martes, 22 de abril de 2014

Capitulo 186 ♥

Tengo los nervios destrozados. No sé por qué, sé que estoy haciendo lo correcto pero, maldita sea,
creo que me va a dar algo. Estoy sola, son mis primeros minutos de silencio y reflexión en lo que llevo
del día, y lo más probable es que sean también los últimos. He estado esperando que llegara este breve
instante en el tiempo, suplicando por él en medio del caos que me rodea. Necesito este momento, a
solas conmigo misma, para asimilar el paso tan grande que voy a dar. Yo sola para intentar
recomponerme. Sé que, de hoy en adelante, estos momentos valdrán su peso en oro.
Es el día de mi boda.
Es el día en que le voy a prometer a mi hombre que seré suya el resto de mi vida, aunque no es
que me haga falta un papel o un anillo en el dedo para que así sea. Pero a él, sí. Por eso voy a casarme
con ese hombre dos semanas después de que hincara la rodilla en el suelo, en la terraza del Lusso.
Ahora estoy en bata, sentada en un diván en una de las suites privadas de La Mansión (la misma en la
que Pedro me acorraló hace semanas), tratando de centrarme.
Me voy a casar en La Mansión.
El día más importante de mi vida tendrá lugar en el club de sexo superpijo de mi señor. No estoy
nerviosa sólo por ser la novia. Mis padres, mi hermano y toda mi familia están paseando a sus anchas
por el edificio y quedándose maravillados ante su opulencia. Por eso he cerrado con un candado de
cinco kilos las puertas del salón comunitario. Lo he revisado un millón de veces, y también he
comprobado que todos los artefactos de madera y las rejas de oro colgantes hayan desaparecido de las
habitaciones privadas. Asimismo, he instruido en repetidas ocasiones al personal de La Mansión. El
ejército de empleados de Pedro ha tenido que aguantar mis comentarios y mis constantes recordatorios
sobre el hecho de que mi familia no sabe nada. Los pobres me siguen la corriente, ponen los ojos en
blanco y me aseguran que todo irá bien, o me miran con cara de entender mi situación, aunque eso no
me hace sentir mejor. Los hombres de la familia no me preocupan tanto: se irán al bar y no se
moverán de allí a menos que se les ordene lo contrario, pero mi madre y mi tía son harina de otro
costal. Mi madre, que ama el lujo con pasión, está metiendo las narices en todas partes, y de repente se
ha proclamado guía oficial, lista para mostrar lo magnífica que es la finca de Pedro. Se lo podría
ahorrar. Ojalá se sentara con mi padre en el bar. Ojalá pudiera pegarle el culo al taburete con cemento
cola y obligarla a beber «sublimes de Mario» todo el día y toda la noche. Es un estrés añadido que
realmente no necesito el día de mi boda, pero cuando mi hombre imposible y neurótico me tenía
tumbada en el suelo en la terraza el día de su cumpleaños, cubierta por su cuerpo fuerte y viril, dije
que sí. No le hizo falta recurrir al polvo de entrar en razón.
Sé que se ha encargado de todo. La Mansión realmente parece un hotel exclusivo, pero yo sé lo
que hay en el piso de arriba y que todas las camas están bailando ahora mismo sobre mi cabeza, como
si se sintieran solas. Seguro que se sienten solas. La Mansión lleva dos días cerrada por los
preparativos, cosa que le ha costado a Pedro una pequeña fortuna en reembolsos a los socios. Es
posible que ahora mismo me haya vuelto tan impopular entre los socios como entre las socias. Todos
deben de odiarme: las mujeres por haberles birlado a su señor delante de sus narices, y ahora también
los hombres, por haberlos obligado a tomarse unos días de descanso de sus aventuras sexuales
preferidas.
Miro al techo y muevo los hombros en círculos para aliviar la tensión que se va acumulando. No
sirve de nada. Estoy demasiado nerviosa. Me levanto, voy hasta el espejo y me miro. La procesión va
por dentro pero por fuera parezco descansada y estoy radiante; mi maquillaje es ligero y natural.
Phillipe ha hecho un trabajo increíble: mi pelo nunca ha estado tan brillante, y los rizos largos y
marcados flotan libremente, apenas sujetos a un lado de la cabeza por una peineta joya. A Pedro le
encanta que lleve el pelo suelto.
También le encanta que vista de encaje.
Me acerco a la puerta, donde cuelga mi vestido, y admiro el intrincado encaje, mucho encaje, y
las explosiones de diminutas perlas cosidas aquí y allá. Sonrío. Se le va a cortar la respiración. Es un
vestido de novia muy sencillo, con tirantes delicados, la espalda escotada y la cintura ceñida. Mi señor
va a caer rendido de rodillas.
Elegancia sencilla.
El encaje de color marfil se desliza por mi trasero, abraza mis caderas y cubre un metro de suelo.
Mucho, mucho encaje. Zoe, la dependienta de Harrods, ha triunfado con este vestido. Ha acertado con
todo, incluso con los zapatos sin adornos en el mismo tono. Unos Louboutin de tacón de aguja
clásicos.
Cojo el teléfono de la mesilla de noche. Es mediodía. Tengo que vestirme. Dentro de una hora
estaré con Pedro en el salón de verano, pronunciando mis votos, haciendo oficial la promesa que le
hice. El estómago se me revuelve trescientos sesenta grados... otra vez.
Me quito la bata y me pongo las bragas antes de coger el corsé de encaje de color marfil sin
tirantes y meterme dentro. Lo subo hasta el estómago y arreglo mi pequeño escote en las copas. Cubre
justo el cardenal circular de mi pecho. Mi marca.
Tocan suavemente a la puerta. Se acabó el minuto de reflexión.
—¿Sí? —Me pongo la bata encima de la ropa interior y me acerco a la puerta que está en la otra
punta de la suite.
—Paula, cariño, ¿estás visible? —Es mi madre.
Abro.
—Estoy visible y necesito que me ayudes.
Entra y cierra la puerta. Está guapísima. Su atuendo no tiene nada que ver con el clásico traje de
chaqueta y sombrero de madre de la novia, sino que ha ensalzado su figura con un encantador vestido
recto de satén de color ostra. Lleva el pelo corto y peinado hacia un lado con una perla y una pluma.
—Perdona, cariño. Le estaba enseñando el spa a la tía Angela. Creo que le va a preguntar a Pedro
si puede hacerse socia, ha quedado muy impresionada. ¿Hace falta ser socio para usar el spa y el
gimnasio o son sólo para huéspedes?
Me muero de vergüenza al instante.
—Es sólo para huéspedes, mamá.
—No pasa nada. Imagino que hará una excepción con la familia. Tus abuelos, que el Señor los
tenga en su gloria, se habrían creído que estaban en el palacio de Buckingham. —Me atusa el pelo y le
aparto las manos—. ¿Has conseguido ponerte la ropa interior?
Me da un repaso con sus ojos de color chocolate.
—Ya casi es la hora.
Vuelvo a quitarme la bata y la dejo encima de la cama.
—Sí, pero necesito que me abroches el corsé —digo, me vuelvo de espaldas a ella y me recojo el
pelo sobre un hombro.
Las dos semanas que Pedro se ha pasado poniéndome crema en la espalda han borrado todo rastro
de los latigazos. Las marcas físicas han desaparecido, pero aquel día estará grabado a fuego en mi
mente para siempre.
—Muy bien. —Empieza a abrochar todos los corchetes—.Paula, deberías ver el salón de verano.
Está precioso. Eres muy afortunada de tener un lugar tan bonito donde casarte. Las mujeres tienen que
pedir una segunda hipoteca para poder permitirse algo así.
Me alegro de que no me vea la cara porque estoy muy incómoda.
—Lo sé.
He visto el salón y es verdad que está precioso. Tessa, la organizadora de boda, se ha encargado
de que así sea, aunque cada rincón de La Mansión rebosa esplendor, con o sin boda. Yo apenas he
participado en los preparativos. Pedro me presentó a Tessa al día siguiente de que le dijera que me
casaría con él. Está claro que mi hombre imposible ya la había buscado con antelación para que
organizara nuestra boda, esa de la que se suponía que íbamos a hablar y a planificar juntos como
adultos. Además, qué casualidad, La Mansión tiene licencia para bodas. Ni siquiera le he preguntado
cómo lo ha conseguido. Lo único que he hecho en relación con mi boda es visitar a Zoe para elegir el
vestido de novia. No estoy estresada por los preparativos. Estoy estresada por el emplazamiento.
—Ya está. —Mi madre me da la vuelta y deja caer de nuevo mi pelo por la espalda. Me mira
pensativa y sé lo que va a decirme—. Cariño, ¿puedo darte un consejo de madre?
—No —respondo rápidamente con una sonrisa.
Me devuelve la sonrisa y me sienta en el borde de la cama.
—Cuando te casas, te conviertes en la piedra angular de tu esposo —me sonríe con afecto—.
Deja que piense que manda, que crea que no puedes vivir sin él, pero no permitas nunca que te robe tu
independencia o tu identidad, cariño. Los hombres necesitan que les masajeen el ego. —Se ríe—. Les
gusta pensar que son ellos los que llevan los pantalones, y debes dejar que se lo crean.
Niego con la cabeza.
—Mamá, no es necesario...
—Sí que lo es —insiste—. Los hombres son criaturas complicadas.
Me río, burlona. No tiene ni idea de lo complicada que es mi criatura.
—Lo sé.
—Y aunque se hacen los valientes y se creen muy hombres, ¡no son nada sin nosotras! —Acerca
mi cara colorada a la suya—. Paula, veo que Pedro te quiere, y admiro lo franco que es cuando se trata
de lo que siente por ti, pero recuerda quién eres. No dejes que te cambie nunca, cariño.
—No va a cambiarme, mamá.
No estoy en absoluto cómoda con esta conversación, aunque ha dado en el clavo. Después de que
Pedro se declarase, mis padres se quedaron dos días con nosotros, y ahora llevan en Londres desde el
miércoles, así que han visto de sobra cómo es Pedro conmigo (salvo por las cuentas atrás y las distintas
clases de polvos). Han visto cómo me colma de atenciones y de cariño, cómo no se separa de mí, y al
menos yo no he ignorado sus comedidas observaciones. Pedro no se ha dado ni cuenta. Mejor dicho, se
ha dado cuenta pero le da igual, y yo no voy a decirle nada. Me gusta el contacto constante tanto como
a él.
Mi madre me sonríe.
—Quiere cuidar de ti y ha dejado claro que para él lo eres todo. A tu padre y a mí nos hace muy
felices saber que has encontrado un hombre que te adora, un hombre que caminaría sobre ascuas por
ti.
—Yo también lo adoro —digo en voz baja. La sinceridad de las palabras de mi madre me atenaza
las cuerdas vocales y hace que me tiemble la voz—. No me hagas llorar, por favor. Se me estropearía
el maquillaje.
Me coge la cara entre las manos y me da un beso.
—Sí, mejor me dejo de rollos sentimentales. Pero no hagas nunca nada que no quieras hacer: ya
he visto que puede ser muy persuasivo.
Me echo a reír y mi madre se ríe también. ¿Persuasivo?
—Es una lástima que su familia no haya podido venir —musita.
Hago una mueca.
—Ya te lo he dicho, viven en el extranjero. No están muy unidos.
Apenas he dicho nada de por qué la familia de Pedro estará ausente. Ha bastado con la historia que
me contó Pedro cuando nos conocimos. Es perfectamente plausible.
—Ay, el dinero... —suspira—. Causa más trifulcas familiares que cualquier otra cosa.
—Cierto —afirmo. Lo mismo que los clubes de sexo y los tipos mujeriegos.
Nos interrumpen unos golpecitos en la puerta y mi madre me deja sentada en la cama para abrir.
—Debe de ser Kate —dice alegremente.
—¡Traigo alcohol! ¡Caramba, Elizabeth! ¡Estás increíble!
La voz animada de Kate entra en la habitación antes de que deje atrás a mi madre y sus felices
ojos azules se claven en mí.
—¿Aún no estás vestida? —pregunta dejando la bandeja sobre la cómoda de madera.
Está fabulosa, con un vestido muy sencillo de satén de color marfil y los rizos rojos
enmarcándole las pálidas facciones. Es mi única dama de honor, pero su entusiasmo vale por diez.
—Estaba en ello. —Me levanto y vuelvo a acomodarme las tetas en las copas del corsé.
—Aquí tienes —dice pasándome una copa llena de líquido rosa.
—¡Sí, es imprescindible! —añade mi madre cerrando la puerta y cogiendo otra copa para ella. Da
un buen trago y suspira—. Ese pequeño italiano sabe cómo hacer feliz a una mujer.
Rechazo la copa con un gesto.
—No, gracias —digo; no quiero oler a alcohol delante de Pedro.
—Te calmará los nervios —insiste Kate cogiéndome la mano y poniendo en ella la copa—. Bebe.
Sabe por qué estoy nerviosa. También he hecho que Kate revise el candado y las habitaciones
privadas un millón de veces. Señala la copa con la cabeza y una ceja levantada, y finalmente doy mi
brazo a torcer y le doy un generoso trago al «sublime de Mario». Sabe tan sublime como siempre, pero
ni todo el alcohol del mundo podría curarme.

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