sábado, 19 de abril de 2014

Capitulo 175 ♥

—Voy a llevarte a casa —dice. Me mete los vaqueros por los pies, me
da un golpecito en el tobillo y lo levanto. Después repite el proceso con el
otro pie y me ayuda a incorporarme para subirme los pantalones por las
piernas.
Mira la camiseta, después mis senos descubiertos y después a mí con
el ceño ligeramente fruncido. La idea de que algo descanse sobre mi piel
me produce ganas de vomitar otra vez, pero no puedo salir de aquí y llegar
al Lusso desnuda de cintura para arriba.
—¿Lo intentamos? —Estira el cuello de mi camiseta y retira el
sujetador que tengo colgando en los brazos antes de pasármela por la
cabeza.
Trato de levantar los brazos para facilitarle la faena, pero las
dolorosas punzadas hacen que las lágrimas empiecen a inundar mis ojos.
Sacudo la cabeza frenéticamente. Me va a doler demasiado.
—Paula, no sé qué hacer. —Sostiene la camiseta en el aire para que no
toque mi cuerpo—. No puedes salir de aquí desnuda. —Se inclina y me
mira—. No llores, por favor. —Me besa la frente y torrentes de lágrimas
descienden por mi rostro—. ¡A la mierda! —Vuelve a sacarme la camiseta
por la cabeza y la tira sobre el sofá—. Ven aquí. —Se inclina, me pasa un
brazo por debajo del culo y me levanta—. Cógete a mi cintura con las
piernas y a mi cuello con los brazos. Ten cuidado. —Obedezco lentamente
—. ¿Estás bien? —pregunta.
Asiento contra su hombro y cruzo los tobillos alrededor de sus
lumbares. Me coloca el pelo por encima del hombro y apoya la mano en mi
cuello para sostenerme todo lo posible sin hacerme más daño. Mis tetas
quedan aplastadas contra su pecho y tengo la espalda totalmente
descubierta, pero me da igual. Se dirige a la puerta, me suelta el cuello
para abrirla y vuelve a cogérmelo.
—¿Estás bien, nena? —pregunta mientras avanza por el pasillo en
dirección al salón de verano. Asiento contra su cuello. No estoy nada bien.
Me siento como si me hubiera quedado dormida al sol con toda la piel
quemada—. ¡John! —grita. Oigo una sucesión de exclamaciones de
estupefacción ahogadas. Parecen aún más alarmados que cuando me
llevaban hacia el despacho.
—¿Cómo está la muchacha? —La voz grave de John está cerca.
—¿A ti qué coño te parece? Coge una sábana de algodón del cuarto de
la limpieza.
John no responde a la brusquedad de Pedro.
—Pedro, ¿hay algo que pueda hacer?
Es una voz femenina muy asustada, y sus tacones golpean el suelo del
salón de verano mientras intenta seguir el ritmo apresurado de Pedro.
—No, Natasha —responde secamente. Ni siquiera tengo fuerzas para
levantar la cabeza y mirarla mal. ¿Cómo que si hay algo que pueda hacer?
¿Como qué? ¿Follárselo otra vez?
—¿Paula? —El tono asustado de Kate inunda mis oídos—. ¡Joder! Pero
¿qué has hecho, inconsciente?
—Voy a llevarla a casa. —Pedro no se detiene por nadie, ni siquiera
por Kate—. Está bien. Te llamaré.
—¡Pedro, está sangrando!
—¡Joder, Kate, ya lo sé! —Siento que su pecho se eleva debajo de mí
—. Te llamaré —la tranquiliza, y ya no vuelvo a oírla, pero sí que oigo
cómo Sam intenta calmarla con su tono alegre de siempre teñido de
preocupación.
Sé que estamos cerca del vestíbulo porque el aire fresco empieza a
rozarme la espalda. Es agradable.
—Pedro, tío, no lo sabía.
Pedro se detiene de golpe y se hace el silencio. Todos los susurros de
preocupación se detienen cuando oigo la voz de Steve. Aprieto el cuerpo de
Pedro con las pocas fuerzas que me quedan y él me acaricia el cuello.
—Steve, ya puedes dar gracias a todos los santos de que tenga a mi
chica en brazos porque, de no ser así, el servicio de limpieza tendría que
pasarse un año entero recogiendo tus putos restos —lo amenaza Pedro con
voz ácida. Su corazón bombea a un ritmo frenético.
—Yo... yo... —tartamudea—. No lo sabía.
—¿Nadie te dijo que era mía? —pregunta Pedro, claramente
sorprendido.
—Yo... creía que...
—¡Es MÍA! —ruge, y me sacude entre sus brazos. Gimoteo ante las
punzadas de dolor abrasador que me instigan sus movimientos y él se pone
tenso. Hunde el rostro en el hueco de mi cuello—. Lo siento —susurra.
Noto cómo le tiembla la mandíbula—. Eres hombre muerto, Steve. —
añade. Se queda quieto durante unos instantes más y sé que está mirando al
tipo con cara de querer matarlo. Me siento responsable.
—¿Pedro? —El rugido de John interrumpe el ensordecedor silencio—.
Relájate. Lo primero es lo primero, ¿de acuerdo?
—Sí. —Pedro echa a andar de nuevo y el suave aire fresco del edificio
de repente se torna intenso y me golpea la espalda. Baja lentamente los
escalones.
—Os abro la puerta —dice Kate, y oigo cómo sus tacones descienden
por la escalera.
—Tranquila, Kate, no es necesario.
—¡Pedro, deja de comportarte como un capullo testarudo y acepta la
puta ayuda! ¡No eres el único que se preocupa por ella!
Me aprieta contra sí.
—Las llaves están en mi bolsillo.
Kate me roza los pantalones mientras intenta sacar las llaves del
bolsillo de Pedro, y yo sonrío para mis adentros al ver a mi fogosa amiga
haciendo honor a su reputación. Abro los ojos y la miro.
—Ay, Paula. —Sacude la cabeza y pulsa el botón del mando para abrir
la puerta del coche de Pedro.
Él se vuelve entonces hacia La Mansión.
—Regresad todos adentro. —No quiere que nadie me vea. Oigo el
crujido de la gravilla bajo las pisadas mientras Pedro aguarda conmigo en
brazos. Cuando comprueba que todo el mundo se ha marchado, me aparta
de su cuerpo—. Paula, voy a meterte en el coche, tienes que ponerte de lado,
de cara al asiento del conductor, ¿podrás hacerlo? —pregunta con dulzura.
Aflojo las manos en su cuello para indicarle que estoy preparada y empieza
a introducirme muy despacio en el vehículo—. No te apoyes hacia atrás.
Me vuelvo lentamente hasta que mi hombro descansa contra la piel
suave y estoy de cara al asiento del conductor. Joder, qué dolor. Después
me coloca una sábana por encima y cierra la puerta despacio sin intentar
siquiera ponerme el cinturón. Apoyo la cabeza contra el respaldo con los
ojos cerrados y, en un santiamén, la puerta del conductor se cierra y la
esencia de Pedro inunda mis fosas nasales. Abro los ojos y adapto la visión
hasta que veo los suyos, verdes y compasivos. Siento que soy una
lastimera, una debilucha desesperada que ha provocado todo este caos,
dolor y sufrimiento porque intentaba demostrar algo, algo que espero que
haya conseguido demostrar, porque como haya pasado por todo este
calvario y haya hecho que Pedro pase también por él para que ahora siga sin
entenderlo, esta relación se habrá acabado. No podemos continuar
haciéndonos daño el uno al otro. La sola idea hace que se me detenga el
corazón.
Acerca la mano y me acaricia la mejilla con los nudillos.
—Para —ordena mientras me seca otra lágrima. Pero ya no lloro de
dolor, sino de desesperación.
Arranca el motor y conduce lentamente por el camino. En lugar del
rugido de la velocidad al que ya me he acostumbrado, ahora lo que oigo es
el ronroneo sensato del motor del DBS. Toma las curvas con cuidado,
acelera y frena con suavidad y me mira a intervalos regulares. No llevo
cinturón, estoy medio desnuda y con un montón de heridas feas en la
espalda. Si la policía nos para, no sé cómo vamos a explicar esto.
Permanezco quieta y observo con la mirada perdida el perfil de mi
hombre atractivo y conflictivo y me pregunto si se me puede calificar a mí
de conflictiva también ahora. Mi cordura es, sin duda, cuestionable, pero
estoy lo bastante cuerda como para admitirlo. Era una chica normal y
sensata. Pero ya no.
Sólo el ronroneo del coche y Run, de Snow Patrol, sonando de fondo
interrumpen el silencio del viaje de regreso a casa.
Pedro detiene el Aston Martin al llegar al Lusso y se acerca a mi lado
del coche. Me ayuda a salir mientras intenta mantenerme tapada.
—A saber lo que va a pensar Clive —masculla mientras me coloca
contra su pecho de nuevo. De repente me entra el pánico—. Paula, lo siento,
pero a menos que me dejes cubrirte la espalda con la sábana no puedo
hacer otra cosa.
Mete la sábana entre ambos y hace todo lo posible por sostenerla por
un lado, protegiéndome de las miradas antes de entrar en el vestíbulo.
—¿Señor Alfonso? —Clive está perplejo. El pobre hombre ha visto
cómo me llevaba borracha, cómo me llevaba mientras me resistía, cómo
me llevaba enferma y también cómo me llevaba agotada. Debe de resultar
evidente que ahora no estoy de ninguna de esas formas.
—Tranquilo, Clive. —Pedro hace todo lo posible por sonar relajado,
pero no estoy segura de que haya colado.
Entramos en el ascensor y los espejos que nos rodean reflejan nuestra
imagen en todas las direcciones. Allá adonde miro, veo el rostro pesaroso
de Pedro y mi cuerpo frágil que lo envuelve. Cierro los ojos y apoyo la
cabeza con fuerza sobre su hombro. Siento los movimientos de sus largas
pisadas mientras me saca del ascensor en dirección al ático y a la suite
principal.
—Despacito. —Me coloca sobre la cama boca abajo.
Deslizo los brazos bajo la almohada y hundo la cabeza en su suavidad,
reconfortándome ligeramente mientras respiro la esencia de Pedro. Noto
que me quita los vaqueros y, unos instantes después, está tumbado a mi
lado, en la misma postura que yo. Estira la mano libre y me pasa la palma
por la mejilla, sin duda para obtener el contacto que siempre necesita. Es lo
único que puede hacer. No podrá ponerme boca arriba ni empotrarme
contra la pared durante una buena temporada.
Permanecemos así mucho tiempo, mirándonos el uno al otro. Es
agradable. No es necesario decir nada. Dejo que me acaricie la cara y me
resisto contra la pesadez de mis párpados durante un rato hasta que me
pasa los pulgares por ellos y ya no vuelven a abrirse.

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