sábado, 19 de abril de 2014

Capitulo 178 ♥

Esto es complicado. Pedro tiene razón; no puede echarla de su trabajo
por hacer algo que él le pidió que hiciera, lo cual es una mierda porque
estoy segura de que él no opinaría lo mismo si la situación fuese al revés.
Lo único que me consuela es saber que Pedro no tiene el más mínimo
interés en ella, y de eso estoy completamente segura. No voy a hacerle
cargar con mi pataleta. Me la reservaré para Sarah cuando se presente la
ocasión, y para todas esas otras mujeres irrespetuosas. Llevar a cabo las
medidas de control de riesgos será complicado con todas esas sanguijuelas.
Me cabrea que sea incapaz de ver cómo es en realidad.
—Inclínate para que te lave la espalda. —Me empuja hacia adelante
por los hombros y yo obedezco a regañadientes—. Tendré cuidado.
—Me gusta cuando no lo tienes —espeto con descaro.
—Paula, no digas cosas de ese tipo cuando no puedo violarte —me
reprende, y escurre con cuidado la esponja sobre mi espalda. Me besa con
suavidad donde puede entre delicadas caricias y cierro los ojos como si
estuviera soñando. Resulta tan sencillo olvidar los desafíos cuando se
comporta de esta manera—. Voy a lavarte el pelo.
Permito que me bañe, que me lave el pelo y que me asee en general
antes de envolverme en una toalla y de dejarme en la cama.
—Igual está un poco fría —dice, sube a horcajadas sobre mi culo y
vierte un poco de crema sobre mi espalda. Mis omoplatos se elevan y se
tensan—. Chsss. No vas a volver a hacer esto, ¿verdad? —me provoca, y
empieza a aplicarme la crema suavemente.
—Si tú lo haces, yo también lo haré —gruño, y hundo la cara en la
almohada, rogando a Dios para que no vuelva a hacerlo nunca más.
Comienza a acariciarme despacio la espalda hasta que me acostumbro
a la fricción y, cuando me he relajado un poco, me aplica la crema también
en los verdugones. No está nada mal. La calidez de sus enormes manos
deslizándose por mi piel no tarda en tornarse hipnotizadora, y soy más que
consciente de que algo duro y húmedo empieza a presionarme en las
lumbares. Sonrío para mis adentros. No tardará en ponerme las manos
encima, y espero que así sea. Pero lo obligaré a usar un condón.
Me masajea hasta que la tensión ha desaparecido por completo y mi
espalda parece haber vuelto a la normalidad.
—¿Hola?
Ambos levantamos la cabeza al oír la voz de Cathy.
—¡Mierda! —exclama Pedro, levantándose a toda prisa—. He
olvidado llamar a Cathy. —Desaparece en el vestidor y reaparece con unos
vaqueros y una camiseta azul claro puestos—. Arriba. —Me agarra de la
cintura y me levanta del colchón—. Tienes que comer algo.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer. Debes de tener el estómago completamente
vacío después de que arrojaras todo su contenido sobre el suelo de mi
despacho.
Me encojo al pensarlo.
—Lo siento. —Me pregunto quién habrá tenido el placer de limpiarlo.
Espero que haya sido Sarah.
—No te preocupes. Vístete. Te espero en la cocina.
Me da un beso inocente, se marcha y me deja para que me arregle.
Giro los hombros. Sus mágicas manos obran auténticos milagros. Me
siento muchísimo mejor. Me seco el pelo, me pongo unos vaqueros rotos
viejos y una camiseta blanca muy ancha para que no me roce mucho la
espalda y me dirijo al piso inferior.
—Buenos días,Paula. —Cathy alza la vista del lavavajillas que está
llenando y me sonríe amablemente.
Me siento sobre el taburete junto a Pedro y él se inclina para oler la
fragancia de mi pelo recién lavado.
—Hola, Cathy, ¿qué tal? —Lo aparto con un empujoncito. Él gruñe y
a continuación me planta un pegote de mantequilla de cacahuete en el labio
inferior. Mi lengua se dispone a limpiarlo por acto reflejo—. ¡Joder! —
Pongo cara de asco y él se echa a reír, tira de mí y me lame la boca.
—Mmm. —Sonríe y me da un beso húmedo con sabor a esa pasta
asquerosa.
Me limpio y vuelvo a centrar la atención en Cathy, que observa
nuestra escena con una sonrisa en los labios. Me pongo como un tomate.
—Estoy muy bien, Paula, gracias. ¿Quieres desayunar? ¿Salmón?
—Sí, por favor —respondo, agradecida, y ella asiente, se seca las
manos en su mandil blanco e impoluto y se acerca a la nevera. Miro a mi
alrededor y veo que ya han recogido el desastre que formé.
—Tenemos noticias que darte, Cathy —canturrea Pedro.
«¿Ah, sí?»
No creo que vaya a ponerla al corriente sobre los acontecimientos de
los últimos días. Lo miro con el ceño fruncido pero hace como que no me
ve.
—Paula pronto se convertirá en la señora Alfonso.
Me quedo boquiabierta, pero él sigue haciendo como si no estuviera.
¡Joder! Había olvidado ese asunto. ¿Cómo es posible?
—¿En serio? ¡Eso es estupendo! —Cathy deja los huevos y el salmón
en la isla y se acerca para darme un gran abrazo—. ¡Ay, cuánto me alegro!
—canturrea en mi oído.
Aprieto los dientes con fuerza cuando me frota la espalda mientras
sigo sentada en el taburete.
Se aparta y me envuelve la cara con las manos.
—No sabes cuánto me alegro. Es un buen chico. —Me besa en la
mejilla y me suelta—. Ven aquí tú también. —Abraza a Pedro con el
mismo entusiasmo y él la recibe de buena gana, sin el menor gesto de
dolor. Me mira por encima del hombro de Cathy y yo lo contemplo
asombrada.
Después de lo que pasó anoche, había dado por hecho que nos
replantearíamos el asunto. Pero parece ser que me equivocaba. El anillo ha
desaparecido de mi dedo, y cuando me preguntó si todavía quería casarme
con él le dije que no podía hacerlo. ¿No deberíamos hablar sobre toda la
mierda que ha pasado este fin de semana? De nuestras inseguridades, de
Sarah, de Coral, de Mikael...
No ha tenido para nada en cuenta mi opinión. Ni siquiera se lo he
dicho a mis padres aún. Si voy a casarme con este capullo imposible
deberían ser los primeros en saberlo.
—Mi chico por fin va sentar la cabeza. —Cathy le pellizca las
mejillas y le planta un beso igual que a mí. Se está comportando como una
madre orgullosa, y hace que me pregunte cuál será la historia de su
relación. Es mucho más cercana que la habitual entre un jefe y una
empleada. Sus manos ligeramente arrugadas liberan a Pedro y coge el
mandil para secarse los ojos mientras solloza. ¿Está llorando?
—¡Cathy, ya vale! —la reprende Pedro.
—Lo siento. —Recobra la compostura y se aleja para seguir
preparando el desayuno con una amplia sonrisa en la cara—. ¿Y dónde y
cuándo será?
Estiro el brazo para coger la cafetera. Ahora es cuando deberían
empezar a estallar las chispas.
—El mes que viene, en La Mansión —la informa Pedro, muy seguro
de sí mismo.
Dejo caer la cafetera de golpe junto a la taza y lo miro, sorprendida.
—¿En serio? —¡No pienso casarme en La Mansión! ¿Está de coña?
Joder, me acaban de entrar todos los sudores al imaginarme a mis padres
vagando por el edificio y sus terrenos. ¿Se darían cuenta de lo que es?
—En serio —responde fríamente. El capullo imposible que me vuelve
loca no ha tardado en regresar.
—Qué bonito —gorjea Cathy.
Miro a Pedro fijamente. ¿Sabe ella lo que es La Mansión en realidad?
Me siento como si estuviera en una dimensión desconocida.
—Lo será —confirma Pedro.
Le pone la tapa al tarro de mantequilla de cacahuete y empieza a
despegar la etiqueta, haciendo caso omiso de mi cara de estupefacción y de
mi mirada fija en él. Veo cómo me mira con el rabillo del ojo. Empieza a
morderse el labio y lanza el papelito que se ha enrollado con el dedo sobre
la encimera.
Exhalo lentamente para no perder la paciencia y cojo el papel de la
superficie. ¿Qué ha pasado con aquello de que discutiríamos juntos todo lo
relativo a nuestra boda?
Me bajo del taburete y decido ir hasta el cubo de la basura para no
propinarle una patada en la espinilla. Me detengo detrás de él y acerco la
boca a su oreja.
—¿Con quién vas a casarte? —pregunto en voz baja antes de seguir
caminando.
—En compensación —gruñe—. La fastidiaré, Paula.
—¿Cómo? —Cathy se vuelve desde los fogones.
—Nada —respondemos al unísono, y nuestros ceños fruncidos se
encuentran al mirarnos. La hostilidad que emana de su cuerpo es palpable.
Este fin de semana ha demostrado que tenemos que centrar nuestra
atención en otros asuntos más importantes, como en infundirnos el uno al
otro la seguridad que sin duda necesitamos.
Piso el pedal del cubo y tiro el minúsculo trozo de papel dentro.
Entonces veo algo que brilla desde las oscuras profundidades. Me agacho a
cogerlo extrañada y saco media tarjeta blanca y plateada. Es una invitación
de boda. Le doy la vuelta, inclino la cabeza y vuelvo a mirar en la basura.
Saco la otra mitad y las sostengo unidas.

"EL SR. Y LA SRA. ALFONSO TIENEN EL PLACER DE INVITARLOS A LA BODA DE
SU HIJA, LUCIANA ALFONSO, CON EL DR. DAVID GARCÍA."

«¡Joder!»
De repente, Pedro me quita la invitación de las manos, vuelve a tirarla
a la basura y me arrastra de nuevo hacia la isla de la cocina.
—Siéntate —ordena con ese tono que sé que no debo desobedecer. Me
sienta sobre el taburete y yo alzo la vista y veo que le tiembla la mandíbula
y que tiene los músculos del cuello hinchados.
—¿Es tu hermana? —pregunto en voz baja.
—Olvídalo —me advierte sin siquiera mirarme.
Mi mente empieza a dar vueltas. No hemos hablado mucho sobre sus
padres, pero sé que hace años que no los ve. ¿Son ellos quienes no quieren,
o es Pedro? Si le han enviado una invitación a la boda de su hermana
supongo que debe de ser cosa de Pedro. Observo su perfil pero no me atrevo
a decir nada.

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