—¡Sal! —La voz le tiembla a causa de la ira, pero me importa una
mierda.
Cojo la manija y tiro para cerrarla, pero él interpone su cuerpo.
—¡Pedro, vete a la mierda!
—¡Esa boca!
—¡Que te jodan! —grito. Estoy afónica, y mis cuerdas vocales me
suplican que me calme. Nunca había gritado tanto. Estoy temblando de la
rabia. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a portarse así después de todo lo
que me ha hecho pasar?
—¡Vigila esa puta boca! —Se acerca y me coge.
Me resisto y peleo, pero no tengo fuerza alguna comparada con él. Me
saca a la fuerza de Margo Junior y me sujeta por la espalda. Sigo
pataleando y dando codazos. Me rodea la cintura con el brazo y me levanta
del suelo sin esfuerzo, y a continuación me lleva a su coche mientras grito
y pataleo como una cría de tres años.
—¡Suéltame!
—Cierra esa boca tan sucia que tienes, Paula —gruñe entre dientes,
cosa que sólo me anima a seguir pataleando y dando manotazos.
Me está secuestrando a la fuerza en pleno Notting Hill, bajo la atenta
mirada de mi mejor amiga, de su novio y de John. ¡Me muero de la
vergüenza! No me puedo creer que la cosa se haya ido tanto de madre.
Todo iba bien. Estaba a punto de marcharme, y entonces aparece este
cabrón neurótico y lo llena todo de mierda. Quiero levantar la cabeza y
gritarle al cielo.
Me resisto un poco más y voy a por el brazo con el que me sujeta por
la cintura.
—Estás montando un espectáculo, Paula—me advierte.
Miro alrededor y veo que hay muchísimos peatones que han dejado de
hacer lo que estuvieran haciendo para ver la dramática escena que acontece
ante sus ojos. Dejo de resistirme, más que nada porque estoy exhausta.
Permito que me meta en el coche, aunque le doy un par de manotazos
cuando intenta ponerme el cinturón de seguridad.
Me coge de la barbilla y me acerca la cara.
—¡Haberte portado bien! —Sus ojos verdes lanzan rayos furibundos,
pero lo miro desafiante antes de apartar el rostro.
Me incorporo sobre el cuero negro y cálido e intento recobrar el
aliento.
Mañana no pienso ir a La Mansión, y el sábado me iré al pub.
También tengo intención de marcharme del Lusso. Aunque tampoco es que
ya me haya mudado allí, a pesar de que Pedro piense lo contrario.
Se acerca a John, a Kate y a Sam. Están hablando pero no sé qué
dicen. Pedro agacha la cabeza y Kate le pone una mano en el brazo para
consolarlo. ¡Es una puta traidora! ¿Por qué todo el mundo lo mima a él
cuando soy yo la que ha sido secuestrada por un loco peligroso?
John sacude la cabeza y roza la mandíbula de Pedro con los nudillos,
pero él lo aparta de mala manera. Puedo leer «tranquilízate» en los labios
de John. Pedro los deja, alza los brazos al cielo y se tira del pelo rubio
despeinado con frustración. John sacude la cabeza y sé que esta vez se
limita a decir: «Hijo de perra.»
¡Muy bien! John está de acuerdo conmigo. «Cualidades
desagradables», creo que fueron las palabras de John. La verdad es que no
veo cómo podría ponerse mucho más desagradable. Esta vez se le ha ido la
pinza del todo.
Cuando sube al coche, le doy la espalda y miro por la ventanilla del
acompañante. No pienso dirigirle la palabra. Se ha pasado de la raya. Pone
el coche en marcha y arranca a tal velocidad que me estampo contra el
asiento. Como si su forma habitual de conducir no diera ya bastante miedo.
No me apetece nada ser su pasajera hoy.
—¿Cómo has sabido dónde estaría? —pregunto mirando aún por la
ventanilla.
Con el rabillo del ojo lo veo hacer una mueca. Agita la mano. Se la ha
lastimado.
—Eso no importa.
—Sí que importa. —Me vuelvo y contemplo su perfil ceñudo. Hasta
cabreado sigue siendo una bestia hermosa—. Iba todo bien hasta que has
aparecido.
Gira la cabeza y yo le devuelvo una mirada iracunda.
—Estoy muy cabreado contigo. ¿Lo has besado?
—¡No! —aúllo—. Él ha intentado besarme y le di un empujón. Estaba
a punto de irme. —Me duele la frente de tanto fruncir el ceño.
Me sobresalto cuando empieza a pegarle puñetazos al volante.
—No vuelvas a decirme que soy posesivo, celoso y que exagero, ¿me
has oído?
—¡Eres más que posesivo!
—Paula, en dos días te he pillado con dos hombres que estaban
intentando meterse en tus bragas. Dios sabe qué habrá pasado cuando no
estaba presente.
—No seas imbécil. Estás paranoico. —Sé que no lo está. Tiene razón,
pero lo que yo quiero saber es por qué, de repente, a Mikael le interesa mi
relación con Pedro—. ¿De qué conoces a Mikael?
—¿Qué?
—Ya me has oído.
Sé que se lo está pensando porque el labio inferior ha desaparecido
entre sus dientes.
—Le compré el ático, Paula. ¿De qué crees que lo conozco?
—Le pareció muy interesante que le dijera que hacía más o menos un
mes que salía contigo. ¿Por qué será?
Se vuelve otra vez para mirarme.
—Y ¿por qué carajo hablas con él sobre nosotros?
—No hablo con él de nada. ¡Me hizo una pregunta y le contesté! ¿Por
qué le parece tan interesante, Pedro?
Estoy perdiendo el control. Aparto la mirada y respiro hondo,
intentando calmarme.
—Ese hombre te desea, créeme.
—¡¿Por qué?! —grito mirándolo fijamente.
Se niega a mirarme.
—¡Porque sí, joder! —ruge.
Salto hacia atrás en mi asiento, asustada y frustrada por su respuesta
iracunda y vaga. Esta conversación no lleva a ninguna parte. Él tiene que
tranquilizarse y yo también. Le preguntaré lo que tenga que preguntarle
cuando no parezca estar a punto de romper la ventanilla de un puñetazo.
Aparca en la entrada del Lusso y salgo del coche con el motor en
marcha. John deja el Range Rover en el aparcamiento. Me meto en el
vestíbulo. Clive sale de detrás del mostrador pero lo ignoro por completo y
voy directa al ascensor.
Espero que Pedro suba antes de que las puertas se cierren pero no lo
hace. Está claro que también ha llegado a la conclusión de que los dos
necesitamos tranquilizarnos.
Salgo del ascensor, saco la llave rosa del bolsillo interior del bolso,
abro la puerta, la cierro de un portazo y de la rabia tiro el bolso al suelo.
—¡Hijo de puta! —maldigo para mí.
—Hola —dice una vocecita.
Levanto la cabeza y veo a una mujer de mediana edad con el pelo cano
delante de mí. Supongo que debería preocuparme que haya una
desconocida en el ático de Pedro, pero estoy demasiado cabreada.
—¿Y tú quién coño eres? —le suelto de mala manera.
La mujer da un paso atrás y entonces reparo en el paño y el
abrillantador de muebles que lleva en la mano.
—Cathy —contesta—. Trabajo para Pedro.
—¿Qué? —pregunto, alterada. La furia que me domina no me deja
entender nada..., hasta que entre su comentario y el abrillantador de
muebles... lo pillo.
«¡Mierda!»
Se abre la puerta detrás de mí, me vuelvo y entra Pedro. Me mira a mí
y luego a la mujer.
—Cathy, creo que deberías irte. Hablamos mañana —dice con calma,
aunque todavía detecto un punto de enfado en su voz.
—Por supuesto. —La mujer deja el trapo y el abrillantador sobre la
mesa, se quita el delantal y lo dobla de prisa pero perfectamente—. La
cena está en el horno. Estará lista dentro de media hora.
Coge un bolso de loneta del suelo y guarda el delantal. Que Dios la
bendiga. Me sonríe antes de irse. Es más de lo que me merezco. Menuda
primera impresión le habré causado...
Pedro le pellizca la mejilla y le da un pequeño apretón en los hombros.
La veo atravesar el vestíbulo, y a John y a Clive saliendo del ascensor
cargados con mis bártulos. Están perdiendo el tiempo porque no voy a
quedarme aquí. Me dirijo a la cocina y abro la nevera de un tirón deseando
que mágicamente aparezca una botella de vino. Pero me llevo una gran
decepción.
Cierro de nuevo de un portazo y subo escaleras arriba echando humo.
Es que no puedo ni mirarlo. Entro en el dormitorio y doy otro portazo...
¿Ahora qué? Debería irme para que los dos pudiéramos pensar. Esto es
demasiado intenso y va demasiado rápido. Es venenoso e incapacitante.
Me encierro en el cuarto de baño. Este ático me es más familiar de lo
que debería. Después de haberme pasado meses diseñándolo y coordinando
las obras, me siento como en casa. Seguramente, me siento más en casa
que Pedro. Él ni siquiera lleva aquí un mes, del cual se ha pasado una
semana entera borracho e inconsciente.
Vago hacia el asiento de la ventana y contemplo los muelles. La gente
sigue con su vida, sale de paseo o está de copas. Todos parecen felices y
relajados. Seguro que no es así, pero tal y como me encuentro, pienso
egoístamente que nadie puede tener tantos problemas como yo. Estoy
completamente enamorada de un hombre temperamental en extremo y de
carácter imposible. Por otro lado, es el hombre más cariñoso, sensible y
protector del universo. Si John está en lo cierto, y sólo es así conmigo,
¿deberíamos seguir juntos? Al paso que vamos, morirá de un infarto a los
cuarenta y será culpa mía. Con Pedro, cuando las cosas van bien, son
increíbles, pero cuando van mal, son insoportables.
Haberlo conocido es una bendición y una maldición al mismo tiempo.
Suspiro, agotada, me cubro la cara con las manos y noto cómo las
lágrimas me desbordan y se me hace un nudo en la garganta. Y yo que
creía que había empezado a averiguar lo que necesitaba saber... Sin
embargo, a medida que pasa el tiempo se hace más evidente que no es así
y, como Pedro se empeña en no abrir el pico y en darme evasivas, no parece
que vaya a averiguarlo en un futuro próximo... A menos que le pregunte a
Mikael.
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