domingo, 13 de abril de 2014

Capitulo 160 ♥

—Suelta la puerta —grita.
—¿Qué vas a hacer?
Al instante disminuye la presión contra la puerta y me mira a través
del cristal con aire de preocupación.
—¿Tú qué crees que voy a hacer?
—No lo sé —miento. Sé perfectamente lo que va a hacer. Va a
echarme un polvo para hacerme entrar en razón.
Las manos pegadas a la puerta evitan que me lleve los dedos al pelo.
Su inquietud parece aumentar y la presión disminuye aún más.
Aprovechando la situación, cierro la puerta y corro el pestillo.
Se queda con la boca abierta.
—No me puedo creer que hayas hecho eso. —Intenta abrir y yo
retrocedo—. Paula, abre —ordena. Niego con la cabeza. Su pecho desnudo
empieza a agitarse con violencia—.Paula, ya sabes cómo me hace sentir no
poder tocarte. Abre la puerta.
—No. Dime que vamos a hablar sobre «nuestra» boda de manera
razonable.
—Eso hacíamos. —Intenta abrir de nuevo y la puerta tiembla—. Paula,
por favor, abre.
—No, no estábamos hablando de ello,Pedro. Tú me estabas diciendo
cómo iba a ser. Nunca antes habías tenido una relación de pareja, ¿verdad?
—No. Eso ya te lo he dicho.
—Se nota. Se te da como el culo.
Me mira con sus ojos verdes y ansiosos.
—Te quiero —dice suavemente, como si eso lo explicara todo—.
Abre la puerta, por favor.
—¿Vamos a hablarlo? —pregunto. Nunca había tenido tanto poder
sobre él. Sé lo mucho que detesta no poder tocarme y me estoy
aprovechando de su debilidad, pero es la única que le conozco, así que si
tengo que usarla, lo haré, sobre todo en asuntos de esta magnitud.
Se muerde el labio inferior con nerviosismo mientras reflexiona sobre
mi exigencia. Suspira.
—Está bien. Abre la puerta. —Pone la mano sobre la manija, pero
entonces me viene otra cosa a la mente, algo que podría provocar otra
cuenta atrás más tarde. Será mejor que mate dos pájaros de un tiro.
—Voy a salir con Kate esta noche —le digo, desafiante.
Él abre unos ojos como platos, tal y como imaginaba.
—¿Qué?
—Anoche te dije que iba a salir con Kate —le recuerdo.
—¿Y? Abre la puerta.
—No puedes evitar que vea a mi amiga. Si me caso contigo no es para
que controles cada uno de mis movimientos. Voy a salir con Kate esta
noche, y tú me dejarás hacerlo... sin montarme una escena —digo con voz
tranquila y asertiva mientras, por dentro, me preparo para un polvo que me
haga entrar en razón que supere todos los anteriores.
—Te estás pasando, señorita. —Aprieta la mandíbula y yo exhalo un
suspiro de agotamiento.
¿Me estoy pasando porque quiero salir con mi amiga? Le doy la
espalda y me acerco al banco de pesas, me siento y me pongo cómoda. No
pienso abrir la puerta hasta que ceda, así que puede que tenga que pasarme
aquí un buen rato.
—Paula, ¿qué haces? Abre la maldita puerta. —Observo cómo la
sacude con violencia. Joder, lo amo, pero tiene que dejar de ser tan
irracional y tan protector.
—No voy a abrir la puerta hasta que empieces a ser más razonable. Si
quieres casarte conmigo, tendrás que relajarte.
Me mira como si fuera estúpida.
—Es razonable que me preocupe por ti.
—Pedro, tú no te preocupas, te torturas.
—Abre la puerta. —Vuelve a sacudir la manija.
—Voy a salir con Kate esta noche.
—Vale, pero no vas a beber. ¡Abre la puta puerta!
Ah, sí, también deberíamos hablar de eso, pero creo que ya le he dado
suficientes disgustos en una sola mañana. Está muy agobiado, lo cual es
bastante absurdo porque estoy justo aquí delante. Me levanto y empiezo a
acercarme a la puerta. Quito el pestillo y me quedo delante de él antes de
que le dé algo. Corre hacia mí y me estrella contra su pecho. Después nos
baja al suelo sobre una de las colchonetas.
Me aprisiona con su cuerpo y respira con fuerza en mi cabello.
—Por favor, no vuelvas a hacerme esto —ruega, y de repente me
siento tremendamente culpable. La ansiedad que siente cuando hago estas
cosas es la parte más irracional de su manera de ser—. Prométemelo.
—Es la única manera que tengo de hacer que me escuches. —Intento
apaciguarlo acariciándole la espalda mientras siento los fuertes latidos de
su corazón contra mi pecho.
—Te escucharé. Pero no vuelvas a interponer barreras físicas entre
nosotros.
—No puedes estar conmigo todo el tiempo.
—Lo sé, pero cuando no lo esté será bajo mis propias condiciones.
Me echo a reír y me llevo las manos a la cabeza.
—¿Y qué hay de mí?
Se aparta ligeramente hacia atrás y me mira con el ceño fruncido.
—Te escucharé —masculla a regañadientes—. Estás siendo una futura
esposa muy desafiante —dice, y entierra de nuevo la cabeza en mi cuello
enfurruñado.
No ha pillado por dónde iba. Aunque no me molesto en rebatirle eso.
Esperaba que me empotrara contra la pared y que me follara hasta que sólo
me quedara un hálito de vida después de mi rebeldía, así que el hecho de
que esté aquí abrazándome me sorprende bastante. Puede que haya
encontrado mi herramienta de negociación.
Se sienta y me coloca sobre su regazo.
—¿Por qué no os venís a La Mansión a tomar algo?
—¡De eso, nada! —exclamo.
—¿Por qué no? —Parece sentirse insultado.
—¿Para que estés controlándome?
—Es lógico. Así puedes beber, y yo me aseguro de que estás bien, y
después puedo traerte a casa.
Hace que suene lo más lógico del mundo, pero no pienso caer en la
trampa. Si accedo no volveré a pisar un bar en la vida.
—No. Fin de la historia —digo con firmeza.
Hace un mohín y yo sacudo la cabeza para reafirmar mi respuesta.
Además, la tía esa estará allí, mirándome mal y soltando sus comentarios
desagradables. De eso, nada.
—Eres imposible —dice, frustrado, y se levanta conmigo en brazos.
Me pone de pie y me da un beso inocente—. Voy a ducharme.
Acompáñame. —Enarca una ceja sugerentemente y me sonríe con malicia.
Que me exija cosas como ésta no me molesta tanto.
—Yo ya me he duchado.
—Pues vuelve a ducharte conmigo.
—Subiré dentro de un minuto. Tengo que llamar a Kate. —Me aparto
de él y me dirijo a la cocina—. ¿Y mi teléfono?
—Cargándose. ¡No tardes! —me grita.
Encuentro el móvil y llamo a Kate.
—¿Sí? —responde con voz ronca al otro lado de la línea. Parece
resacosa.
—Hola. ¿Te encuentras mal? —pregunto.
—No, cansada. ¿Qué hora es?
Miro el reloj del horno.
—Las once.
—¡Mierda! —exclama, y oigo ruidos de fondo—. Samuel, eres un
capullo. ¡Llego tarde! ¡Paula, debería estar en Chelsea entregando una tarta!
Luego te llamo.
—Oye, ¿vamos a salir hoy al final? —digo antes de que me cuelgue.
—Claro. ¿Te dan permiso? —bromea.
—¡Sí! Te recojo a las siete.
—¡Vale! Hasta luego.
Cuelgo, y mi teléfono me alerta inmediatamente de que tengo un
mensaje de texto. Lo abro y en ese instante el videoportero del ático
empieza a sonar. Mientras me acerco al dispositivo inalámbrico que me
conectará con Clive, ojeo la pantalla.
Se me hiela la sangre. Es de Mikael.
No quiero leerlo, pero el pulgar pulsa la tecla y abre el mensaje antes
de que logre convencer a mi cerebro de que lo borre sin leerlo.

"No podré quedar el lunes. Regreso a Dinamarca temporalmente. Te llamaré a mi vuelta
para reorganizar nuestra reunión."

El corazón se me sale por la boca y me ahoga. De repente el teléfono
empieza a vibrar en mi mano. ¿Qué hago? Ni siquiera se me pasa por la
cabeza comentárselo a Pedro. Sé que montará en cólera. Elimino el mensaje
inmediatamente. De lo contrario, conociendo su mala costumbre de
fisgonearme el móvil, seguro que lo encuentra. Tampoco contesto. Al
menos, tengo un poco más de tiempo para pensar sobre el tema y hablar
con Patrick. ¿Cuánto pasará fuera? ¿Cuánto tiempo tengo para prepararme
para esa reunión? Me planteo contestarle y decirle que sé lo de su mujer y
Jesse, pero el videoportero suena de nuevo y me sobresalta.
Contesto a Clive.
—Paula, ha llegado una entrega para ti. Subiré dentro de un minuto.
Cuelga sin darme tiempo a preguntar qué o de quién es. Vuelvo a la
cocina, ansiosa y nerviosa, y empiezo a buscar en mi teléfono la opción de
cambiar el PIN para evitar que Pedro intercepte más mensajes que Mikael
pueda enviarme. Sospechará cuando descubra que lo he bloqueado, pero
prefiero lidiar con el hecho de que se sienta ofendido a enfrentarme a un
huracán de un metro noventa azotando toda la casa. Sabe que no me gusta
que me coja el teléfono, así que no me costará mucho restarle importancia.
No tengo elección.

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