sábado, 19 de abril de 2014
Capitulo 174 ♥
«¡Joder!»
La piel me arde y el sufrimiento emana desde todas y cada una de las
terminaciones nerviosas de mi espalda y del resto del cuerpo. Me está
arrastrando y ni siquiera puedo hablar para decirle que pare. Jamás había
sentido tanto dolor.
—¡No lo dejes salir de aquí! —Oigo la voz de Pedro amortiguada pero,
a pesar de mi aturdimiento, sé a quién se refiere, y entonces soy consciente
de que probablemente acabe de sentenciar a Steve a muerte.
Tengo que detener esto. Yo le he pedido que lo hiciera, aunque ahora
mismo me pregunto por qué. Estoy completamente loca, pero entonces
recuerdo mis motivos. Puede que ya no esté tan dispuesto a hacerse esto a
sí mismo si sabe que yo lo haré después. Pero ¿será capaz de beber o de
hacerse azotar de nuevo de todos modos? Joder, espero que no. No creo que
yo pueda volver a pasar por esto. A través de mi ensimismamiento, soy
consciente de que acabo de iniciar un tremendo círculo vicioso de castigos.
¿He hecho bien?
Mi parte perturbada y mi parte cuerda discuten en mi cerebro, y
entonces oigo las fuertes y rápidas pisadas de Pedro y muchos gritos
ahogados de sorpresa conforme me acarrea por La Mansión.
—Pero ¿qué coño...? —oigo decir a Kate en la distancia—. ¿Pedro?
Él no contesta. Lo único que oigo son los graves rugidos de John, que
se funden con el murmullo de fondo debido a la conmoción que he
causado. Me da igual. Una puerta se cierra de golpe y, unos momentos
después, siento el sofá debajo de sus muslos y que él me acuna en su
regazo.—
Eres una estúpida —solloza con la voz rota. Hunde la cabeza en mi
cuello y absorbe el olor de mi cabello mientras me acaricia la cabeza
frenéticamente—. Estás loca.
Me obligo a abrir los ojos y miro al vacío a través de su pecho. Siento
mucho dolor, pero no tengo intención de moverme o de expresar mi
amargura. Estoy como sedada, como si flotara y observando esta escena
desde fuera. ¿Y si mis intentos de hacer que Pedro me entienda fracasan?
¿Y si vuelve a castigarse? No podría soportar pasar por eso otra vez, y
tampoco por el tremendo sufrimiento físico. No podría soportar ver a Pedro
arrodillado, aceptando los latigazos de Sarah o de quien fuera. Jamás podré
borrar esa imagen de mi mente. Se quedará grabada en mi cerebro durante
el resto de mi vida. Nada conseguirá eliminarla. Nada.
No sé cuánto tiempo permanecemos sentados en silencio; yo mirando
a la distancia, totalmente ajena a las circunstancias, y Pedro sollozando
contra mi pelo. Parecen horas, puede que más. He perdido la noción del
tiempo y de la realidad.
Alguien llama a la puerta.
—¿Qué? —pregunta Pedro con la voz rota. Después sorbe unas cuantas
veces. La puerta se abre, pero no sé quién es. Llevo tanto tiempo mirando al
vacío que creo que se me han bloqueado los ojos. Oigo movimiento cerca y
que dejan algo en la mesa que tenemos delante, pero quienquiera que sea
no dice nada. Nos deja igual de silenciosamente y la puerta del despacho se
cierra casi sin hacer ruido también.
Pedro se mueve ligeramente debajo de mí, y yo inhalo con un silbido
de dolor agudo. Se detiene.
—Joder —dice, azorado—. Nena, tengo que moverte, tengo que verte
la espalda.
Niego suavemente con la cabeza y hundo el rostro en su pecho
desnudo. Me va a doler una barbaridad cuando me mueva. Quiero
retrasarlo todo lo posible. Soy consciente de que su propia espalda está
hecha polvo, y está recostado sobre el sofá, conmigo encima haciendo
presión. Él también debe de estar pasando un tormento. Menudo par de
gilipollas chalados estamos hechos.
Suspira y apoya la barbilla sobre mi cabeza.
—¿Por qué? —grazna, y me besa la cabeza—. No lo entiendo.
Si pudiera hablar, le haría la misma pregunta. ¿Por qué exactamente?
—Paula, tengo que verte la espalda. —Hace ademán de moverme de
nuevo y el dolor vuelve a atravesarme. Aprieto los ojos con fuerza y dejo
que me mueva hasta que estoy sentada sobre sus piernas.
La gravedad azota mi estómago y de repente siento angustia, el
estómago se me revuelve y empiezo a tener arcadas, lo que no hace sino
aumentar todavía más el dolor. Me inclino sobre su regazo.
—¡Joder! —Por acto reflejo, me coloca la mano sobre la espalda para
aliviarme mientras mi estómago decide si le queda algo por vomitar. El
ardiente contacto me obliga a saltar hacia adelante lanzando un alarido, y
entonces mi estómago decide que sí, que aún me queda algo dentro.
Vomito en el suelo.
—¡Mierda! Paula, lo siento. ¡Joder! —Me aparta el pelo de la cara y se
mueve con cuidado para poder acceder mejor a mí—. ¡Joder! Joder, joder,
joder. Paula, ¿qué has hecho? —Su voz traumatizada me indica que acaba de
echarle un vistazo a mi espalda. Debe de tener muy mal aspecto. Intento
desesperadamente controlar la angustia para minimizar el dolor—. Voy a
moverte ahora, ¿vale? —Me agarra por debajo de los brazos y se pone de
pie. Lanzo un grito—. No puedo levantarte sin tocarte... —Maldice
repetidas veces con frustración e intenta llevarme hasta el otro sillón sin
rozarme la espalda.
Todavía me tiemblan las piernas. No me extrañaría que no quisiera
volver a verme por mi debilidad. Jamás lo habría imaginado, pero no ha
habido ninguna conversación cuando le he entregado el látigo a Steve. Sólo
le he dicho que no quería contacto físico con él y que me azotara con
fuerza. Prácticamente le he dado carta blanca.
—Ponte boca abajo. —Me deja en el sofá y me coloca los brazos
debajo de la cabeza a modo de almohada—. Paula, no me puedo creer que
hayas hecho esto. —Se arrodilla junto al sofá y coge un cuenco de cristal
lleno de agua y una botella con un líquido morado en el interior. Aprieta la
botella, vierte un poco de líquido en el agua y coge el rollo de algodón.
Arranca un trozo, lo sumerge en la disolución y escurre el exceso de agua
—. Esto te va a doler, nena. Tendré cuidado, ¿vale? —Acerca la cara a mi
campo de visión. Levanto la vista con esfuerzo y veo dos pozos verdes
cargados de angustia.
Lo miro sin expresión. Todos mis músculos se niegan a funcionar.
—Estoy furioso contigo —dice suavemente. Se inclina y me besa con
ternura, y es la primera vez que no tengo que esforzarme por replicarle, y
no porque no quiera hacerlo.
Sacude la cabeza y vuelve a atender mi espalda. Contengo la
respiración cuando me desabrocha despacio el sujetador y deja caer los
tirantes hacia los lados. Entonces siento los leves toques del suave algodón
sobre mi piel. Es como si me estuviera pasando un alambre de espino por
toda la espalda. Sollozo.
—Lo siento —dice—. Lo siento mucho.
Hundo el rostro entre los brazos y aprieto los dientes mientras intenta
limpiar mis heridas con la disolución, mojando varias veces el algodón en
la cálida mezcla y escurriéndolo después para volver a pasarlo. Maldice
cada vez que me encojo.
Cuando oigo que empuja el cuenco sobre la mesa, dejo escapar una
larga exhalación de alivio. Me vuelvo otra vez y veo que el agua teñida de
morado se ha tornado roja, y que todas las bolas de algodón usadas están
amontonadas dentro, absorbiendo el líquido. Pedro se levanta, se aparta de
mi lado y regresa al instante con una botella de agua.
Se agacha delante de mí.
—¿Puedes sentarte?
Asiento e inicio el doloroso proceso de incorporarme para sentarme
en el sofá. Él revolotea a mi alrededor sin dejar de maldecir. El sujetador
se me cae sobre las piernas e intento con poco entusiasmo volver a
colocármelo en su sitio.
—Déjalo. —Me aparta las manos y me da el agua—. Abre la boca —
ordena con suavidad. Obedezco sin pensar. Dejo caer la mandíbula y
acepto las dos pastillas que me coloca en la lengua—. Bebe.
La botella me parece una mancuerna de hierro cuando la levanto para
acercármela a la boca. Pedro apoya la mano en el culo para aligerar un poco
el peso. Agradezco el agua fría en la boca. Se acerca a su mesa y coge sus
llaves, el teléfono y la camiseta. Se mete los objetos en distintos bolsillos,
se pone la camiseta y vuelve junto a mí. ¿A él no le duele la espalda? ¿Me
estoy comportando como una niña mimada?
Recoge mi ropa del respaldo del sofá y luego se acuclilla delante de
mí.
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