—Buenos días, nena.
Abro los ojos, alarmada. «¿Días?»
—No puede ser, ¿verdad?
—No, son las cinco en punto. Llevas toda la tarde durmiendo. ¿Qué
tal la espalda? —Gatea sobre la cama, totalmente desnudo, hasta tumbarse
a mi lado. Me quedo mirando atontada las gotas de agua que relucen sobre
su pecho y sus hombros firmes. Se ha afeitado y huele de maravilla.
Me retuerzo un poco.
—Creo que bien. —No me duele en exceso, pero sigo sin querer
repetir—. Soy una vaga absoluta. Me he pasado todo un día laboral en la
cama. —Me vuelvo hacia su pecho y obtengo mi dosis de aroma a agua
fresca y mentolada.
—Si dejaras de trabajar podrías hacer esto a diario. ¿A que sería
perfecto?
—Para ti —gruño—. Sería perfecto para ti porque así sabrías dónde
estoy en cada momento.
Le beso el pecho mientras pienso que puede que se salga con la suya.
Conozco bien a Patrick, pero no lo suficiente como para dar por hecho que
mandará a Mikael a freír espárragos cuando le cuente lo que está pasando.
—Exacto. —Me pasa los dedos por el pelo—. Deberías venir a
trabajar conmigo, así no tendríamos que separarnos nunca.
—Te cansarías de mí.
—Eso es imposible. ¿Vas a dejar que te lleve a cenar por ahí?
—También podríamos quedarnos aquí.
Deslizo la mano sobre su estómago y le acaricio la cicatriz.
—Nada me gustaría más, pero quiero llevarte a cenar. ¿Te importa?
—me pregunta.
Se está comportando de una manera bastante razonable y él no es así
en absoluto. Además, que rechace la oportunidad de retenerme en la cama
me resulta sospechoso.
—Aunque, bien pensado —susurra—, hace demasiado tiempo que no
estoy dentro de ti, y eso no puede ser. —Empieza a masajearme
suavemente la espalda—. Nena, no vamos a poder follar adormilados
durante algún tiempo, así que simplemente voy a follarte. ¿Alguna
objeción?
Se recuesta sobre la mitad de mi cuerpo y sus ojos empiezan a
cargarse de deseo. Eso, unido a las morbosas palabras que acaba de
pronunciar, ha despertado en mí un lujurioso frenesí. Sin embargo, acaba
de preguntarme si me importa que me tome. Evidentemente no me
importa, pero prefiero al Pedro dominante que siempre coge lo que quiere.
—¿Me estás preguntando si puedes follarme? —Sospecho que aquí
pasa algo, y se me nota.
Me mira con picardía y me besa junto a los labios.
—Esa boca. Sólo intento ser razonable.
Mueve la entrepierna y me da justo en el punto adecuado.
—¡Pues no lo seas! —espeto.
Se aparta con la frente arrugada y medita sobre mi petición unos
instantes.
—¿No quieres que sea razonable?
—No. —Empieza a faltarme el aire. Sabe exactamente lo que se hace.
—Aclárame eso. Estoy un poco confundido. —Menea las caderas
contra mí y despierta un persistente palpitar entre las piernas—. ¿De
verdad que no quieres que sea razonable? —pregunta.
—¡No!
—Vaya. —Mete un dedo por debajo del elástico de las bragas,
acaricia mi pequeño manojito de nervios y me envía al cielo—. ¿Carta
blanca? —pregunta.
—¡Sí!
—Me estás dando señales contradictorias —dice tranquilamente
mientras me acaricia—. Me encanta que te mojes conmigo.
—¡Por favor, Pedro! —Arqueo la espalda y la anticipación sexual ha
sustituido por completo al dolor. Estoy ardiendo.
Me mete un dedo y después empuja hacia la pared frontal de mi
entrada.
—Suave, caliente y hecha especialmente para mí. —Me aparta la copa
del sujetador de un tirón con la otra mano y empieza a retorcerme el pezón,
que ya tengo duro como una bala—. Se está borrando el chupetón —
murmura para sí mientras se abalanza sobre mi pecho para morderlo y
chuparlo—. No queremos que se te olvide a quién perteneces, ¿verdad?
Gimo cuando sustituye un dedo por dos.
—¡Ahhhhh!
—¿Verdad, Paula?
—No —suspiro.
Se aferra a mi pezón y tira de él con los dientes, lo que me provoca
oleadas de placer que van directas a mi sexo.
—Me encanta lo receptiva que eres a mi tacto. Me da el poder. —Los
dos dedos se transforman en tres y, como tiene la espalda hecha un cristo,
me agarro de las sábanas—. ¿Te gusta? —Me mete y me saca los dedos,
traza círculos con ellos y los empuja mientras observa cómo me retuerzo.
—Mucho —respondo con voz temblorosa. Necesito esto.
—Abre los ojos, Paula. Deja que los vea cuando te corras para mí.
Obedezco y lo miro mientras continúa masturbándome hasta la
desesperación.
—Bésame —le pido mientras recibo con las caderas los empujones de
su mano. Voy a estallar y necesito su boca sobre la mía.
—¿Quién está al mando, Paula? —pregunta con los ojos cargados de
deseo—. Dime quién está al mando.
—Tú.
—Buena chica. —Se acerca y pega sus labios a los míos mientras
rodea con el pulgar mi manojito de nervios, obligándome a agarrarlo del
pelo y a aferrarme a él como si mi vida dependiera de ello mientras me
besa con fuerza y me masturba hasta el clímax. Su lengua se enrosca en mi
boca, despacio pero con firmeza, con dureza pero con adoración.
Me está haciendo recordar.
Al sentir su pecho firme pegado a mi costado, su maravillosa boca
contra la mía y sus dedos largos y hábiles acariciándome, mi cuerpo se
tensa, mi mente se queda en blanco y mi alma vuelve a su sitio. Pierdo la
razón. Una larga oleada de placer me atraviesa. Gimo contra su boca
mientras mi cuerpo se agita de manera incontrolable y alcanzo el clímax.
—Sólo para mí —gruñe, y sé que lo dice en serio. Su posesión carnal
de mi cuerpo hace que me vuelva débil de deseo—. Sólo para mí, siempre,
¿entendido?
—Sí —suspiro, y me relajo debajo de él. El rugido de la sangre
corriendo empieza a disiparse en mis oídos.
—Arriba. —Me coloca los brazos alrededor de su cuello—. Rodéame
la cintura con esas piernas tan fabulosas.
Hago lo que me pide y me agarro de su cintura con las piernas para
dejar que me levante de la cama. Se dirige hacia la puerta de la habitación.
—¿Adónde vamos? —pregunto ruborizándome al esperar una
sucesión de polvos como marca su estilo.
—A mi despacho.
¿Qué?
—¡Espera! —grito bruscamente.
Se detiene al instante.
—¿Qué pasa?
—Llévame al armario.
—¿Para qué?
—Porque necesitamos un condón.
—¿Cómo? —dice, estupefacto.
—Necesitamos un condón —repito, aunque sé que me ha oído
perfectamente.
—No tengo ninguno —escupe con asco.
No me cabe duda de que es culpable.
—Claro que sí. En el armario. —Debería bajarme. De repente se pone
tenso. Parece que ha intuido lo que pensaba hacer. Sabe que lo sé.
—Paula, contigo no uso condones.
—Entonces no follaremos —digo encogiéndome de hombros. Se está
cavando su propia tumba.
—¿Perdona? —Se aparta y me lanza una mirada de disgusto.
Me mantengo seria cuando debería estar furiosa de que me haya
escondido las píldoras, pero no puedo. Es un puto enigma, y creo que jamás
lograré resolverlo.
—Ya me has oído —digo como si tal cosa.
Su mirada de disgusto se transforma en un ceño fruncido.
—Joder.
Se dirige al vestidor conmigo en brazos, aparta un brazo de mí y saca
inmediatamente los condones que acaba de decir que no tenía sin parar de
farfullar. Quiere dejarme embarazada. Pienso mantenerme muy firme con
ese tema, aunque puede que ya sea demasiado tarde. ¿Qué haré si lo estoy?
No quiero ni pensarlo. Lo único que puedo hacer es rezar en silencio.
—¿Sabes? Mi marca también se está borrando —digo mirándole el
pectoral mientras salimos del dormitorio.
Su cara de enfado desaparece y me sonríe con picardía.
—¿Ah, sí?
—Tendré que volver a marcarte. —Levanto las cejas y veo con
deliciosa lujuria que sus ojos se han oscurecido todavía más.
—Mi chica es posesiva. Sírvete, nena.
Sonrío y clavo los dientes en su pecho. Un pequeño gemido escapa de
sus labios mientras desciende la escalera en dirección a su despacho.
—Quiero tomarte aquí para que siempre que esté trabajando te
recuerde tirada desnuda sobre mi mesa.
Me coloca sobre la enorme mesa de madera, deja la caja de condones
y se sienta en su sillón de piel. Esta habitación también está ordenada.
Cathy debe de haberse preguntado qué coño ha pasado.
Está totalmente desnudo y duro como el acero y me quedo extasiada
al ver su esplendorosa longitud. Me coge los bordes de las bragas y yo me
agarro a la mesa y levanto el culo para que pueda deslizarlas por mis
piernas. Abre el primer cajón, las mete ahí, vuelve a cerrarlo y me mira.
—Acabas de correrte en ellas. —Apoya las palmas en mis muslos—.
Quiero poder olerte también. Abre las piernas.
«¡Ay, Señor!»
Me abro de piernas todo lo que puedo, exponiéndome a él por
completo. No es nada que no haya visto antes, un millón de veces, pero así,
de esta manera, me siento totalmente desnuda. Se acerca en la silla y me
echa la mano atrás para desabrocharme con suavidad el sujetador y
deslizarlo por mis brazos. Mi respiración se acelera y estoy dispuesta a
dejarme llevar otra vez, pero por su forma de actuar detecto que vamos a
hacerlo a su manera. Él tiene el mando y, sentado en esa silla, totalmente
desnudo, con los abdominales firmes y su inmensa erección descansando
sobre su vientre, posee un aspecto tremendamente poderoso.
—Échate hacia atrás y apóyate en las manos. —Mete el sujetador a
juego en el cajón junto a mis bragas y se acomoda de nuevo en la silla.
Me inclino hacia atrás y mi pecho también queda expuesto. Estoy
nerviosa y no sé por qué. Me ha tomado de mil maneras y posturas
diferentes, y con mil estados temperamentales distintos, pero hoy me
siento algo intranquila. Aparta la mirada de la mía y la hace descender
lentamente por mi cuerpo hasta fijarla en mi sexo. Sus ojos permanecen
ahí clavados y se apoya todavía más contra el respaldo de la silla hasta que
el mecanismo para reclinarla cede ante su peso. Se está poniendo muy
cómodo.
Yo, no tanto.
Estoy aquí sentada, igual de desnuda que él, y el corazón se me sale
del pecho mientras lo veo mirar mi hendidura. Está totalmente extasiado.
—¿Por qué estás nerviosa? —pregunta sin apartar los ojos de entre
mis piernas. Su voz grave y agitada no hace que me tranquilice.
—No lo estoy —miento lánguidamente. Pero sí lo estoy. Me siento
expuesta y observada, lo cual es ridículo. No hay ni un solo milímetro de
mi cuerpo que no lo haya tenido encima o dentro. Soy toda suya.
Levanta la vista y su dureza se suaviza inmediatamente.
—Te quiero.
Todo mi ser se relaja al oír esas dos palabras.
—Yo también te quiero.
—No lo dudes nunca.
—No lo haré. ¿Has acabado con tus observaciones? —pregunto
levantando una ceja sardónica.
—No. —Se inclina hacia adelante y vuelve a separarme las piernas.
No me había dado cuenta de que las había cerrado un poco—. Estoy
evaluando mis posesiones. —Se apoya en el respaldo y continúa mirando
mi parte más íntima.
—¿Soy una posesión?
—No, eres mi posesión. —Mantiene la vista fija donde está, y decido
que ya que estoy debería disfrutar un poco también de mi propia posesión.
Todavía salivo al ver lo perfecto que es—. ¿Quieres escuchar mi
veredicto? —pregunta.
—Claro.
Me mira a los ojos y una de las comisuras de sus labios se eleva.
—Soy un hombre muy rico. —Se acerca sobre la silla, me agarra las
piernas por los tobillos y me coloca las plantas de los pies sobre sus
hombros. Si antes estaba desnuda, no sé cómo estoy ahora—. No sientas
pudor conmigo —me reprende con el ceño ligeramente fruncido. Apoya las
palmas de las manos sobre mis empeines y empieza a besarme el tobillo.
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