—¿Qué...? ¿Cómo...? ¿Cuándo...? —tartamudeo. ¿De dónde han salido?
—Hola —saluda mi madre con tono cortante. Mi padre está ahi
sentado, sacudiendo la cabeza.
No tengo claro si está enfadada o no. Quiero acercarme a ambos y
darles un abrazo enorme, pero hace semanas que no los veo y, ahora que
los tengo aquí, no sé cuál es su estado de ánimo.
—¿Cómo habéis entrado? —Por fin consigo formular una frase
entera.—
Uy, ¿no lo sabías? Tu padre es un ladrón retirado. —Mi madre me
mira con su ceja perfecta enarcada, y mi padre continúa ahí sentado con
cara de desaprobación y de mal humor.
—¡Mamá! —Frunzo el ceño.
Por fin suspira y se levanta.
—Paula Chaves, mueve el trasero hasta aquí y dale un abrazo a tu
madre —dice estirando los brazos en mi dirección.
Me echo a llorar.
—¡Sabía que haría eso! —gruñe mi padre—. ¡Malditas mujeres!
—Cállate, Miguel. —Vuelve a agitar los brazos y yo voy directa hacia
ellos, llorando como una niña y encogiéndome un poco de dolor cuando me
frota la espalda con cariño—. ¡Paula! ¿Por qué lloras? Para, vas a hacerme
llorar a mí también.
—Me alegro tanto de verlos... —sollozo contra el blazer gris de mi
madre mientras mi padre resopla con disgusto al ver a las dos mujeres de
su vida llorando como magdalenas. No suele mostrar sus emociones, y
cualquier clase de afecto le incomoda tremendamente.
—Paula, no podías seguir evitándonos toda la vida, aunque estemos a
kilómetros de distancia. Deja que te vea. —Me aparta un poco y me seca
las lágrimas.
No se puede negar que soy hija de mi madre. Tenemos los ojos
iguales, grandes y castaños, y el pelo del mismo color, sólo que ella lo
lleva corto. Tiene buen aspecto para tener cuarenta y siete años, muy
bueno.—Tu padre y yo hemos estado muy preocupados por ti estas últimas
semanas.
—Lo siento. Han sido unas semanas de locura —digo intentando
excusarme y recobrar la compostura. Probablemente tengo el rímel todo
corrido, y necesito sonarme la nariz—. Un momento. —Miro a mi madre y
después a mi padre, que encoge sus inmensos hombros con un gruñido—.
De verdad, ¿cómo habéis entrado? —Estoy tan sorprendida y emocionada
que se me había olvidado que estábamos en el ático de diez millones de
libras de Pedro.
—Los he invitado yo.
Me vuelvo y veo a Pedro de pie en la entrada de la cocina, con las
manos metidas tranquilamente en los bolsillos de su pantalón.
—No me has dicho nada —farfullo. Estoy confundida.
—No quería que discutiéramos al respecto —dice encogiéndose de
hombros—. Y ahora ya están aquí.
Miro a mi madre, que sonríe alegremente a mi hombre imposible, y
después a mi padre, que pone su típica cara de «Yo sólo hago lo que me
mandan». Miro de nuevo a mi madre confundida. Sigue con una amplia
sonrisa, y me muero de vergüenza al ver que Pedro la pone cachonda.
Aunque no sé por qué me sorprende, despierta la misma reacción en todas
las mujeres, y he de recordar que Pedro es más de la edad de mi madre que
de la mía.
«¡Jodeeeer!»
—Eh..., mamá, papá. Éste es Pedro. Pedro, éstos son mis padres,
Alejandra y Miguel. —No lo había planeado así. De hecho, no lo había
planeado de ninguna manera.
—Ya nos conocemos —dice Pedro.
Lo miro al instante.
—¿Qué?
—Que ya nos conocemos —repite, aunque no era necesario porque lo
he oído perfectamente a la primera.
Veo cómo intenta reprimir una sonrisa. Vale, estoy totalmente
confundida.Pedro suspira y se acerca a nosotros hasta que está delante de
mí, demasiado cerca teniendo en cuenta que mis padres se encuentran ahí
delante y que esto los ha pillado por sorpresa, igual que a mí.
—No he ido a correr esta mañana —confiesa.
—¿No? —Frunzo el ceño—. Pero si ibas en chándal.
Se echa a reír.
—Lo sé. No es el atuendo que habría elegido normalmente para ir a
conocer a tus padres, pero situaciones desesperadas... —Se encoge de
hombros.
—Ahora lo estás compensando con ese traje, Pedro —dice mi madre
dándole unas palmaditas en el brazo. Me quedo boquiabierta.
¿Qué coño está pasando aquí? Quiero empezar a maldecir, pero mi
madre detesta los tacos tanto como Pedro. Bueno, mi madre detesta los
tacos. Punto. Pedro detesta que los diga yo, pero le parecen totalmente
aceptables si es él quien los dice.
—Perdonad. —Me llevo las manos a la cabeza y empiezo a frotarme
las sientes—. No entiendo nada.
—Siéntate. —Pedro me coge del brazo, me guía hasta un taburete y se
sienta a mi lado. Mi madre vuelve junto a mi padre—. Hablé anoche con tu
madre. Como es lógico, estaba muy preocupada por ti y me hizo muchas
preguntas. —Enarca una ceja mirando a mi madre y ella se echa a reír.
—Es una cotilla, ¿verdad? —interviene mi padre, y ella le da una
palmada en el hombro.
—Es mi pequeña, Miguel.
—En fin —continúa Pedro—. Pensé que lo mejor sería que vinieran y
vieran con sus propios ojos que no soy ningún chalado que te tiene cautiva
en nuestra torre. Así que aquí están.
—Aquí estamos —canturrea mi madre. Está claro que no tiene ningún
problema con el hombre impresionante y maduro que me acaricia la mano
suavemente.
Intento recuperarme de la impresión.
—¿Y los has visto esta mañana? ¿Por qué? —pregunto.
—Sentí que necesitaba explicarme —responde Pedro. Lo miro y me
entran ganas de echarme a llorar. No puedo creer que haya hecho algo así
—. Paula, ninguno de nosotros esperaba que sucediera esto, por motivos
muy distintos. Sé que la opinión de tus padres significa mucho para ti, y
como es importante para ti, también lo es para mí. Tú eres mi prioridad. Tú
eres lo único que me importa. Te quiero.
Oigo cómo mi madre cae al suelo con su vahído mental, y mi padre,
aunque sigue sin mostrar ninguna emoción, asiente con aprobación.
—Un padre lo único que quiere es saber que su hija está bien cuidada.
—Alarga el brazo y le tiende la mano a Pedro—. Y creo que lo está en tus
manos.
Él acepta la mano de mi padre.
—Es mi razón de ser. —Pedro sonríe, mi madre se derrite y yo me
echo a reír.
«¡Qué fuerte!»
Pedro me mira con sarcasmo y una ceja enarcada. Sabe lo que estoy
pensando. ¿Serán mis padres conscientes de lo en serio que habla cuando
dice eso? Aunque he de felicitar a Pedro por su discurso. Se los ha ganado
de una manera justa y honesta, y ahora siento como si me hubieran quitado
un inmenso peso de encima, aunque soy consciente de que no saben cuál es
la auténtica naturaleza del negocio de Pedro ni lo que hacía cuando bebía.
Ni tampoco saben nada del castigo al que se autosometió al creer que me
había fallado porque pensaba que lo merecía. Ni que puede que esté
embarazada. La lista es muy larga. Ése es otro peso con el que cargo. ¿Les
ha contado lo de la bebida? Después de que Matias los llamara, deben de
estar haciéndose preguntas al respecto.
Mi madre se levanta del taburete y rodea la isla para acercarse con los
ojos vidriosos.
—¡Ven aquí, tonta! —Me obliga a levantarme y me envuelve con sus
brazos. Silbo unas cuantas veces y aprieto los ojos con fuerza—. Te has
complicado la vida sin motivo. Te has enamorado, Paula. Deberías
habérmelo contado.
Sí, me he complicado la vida, pero por muchas más razones de las que
ella cree.
—Bueno, ¿vamos a comer o qué? Necesito una pinta —dice mi padre
devolviéndome a la realidad.
Mi madre me suelta y se pone derecha.
—¿Puedo usar el cuarto de baño, Pedro? —pregunta.
—Claro. A la derecha y luego otra vez a la derecha. Todo suyo.
—¿Perdón? —espeta mi madre.
Me echo a reír.
—Disculpe. —Pedro sonríe, me mira y después mira a mi madre—.
Adelante. Como le he dicho, a la derecha y luego de nuevo a la derecha. Al
lado del gimnasio.
—Bien, gracias.
Mi madre me mira como diciendo «Vaya, ¿“el gimnasio”?», coge su
monedero de la encimera y nos deja a mi padre, a Pedro y a mí charlando de
cosas banales.
—¿Qué coche tienes? —empieza mi padre, y yo me lamento. Mi
padre es un apasionado de los coches grandes y caros.
Jesse tira de mí para que vuelva a sentarme en la silla.
—Un DBS.
—¿Un Aston Martin? —pregunta mi progenitor.
—Sí.
—Vaya. —Asiente y finge desinterés, aunque no lo consigue—. ¿Y
has dicho que el hotel está en Surrey Hills?
Pedro nota que me pongo rígida y me abraza ligeramente.
—Así es. Los llevaré un día, tal vez en su próxima visita.
«¡Por favor, que nunca jamás vuelvan a Londres!»
—Claro, a Alejandra le encanta todo lo que tenga que ver con el lujo.
—Pone los ojos en blanco. La verdad es que mi madre le sale muy cara—.
Tienes un piso muy bonito —dice mi padre admirando la cocina.
—Gracias, pero su hija es la responsable de eso —responde, y
empieza a enroscarse mi pelo en el dedo—. Acabo de comprarlo.
—Entonces ¿éste es el gran proyecto que ocupaba todo tu tiempo? —
dice mi padre—. Hiciste un gran trabajo.
—Gracias, papá.
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