«¡¿Qué?!»
Casi le muerdo la lengua a causa del shock. Continúa tomándome la
boca, como si no acabara de decir lo que acaba de decir después de
eyacular en mi boca y de tenerme inmovilizada.
Por fin se aparta y observa mi rostro estupefacto.
—Cásate conmigo —me ordena con voz suave.
—¡No puedes pedirme eso teniéndome esposada a la cama! —
respondo. Joder, ¿y si digo que no? ¿Me echará un polvo para hacerme
entrar en razón, ya que estamos?
¡Seguro que sí!
—¿Necesitas que te haga entrar en razón? —dice tranquilamente, y
vuelve a tomar mis labios.
Estoy completamente pasmada. ¡No puede sacarme un sí a polvos
tratándose de algo tan serio! Me echo a reír para mis adentros porque lo
cierto es que sí que puede y que seguramente va a hacerlo.
Se aparta, baja la mirada y suspira.
—Era una broma, muy inoportuna. —Se muerde el labio y su cerebro
empieza a dar vueltas dentro de esa hermosa cabeza que tiene.
Finalmente vuelve a mirarme, yo trato de cambiar mi expresión de
pasmo, pero es difícil. Me ha esposado a la cama, se ha masturbado sobre
mí, se ha corrido en mi boca y después me ha pedido que me case con él.
Este hombre está loco de atar. Estoy tumbada debajo de él, completamente
estupefacta, y no me viene a la cabeza ninguna respuesta apropiada.
—Me absorbes por completo, Paula—dice—. No sé vivir sin ti. Soy
totalmente adicto a ti, nena —añade con voz suave e insegura. Mi ex
mujeriego dominante y seguro de sí mismo está nervioso—. Me
perteneces. Cásate conmigo.
Lo miro directamente a su hermoso rostro, todavía absolutamente
sorprendida. Esto no me lo habría esperado jamás. Hace tan sólo unas
horas que he decidido mudarme aquí, aunque Pedro, en su locura, me obligó
a mudarme hace una semana. No para de morderse el labio frenéticamente
y me observa mientras yo intento asimilar lo que está pasando. Tengo
veintiséis años y él treinta y siete. ¿Por qué estoy pensando en la diferencia
de edad ahora? Hasta el momento nunca me ha importado. En cambio, lo
que sí debería preocuparme es su personalidad más que difícil. Ni siquiera
voy a plantearme que vaya a cambiar si accedo a casarme con él. Nunca lo
hará, forma parte de su persona, del hombre al que amo.
—De acuerdo —digo de pronto. Las palabras escapan en un susurro de
mi boca sin pensarlo mucho. Es el paso siguiente que tenemos que dar.
Puede que sea un poco prematuro, pero me lo pida hoy o dentro de un año,
la respuesta será siempre la misma—. Eres mi vida —añado para reafirmar
el amor que siento por él. Quiero estar pegada a él eternamente, a pesar de
su compleja personalidad. Lo amo. Lo necesito.
Mi expresión de sorpresa se ha mudado al rostro de Pedro, y su mente
da tantas vueltas que creo que la cabeza va a empezar a echarle humo.
—¿Sí? —pregunta con voz suave.
—Es instintivo —digo encogiéndome de hombros, y entonces soy
consciente de que sigo esposada a la cama—. No hace falta que me hagas
entrar en razón. ¿Te importaría soltarme ya?
El pánico lo invade. Se incorpora para coger la llave de la mesilla de
noche y me libera rápidamente. Me froto las muñecas para resucitarlas,
pero apenas me da tiempo. Pedro me arrastra bajo su cuerpo y me abraza
con fuerza. ¿Creía que iba a decir que no?
¡Joder, joder! Acabo de acceder a casarme con este ex mujeriego
neurótico y controlador al que sólo conozco desde hace unas semanas.
Madre mía, a mis padres les va a dar algo.
Se deja caer de nuevo sobre la cama, me arrastra consigo y hunde el
rostro en mi cuello. Sigo agarrándome con fuerza y no tengo ni el valor ni
las ganas de decirle que afloje un poco. No pienso ir a ninguna parte. Ya
no.
—Voy a hacerte inmensamente feliz —dice con la voz entrecortada.
Me retuerzo un poco para liberarme, pero él mantiene el rostro en el
mismo sitio sin moverse. Me esfuerzo un poco más y consigo apartarme lo
suficiente hasta verle los ojos. Los tiene húmedos.
—Ya me haces feliz. —Le acaricio la cara y le paso el pulgar por
debajo del ojo para recoger una lágrima derramada—. ¿Por qué lloras? —
pregunto luchando contra el nudo que se me ha formado en la garganta y
que hace que mi propia voz suene temblorosa.
Él sacude la cabeza con suavidad y se pasa las manos rápidamente por
la cara.—
¿Ves lo que me haces? —Me agarra la cara y me la acerca a la suya
hasta que estamos frente a frente—. No puedo creer que estés en mi vida.
No puedo creer que seas mía. Eres tan... importante para mí, nena. —Sus
ojos me recorren el rostro y sus manos me palpan las mejillas como para
comprobar que soy real.
—Tú también eres muy importante para mí —respondo en voz baja.
Espero que sea consciente de hasta qué punto. Para mí lo es todo..., es todo
mi universo.
Sonríe suavemente.
—¿Ya somos amigos?
—Siempre. —Le devuelvo la sonrisa.
—Bien, mi misión aquí ha terminado. —Se coloca entre mis muslos y
empieza a hundirse en mí lentamente—. Ahora vamos a echar un polvo
soñoliento de celebración. —Coge el mando a distancia y apaga la música
—. Quiero oír cómo te corres conmigo. —Abre la boca y gime. Yo acepto
sus labios y él me agarra de las manos, sosteniéndolas por encima de mi
cabeza. Retrocede y empuja hacia adelante.
—El de antes era un polvo de petición de matrimonio —digo
alrededor de su boca, y noto cómo sonríe contra mis labios, pero no dice
nada ni me regaña por mi lenguaje.
Continúa entrando y saliendo a un ritmo pausado, hundiéndose
profundamente, moviendo las caderas suavemente y volviendo atrás.
Recupero mi anterior estado de excitación y los remolinos de calor se
reactivan en mi cuerpo y se preparan para liberarse. Sus suaves embates
embrujan mi cuerpo, como de costumbre.
Se aparta de mi boca y continúa con sus exquisitas arremetidas.
—Vas a convertirte en la señora Alfonso. —Su aliento fresco me
calienta el rostro mientras me mira.
—Así es. —Eso se me hará raro.
—Serás mía para siempre.
—Ya lo soy. —Ese barco ya hace tiempo que zarpó.
Cierra los ojos con fuerza y yo siento la llegada inminente de su
orgasmo en mi interior, lo que me empuja también a mí al clímax.
—Te adoraré todos los días durante el resto de mi vida —suelta—.
¡Joder!—
Joder —suspiro, y me tenso debajo de él, mientras mi sexo
palpitante se acelera con rápidas y continuas pulsaciones.
Bombea una y otra vez y me besa con desesperación mientras gruñe
con cada embestida, sosteniéndome todavía las manos por encima de la
cabeza. Deja escapar un grito y yo envuelvo las piernas alrededor de sus
caderas para acercarlo más a mí, lo que me empuja a una vertiginosa caída
libre de intensos temblores cuando un relámpago de placer recorre todo mi
cuerpo y me deja jadeando y sudando debajo del suyo. Él hunde la cabeza
contra mi cuello con la respiración agitada y entrecortada.
—No puedo respirar —dice soltándome las manos. Inmediatamente
envuelvo su fuerte y cálida espalda con ellas y me quedo atrapada debajo
de él. Eleva la cabeza y su cara repta por la mía hasta que encuentra mis
labios—. Te amo con locura, nena. Me alegro de que hayamos hecho las
paces. Sonrío, él se tumba y hace que me dé la vuelta hasta colocarme a
horcajadas sobre su cintura. Apoyo las manos en su pecho y me las cubre
con la suyas mientras yo trazo vagos círculos con las caderas.
—Lo sé. Pero si voy a casarme contigo, vas a tener que responderme a
algunas preguntas —digo con una voz asertiva equivalente a su tono de
«No te atrevas a desafiarme». No sé si funcionará, pero por probar que no
quede. Arquea las cejas.
—No me queda otra, ¿verdad?
—No —aseguro con altanería.
No hay comentarios:
Publicar un comentario