domingo, 27 de abril de 2014

Capitulo 202 ♥

No me puedo creer el tremendo alivio que siento al oírla decir eso. Sé que le tiene mucho cariño a
Pedro, y que normalmente nada la desconcierta, ni siquiera la forma de ser de mi marido, pero esto la
ha pillado por sorpresa y me alegro mucho.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta—. ¿Vas a hacerle sufrir?
—Quiero abortar.
La mandíbula de Kate llega a la mesa. Eso no me ayuda.
—Kate, ¿te imaginas cómo sería? Ya me tiene abrumada y hasta cierto punto me gusta, pero
¿estando embarazada?
Cierra la boca.
—Por Dios,Paula, vas a hacer que el hombre termine en un manicomio.
—No es razón suficiente —contesto.
Sé el efecto que eso tendría en él, pero él no ha tenido en cuenta lo que sus actos iban a hacerme a
mí. No estoy preparada para esto, y él no se ha parado a pensar en mi opinión.
—Y no es sólo eso. Tengo una carrera. Tengo veintiséis años. No quiero un bebé, Kate.
—No sé qué decir.
—Dime que estoy haciendo lo correcto.
Niega con la cabeza y miro suplicante sus ojos azules. Necesito que lo entienda.
—Vale —dice, reticente.
No cree que esté bien, pero el hecho de que esté dispuesta a mitigar mi culpa me basta. Ya me
siento bastante culpable, pese a que no debería. Necesito recuperar el control y no se me ocurre otra
forma de hacerlo. No puedo tener un bebé.
—Gracias —susurro cogiendo mi taza y tomando un sorbo tembloroso.

Es lunes. Me despierto al alba y voy al baño a ver qué tal va la regla. Por supuesto, todo sigue limpio y
seco, y me echo a llorar en silencio. Podría darle unos días, pero siempre he sido como un reloj, así
que sólo estaría posponiendo lo inevitable. Tengo que ver a la doctora Monroe.
Salgo de la estación de metro de Green Park en dirección a Piccadilly y me detengo unos
instantes para asimilar el borrón de gente en la hora punta. Lo echo de menos. Echo de menos el caos
del metro y caminar unas pocas manzanas hasta mi oficina, todo el ir y venir, el hecho de esquivar
cuerpos, y las voces, los gritos al móvil. Eso y el chirrido de los coches y los autobuses, las bocinas
impacientes y el timbre de las bicicletas. El ambiente me dibuja una sonrisa que me dura hasta que me
empujan por detrás y se burlan de mí por obstaculizar la circulación del río de peatones. Me arrancan
de mi ensimismamiento y echo a andar hacia Berkeley Street.
—Buenos días, flor —me saluda Patrick saliendo de su despacho en dirección a mi mesa.
Me siento y giro la silla.
—Buenos días —digo. Necesito fingir una alegría exagerada que no siento.
Toma asiento en el borde de mi mesa, que suelta su crujido habitual, y yo me tenso como
siempre. Un día no va a poder más.
—¿Cómo está la novia? —Me da un afectuoso pellizco en la mejilla y me guiña el ojo.
—Perfectamente —sonrío y me río para mis adentros. Tengo la habilidad de escoger la palabra
opuesta a cómo me siento. Podría haber dicho «bien», o «genial», pero no... Voy y digo que
perfectamente. Perfectamente mal, así es como estoy.
—Fue una boda preciosa. Gracias.
—De nada. —Le quito importancia al agradecimiento de mi jefe—. ¿Dónde está todo el mundo?
—pregunto desesperada por cambiar de tema y dejar en paz mi boda caótica, y posiblemente mi
caótico matrimonio.
—Sal está haciendo limpieza en el almacén, y Tom y Victoria ya deberían estar aquí. —Mira el
reloj de pulsera—. ¿Qué hay de Van Der Haus? —Ahora me mira a mí, y me cuesta parecer tranquila
y relajada cuando menciona a mi cliente danés—. ¿Ya se ha puesto en contacto contigo?
—No. —Enciendo el ordenador y muevo el ratón para que la pantalla cobre vida. No se me olvida
que hoy es mi último día para contarle a mi jefe lo de la venganza de Mikael pero, tal y como están las
cosas y teniendo en cuenta que he dejado a Pedro, no creo que mi señor me presione—. Dijo que me
avisaría en cuanto volviera a Inglaterra.
—Está bien.
Patrick cambia de postura sobre mi mesa. Me gustaría pedirle que al menos tuviera el detalle de
estarse quieto mientras la tortura.
—¿Alguna novedad con tus otros clientes? Los Kent, la señora Quinn..., el señor Alfonso. —Se ríe
de su propio chiste, y aunque no estoy contenta con mi marido me alegro de que Patrick acepte nuestra
relación... Si es que vuelve a haberla.
—Todo en orden. Los Kent van viento en popa; las obras en casa de la señora Quinn empiezan
mañana, y el señor Alfonso quiere que encargue las camas para las nuevas habitaciones cuanto antes.
Podrían tardar meses.
Patrick se echa a reír.
—Paula, flor, no hace falta que llames a tu marido «señor Alfonso».
—La costumbre —gruño. Podría llamarlo de todo en este momento.
—¿Te refieres a esas maravillosas camas de hierro forjado?
—Sí.
Saco uno de los diseños del cajón y se lo enseño a Patrick.
—Impresionantes —dice sin más—. Apuesto a que cuestan un dineral.
¿Impresionantes? Sí. ¿Caras? Muchísimo. Pero Patrick no se da cuenta de las ventajas que
ofrecen esas camas en un lugar como La Mansión. Para el oso de peluche que tengo por jefe, La
Mansión sigue siendo un encantador hotel de campo.
—Se lo puede permitir —digo encogiéndome de hombros.
Me devuelve el diseño y lo guardo. Lo estoy metiendo en el cajón cuando el agudo sonido de la
madera al partirse retumba en el silencio de la oficina y me quedo horrorizada al ver cómo Patrick
aterriza en el suelo con cara de susto. No sé por qué: se lo tiene merecido. Tengo el regazo cubierto de
astillas, y doy gracias por no haber tenido las piernas debajo. Me las habría partido.
—¡Por todos los santos! —grita Patrick entre trozos de madera rota y restos de papel y material
de oficina que había sobre mi mesa, entre ellos la pantalla plana de mi ordenador. No sé si correr a
ayudarlo o echarme a reír, pero tengo la risa nerviosa en la garganta, así que será lo último, porque no
voy a poder contenerme. Esto tiene demasiada gracia.
Finalmente pierdo la batalla. Una enorme carcajada sale de mi boca y de repente estoy paralizada
de la risa. Es imposible que Patrick se levante del suelo sin ayuda, pero no creo que yo le sirva de
mucho. Debe de pesar como seis veces más que yo.
—¡Lo siento! —exclamo recobrando el control de mi cuerpo, que se convulsiona a causa de la
risa—. Ven. —Le ofrezco la mano, se estira para cogerla y parece que su camisa no puede más,
revienta y llueven botones por todas partes. La barriga de Patrick queda al descubierto y a mí me da
otro ataque de risa.
—¡Porras! —maldice sin soltar mi mano—. ¡Repámpanos!
—¡Ay, Dios! —grito sujetándome el vientre para no mearme de la risa—. Patrick, ¿estás bien? —
Sé que está bien, no estaría rodando por el suelo y soltando exclamaciones si hubiera resultado herido.
—No, no estoy bien. ¿Vas a controlarte y a echarme una mano? —Me da un tirón.
—¡Lo siento!
Esto es imparable. Estoy llorando de la risa, y seguro que se me ha corrido la máscara de
pestañas.
Tiro con todas mis fuerzas para levantar a Patrick del suelo. Lo hago tan rápido como puedo para
poder llegar al cuarto de baño, cosa que hago en cuanto consigo ponerlo en pie.
—¡Disculpa! —Corro entre carcajadas al baño de señoras y por el camino me cruzo con Sal, que
no entiende nada.
Cuando he terminado y he conseguido dejar de reírme, vuelvo al despacho. Tom y Victoria ya
han llegado, y Sal está de rodillas recogiendo un millón de clips del suelo.
—¿Qué ha pasado? —susurra Victoria.
—Mi mesa ha cedido —sonrío intentando contener otro ataque de risa. Si empiezo, no pararé.
—¡Me lo he perdido! —grita Tom sin poder creérselo—. ¡Mierda! —Cuelga la mariconera en el
respaldo de su silla—. ¡Amor! ¿Cómo está la novia?
—Bien —contesto.
—¡Es verdad! —exclama Victoria—. Cuando me case, quiero una boda como la tuya, aunque no
en un club de sex...
Le lanzo una mirada asesina a mi compañera de trabajo y cae en la cuenta de su casi error. Cierra
la boca y se va a su mesa.
Me arrodillo para ayudar a Sal.
—Fue precioso, Paula —dice con tono soñador—. Eres muy afortunada.
Las dulces palabras de Sal sólo me ponen de peor humor, hasta que mi móvil empieza a sonar en
mi bolso. Me quedo mirándolo, sentada entre el caos de los restos de mi mesa. No puedo hablar con él.
Me sorprende un poco que haya tardado tanto en llamarme, y más aún que no insistiera anoche. Está
claro que sabe que se ha pasado de la raya. No puedo ni imaginarme cómo se encuentra. Seguro que ha
salido a correr mil veces por los parques.
Sal me mira expectante pero me limito a sonreír y a seguir recogiendo clips. Me pregunto por
qué, de todas las cosas que hay en el suelo, estamos recogiendo las más pequeñas.
—Ahora lo llamo —le digo a Sal mientras pienso que en realidad esto es muy terapéutico.
Cuando hemos terminado, ella se levanta y va a la cocina a preparar café, mientras que yo me
levanto y voy al despacho de mi jefe. Llamo a la puerta y me asomo. Está sentado en su sillón, a su
mesa, un poco colorado, peinándose.
—¿Estás bien, Patrick? —pregunto mordiéndome el labio cuando veo que se ha abrochado la
chaqueta para que no se le vea la barriga.
—Sí, sí, estoy bien —dice guardando el peine en el bolsillo interior de la chaqueta—. Creo que
Irene lo va a interpretar como una señal de que debo perder peso. —Sonríe un poco y me siento mejor
por haberme reído de él. Yo también sonrío—. Me complace haberte alegrado el día, flor.
—Lo siento, pero tendrías que haber oído cómo crujía la mesa cada vez que te sentabas.
—Lo sé. ¡La muy traidora!
—Ya te digo —respondo muy seria. Era una buena mesa—. ¿Te apetece un café?
—No —gruñe—. Tengo que ir a casa a cambiarme.
—Vale.
Salgo de su oficina y vuelvo a mi pila de leña. Rebusco entre los escombros hasta que encuentro
mi bolso, saco el teléfono y borro la llamada perdida de Pedro. Luego llamo a la consulta de mi
médico.
—¿Se encuentra bien? —pregunta Tom echándose a reír. Victoria también se apunta.
—Está bien, pero no os riáis cuando se vaya a casa. Ha reventado la camisa y tiene que
cambiársela —sonrío.
—¿Se le han saltado los botones? —Victoria se ríe y se echa el pelo hacia atrás.
Tom la mira y se echa a reír también.
—¡Qué mala suerte! ¡Lo que daría por volver atrás en el tiempo para poder verlo!
Me las apaño para contener la risa y me escondo en el almacén para llamar por teléfono. Después
de hablar con la recepcionista, consigo cita para las cuatro.
El día pasa bastante rápido, con tan sólo unas pocas llamadas perdidas de mi señor. Me esperaba
las llamadas, pero no que se rindiera tan pronto. No ha telefoneado a la oficina, no ha venido y no ha
usado a un tercero. No sé si debería estar satisfecha por haber conseguido que accediera a mi petición
de espacio o si debería preocuparme que me esté dando el espacio que necesito. Han pasado más de
veinticuatro horas sin verlo, y mentiría si dijera que no lo echo de menos, pero necesito poner fin a
esto. Necesito ponerme en mi sitio y la única forma de hacerlo es no verlo y no hablar con él. Me
asusta lo que me hace cuando decido no dar mi brazo a torcer, y normalmente son sus caricias las
culpables, así que es vital guardar las distancias.
Cojo mi bolso y me levanto de mi mesa improvisada, una mesa con caballetes que teníamos
guardada en la parte de atrás.
—Me voy. Hasta mañana —digo despidiéndome de mis compañeros de trabajo—. Ya lo he
hablado con Patrick.
No quiero que sepan adónde voy porque sin duda me harían preguntas. La privacidad en esta
oficina es todo un lujo.
Recibo un coro de adioses al cerrar la puerta y corro al metro. Angel empieza a sonar cuando
llego a la estación, pero no saco el móvil del bolso. No necesito pensar en él allá adonde voy. No
necesito pensar en él pero es difícil cuando su canción favorita, la que me recuerda a él, suena a todo
volumen desde las profundidades de mi bolso. Para unos nanosegundos y vuelve a empezar. Paso. Voy
a centrarme en la estación.

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