sábado, 19 de abril de 2014

Capitulo 176 ♥

Sé que si me estiro soltaré un alarido. La tremenda necesidad de moverme
lucha contra mi instinto natural de permanecer quieta para evitar los
pinchazos. Los acontecimientos del día anterior me vienen a la cabeza en
cuanto abro los ojos: todo aquel horror, los sonidos de los látigos, los
estallidos de dolor, la angustia y el tormento. Y todo ello ha aparecido de
golpe en mi cerebro, sin la más mínima cortesía matutina.
Abro los ojos y veo que Pedro está profundamente dormido en la
misma posición en la que recuerdo haberlo visto por última vez, con la
mano sobre mi mejilla y el rostro pegado al mío, los labios separados y
respirando de manera tranquila y sosegada sobre mi cara. Parece tan
sereno, con las largas pestañas adornando su rostro y el pelo rubio revuelto
como todas las mañanas. La barba de un día y los rasgos atractivos y
despreocupados tan cerca de mí hacen que esboce una pequeña sonrisa.
Detrás de su manera de ser imposible e irritante se esconde un hombre
destrozado que bebe y folla sin control y que hace que lo azoten para
castigarse a sí mismo. Y yo he contribuido en gran medida a ese estado de
lamentación, pero si las cosas son como él dice y se ha castigado porque
cree que lo merece, porque dice que todo lo que sucede es a causa de su
pasado, entonces será mejor que me encierre en una urna de cristal para el
resto de mi vida.
Observo cómo sus ojos se mueven y comienzan a abrirse lentamente.
Parpadea unas cuantas veces más y me mira. Veo que su mente adormilada
empieza a inundarse con la información y los recordatorios que lo llevarán
rápidamente a asimilar dónde estamos y por qué. Se demora unos
silenciosos instantes, pero finalmente suspira y se acerca unos centímetros
más hasta que estamos nariz con nariz, él de costado y yo todavía boca
abajo. Me parece que está demasiado lejos. Saco los brazos de debajo de la
almohada y me vuelvo ligeramente con unas cuantas muecas de dolor hasta
que estoy de lado frente a él. Apoya las manos en mi cadera y se acerca
todavía más, hasta que nuestros cuerpos quedan pegados y nuestras narices
se tocan de nuevo.
—Sí que es posible —susurro con la garganta tremendamente seca—.
Sí que es posible entender lo que sientes por mí.
—¿Has hecho esto para demostrar que me quieres?
—No, ya sabes que te quiero. Lo he hecho para que sepas lo que se
siente. Arruga la frente.
—No lo entiendo. Ya sé lo que se siente cuando te azotan.
—No me refiero a eso. Me refiero a la angustia de ver al hombre al
que amo haciéndose daño a sí mismo. —Levanto la mano, le acaricio la
barba y veo que de repente lo capta—. Nada podría dolerme más que ver
cómo te haces eso a ti mismo. Es lo único que podría matarme. Si vuelves
a castigarte, yo también lo haré. —La voz me tiembla ligeramente al
pensar en tener que volver a enfrentarme a otro día como el de ayer. Acabo
de amenazarlo y, si me quiere tanto como dice, debería concederme mi
petición.
Se apresura a apartar la mirada y comienza a morderse el labio
mientras sacude ligeramente la cabeza. Vuelve a mirarme.
—Me amas.
—Te necesito. Te necesito fuerte y sano. Necesito que entiendas
cuánto te quiero. Necesito que sepas que yo tampoco puedo vivir sin ti.
Que yo también me moriría si te perdiera.
Niega con la cabeza.
—No te merezco, Paula. No con la vida que he llevado. Nunca había
tenido nada que apreciara o que quisiera proteger. Y ahora que lo tengo
siento una mezcla extraña de felicidad total y de pánico absoluto. —Sus
ojos repasan cada milímetro de mi cara—. Llenaba mi existencia con
alcohol y con mujeres. Y me daba igual. Le he hecho daño a lo más valioso
que tengo, y no puedo soportarlo.
—Yo te he hecho ser así.
Arruga la frente pero no me rebate. Yo he hecho que sea así.
—Necesito controlarte, Paula. No puedo evitarlo. Te lo juro.
—Ya lo sé —suspiro—. Ya sé que no puedes evitarlo.
Me acerco a su pecho y me deleito con su calor. Por una vez, siento
que lo entiendo perfectamente. Ha tenido una existencia irreprimible, una
vida de despreocupación, de insensibilidad, un auténtico desastre. Y ahora
no sabe qué hacer con todas estas emociones nuevas.
—Estás sufriendo por mi culpa —dice pegado a mi cabello.
—Y tú por la mía —afirmo secamente—. Pero superaremos el pasado.
Mientras estés conmigo y te sientas fuerte, lo superaremos. No es tu
pasado lo que me hace daño. Eres tú. Las cosas que estás haciendo ahora.
—Sé que mi mente me está recordando que me ha costado digerir lo del
pasado de Pedro, pero eso sólo me provocaba unos celos tremendos, no un
dolor insoportable. Tengo que aprender a superarlo.
Me aparta de su pecho. Tiene los ojos húmedos y le tiembla la
barbilla.
—Estás loca de atar —dice con voz tierna antes de besarme—. Loca
de remate.
Recibo alegremente sus labios sobre los míos. Creo que es la única
parte de mi cuerpo que puedo mover sin morirme de dolor.
—Estoy locamente enamorada de ti. Por favor, no vuelvas a hacerte
eso a ti mismo. Me duele la espalda.
Se aparta con el ceño medio fruncido.
—Todavía estoy furioso contigo.
—Yo contigo tampoco es que esté muy contenta —le contesto
tranquilamente.
—No puedo tocarte —gruñe, y me besa de nuevo por toda la cara.
—Ya lo sé. ¿Qué tal tu espalda?
Resopla y continúa cubriéndome el rostro con los labios.
—Bien. Sólo estoy cabreado contigo. Tienes que empezar a moverte o
te quedarás inválida.
—No me importaría —respondo. No me importaría quedarme aquí
tumbada eternamente y dejar que me besara de la cabeza a los pies.
—De eso, nada, señorita. Necesitas un baño de lavanda y que te eche
un poco de crema en la espalda. No puedo creer que de todos los socios
fueras a escoger al más chiflado.
—¿Eso hice? —pregunto. ¿Cómo iba a saberlo? Sólo le entregué el
látigo al primero que lo aceptó.
—Pues sí. —Aparta la boca de mi cara y me mira con ojos recelosos
—. John y yo íbamos a reunirnos hoy para discutir si anulábamos su
suscripción. Llevamos tiempo vigilándolo. Su comportamiento se ha
vuelto algo errático últimamente y, aunque algunas mujeres disfrutan del
lado salvaje de sus hazañas sexuales, otras no tanto. Hace que algunas se
sientan incómodas, y eso es un problema. —Una expresión de
arrepentimiento se dibuja en su rostro y sé que está pensando que debería
haber echado antes a Steve—. Pero todavía no había hecho nada que nos
diera motivos reales para echarlo hasta anoche.
—Se lo pedí yo, Pedro. —Intento aliviar su culpa. No quiero que todo
esto se repita.
—Tenemos reglas, Paula. —Me besa y me muerde el labio inferior
ligeramente—. ¿Establecisteis unos límites previamente?
—No. —Ahora me doy cuenta de lo estúpida que fui.
—Su lista de ofensas sigue aumentando. Ha incumplido muchas
normas. Tiene que irse.
—No lo recuerdo. No estaba en la fiesta de aniversario. —Me habría
acordado de esa cara de gallito.
—No, estaba de guardia.
—¿De guardia?
Pedro sonríe, y yo me deleito con su sonrisa.
—Es de la pasma.
Me atraganto y, acto seguido, hago una mueca de dolor.
—¿Qué?
—Que es un poli. —Levanta las cejas como diciendo «Sí, me has oído
bien».
¿Steve es policía?
—¿Has amenazado de muerte a un policía?
—Estaba cabreado. —Me aparta el pelo de la cara y me mira
atentamente—. He estado pensando.
No me gusta cómo suena eso. Y creo que a él tampoco.
—¿Acerca de qué?
—De muchas cosas. Pero lo primero es que tengo que hablar con
Patrick sobre Van Der Haus.
Sabía que no me iba a gustar lo que iba a decir, pero no veo la
solución a este asunto. Mikael supone probablemente la pensión de
jubilación de Patrick, y sé que le va a dar algo cuando le diga que no voy a
seguir trabajando con él. No puedo hacerlo, y ni siquiera le he contado a
Pedro lo del mensaje de texto. No obstante, acaba de confirmarme que él
también cree que es él quien aparece en las grabaciones del bar.
Joder.
—¡Es lunes! —exclamo, y me revuelvo un poco en un intento de
levantarme de la cama.
Al instante me agarra de los hombros y me obliga a echarme de
nuevo.—¿En serio crees que voy a dejar que te muevas de aquí? —Sacude la
cabeza—. También he estado pensando en otras cosas. —Empieza a
morderse el labio.
Oh, oh. ¿En qué?
—¿Qué otras cosas? —pregunto. Ni siquiera ha desarrollado sus
pensamientos con respecto a lo de Mikael, aunque sé exactamente adónde
quiere ir a parar con ello.
Se aprieta todavía más contra mí.
—No puedo estar sin ti.
—Eso ya lo sé.
—Pero no porque me preocupe volver a mis viejas costumbres. Te
quiero porque haces que tenga una razón de ser. Has llenado un inmenso
vacío con tu belleza y con tu espíritu, y aunque puede que te complique un
poco más la vida con mi manera de ser imposible... —Levanta una ceja con
sarcasmo—. Por cierto, que sepas que tú también eres bastante imposible.
Me echo a reír con ganas y hago una mueca de dolor al instante, pero
Pedro no se une a mis carcajadas. Frunce los labios y me agarra con más
fuerza de la cadera.
—Yo no soy imposible, Pedro Alfonso. —Enarca las cejas todavía más.
Es evidente que no está de acuerdo, pero le pongo la mano en la boca para
acallar su contraataque—. Acabas de decir que he llenado un inmenso
vacío con mi espíritu...
—Y con tu belleza —murmura en mi mano.
Pongo los ojos en blanco.
—Bueno, pues mi incesante necesidad de desafiar a tu manera de ser
imposible forma parte de ese espíritu. Jamás te librarás de esa pequeña
parte de mí que se rebela contra ti, y tampoco querrás hacerlo. Eso es lo
que me diferencia de todas las mujeres de La Mansión, que llevan
lamiéndote el culo demasiado tiempo. —Esta vez soy yo la que enarca una
ceja sarcástica y él me mira con recelo. Le estoy diciendo estas palabras a
un hombre tan pagado de sí mismo y tan irracional que no me sorprendería
que se echara a reír en mi cara, pero continúo de todos modos—: Me he
entregado a ti por completo. Soy toda tuya. Nadie me apartará de tu lado.
Jamás. Y sé que parte de tu problema es mantenerme lo más alejada
posible de lo que las demás mujeres de tu vida representan.
—¡No ha habido ninguna otra mujer en mi vida! —protesta a pesar de
mi mano.
Le aprieto los labios con más fuerza.
—Hay algo que necesito saber.
Levanta las cejas. No puede contestar porque tengo la mano muy
pegada a su boca.
—Quieres diferenciarme todo lo posible de las mujeres de La
Mansión, pero ¿qué hay del sexo? —Siento que sonríe contra la palma de
mi mano. ¿Le hace gracia la pregunta?
Aparto la mano de su boca. Sí, está sonriendo con esa sonrisa
malévola suya. Me deleito en ella, aunque no me hace gracia que le
divierta mi pregunta. Está obsesionado con vestirme adecuadamente según
su punto de vista, me obliga a llevar lencería de encaje (y de repente
entiendo por qué), y no quiere que beba.
«¡Joder!»
De pronto, los motivos por los que no quiere que beba golpean mi
cerebro como una enorme losa.
—No te gusta que beba porque crees que voy a hacer lo que tú solías
hacer cuando estabas borracho. ¡Crees que voy a querer follarme todo lo
que se mueve! —digo prácticamente chillando, y su sonrisa pronto
desaparece. Antes de darle tiempo a contestar a mi pregunta anterior, ya le
estoy lanzando otra. Bueno, más que una pregunta es una conclusión.
—¿Quieres hacer el puto favor de hablar bien? —Se deja caer boca
arriba en la cama y silba de dolor.
Oh, oh. Me incorporo, haciendo caso omiso de mi propio dolor, y me
pongo a horcajadas encima de él.
—Es eso ¿verdad? Ése es el motivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario