Cuando la habitación entera aparece ante mi vista, me concentro en
mantener estable la respiración. Me resulta difícil. La música de fondo que
inunda mis oídos es la esencia absoluta del sexo y no hace sino aumentar el
ritmo de mis latidos.
La enorme sala es tan hermosa como la recordaba, con todas esas
vigas expuestas y los candelabros dorados tenuemente iluminados. Las
cortinas austríacas están echadas sobre las ventanas de guillotina
georgianas, y eso, unido a la escasa luz de los candelabros, proporciona el
elemento clave; es sensual y erótico, pero no de una manera sórdida. No
sabría decir exactamente por qué. Me encuentro rodeada de gente semi o
completamente desnuda e, irónicamente, yo estoy admirando la
decoración.
«Joder. ¡Hay gente desnuda por todas partes!»
Pedro saluda a muchas personas conforme avanzamos por la
habitación. Las mujeres se embelesan y se ponen derechas al advertir su
presencia, a pesar de que él me agarra de la mano con fuerza. Me siento
fuera de lugar, principalmente porque estoy totalmente vestida. Lo miro y
veo lo poco que le afecta encontrarse en este entorno. ¿Por qué iba a
afectarle? Él está acostumbrado a esto. Ante mi vista se están
desarrollando varias escenas, y todas ellas me confunden, pero a la vez me
cautivan por completo. Es difícil no mirar.
Pedro me sonríe y me da un pequeño apretón en la mano.
—¿Estás bien? —pregunta tras detenerse y volverse para mirarme.
Asiento y le ofrezco una leve sonrisa. Al sentir que me acaricia el
pulgar con el suyo, bajo la vista hacia nuestras manos unidas. Ha eliminado
literalmente toda la ansiedad que sentía con su tacto. Vuelvo a mirarlo a la
cara. Él también observa nuestras manos. Continúa acariciándome y se
vuelve hacia una mujer joven, que no llegará a los treinta años, amarrada a
una pesada estructura de madera, como la de la ampliación. Tiene los ojos
vendados con un paño de seda negro y la boca ligeramente abierta.
Delante de ella se encuentra un hombre desnudo de cintura para arriba
con las piernas ligeramente separadas que sostiene una fusta. Sus ojos
reflejan lujuria y apreciación conforme recorre lentamente las curvas de
sus senos con la punta. Ella se estremece ante su tacto.
Pedro mueve un poco la mano y lo miro, pero tiene la vista fija en la
escena que acontece ante nosotros. Vuelvo a centrarme en la mujer atada
mientras el hombre le pasa la fusta por la parte delantera, entre sus pechos
y hacia su abdomen. Le rodea el ombligo con la punta con movimientos
estudiados y meticulosos. Ella está gimiendo.
Cambio de postura y Pedro me mira con curiosidad. No le hago caso y
observo cómo el hombre continúa con su práctica hasta que la fusta
alcanza el punto en el que se unen los muslos. Ella exhala un fuerte
gemido. Él pega la boca contra la suya para absorber sus sonidos. Deja la
fusta y la sustituye por sus dedos. Le separa los labios e inicia una lenta
fricción, arriba y abajo, aumentando su placer y sus gemidos. La joven
arquea el cuerpo y tira de las ataduras que la retienen sujeta a la estructura
indicando que ya está cerca.
Estoy sudando, siento algo de claustrofobia y el ritmo de mi corazón
se ha acelerado aún más. Su compañero responde a sus sonidos acelerando
sus caricias y besándola con más fuerza. El sonido de sus lenguas
combatiendo se vuelve desesperado y, con un grito ahogado, ella alcanza el
clímax y su cuerpo tensa las ataduras mientras él continúa acariciándola
lentamente para agotar hasta la última chispa de placer. Ella se desploma y
deja caer la barbilla sobre el pecho. Suelta un leve grito de sorpresa y Pedro
me aprieta la mano en consonancia. Ha sido muy intenso, y estoy
totalmente asombrada. No somos los únicos que observan la erótica escena
que se desarrolla ante nosotros, pues ha atraído el interés de bastante gente,
que se ha reunido alrededor de la pareja. Miro a mi alrededor y reconozco a
varias personas que estaban en el bar y en la cena, sólo que ahora están
desnudos o en paños menores. Hay que tener mucha seguridad en uno
mismo para frecuentar el salón comunitario.
Pedro tira de mi mano para captar mi atención y lo miro, pero sólo me
señala la escena con la cabeza. Ahora el hombre besa a la joven con
agradecimiento. Recoge la fusta del suelo y se acerca lentamente a la
espalda de la mujer arrastrando el artefacto por el suelo. Ella no puede
verlo, pero su cuerpo se tensa de nuevo y levanta la cabeza, jadeando, al
intuir sus intenciones. Él empieza a acariciarle la espalda pasándole las
puntas de los dedos arriba y abajo por la columna y después por las nalgas
de su trasero. Ella murmura de satisfacción, y creo que yo también lo he
hecho. Pedro me mira. Me ha oído.
«¡Joder!»
El hombre acaricia sus nalgas firmes y perfectas, las frota y las amasa
con la palma de la mano, y gruñe al ver cómo ella arquea la espalda y la
relaja de nuevo. Tras unos cuantos minutos manipulando y frotando su culo
firme, retira la mano y la mujer se pone tensa.
Sabe lo que va a pasar. Yo sé lo que va a pasar, y el aumento en la
presión con la que Pedro me sostiene la mano confirma que él también lo
sabe, pero no puedo apartar la vista. El hombre levanta la fusta y, con un
rápido movimiento, azota una de sus nalgas. Ella grita. Me estremezco ante
el alarido, aparto la mirada de la escena y hundo el rostro en la inmensidad
del pecho de Pedro. Antes de que me dé cuenta, su mano sujeta mi cabeza y
la aprieta contra su hombro para pegarme más todavía a su cuerpo. La
presión de su mano alrededor de la mía se intensifica y oigo otro golpe. Me
suelta la mano y me envuelve la espalda. Mis brazos quedan aprisionados
entre nuestros torsos. Su cuerpo me protege por completo y, a pesar del
ambiente que me rodea y de lo que está sucediendo, éste es el lugar más
reconfortante en el que he estado jamás.
—Esto no va contigo, continuemos —me susurra al oído.
¿Continuar, adónde? ¿Y eso sí que irá conmigo? Siento tristeza
cuando separa su enorme cuerpo del mío, pero dejo que me tome de la
mano y me guíe. Oigo el golpe de la fusta de nuevo, una y otra vez,
mientras abandonamos la zona, y cierro los ojos con fuerza con cada golpe,
conteniendo el aliento. Soy incapaz de asimilar lo que acabo de presenciar.
¿Placer y dolor? ¡Sólo placer, por favor! Esa parte no estaba mal, pero
entonces recuerdo la vez que Pedro me esposó y las fuertes palmadas que
me daba en el culo mientras se hundía en mí. No voy a fingir que no
disfruté de aquel polvo de castigo.
—¿Qué es esa música? —pregunto cuando doblamos una esquina y
nos acercamos a un grupo de personas.
Me mira con una sonrisa.
—Enigma. ¿Por qué? ¿Te pone cachonda?
—No —bufo. ¡Aunque lo cierto es que sí!
En realidad me está excitando todo esto, pero no voy a admitirlo,
aunque mi dedo, que juguetea frenéticamente con mi pelo, me delata. Pedro
se echa a reír, me baja la mano y me coloca delante de una mujer y de tres
hombres.
Se agacha hasta estar a mi altura.
—Para que quede claro. Nosotros no vamos a hacer esto nunca.
Lo miro y él me guiña un ojo. Es amargamente adorable, y agradezco
la aclaración, porque no pienso compartirlo con nadie.
—¿Y lo otro? —digo con fingido desinterés, intentando no sonar
esperanzada. Y creo que cuela.
Me mira directamente a los ojos.
—No voy a compartirte con nadie, Paula. Ni siquiera con sus miradas.
Parece ofendido, y sonrío, pero no me refería a hacerlo aquí en
concreto. Hay suites privadas. Joder, pero ¿qué me pasa? Centro la
atención de nuevo en la escena que tenemos delante.
Hay una mujer tumbada sobre una mullida colcha de pieles. Tiene las
manos atadas holgadamente con una tira de cuero suave. Al mirar a Pedro,
se pasa la lengua por los labios. Dejo escapar una carcajada ante su
descaro. ¿Otra más? Está totalmente desnuda y sus ojos están cargados de
deseo cuando desvía la mirada de Pedro a los tres hombres desnudos que se
ciernen sobre ella. Es obvio que desea que él también participe, y estoy
convencida de que lo que estoy a punto de ver está dedicado a él.
Los tres hombres adoptan posiciones, se arrodillan en distintos
lugares alrededor de su cuerpo echado y le ponen las manos encima en
diferentes lugares. Ninguno de ellos va a la misma zona. Todos saben el
lugar de su cuerpo que les corresponde.
Uno desciende la cabeza hasta su pecho y empieza a rodearle el pezón
con la lengua hasta endurecérselo.
Otro hombre está realizando la misma práctica sensual en el otro
pecho, trabajando al unísono con el otro miembro, como si supieran
perfectamente cómo complacerla. Los suspiros y las exhalaciones de la
mujer indican que su empeño funciona. Mis propios pezones se erizan y se
endurecen, y me aparto un poco al darme cuenta de que Pedro me está
observando. Lo miro y él desvía la mirada, pero en su rostro se atisba una
sonrisa maliciosa. Sabe que estoy excitada. Siento vergüenza y vuelvo a
centrarme en la escena, esperando que mi cuerpo se comporte. El tercer
hombre se ha unido y la está acariciando entre los muslos.
«¡Joder!»
Su propia humedad permite que los dedos se deslicen por la entrada
de su cuerpo con facilidad. El hombre retira la mano, estira el brazo y le
pasa los dedos mojados por el labio inferior. La lengua de la mujer sale
disparada para lamerlos. Después desliza los dedos hasta su barbilla y
empieza a descender por el centro de su cuerpo hasta llegar a su sexo. Ella
eleva la pelvis en respuesta y lanza un grito de frustración cuando él retira
la mano. El hombre apoya el brazo libre sobre su vientre para evitar sus
movimientos y hunde dos dedos en su cuerpo, sonriendo ante sus intentos
de liberarse.
Observo la escena totalmente hipnotizada mientras ella capta la
atención del público con unos gemidos intermitentes que indican a los
hombres que la están haciendo una mujer muy feliz, y me sorprendo al
sentirme tremendamente excitada. Esos hombres la están colmando de
atenciones, y el único placer que reciben es el que ella obtiene.
Sé que Pedro me está observando de nuevo y soy incapaz de mirarlo a
la cara.
Justo entonces, el tipo que está entre sus muslos hace un gesto, una
señal silenciosa, a los hombres que trabajan en sus pechos, y todos dejan de
tocarla a la vez. Ella grita ante la pérdida de contacto, pero lanza un alarido
de placer cuando le levantan las piernas, le separan las rodillas y una boca
se hunde en sus pliegues hinchados. Instintivamente, cruzo las piernas y
siento que Pedro relaja un poco la mano antes de volver a apretármela con
fuerza.
Otro de los hombres reclama entonces su boca con avaricia, y el
tercero vuelve a centrarse en sus pechos. Recoge con las manos ambos
montículos, juguetea con ellos y los pellizca. Su lengua traza una línea
entre ellos y finalmente divide la atención entre los dos a intervalos
constantes. Los tres la miran con frecuencia a la cara y ella los recompensa
con una mirada de pura satisfacción, lo que parece estimularlos todavía
más. Está siendo adorada por tres hombres magníficos y, a no ser que seas
una monja, es inevitable excitarse.
De pronto, su cuerpo se tensa visiblemente, señal de que está a punto
de tener un orgasmo. Yo me tenso al instante también. La tensión aumenta
cuando ellos advierten que está cerca y de repente todo se acelera. El
hombre que está en su boca atrapa sus gemidos con un beso intenso, y el
otro le separa aún más las rodillas para acceder mejor a ella. Trabajan en
equipo con la intención de hacerla estallar.
Y entonces ella se deshace en un sonoro alarido, amortiguado
ligeramente por la boca de uno de los hombres. Siguen trabajando durante
su orgasmo, ralentizando la fricción y la velocidad de sus caricias y
lametones. Ella se relaja y se queda en silencio mientras los hombres
vuelven a acariciar su cuerpo con la boca y las manos. El que está a la
altura de su boca deja sus labios, le desata la tira de cuero, le libera las
manos y sonríe al ver que ella se frota las muñecas ligeramente. Al cabo de
unos minutos, se tumba sobre la colcha de pieles. Sus acciones simbolizan
la satisfacción personificada, y su mirada vuelve a posarse en Pedro.
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