El salón de verano está increíble. Tessa ha hecho un trabajo magnífico con una paleta básica de
blancos y verdes. Hay blanco por todas partes, con notas de follaje verde entre las montañas de calas
que adornan cada espacio vacío. Las sillas están cubiertas de organza blanca atada con grandes lazos
verdes por detrás, y hay hojas de helecho esparcidas sobre las mesas. Jarrones altos llenos de agua
cristalina y repletos de calas blancas presiden las mesas.
Elegancia sencilla, sin aspavientos.
He picoteado de los tres platos del menú, sin vino, he jugueteado con la servilleta y he dado
conversación a todos los que se han acercado a mi mesa. Cualquier cosa con tal de no mirar a Pedro.
John, el padrino, ha dado un discurso breve y dulce, sobre todo breve. No ha dicho nada sobre desde
cuándo son amigos, el tío Carmichael o los viejos tiempos. El hombre de pocas palabras ha sido fiel
a sí mismo pese a ser el padrino, y nadie lo ha abucheado ni ha protestado por la brevedad o la falta
de sentido del humor de su discurso. John no cuenta chistes, aunque parece que le hace mucha gracia
la forma en que Pedro se porta conmigo.
Y mi padre. Estoy a punto de llorar al verlo pelear con sus notas garabateadas en pósits
amarillos, recordando mi infancia, advirtiendo a los presentes acerca de mi vena guerrera, y luego
contándoles la historia de la vez que me pillaron robando una gominola y me comí la prueba del
delito. Levanta la copa y se vuelve hacia nosotros.
—Buena suerte, Pedro. —Lo dice tan serio que todos los invitados se echan a reír.
A mi hombre se le dibuja una amplia sonrisa en la cara y levanta también la copa, luego se pone
en pie (sin mover el brazo para no tirar de mi muñeca). Aplauden a mi padre cuando vuelve a
sentarse y se bebe su whisky de un trago. Mi madre le masajea los hombros, sonriente.
Pedro deja su agua en la mesa y se vuelve hacia mí, se pone de rodillas y me coge las manos.
Enderezo la espalda y echo un vistazo a la sala. Todo el mundo nos mira. ¿Por qué no puede seguir
las reglas?
Sus pulgares dibujan círculos en el dorso de mis manos y luego juega con mis anillos, dándoles
la vuelta y colocándolos del derecho. Alza sus gloriosos ojos verdes y dos rayos deslumbrantes de
pura felicidad me noquean. Lo hago feliz incluso cuando intento evitar hablar de algo sobre lo que de
verdad tenemos que hablar. Después de mi ardua batalla por hacer hablar a este hombre, ahora soy
yo la que prefiere enterrar las cosas bajo la alfombra. Soy yo la que echa a correr, aunque estoy
huyendo de un problema que ha creado él.
—Paula —comienza en voz baja, aunque estoy segura de que lo ha oído todo el mundo, puesto
que el silencio es atronador—. Mi preciosidad —sonríe—. Eres toda mía.
Se levanta un poco y me besa con ternura.
—No necesito ponerme de pie y anunciarles a todos lo mucho que te quiero. No me interesa
complacer a nadie, sólo a ti.
Se me hace un nudo en la garganta y sólo acaba de empezar.
Suspira.
—Me has conquistado, nena. Me has hecho tuyo, y tu belleza y tu fuerza me han embriagado.
Sabes que no puedo vivir sin ti. Has hecho que mi vida sea tan hermosa como tú. Has hecho que
quiera tener una vida que valga la pena, una vida a tu lado. Tú eres todo lo que necesito. Necesito
verte, escucharte, sentirte. —Deja caer mis manos y me acaricia los muslos—. Amarte.
Me tiene en el bolsillo. Tiene a mi madre en el bolsillo. Tiene a todos los presentes comiendo
de su mano. Me muerdo con fuerza el labio inferior para no dejar escapar un sollozo, siento un nudo
que me atenaza la garganta y los ojos llenos de lágrimas. Miro el apuesto rostro de Pedro , mi marido
arrollador, que arrasa con mi cuerpo y con mis emociones.
—Necesito que me dejes hacer todo eso, Paula. Necesito que me dejes cuidar de ti para siempre.
Oigo a mi madre sollozar en silencio y no puedo evitar unirme a ella. Ahora no. Solía
incapacitarme con sus caricias. Ahora me incapacita con sus caricias y además con sus palabras.
Estoy destinada a una vida de placer que me deje tonta, de ternura que me derrita y de emociones de
infarto. Va a dejarme incapacitada de por vida.
—Lo sé —susurro.
Asiente y deja escapar una gran bocanada de aire antes de levantarse y apretarme contra su
cuerpo. Me rodea con la mano que no tiene esposada y me aprieta con todas sus fuerzas para
compensar por la mano que falta. Hundo la cara en su cuello y respiro hondo, su fragancia fresca y
mentolada me hace cerrar los ojos con un suspiro de satisfacción. Necesito hilvanar mis ideas y
empezar a pensar cómo voy a lidiar con esto. No va a desaparecer por mucho que yo quiera.
La sala ha dejado de estar en silencio. Para cuando me libero del abrazo de Pedro, la gente se ha
puesto en pie y un aplauso respetuoso retumba contra las paredes. Debería sentirme avergonzada,
pero no es así. Me ha hablado como cuando estamos solos para demostrarme que no le importa
dónde estemos o con quién, dondequiera y cuandoquiera, como ha sido siempre y como siempre será.
Mi madre se nos acerca y abraza a Pedro.
—Pedro Alfonso, te quiero —le dice al oído mientras él la abraza con una mano—. Pero quítale
las esposas a mi hija, por favor.
—De eso, nada, Alejandra.
Mi madre lo suelta y le da un golpe en el hombro. Kate se abalanza entonces sobre él.
—Ay, Dios, quiero besarte los pies.
Pongo los ojos en blanco. La gente se acerca para felicitar a mi ex donjuán neurótico por su
discurso y mi muñeca tira de mí en todas direcciones. Es el día de nuestra boda y no quiero estar
presente. Kate, mi madre y toda esta gente se interpone en mi camino. Lo quiero sólo para mí, pero
están a punto de llegar los invitados para la fiesta de esta noche, así que no podemos irnos.
Después de haber recibido un millón de besos en la mejilla y de que Pedro haya estrechado la
mano de todos, empieza a tirar de mí para que salgamos del salón de verano.
—¿Paula?
Me vuelvo y veo a mi hermano. Casi desearía que no estuviera aquí. Lo está pasando mal y me
duele verlo. Me miro la muñeca y me pregunto cómo podría convencer a Pedro para que me suelte.
No lo ha hecho por mi madre y dudo mucho que lo haga por mi hermano. Sé que Dan no se fía de
Pedro, y sé que él lo sabe. Levanto la vista y veo que Pedro me está mirando. Sabe lo que estoy
pensando y sé que no le gusta, pero aun así se lleva la mano al bolsillo y saca una pequeña llave.
Sin pronunciar ni media palabra, me libera de las esposas y las deja colgando de su muñeca.
—Ve —me dice en voz baja al tiempo que le dirige una mirada amenazadora a Dan.
Mi hermano se la devuelve con el mismo matiz intimidatorio. No necesito esto, y desde luego no
con dos de los hombres más importantes de mi vida. Sé por qué Dan se muestra tan receloso, a pesar
de no saber de la misa la media, y también sé por qué Pedro se comporta así. Dan es una amenaza. Es
mi hermano, pero sigue siendo una amenaza, al menos así es como lo ve Pedro.
Beso a mi hombre en la mejilla y siento cómo su mano se desliza por mis caderas y mi trasero.
Luego aparta la vista de Dan y me besa en los labios.
—No tardes —me dice soltándome y echando a andar en dirección al bar.
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