domingo, 20 de abril de 2014

Capitulo 182 ♥

Se levanta conmigo en brazos y yo me aferro a él como un mono,
como de costumbre.
Subimos al piso de arriba manteniendo la conexión hasta que
llegamos a la cama, donde me coloca suavemente sobre las sábanas.
Sacude la cabeza resoplando de disgusto y se quita el condón, le hace un
nudo y lo tira a la papelera.
—Ponte boca abajo para que te eche más crema.
Me insta a volverme y me apoya las manos sobre las nalgas. Ahora sí
que no me apetece nada salir. Quiero quedarme aquí toda la noche con
Pedro montado en mi espalda frotándome todo el cuerpo con sus
maravillosas manos.
—Tengo que ducharme primero.
—Volveré a hacerlo después.
Sonrío.
—Tú también necesitas crema.
—Yo estoy bien. Lo importante eres tú. —Se coloca sobre mi trasero
y vierte un poco de crema en mi espalda.
Está fría y me hace saltar.
—¿Por qué no me has avisado? —refunfuño.
—Lo siento, puede que esté algo fría —ríe.
Giro el cuello y me deslumbra con esa sonrisa reservada
exclusivamente para mí. Vuelvo a apoyar la cabeza sobre los antebrazos.
—Eres muy atractivo —susurro ensoñadoramente mientras me aplica
la crema por cada centímetro de mi espalda—. Creo que voy a quedarme
contigo para siempre.
—Vale —accede riendo de nuevo.
—¿Dónde has escondido mis píldoras? —suelto como si tal cosa.
Sus manos se detienen de repente y sé que estoy en lo cierto. Las está
escondiendo, lo sé.
—¿De qué estás hablando?
—Estoy hablando del hecho de que a mis píldoras anticonceptivas
últimamente les han salido patas y se van corriendo, y eso sólo pasa desde
que te conocí.
—¿Por qué iba a hacer algo así? —pregunta, y empieza a mover las
manos lentamente y en círculos sobre mi espalda.
¿Por qué? No lo sé. ¿Por qué hace muchas de las cosas que hace? Es
un maldito misterio, con su manera de ser imposible y sus exigencias
irracionales.
—No voy a desaparecer, si es lo que te preocupa.
—Ya sé que no —se ríe.
—Bien. Iré al médico por otra receta —digo tranquilamente, y esta
vez las esconderé. No tengo ni idea de qué voy a hacer si estoy
embarazada. Creo que moriré en el acto. Sus manos se vuelven más firmes,
lo que no hace sino alimentar mis sospechas—. Tendrás que usar condón
hasta que pueda reiniciar el ciclo —añado.
—No me gusta ponerme condones contigo —protesta.
—Entonces no follaremos —respondo con suficiencia. No hay duda
de que ha sido él.
—¡Esa boca!
Me echo a reír, aunque no sé por qué. Debería estar furiosa, asustada y
preocupada. No quiero ni imaginarme cómo se comportaría conmigo si
estuviera embarazada de su hijo. Joder, sería insoportable. Me envolvería
en algodón y me encerraría en una celda acolchada durante nueve meses.
Joder. Espero no estar preñada. Mi vida se acabaría. ¿Y cómo sería con sus
hijos si es así conmigo? La espera de mi próxima regla se me va a hacer
eterna.—
¿Estás bien? —pregunta.
—Sí —me apresuro a contestar—. ¿Cuánto tiempo lleva Cathy
trabajando para ti? —pregunto desviando la conversación. La que está en
curso no nos lleva a ninguna parte. Jamás lo admitirá.
—Casi diez años.
—Te quiere mucho.
—Sí —responde tranquilamente, y sé que el sentimiento es mutuo.
Incluso admitió que no podría vivir sin ella.
—¿Sabe lo de La Mansión? ¡Ay!
—¡Perdona, nena! —dice con temor, y me besa la espalda para
curarme—. Lo siento, lo siento.
—Tranquilo, estoy bien. Pero que no se repita. —Se levanta
ligeramente y entonces siento el breve y doloroso contacto de su manotazo
en mi culo—. ¡Oye!
—No te hagas la lista conmigo —me reprende, y me acaricia la
mejilla.
—¿Y bien? —insisto.
—¿Y bien, qué?
—Cathy. ¿Sabe lo de La Mansión? —Me vierte un poco de crema en
la nalga y me la extiende justo donde me ha dado la palmada.
—Sí, lo sabe. No es ninguna sociedad secreta, Paula. No encierra
ningún misterio. Ya está. Arriba.
—A mí me lo ocultaste —mascullo indignada mientras me siento en
el borde de la cama.
—Porque me estaba enamorando perdidamente de ti y me aterraba
que huyeras de mí si lo descubrías. —Enarca una ceja acusadora y sé lo
que va a añadir—. Y lo hiciste —concluye.
—Estaba perpleja —intento defenderme.
Lo sucedido después de mi descubrimiento todavía me hace temblar,
y quiero señalar que a pesar de todo regresé junto a él. Fue lo de la bebida
lo que me llevó a huir.
—Sabía que tenías experiencia, pero no me imaginaba que fuera
porque regentabas un club sexual que utilizabas en exceso —le recuerdo,
muy a mi pesar.
—¡Eh! —Se acerca a mí y me tumba sobre la cama para darme un
beso en los labios—. Dejemos atrás el pasado. Centrémonos en nosotros,
en el presente, en el mañana, en el día siguiente y en el resto de nuestras
vidas.—
Vale. Bésame —sonrío.
—Perdona, ¿quién está al mando? —Sus labios se curvan y aparta la
mirada de mis ojos a mi boca.
—Tú.
—Buena chica. —Me ahoga con la suya y me da justo lo que quiero,
aunque se aparta demasiado pronto. Expreso mi frustración con un gruñido
sonoro y él me mira con recelo—. Me da igual que refunfuñes. Ponte el
vestido nuevo de color crema. —Se levanta y me deja para que me duche y
me prepare para salir a cenar.
Entro en la cocina sintiéndome muy especial con mi nuevo vestido, un
cinturón dorado y unos tacones de color crema también nuevos. Tengo el
pelo suelto sobre la espalda y me he maquillado de manera sencilla. Me
detengo de repente en cuanto veo a Pedro. Está al teléfono, escuchando con
atención, y babeo al verlo con su traje azul marino y su camisa rosa claro.
Lo repaso con la mirada de arriba abajo, desde sus Grenson marrones hasta
su rostro arrebatador, pasando por sus piernas largas y musculosas, su
pecho firme y perfectamente tonificado y su mandíbula recién afeitada.
Tiene el ceño fruncido.
Arrugo la frente con curiosidad y sus ojos se suavizan. Está sobre un
taburete dándose golpecitos en el muslo. Me acerco y me apoyo en sus
piernas mientras busco el brillo de labios en el bolso. Hunde el rostro en
mi pelo para inhalarlo y me pasa el brazo por la cintura para acercarme
más a él.
—¿Y qué más puedes decirme? —Habla con poca cortesía.
Me vuelvo y lo miro con curiosidad de nuevo mientras me aplico el
gloss. Él hace caso omiso de mi mirada y me besa suavemente en la
mejilla.
—Qué puta casualidad que la otra cámara estuviera rota —dice
secamente—. ¿Has comprobado las grabaciones del exterior del bar?
«Oh, oh...»
Entonces respira hondo. Le aprieto el muslo y él me mira y me besa
en la frente.
—Vale, ya me dirás algo. —Tira el teléfono sobre la encimera y éste
se desliza unos cuantos centímetros—. No me lo puedo creer —masculla.
—Crees que es Mikael el de la grabación, ¿verdad?
—Sí.
No sé de qué me sorprendo, ya sabía que lo pensaba, pero la
confirmación hace que me ponga más nerviosa.
—¿Crees que fue él quien me drogó? —espeto.
—No lo sé, Paula. —Parece totalmente desmoralizado.
—Sería un poco exagerado, ¿no?
—Me odia, Paula. Sabe que eres mi talón de Aquiles. Estaba esperando
esta oportunidad.
Me aparto y me vuelvo para mirarlo.
—¿Y si vamos a la policía? —pregunto. Su preocupación empieza a
agobiarme de verdad a mí también.
—No. —Sacude la cabeza—. Yo me encargaré de esto.
—De acuerdo —digo tranquilamente. No pienso discutir con él por
este tema.
Suspira.
—Debería alejarme de ti. Si fuera capaz de soportarlo, lo haría.
—¿Qué? —Me encojo, presa del pánico, por el hecho de que haya
llegado a sugerirlo siquiera.
—He hecho daño a mucha gente, Paula.
—¡Cállate! —Me estoy cabreando—. No digas esas cosas.
—Paula, la bebida, las mujeres...
—¡Que te calles! —grito—. No hace falta que me recuerdes que ha
habido otras mujeres desde que te conocí. —Ahora sí que estoy furiosa.
—Lo siento. Ojalá pudiera cambiarlo todo menos a ti. Eres lo único
bueno que me ha pasado en la vida, y hasta eso lo estoy haciendo mal. —
Agacha la cabeza.
Las lágrimas empiezan a inundar mis ojos. Sé que tiene
remordimientos, sé que se arrepiente de cosas. Joder, sé todo esto. Lo
agarro de la cintura y acerco su cara a la mía.
—Basta —digo con firmeza.
Él suspira y me mira.
—No sé qué he hecho para merecerte.
—Tú me lo recordaste.
Sonríe suavemente y después me mira con picardía.
—Me gusta tu vestido.
Mete la mano por el interior de mi muslo y la desliza por dentro de
mis bragas.
—A mí también me gusta.
Joder, ya estoy jadeando otra vez. Dejo caer el bolso al suelo de la
cocina y lo agarro de la solapa de la chaqueta.
Saca el dedo, me lo acerca a la boca y extiende mi humedad por mis
labios recién pintados con brillo.
—Soy un hombre muy afortunado.
Me coloca sobre su regazo y me inclina hacia atrás con los labios
pegados a los míos en un largo beso sensual. Cuando ya tiene lo que quiere,
se retira y me ofrece esa sonrisa reservada sólo para mí.
Yo se la devuelvo y le paso el pulgar por el labio inferior.
—Ese color no te sienta bien —le digo, y le limpio el gloss nude
mezclado con mi propia esencia.
—¿No? —Hace pucheros y yo me río. Me levanta y coge el mando a
distancia del equipo de sonido—. Quiero bailar contigo.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Sonrío cuando Pumped up kicks de Foster the People suena muy alto a
través de los altavoces. Sin duda quiere bailar. Me aprieta contra su pecho
y me sujeta con una mano la zona lumbar y con la otra agarra mi mano.
Apoyo mi otro brazo en su hombro y lo miro con una sonrisa.
—Me haces muy feliz.
Sus ojos resplandecen y sus exquisitos labios empiezan a curvarse
hacia arriba.
—Voy a hacerte feliz durante el resto de mi vida, nena. Bailemos.
Sale de la cocina dando pasos hacia atrás y pronto estamos en el
inmenso espacio diáfano del ático. Me da una vuelta y me atrae de nuevo
hacia sí. Después me guía por toda la habitación. Me río y miro sus
brillantes pozos verdes cargados de dicha mientras me lleva entre los
muebles, me hace girar y me sonríe. Me guía de un extremo del piso al
otro, hasta la terraza. Danzamos por el entarimado y volvemos adentro.
—¿Qué baile es éste? —pregunto cuando pasamos junto al sofá de
nuevo.—
No lo sé. Algo a medio camino entre el vals y el baile ligero, creo.
—Me sonríe y yo dejo que me siga guiando. Sus ojos parecen a punto de
estallar de felicidad—. Creo que bailar contigo me gusta tanto como estar
dentro de ti.
—¿En serio? —pregunto totalmente estupefacta.
—No. —Frunce el ceño—. Me parece que es lo más absurdo que he
dicho en mi vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario