste que no había ningún hombre —ríe.
—Quería decir que no había problemas con hombres.
—¡Entiendo! Bien, te dejo disfrutar entonces.
—Gracias. Te llamo la semana que viene y lo retomamos.
—Genial. Adiós, Paula. —Cuelga, y en seguida me doy cuenta de que
no ha sacado el tema de las copas. Bueno, tampoco concretó el día.
Devuelvo el teléfono a mi bolso y localizo a Mario caminando con
una caja llena de ingredientes para cócteles y fruta fresca.
—Señorita Paula, ¿se encuentra usted bien? —me pregunta.
—Estoy bien, Mario. ¿Y tú?
Deja la caja más grande sobre la barra y yo lo ayudo tirando de ella
hacia mí.
—Muy bien, ¿podría hacer usted de...? —frunce el ceño—, ¿cómo se
dice?... ¿Mi conejillo de Indias?
—¡Claro! —Lo digo con demasiado entusiasmo. Me encanta todo ese
rollo de mezclar, agitar y probar.
Sonríe y me pasa una tabla de cortar y un cuchillo de cocina.
—Usted corta —me informa pasándome una cesta con frutas variadas
de la caja.
Selecciono una fresa, le quito el pezón y la corto en dos.
—Sí, así está bien. —Mario asiente mientras empieza a verter
distintos líquidos en una gran coctelera plateada.
Yo me las apaño con todo el montón de fresas y las coloco en un
recipiente con tapa. Luego me pongo con los limones. Mario canturrea en
voz baja una canción estilo ópera italiana mientras seguimos sentados en el
bar. De vez en cuando, dejo mis tareas de pinche de frutas para observarlo
medir, verter y hacer malabarismos con los útiles de coctelería.
—Ahora viene la parte buena —sonríe mientras le pone la tapa a la
coctelera plateada y comienza a agitarla.
Le da la vuelta, la agarra y la lanza por encima de su cabeza. Gira
sobre sí mismo y la coge al vuelo. Me deja alucinada con la demostración
de sus habilidades como barman. Nunca me lo habría imaginado. Deja la
coctelera a un lado de la barra y vierte el contenido rosa en un vaso alto
con una hoja de menta y una fresa.
—Voilà! —canta ofreciéndome el vaso.
—¡Caray! —Me relamo al ver el vaso con el borde cubierto de azúcar
—. ¿Cómo lo has bautizado?
—¡Es el «sublime de Mario»! —Su voz se torna más aguda hacia el
final del nombre. Está muy orgulloso—. Pruébelo. —Empuja el vaso hacia
mí y me acerco a olerlo.
Huele muy bien pero recuerdo la última vez que Mario se empeñó en
que probara uno de sus cócteles: me quemó el gaznate. Cojo el vaso
tímidamente mientras él asiente con ganas. Me encojo de hombros y bebo
un sorbito.
—Bueno, ¿verdad? —Me deslumbra con su cara de felicidad y
empieza a tapar todos los contenedores de fruta.
—Sí. —Le doy otro sorbo. Está delicioso—. ¿Qué lleva?
Se echa a reír y niega con la cabeza.
—Ah, no, no. Eso no se lo cuento a nadie.
—¿Qué tienes ahí? —La voz ronca de Pedro me llega desde atrás y me
doy la vuelta en el taburete. Está detrás de mí, con la arruga en posición.
Levanto el vaso y sonrío.
—Deberías probarlo. ¡Ay, mi madre, está riquísimo! —Levanto la
mirada al cielo para enfatizar mis palabras.
Él se echa hacia atrás y frunce más el ceño.
—No, gracias. Te creo —dice sentándose a mi lado—. No bebas
mucho —añade mirando el vaso con expresión de reproche.
Mi cerebro se pone en marcha y de pronto me doy cuenta de lo que
acabo de decir. Qué estúpida soy.
—¡Lo siento! ¡No sé en qué estaba pensando! —Mentalmente, salto
por encima de la barra y me meto en la papelera.
Mario debe de haber notado la tensión, porque no tarda en desaparecer
y dejarme a solas con Pedro. Dejo el vaso sobre la barra. El delicioso cóctel
ya no me sabe tan dulce.
—Eh. —Me hace bajar del taburete y me sienta en su regazo. Hundo
la cara debajo de su barbilla. No puedo ni mirarlo. Pero qué tonta soy—.
No pasa nada. No te atormentes, señorita. —Se echa a reír.
A juzgar por su expresión facial, sí pasa algo. ¿O tal vez lo que le ha
molestado ha sido que yo bebiera? Se echa hacia atrás para verme bien y
me levanta la barbilla. Su mirada se suaviza.
—Deja de darle vueltas y bésame.
Obedezco y me agarro a su nuca para tenerlo más cerca. Me relajo por
completo en sus brazos y me empapo de él, gimiendo de gusto en su boca.
Noto que sonríe.
—Lo siento —vuelvo a repetir. Si es que soy una lerda.
—He dicho que ya está —me advierte—. No sé por qué te preocupas
tanto.¿No lo sabe? Lo que me preocupa es la mirada de reproche que le ha
lanzado al alcohol.
—¿Ya lo has solucionado todo? —pregunto.
—Sí. Ahora a comer y luego a casa a darnos un baño y a retozar un
rato. ¿Trato hecho? —Me mira, expectante.
—¡Trato hecho! —Lo cierto es que este trato ha sido fácil.
—Buena chica. —Me da un beso casto y me sienta en mi taburete—.
Aquí llega nuestra comida.
Hace un gesto hacia el otro lado del bar y veo que Pablo se acerca con
una bandeja. La deja sobre la barra.
—Gracias, Pablo —dice Pedro.
—Como siempre, el placer es mío. Que lo disfruten. —Me dedica una
sonrisa agradable. De hecho, todos los que trabajan para Pedro, a excepción
de cierta persona, son encantadores. Bah, no voy a dejar que me arruine mi
día en el séptimo cielo de Pedro.
Desenvuelvo mi cuchillo y mi tenedor y me lanzo a por la colorida
ensalada que lleva esa exquisita vinagreta. Necesito la receta.
—¿Está bueno?
Levanto la vista del plato con la boca llena de ensalada y Pedro se
mete el tenedor en la boca. Gimo de alegría. Podría comer sólo esto
durante el resto de mi vida. Me sonríe.
- Pedro, ¿te parece bien si el grupo se instala en una esquina del salón
de verano?
Se me tensa la espalda al oír la voz chillona de Sarah.
«¡Piérdete!»
Acabo de perder el apetito y mi humor está en números rojos. Dios,
cómo detesto a esa mujer, y ahora que Pedro ha admitido que se acostó con
ella, lo que quiero es partirle la cara.
—Me parece perfecto. ¿No lo habíamos hablado ya? —Pedro se vuelve
un poco sobre su taburete para no darle la espalda. Yo ni siquiera me
muevo. Me quedo de cara a la barra, escarbando en la ensalada con el
tenedor.
—Sí, sólo quería confirmarlo. ¿Cómo estás, Paula?
Miro mi plato con asco. Si de verdad quiere saberlo, se lo digo. Pedro
me observa, esperando a que sea educada y conteste a la arpía. Giro el
taburete y me planto una sonrisa grande y falsa en la cara.
—Muy bien, gracias, Sarah, ¿y tú?
Su sonrisa es aún más falsa que la mía. Me pregunto si Pedro se ha
percatado.
—Fenomenal. ¿Tienes ganas de que llegue la hora de la fiesta?
—Sí, muchas —miento. Tendría más ganas si supiera que ella no va a
estar.
Pedro interviene y me libra de tener que seguir intercambiando
cortesías.
—Yo me voy a marchar. Volveré a las seis. Asegúrate de que arriba
todo está en orden.
Vale, ya no hay manera de que me termine la comida. Me voy a pasar
toda la noche viendo a la gente subir la escalera para visitar el salón
comunitario.
—Las habitaciones y el salón comunitario estarán cerrados hasta las
diez y media. —Pedro señala la entrada del bar con el tenedor—. Sin
excepción —añade, muy serio.
—Por supuesto —afirma Sarah—. Bueno, os dejo a lo vuestro. Hasta
luego,Paula.
Me vuelvo ligeramente y le sonrío:
—Adiós.
Me devuelve la sonrisa pero, después de lo de anoche, es evidente que
nos detestamos mutuamente, así que toda esta falsa cortesía no tiene
sentido. Regreso a mi ensalada en cuanto puedo. No me cabe la menor
duda de que está siendo tan amable por Pedro. No creo que lo engañe.
—¿Por qué no te hace ilusión la velada? —me pregunta Pedro
mientras sigue comiendo.
—No es verdad —digo sin mirarlo.
Suelta un hondo suspiro.
—Paula, deja de tocarte el pelo. Lo estabas haciendo cuando Sarah te ha
preguntado y lo estás haciendo ahora. —Me da un pequeño golpe con la
rodilla y suelto el mechón de pelo al instante.
Dejo el tenedor en el plato.
—Lamento que no me haga ilusión asistir a una fiesta donde cada vez
que alguien me mire o me hable estaré pensando que lo que de verdad
quiere es arrastrarme al piso superior y echarme un polvo.
Doy un salto cuando Pedro golpea la barra con el cuchillo y el tenedor.
—¡Por el amor de Dios! —Aparta el plato de un manotazo, fuera de
mi campo de visión. Empieza a masajearse las sienes—. Paula, vigila esa
boca —gruñe, hastiado.
Me coge de la mandíbula y tira de ella. Sus ojos verdes resplandecen
de ira.
Nadie va a hacer tal cosa porque todos saben que eres mía. No digas
esas cosas, que me vuelven loco de rabia.
Su tono severo hace que me achique un poco.
—Lo siento. —Sueno gruñona, pero es la verdad. Podrán pensar lo
que quieran, ¿o acaso puede leerles el pensamiento?
—Por favor, intenta mostrar mejor predisposición. —Me suelta la
mandíbula y me acaricia la mejilla—. Quiero que te lo pases bien.
Su expresión suplicante me da ganas de patearme el culo. Se ha
gastado vete a saber cuánto en los vestidos que me ha regalado y esta
noche es muy especial para él. Soy una zorra desagradecida. Me siento en
su regazo, de cara a él. Por supuesto, le importa un pimiento que mis
piernas le estén rodeando la cintura y que estemos sentados en el bar.
—¿Me perdonas? —Le muerdo el labio inferior con descaro y le doy
un beso de esquimal.
—Eres adorable cuando te enfurruñas —suspira.
—Tú siempre eres adorable —le devuelvo el cumplido y nuestros
labios se funden—. Llévame a casa —le digo pegada a su boca.
Gime.
—Trato hecho. Levanta. —Se pone de pie conmigo y yo aflojo el
abrazo de hierro de mis muslos alrededor de sus caderas.
—¡Ay, no! —exclamo.
—¿Qué? —Me mira preocupado.
—Tengo que comprar whisky para Clive.
—¿Por qué? —Frunce el ceño.
—Como ofrenda de paz. ¿Podemos parar en algún sitio de camino a
casa?
Pone los ojos en blanco y me coge de la mano.
—Clive ha sacado una buena tajada de esto, y ni siquiera cumplió con
su parte —dice Pedro, encaminándose hacia la salida de La Mansión.
Me despido con la mano de Mario y de Pablo y ellos me devuelven el
saludo. —¿Cuánto le pagaste?
—Al parecer, no lo bastante como para que hiciera bien el trabajo. —
Me mira y sonrío para que me dedique su sonrisa arrebatadora—. No me
mires así cuando no estoy en condiciones de hacerte mía, Paula. Sube al
coche. Trago saliva ante su falta de pudor.
—Y ¿qué hay del mío? —digo observando mi Mini.
—Haré que alguien lo lleve a casa —responde mientras me abre la
puerta del acompañante.

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