Kate y Tessa nos están esperando a las puertas del salón de verano. La organizadora de mi boda
parece satisfecha, y Kate, algo achispada. Procuro respirar con normalidad, aunque noto que mi
padre se va poniendo tenso a mi lado. Lo miro pero él sigue mirando hacia adelante con decisión.
—¿Lista? —me pregunta Kate agachándose para arreglarme el vestido—. No me puedo creer
que no lleves velo.
—Ah, no —interviene Tessa—. Ese vestido no necesita velo.
Me atusa el pelo y me quita un poco de colorete con la mano.
—Quiere verme la cara —explico con calma mientras cierro los ojos con fuerza.
De repente me doy cuenta de que estoy a punto de hacer algo tremendo y la idea me supera. Ha
llegado el momento. Empiezo a hiperventilar y me echo a temblar. Sólo hace dos meses, más o
menos, que conozco a ese hombre que ahora me espera en el altar. ¿Cómo ha ocurrido?
Las puertas del salón de verano se abren e inmediatamente suena la música, pero no es hasta que
oigo a Etta James cantando At Last que caigo en la cuenta de que ni siquiera he elegido la música
para mi boda. No he hecho nada de nada. No tengo ni idea de qué va a pasar ni cuándo. Miro al suelo
y los ojos se me llenan de lágrimas, y sé lo que voy a ver cuando alce la vista.
Mi padre me da un leve codazo, lo observo y su mirada dulce me reconforta. Ladea la cabeza y
sonríe y, despacio y apretando los dientes, miro a donde me indica. Rayos, he triunfado. Sé que todos
se han vuelto para mirarme, pero yo no aparto la vista del hombre de ojos verdes que está junto al
altar. Se ha vuelto hacia mí, lleva un traje gris plateado y se coge las manos, relajado. Entreabre los
labios y sacude ligeramente la cabeza sin quitarme los ojos de encima. Papá me propina entonces
otro codazo y dejo escapar la respiración que estaba conteniendo. Luego veo a Kate, que camina
delante de nosotros, pero no consigo que mis piernas me obedezcan. No parece que mis músculos
reciban las órdenes que les dicta mi cerebro. Despierto de mi trance y me obligo a despegar los pies
del suelo y a caminar, pero sólo consigo dar dos pasos antes de que él eche a andar hacia mí. Mi
madre deja escapar una exclamación de sorpresa, seguro que molesta porque Pedro no respeta las
tradiciones. Yo me detengo y freno el avance de mi padre para esperarlo. Está muy serio y, cuando
llega junto a mí, la piel me quema ante su ardiente mirada, que recorre cada centímetro de mi rostro
antes de posarse en mis labios. Levanta el brazo muy despacio, me coge la mejilla y la acaricia con
el pulgar. Hundo la cara en su mano; no puedo evitarlo. Toda la ansiedad desaparece al instante con
su tacto, los latidos de mi corazón se normalizan y mi cuerpo comienza a relajarse de nuevo.
Se inclina y acerca la boca a mi oído.
—Dame la mano —susurra.
Se la ofrezco. Él levanta la cabeza, me coge la mano y se lleva el dorso a los labios. Luego
cierra sobre mi muñeca una manilla de unas esposas.
Le dirijo una mirada de sorpresa y veo que una sonrisa flota en las comisuras de su preciosa
boca pero no me mira. Mantiene la cabeza gacha y, en un abrir y cerrar de ojos, se coloca la otra
manilla en la muñeca. ¿Qué demonios está haciendo? Miro a mi padre, que se limita a negar con la
cabeza, y a continuación miro a mi madre, que se ha llevado las manos a la boca de la desesperación.
Mi padre me suelta y se une a mi madre, que lo recibe con un suspiro lacerante en cuanto llega a su
lado. Observo a los invitados, todos los que conocen a Pedro están sonriendo y, los que no, están
boquiabiertos y tienen unos ojos como platos. Kate y Sam se ríen. John está enseñando el diente de
oro. Luego veo a mi hermano, que no parece impresionado.
Yo estoy atónita, aunque en realidad no sé por qué: siempre hace lo que le da la gana. Pero
¿tenía que comportarse de ese modo el día de nuestra boda, delante de mi familia? A mi madre le va
a salir una hernia. Por ahora, nada ha sido tradicional, nada refleja la boda de ensueño que tenía
planeada para mí desde que yo era una cría.
Recobro la compostura y lo miro a los ojos.
—¿Qué haces? —pregunto con calma.
Me besa en los labios, en la mejilla y en la oreja.
—Me pones mucho.
Trago saliva y me pongo colorada como un tomate.
—Pedro, la gente está esperando.
—Pues que esperen. —Su boca vuelve a la mía—. Tu vestido me gusta mucho, mucho, mucho.
Claro que le gusta: es todo de encaje. Miro a mi madre, que a su vez le pide disculpas al juez
con la mirada, y se me dibuja una pequeña sonrisa en la cara. Llevo la mano a los rizos rubio ceniza
de Pedro y le tiro del pelo. Ya debería estar acostumbrada a sus cosas.
—Señor Alfonso, es a mí a quien está haciendo esperar.
Sonríe contra mi oído.
—¿Estás lista para amarme, respetarme y obedecerme?
—Sí. Cásate conmigo de una vez.
Se aparta y me hace pedazos con su sonrisa, la que está reservada sólo para mí.
—Vamos a casarnos, mi hermosa jovencita.
Entrelaza los dedos de su mano esposada con los de la mía y me conduce hacia el altar.
—Aquí tienes —dice mientras me pasa una copa de champán—. Bébasela despacio, señora
Alfonso. —Es evidente que no le entusiasma dejarme beber alcohol.
Cojo la copa con la mano que tengo libre antes de que cambie de opinión. Últimamente está
siendo imposible con lo de no dejarme beber, pero sé por qué.
—¿Me quitas ya las esposas? —pregunto.
—No —se apresura a responder él—. No vas a separarte de mi lado en todo el día.
Con un gesto le pide a Mario una botella de agua y de repente pienso que nunca podré compartir
un trago con Pedro, ni siquiera el día de nuestra boda.
Echo un vistazo al bar. Todo el mundo está charlando, comiendo canapés y bebiendo champán.
El ambiente es tranquilo y relajado, y yo me siento igual. Después de que Pedro se pasara por el arco
del triunfo todas las tradiciones posibles, leímos nuestros votos antes de que siguiera pasándose
otras cosas por el forro. Luego me besó apasionadamente antes de que el juez se lo dijera, me cogió
en brazos y me sacó del salón de verano. Mi pobre madre se quedó a cuadros, gritándole que
esperara a que sonara la música. Como si oyera llover. Me depositó en mi taburete en el bar y me
cubrió de besos mientras los invitados nos seguían tímidamente.
Dan cruza la sala. Ha estado muy callado y sólo tiene ojos para Kate, lo que significa que
también ha visto a Sam. Sabía que iba a pasar; sabía que, si se veían, las cosas se iban a complicar, y
que con Sam en la ecuación ya no pueden complicarse más.
—¿En qué piensas?
Vuelvo a centrarme en Pedro y sonrío.
—En nada.
Me acapara por completo y me da un masaje en la nuca con la palma de la mano.
—¿Eres feliz?
—Sí —respondo con rapidez. Estoy en una nube, y él lo sabe.
—Estupendo. Entonces, mi trabajo aquí ha terminado. Bésame, mujer —me ordena
ofreciéndome la boca.
—Has hecho enfadar a mi madre —lo acuso medio en broma.
—Se le pasará. He dicho que me beses.
—No lo creo. Le has arruinado su gran día —replico sonriendo de oreja a oreja.
—No me obligues a pedírtelo otra vez, Paula —me advierte.
Tiro de él y le doy exactamente lo que quiere.
—¡Ya basta!
La voz aguda de mi madre me perfora los tímpanos.
—¡Quítale las esposas a mi hija!
Empieza a tocar nerviosamente mi muñeca.
—¡Pedro Alfonso, le agotas la paciencia a un santo! ¿Dónde está la llave?
Pedro se separa de mí y mira mal a mi madre.
—Tu marido es un peligro.
—Lo quiero —afirmo, y ella reprime una sonrisa afectuosa en sus labios rojo cereza,
desesperada por mantener la cara de pocos amigos.
Sé que a ella también le gusta. Sé que lo quiere tanto como a mí y, a pesar de que la saca de
quicio, también la tiene encandilada. Pedro tiene el mismo efecto en todas las mujeres. Es mi madre,
pero eso no la hace inmune a sus encantos.
—Ya lo sé, cariño. —Me pellizca la mejilla y busca a Mario con la mirada para pedirle uno de
sus «sublimes».
—¡Bien! —Tessa se acerca a nosotros y me quita la copa de las manos—. El fotógrafo está
listo. He pensado que lo mejor será hacer primero las fotos de familia y luego os dejaremos solos
para hacer algunas vuestras. Vais a tener que quitaros las esposas.
Miro mi copa sobre la barra antes de que Tessa trate de quitarle la botella de agua a Pedro, que
la aparta en el momento justo.
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