lunes, 7 de abril de 2014

Capitulo 141 ♥

Me quedo sentada en mi sitio y respiro hondo para reunir la confianza
en mí misma que necesito.
—Cathy, quería disculparme por lo de ayer y por lo de antes.
Pone cara de no darle importancia.
—No te preocupes, cariño. De verdad.
—Ayer fui una maleducada, y antes... en fin... No sabía que iba a venir
nadie. —Me arden las mejillas mientras me como el último bocado de
bagel.
Paula, de verdad, no te preocupes. Pedro me dijo que habías tenido un
día horrible y que olvidó decirte que iba a venir hoy. Lo entiendo. —Me
sonríe y se sacude el polvo del delantal. Es una sonrisa sincera. Me cae
bien Cathy. Tiene aspecto de buena persona, con el pelo corto y gris, sus
faldas de flores y su cara dulce.
—No volverá a ocurrir —digo. Llevo el plato al lavavajillas y, cuando
voy a abrirlo, ella me lo quita de las manos antes de que haya podido
meterlo.
—Ya me encargo yo. Tú sube y ayuda a mi chico con lo que sea que
necesite de ti.
Sé exactamente para qué me necesita y no pienso ir a ninguna parte.
Que se las arregle solito. Me mata decirle que no, pero su cara era para
morirse.
—Ya se las apañará.
—De acuerdo. ¿Repasamos mi lista de tareas? Tengo un día para cada
cosa, pero he estado fuera tanto tiempo que más vale empezar de cero. —
Saca un cuaderno y un lápiz del bolsillo del delantal y se prepara para
tomar notas—. Debería comenzar por lavar y planchar la ropa.
—La verdad es que no lo sé. —Me encojo de hombros—. No vivo del
todo aquí —le susurro.
Me gustaría añadir que he sido secuestrada y me han obligado a
mudarme en contra de mi voluntad.
—¿Ah, no? —Está perpleja—. Mi chico ha dicho que sí.
—Es una conversación que tenemos pendiente —le explico—. No le
gusta que le digan que no. Al menos, que yo le diga que no.
La frente brillante de la mujer se llena de arrugas.
—¿Qué me dices? ¡Pero si mi chico es un amor!
Me atraganto.
—Sí, eso me han dicho. —Si alguien más me dice que es un amor, un
tío que se toma las cosas con calma y tal, voy a vomitar.
—Es muy agradable tener a una mujer en casa —dice cogiendo un
limpiador de debajo del fregadero—. Mi chico necesita una chica —añade
para sí.
Sonrío al ver el afecto con el que Cathy habla de Pedro. Me pregunto
cuánto hace que trabaja para él. Pedro dijo que era la única mujer sin la que
no podía vivir, aunque sospecho que las cosas han cambiado.
Rocía el mármol con limpiador antibacterias y le pasa el trapo.
—Si lo prefieres, esperaré a Pedro.
—Sí, gracias —digo—. Tengo que hacer unas llamadas. —Mi móvil
se está cargando, pero no veo mi bolso—. Cathy, ¿has visto mi bolso?
—Te lo he guardado en el armario ropero, cariño. Ah, y le he pedido a
Clive que se encargue de la puerta del ascensor.
Qué vergüenza.
—Gracias.
Cojo el móvil y voy a buscar mi bolso. Seguro que piensa que, además
de maleducada, soy una desordenada, una vándala y una exhibicionista.
Encuentro el bolso y miro el móvil. Tengo dos llamadas perdidas de
mamá y un mensaje de texto de Matias. Qué pesadez. Debería borrarlo, pero
me puede la curiosidad.

"No sé qué me pasó. Lo siento. Bss."

Se me ponen los pelos de punta y borro el mensaje. Sólo me faltaría
que lo viera Pedro. Ya me ha pedido perdón otras veces, y lo que me tiene
mosca es cómo se ha enterado de que estoy saliendo con Pedro. Debería
llamar a mi madre antes que nada, pero tengo una amiga que tiene mucho
que contarme. Tarda en contestar. Sé que estará mirando la pantalla y
preguntándose qué decir.
—¡Eres socia! —la acuso directamente cuando contesta.
—¿Y? —Va a hacer como que no tiene importancia, pero sé que la
pregunta le molesta.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no es asunto tuyo.
—¡Gracias! —Estoy muy ofendida. Nos lo contamos todo.
—Es pura diversión, Paula. —La noto impaciente.
Ya he oído eso antes pero sé que no es toda la verdad. Sé que le gusta
Sam, y no entiendo cómo el hecho de sumergirse en su estilo de vida va a
ayudarla a conseguir lo que quiere. Es un desastre en potencia.
—No te lo crees ni tú. ¿Por qué no quieres admitir que hay más?
—¿Qué quieres decir? —Parece sorprendida, sorprendida de que me
haya atrevido a hacer la pregunta del millón.
—Que Sam te gusta de verdad —le digo, ya harta.
Se burla.
—¡No!
—No tienes arreglo.
¿Por qué no se traga el orgullo y lo admite? ¿Qué daño va a hacerle?
A mí me lo puede contar.
—Hablando de no tener arreglo, ¿qué tal Pedro? Joder, Paula, ¡ese
hombre tiene un buen gancho!
Me echo a reír.
—Ya ves. Matias intentó besarme antes de que llegara él. Luego le dijo
a Pedro que nos habíamos besado. Estoy segura de que Matias se ha
despertado con un ojo morado.
—¡Me alegro! —Kate se ríe, y yo no puedo evitar la sonrisita de
satisfacción que brilla en mi cara. Se lo tenía merecido.
—Sabe lo de Pedro con la bebida —añado, y ahora ya no me río.
—¿Cómo? —inquiere; está tan sorprendida como yo.
—Ni idea. Oye, tengo que llamar a mi madre. Te veo luego.
—¡Claro! —Está emocionada. A mí, en cambio, no me hace ninguna
ilusión la cena de esta noche—. ¡Allí nos vemos!
—Adiós. —Cuelgo y marco el número de mi madre antes de que
mande una partida de búsqueda.
—¿Paula? —Su voz chillona me hiere los tímpanos.
—¡Mamá, no grites!
—Perdona. Matias ha vuelto a llamar.
«¿Qué?»
Voy a la sala de estar y me siento. Cualquier esperanza de que mi
madre me animara acaba de irse al infierno.
—Paula, dice que te has ido a vivir con un alcohólico empedernido que
tiene muy mal carácter. ¡Le pegó una paliza a Matias!
Me hundo en una silla y levanto la vista al cielo tremendamente
cabreada. ¿Por qué no puede ese gusano de mierda volver al agujero oscuro
del que salió y morirse de una vez?
—Mamá, por favor, no vuelvas a hablar con él —suplico.
No se puede ser más rastrero, mira que soltarles esa mierda a mis
padres. Lo único que ha conseguido es que me reafirme en mis
conclusiones: es una serpiente mentirosa.
—Pero ¿es verdad? —insiste ella, y me la puedo imaginar
compartiendo una mirada de preocupación con mi padre.
—No exactamente. —No puedo mentir del todo. Algún día averiguará
dónde estoy—. No es como dice Matias, mamá.
—Entonces ¿qué pasa?
No puedo contárselo por teléfono. Hay demasiadas explicaciones que
dar y no quiero que juzgue a Pedro. Quiero matar a Matias.
—Mamá, tengo que irme a trabajar —digo. Una mentirijilla no la
matará.
—Paula, estoy muy preocupada por ti.
Ya lo noto. Odio a Matias por hacerme esto, pero su mensaje decía que
lo sentía. ¿Eso fue antes o después de llamar a mis padres y ponerlos al
corriente de mi vida amorosa? Debería enviar a Pedro a que le partiera la
cara otra vez.
—Mamá, no te preocupes, por favor. Matias quería que volviera con él.
Se me echó encima mientras recogía las cosas que aún tenía en su casa y la
cosa se puso muy fea cuando lo rechacé. Pedro sólo me estaba protegiendo.
—Intento darle los titulares y omito a propósito las partes que lo pueden
dejar mal. Hay unas cuantas.
—¿Pedro? ¿No es ése el hombre con el que estabas cuando te llamé el
fin de semana pasado?
—Sí —suspiro.
—Entonces no es sólo un amigo. —Lo dice en tono de reproche. Ha
descubierto mi mentira piadosa y no le ha hecho ninguna gracia.
—Hace poco que salimos. No es nada serio. —Intento quitarle
importancia y me río para mis adentros. Ni yo misma me creo lo que acabo
de decir.
—¿Y es alcohólico?
Doy un suspiro de hastío que sé que no le gusta un pelo.
—No es alcohólico, mamá. Matias está despechado, no le hagas ni caso
y no vuelvas a cogerle el teléfono.
—Esto no me gusta nada. Cuando el río suena, agua lleva, Paula.
La verdad es que se la oye disgustada, y lo entiendo. Nunca me he
alegrado tanto de que vivan tan lejos. No creo que pudiera mirarla a la
cara.
—Tu hermano estará pronto en Londres —añade amenazante. Sé que
en cuanto me cuelgue va a llamar a Dan para contarle las novedades.
—Lo sé. Tengo que dejarte —insisto.
—Vale. Te llamo el fin de semana —dice de un tirón—. Cuídate
mucho —añade con más dulzura. Nunca le gusta terminar mal una
conversación.
—Lo haré. los quiero.
—Nosotros a ti también, Paula.
Dejo el teléfono sobre mi regazo y me quedo mirando las musarañas.
¿Va a seguir jodiéndome la vida? La tentación de llamar a la madre de
Matias es enorme. Nunca he sido de su agrado ni ella del mío. Su precioso
hijito adorado lo hace todo bien, así que llamarla para contarle la de
cuernos que me ha puesto sería inútil. Dios, a mis padres les va a dar un
ataque.

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