martes, 1 de abril de 2014
Capitulo 124 ♥
—Paula, todo tu placer proviene de mí.
—Hoy no —susurro cerrando los ojos con un suspiro.
—¡Paula! —ruge tirando de las esposas, que resuenan contra la
cabecera de la cama—. ¡Joder! ¡Paula, te estás pasando!
Sigo con los ojos cerrados.
—Mmm. —Tiemblo un poco, las vibraciones consistentes me hacen
cosquillas en el clítoris.
—¡Tengo treinta y siete años! ¡Joder, mujer! ¡Tengo treinta y siete
años!
Abro unos ojos como platos.
«¡Madre mía!»
La mandíbula me llega al suelo de la sorpresa y se me cae el vibrador.
¿De verdad me lo ha dicho? ¡Ha funcionado! Quiero hacer un pequeño
baile de celebración y gritar a los cuatro vientos que lo he conseguido. ¿Por
qué no se me habrá ocurrido antes? No voy a engañarme a mí misma:
nunca volverá a funcionar porque seguramente dormirá con un ojo abierto
el resto de su vida. Quizá debería aprovecharme de su estado y extraerle
más respuestas. Por ejemplo, cómo se hizo la cicatriz, con cuántas mujeres
se ha acostado y qué hacía la policía en La Mansión. Ah, y también quiero
saber sobre la mujer misteriosa y sobre Sarah...
Me clava la mirada y con eso me basta para despertar de inmediato de
mi baile de celebración mental. Me entra el pánico.
—Quítame... las... putas... esposas —dice lentamente, enfatizando
cada palabra con un siseo.
Maldita sea. Mira que he planeado hasta el último detalle el polvo de
la verdad... Sólo que no he pensado en lo que iba a pasar después. Parece
muy cabreado y ahora tengo que soltarlo. ¿Qué hará? Elaboro una lista con
mis opciones. No tardo nada, porque sólo tengo dos: soltarlo y aceptar mi
castigo o dejarlo esposado a la cama para siempre.
Lo observo con los ojos muy abiertos y recelosos y él me lanza
miradas como cuchillos. ¿Qué hago? Apoyo las manos en sus fuertes
muslos y me acerco hasta que su cara está a mi altura. Tengo que hacer que
se le olvide un poco el cabreo.
Le paso las manos por el pelo y lo beso en la boca.
—Te sigo queriendo —susurro a medio beso. ¿Tal vez necesita que se
lo recuerde? Once años de diferencia tampoco es tanto. ¿Qué problema
hay? Sigue siendo mi dios apuesto y arrebatador.
Gime mientras le doy a su boca un poco más del tratamiento especial.
—Estupendo, ahora quítame las esposas.
Le beso el cuello y se lo acaricio con la nariz.
—¿Estás enfadado conmigo?
—¡Estoy como un loco del cabreo que tengo, Paula!
Me incorporo y lo miro bien. Sí que se lo ve enfadado. Me estoy
asustando por momentos. Le dedico mi sonrisa más pícara.
—¿No podrías estar como un loco enamorado?
—Eso también. Quítame las esposas —repite, y me mira expectante.
Cambio de postura y me estremezco cuando su erección roza mi sexo.
Palpita y el glande húmedo se desliza hacia mi interior.
Pedro arquea la espalda.
—Maldita sea, Paula. ¡Quítame las esposas! —grita como un
energúmeno.
Y ahora ya sé lo que voy a hacer... No pienso quitarle las esposas. Me
levanto de la cama y me quedo de pie a su lado.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunto, nerviosa.
—Quítamelas —ruge; parece que está a punto de matar a alguien.
—No hasta que me digas lo que vas a hacer.
Respira hondo y su tórax se expande.
—Voy a follarte hasta que me supliques que pare y luego te haré
correr veintidós kilómetros. —Levanta la cabeza y me apuñala con unos
fieros ojos verdes—. ¡Y no vamos a parar para darte un masaje ni para
tomar café!
¿Qué? Acepto el polvo pero no voy a correr a ninguna parte, excepto
para salir pitando de su ático. Ayer ya me hizo correr dieciséis kilómetros.
Ésa será su forma de recuperar el control: obligarme a hacer algo que no
quiero hacer de ninguna manera, y la verdad es que paso de correr
veintidós kilómetros.
—No quiero salir a correr —digo con toda la calma de que soy capaz
—. Y no puedes obligarme.
Arquea las cejas.
—Paula, necesitas que te recuerde quién manda en esta relación.
Me aparto, asqueada, y miro de reojo sus muñecas esposadas antes de
volver a dirigirme a él.
—Perdona, ¿quién dices que manda aquí? —Me sale con un tono de
burla que de verdad no sentía. Estoy jugando con fuego, pero es este último
comentario el que me pone en serio peligro.
El sarcasmo sólo sirve para que se enfurezca todavía más, si es que
eso es posible.
—¡Paula, te lo advierto!
—No me puedo creer que te lo estés tomando tan a la tremenda. ¡En
cambio, no pusiste pegas cuando me esposaste a mí!
—¡Porque yo tenía el control!
¡Ah! ¿Así que todo esto es porque quiere tener el control? Qué
estupidez.
—Estás obsesionado con controlarlo todo —digo saliendo de la
habitación.
—¡Sólo contigo! —grita él a mi espalda—. ¡Paula!
Cierro de un portazo la puerta del cuarto de baño y me quito el
sujetador. ¡Menudo cerdo, arrogante y controlador! Me ha fastidiado la
satisfacción de que mi polvo de la verdad haya funcionado. Me meto en la
ducha mientras lo oigo gritar mi nombre sin cesar. Si no me sintiera tan
ofendida, me echaría a reír. En verdad no le gusta nada no poder tocarme,
como tampoco le gusta nada verse despojado del poder.
Me ducho y me lavo los dientes a mi ritmo. Es muy temprano. Tengo
tiempo de sobra.
Cuando vuelvo al dormitorio, Pedro se ha calmado un poco pero sigue
habiendo mucha rabia en su expresión cuando me mira.
—Nena, ven y quítame las esposas, por favor —me ruega.
Su repentino cambio de humor me pone en guardia. Conozco este
juego y no voy a picar. En cuanto lo haya soltado irá a por mi yugular, me
pondrá a la fuerza la ropa de correr y me arrastrará por las calles de
Londres. No niego que me encantaría estar entre sus brazos en este mismo
instante, pero no me emociona la idea de que me torturen haciéndome
correr veintidós kilómetros. Por desgracia, son parte del trato.
Me siento delante del espejo de cuerpo entero y empiezo a arreglarme
el pelo. De vez en cuando miro su reflejo. Me está observando, pero se
limita a lanzarme miradas asesinas y, cuando lo pillo, echa la cabeza hacia
atrás como un colegial tristón. Me río para mis adentros.
Me maquillo y me embadurno con mantequilla de coco. Me pongo el
conjunto de encaje color crema que Pedro me regaló. Lo oigo lloriquear.
Sonrío satisfecha y orgullosa. Más me vale disfrutarlo. No sé por cuánto
tiempo tendré el poder. Me pongo la blusa con volantes en el escote, unos
pantalones de pitillo negros y tacones del mismo color.
Estoy lista. Me acerco a mi hombre esposado y le doy un beso en la
boca entreabierta. No sé por qué estoy haciendo esto. Mi valor es
admirable.
Suspira y levanta las rodillas hasta que las plantas de sus pies
descansan sobre la cama.
Le cojo la polla, todavía erecta. Me muero por ella, aunque tendrá que
atraparme primero.
Da un respingo.
—¡Paula, te quiero como no te puedes llegar a imaginar, pero si no me
quitas las esposas te voy a estrangular! —Su voz es una mezcla de dolor y
placer.
Sonrío y le doy un beso casto en los labios antes de besarlo desde el
pecho hasta la polla tiesa. Sigo con el glande y termino trazando espirales.
Luego me la meto entera en la boca.
—¡Paula, por favor! —gime.
Abandono su polla y saco la llave de las esposas de un cajón de la
cómoda. Deja escapar un suspiro de alivio cuando me acerco a él. No sé
por qué, pero no voy a soltarlo del todo. Libero su mano lastimada, que cae
sobre la cama. Una punzada de culpabilidad me asalta cuando flexiona los
dedos con cuidado e intenta que la sangre vuelva a circular. Me acerco a la
cómoda y dejo la llave encima.
—Pero ¿qué haces? —pregunta con el ceño fruncido.
—¿Dónde está tu móvil?
—¿Por qué? —Es evidente que está confuso.
—Lo vas a necesitar. ¿Dónde está?
—En mi chaqueta. Paula, dame la llave. —Está volviendo a perder la
paciencia.
Encuentro la chaqueta en el suelo, donde la tiró anoche antes de
abalanzarse sobre mí. Cojo el móvil del bolsillo y lo dejo sobre la mesilla
de noche, fuera de su alcance, pero por muy poco. No quiero que llame
para pedir ayuda antes de que yo pueda escapar.
Cojo mi bolso, salgo del dormitorio y dejo a un hombre con una
erección tremenda y muchas ganas de hacerme suya. Me las va a hacer
pagar todas juntas, pero al menos le he quitado las esposas de una mano.
Vale, es la mano que tiene lastimada, pero se las apañará... si no la fuerza
demasiado.
--
—Hola, flor. —Patrick sale de su despacho justo cuando estoy sentándome
ante mi mesa—. Has llegado puntual y despierta esta mañana.
Se acomoda en el borde de mi escritorio y pone su habitual cara de
disgusto cuando éste lanza su crujido habitual de protesta.
—¿Tienes algo que contarme?
—No mucho. —Enciendo el ordenador—. Tengo una cita con el señor
Van Der Haus a la hora de la comida para revisar mis diseños.
—Muy bien. ¿Qué tal con el señor Alfonso? —pregunta inocentemente
—. ¿Has tenido noticias suyas?
«¡Sí, de hecho, acabo de esposarlo a la cama!»
Me pongo roja como un tomate.
—Eh..., no. No estoy segura de cuándo volverá de su viaje de
negocios.
Todavía colorada, aparto la mirada de Patrick y abro mi correo
electrónico mientras mentalmente rezo para que cambie de tema.
—Han pasado casi dos semanas, ¿no? —pregunta. Sospecho que tiene
el ceño fruncido, pero no puedo mirarlo para confirmarlo—. Me pregunto
por qué tarda tanto.
Toso.
—No tengo ni idea.
Patrick se levanta de mi mesa, que emite un largo crujido.
—No puede estar tan ocupado —gruñe—. Por cierto, Sally no se
encuentra bien y no va a venir a trabajar —dice al salir de mi despacho.
¿Sally está enferma? No es propio de ella. ¡Uy! Anoche fue la segunda
cita. O fue muy bien y ha dicho que está enferma para poder pasarse todo
el día en la cama con el chico misterioso, o fue muy mal y ha dicho que
está enferma para pasarse el día hecha una mierda en la cama con una caja
de pañuelos de papel. Me siento fatal pero sospecho que es lo segundo.
Pobre Sal.
Me hundo en la silla con un suspiro y salto al oír Angel atronando en
mi bolso. Madre mía. Ya se ha soltado. No voy a contestar. La llamada
termina, pero vuelve a sonar de nuevo un segundo después, pero esta vez es
mi tono de siempre. Saco el teléfono del bolso y atiendo la llamada de la
señora Quinn.
—Buenos días, señora Quinn —saludo con tono alegre.
—Hola, Paula. Por favor, llámame Ruth. Llamaba para ver qué tal van
las cosas. ¿Has conseguido poner el proyecto en marcha?
—Sí, he preparado un presupuesto desglosado de mis servicios, Ruth,
y tengo listos unos cuantos bocetos para mandarte.
—Estupendo. —Parece entusiasmada—. Tengo muchas ganas de
verlos. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Bueno, si estás de acuerdo con el presupuesto y te gustan los
bocetos, podemos empezar a preparar los diseños.
—¡Genial! ¡No sabes la ilusión que me hace!
Sonrío. Sí, eso es obvio.
—Vale. Te mando el presupuesto y los bocetos a última hora de hoy.
Adiós, Ruth.
—Gracias, Paula.
Cuelga y me pongo a escanear los bocetos de inmediato. Me encanta
trabajar para gente a la que su casa le apasiona tanto como a mí.
Son las diez en punto. Llevo un par de horas en la oficina y he
adelantado un montón de trabajo. Cojo el teléfono fijo para llamar a Stella,
la mujer que me hace las cortinas, para hablar sobre los nuevos textiles de
la señora Stiles. La conversación es muy agradable. Es un poco hippy y
naturista, a juzgar por las fotografías que cuelgan de las paredes de su
taller, pero hace magia con las telas. Me hace feliz cuando me dice que
acaba de embalarlas y que están listas para que vaya a recogerlas. Falta una
semana para la fecha que le di a la señora Stiles, así que estará encantada.
Cuelgo y doy vueltas en mi silla. Casi me da un ataque cuando veo a
mi dios arrogante, que me observa con las cejas arqueadas y maliciosas. Su
bello rostro luce su clásica sonrisa arrebatadora. Me pongo en alerta
máxima al instante.
«¡No, no, no!»
Está para comérselo. Lleva un traje gris y una camisa azul claro, con
el cuello desabrochado y sin corbata. Se ha afeitado la barba de dos días y
se ha peinado. Me alegra la vista pero mi mente es un revoltijo de
incertidumbres.
—Me alegro mucho de verte, Paula —dice con calma; se acerca y me
tiende la mano. Las mangas de su chaqueta se quedan atrás y revelan su
Rolex de oro.
«¡Mierda!»
Me quedo helada cuando veo una colección de marcas rojas alrededor
de su muñeca que la cadena de oro de su reloj no logra ocultar. Y es su
mano herida. Obligo a mi mirada aterrorizada a dirigirse a su cara y él me
comprende y asiente. Me doy de patadas mentalmente. Le he hecho daño.
Me siento fatal. No lo culpo por estar tan enfadado.
Le doy la mano pero no se la estrecho. No quiero hacerle más daño.
—Lo siento mucho —susurro con remordimiento. Mi deseo irracional
de saber su edad le ha dejado huella. Me va a castigar a lo grande. Me lo he
buscado.
—Lo sé —responde con frialdad.
—¡Señor Alfonso! —La voz alegre de Patrick invade mis oídos mientras
se acerca a mi mesa desde su despacho. Suelto la mano de Pedro—. ¡Cuánto
tiempo! Le acababa de preguntar a Paula si había tenido noticias suyas.
—Señor Peterson, ¿cómo está? —Pedro le dirige una sonrisa capaz de
derretir a una piedra, una de esas que normalmente reserva para las
mujeres.
—Muy bien. ¿Qué tal su viaje de negocios? —pregunta Patrick.
La mirada de Pedro se cruza un instante con la mía antes de volver a
enfrentarse a la de Patrick.
—He conseguido los bienes que quería.
«¿Bienes?»
—¿Ha recibido mi depósito? —pregunta a continuación Pedro.
A Patrick se le ilumina la cara.
—Sí, todo perfecto, gracias —confirma. No le comenta al señor Alfonso
que es demasiado para ser un pago por adelantado.
—Muy bien. Como ya le dije, estoy deseando empezar con el
proyecto. Mi inesperado viaje de negocios nos ha retrasado. —Hace énfasis
en lo de «inesperado».
—Por supuesto. Estoy seguro de que Paula cuidará bien de usted. —
Patrick me pone la mano sobre un hombro con cariño y Pedro no le quita la
vista de encima.
«¡No, por favor! ¡No avasalles a mi jefe!»
—De eso estoy seguro —farfulla con la mirada todavía clavada en la
mano de Patrick, que no se ha movido de mi hombro.
Tiene sesenta años, el pelo blanco, y le sobran como treinta kilos. No
puede ser que tenga celos de mi jefe, que es como un oso de peluche.
Le lanza una mirada a Patrick.
—Iba a preguntarle a Paula si le gustaría salir a desayunar para que
repasemos un par de cosas, si no le parece mal.
Eso último no es una pregunta. «Pues sí, está pasando por encima de
mi jefe.»
—¡Adelante! —exclama Patrick la mar de contento.
«¿Y a mí no me pregunta?»
—Lo cierto es que he quedado para comer con un cliente —digo
señalando la página de mi agenda, de la que ha desaparecido el rotulador
negro con el que Pedro las marcó todas.
Quiero posponer el enfrentamiento todo lo posible. No me siento
cómoda con esa mirada taimada suya. Se lo está pasando pipa, pero
entonces ve mi agenda nueva, frunce el ceño y le tiemblan un poco los
músculos de la mandíbula.
¡Sí, quité la otra! Más le vale no pensar siquiera en sabotearme la
agenda nueva.
—Aún queda mucho para el mediodía —señala Pedro, y yo agacho la
cabeza—. No tardaremos —añade con una voz ronca y cargada de
promesas que también tiene un toque de amenaza.
—¡Solucionado! —exclama Patrick, feliz, de camino a su oficina—.
Ha sido un placer volver a verlo, señor Alfonso.
Me siento y me doy golpecitos con la uña en los dientes mientras
intento encontrar el modo de escaquearme. Imposible. Aunque tuviera una
buena razón, sólo estaría retrasando lo inevitable. Miro al hombre al que
amo más allá de lo razonable y me echo a temblar. Está demasiado
tranquilo, nada que ver con la bestia parda que he dejado esposada a la
cama esta mañana.
—¿Nos vamos? —pregunta metiéndose las manos en los bolsillos.
Recojo mi móvil de la mesa, lo meto en el bolso junto con la carpeta
de la Torre Vida. Voy a tener que ir directa al Royal Park para reunirme
con Mikael después de mi «reunión» con Pedro.
Me abre la puerta y Tom entra como un rayo antes de que yo haya
podido salir. Abre unos ojos como platos al ver quién está sosteniendo la
puerta abierta.
—¡Señor Alfonso! —exclama antes de lanzarme una mirada curiosa. Es
ridículo que le hable a Pedro con tanta formalidad. Ha salido de copas y ha
estado bailando con él.
—Tom —lo saluda Pedro con la cabeza, muy profesional.
—Voy a un desayuno de negocios con el señor Alfonso —digo con una
inclinación de cabeza y una mirada delatora. Pedro se ríe ligeramente.
—Ah, ya veo. Conque un desayuno de negocios, ¿eh? —Tom se parte
de risa. Me encantaría darle una patada en la espinilla. Se vuelve hacia
Pedro y le ofrece la mano—. Espero que disfrute de su desayuno de
negocios.
Cuando Pedro le estrecha la mano, Tom le guiña el ojo, y en ese
momento decido que la próxima vez que vea a Tom le voy a pegar una
patada en la espinilla.
Salgo a la calle a toda prisa. Es un alivio estar lejos de la oficina y de
la posibilidad de que alguien se chive, pero estoy nerviosa porque ahora
estoy, básicamente, a merced de Pedro. Sé que el hecho de que haya gente
no va a evitar que me aprisione contra la primera pared libre que
encontremos.
Caminamos uno al lado del otro hasta llegar a Piccadilly. No sé
adónde vamos pero lo sigo. No intenta cogerme de la mano y tampoco abre
la boca. Me estoy poniendo de los nervios. Lo veo muy serio y no me
devuelve la mirada, aunque sé que sabe que lo estoy observando.
—Perdone, ¿tiene hora? —le pregunta a Pedro una mujer de negocios
madurita.
Él se saca la mano del bolsillo y mira el reloj. Hago una mueca al ver
las marcas en su muñeca. La mano sigue amoratada por la paliza que le
pegó a su coche, y yo no he hecho más que empeorarlo.
—Son las diez y cuarto. —Le lanza su sonrisa, la que se reserva para
las mujeres, y ella se derrite en el asfalto delante de él.
La mujer le da las gracias y yo me pongo tan celosa que me hierve la
sangre. La muy sinvergüenza se aproxima más a la edad de Pedro que yo.
No me creo que no lleve encima un móvil en el que consultar la hora. Todo
el mundo tiene móvil hoy en día. Además, ¿por qué no se lo ha preguntado
al tipo gordo, calvo y de mediana edad que tenemos delante? Pongo los
ojos en blanco y espero a que Pedro decida seguir caminando.
Se pasa unos instantes destrozando a la mujer con su sonrisa
aplastante, asegurándose de que recibe un pleno impacto. Luego echa a
andar y yo lo sigo. Miro atrás y veo que la mujer no nos quita ojo de
encima. ¿Cómo se puede ser tan descarada y estar tan desesperada? Me río
para mis adentros. Yo también estoy desesperada cuando se trata de Pedro,
y también me vuelvo descarada.
Cruzamos la calle y nos acercamos al Ritz. Me quedo atónita cuando
se abren las puertas y Pedro me hace un gesto para que entre. ¿Vamos a
desayunar en el Ritz?
No digo nada de camino al restaurante, donde nos hacen tomar asiento
en un sitio de lo más elegante y obsceno. Este lugar no le pega a pedro. Y a
mí, aún menos.
—Tomaremos huevos benedictina, los dos, con salmón ahumado y
pan integral; un capuchino doble sin chocolate y un café solo. Gracias. —
pedro le devuelve la carta al camarero.
—Gracias, señor —responde él. Luego coge mi servilleta de tela cara
y me la coloca en el regazo. Repite el mismo movimiento, con el mismo
cuidado, con la de pedro. Y a continuación se va.
Miro el lujoso entorno, lleno de gente rica y de buena familia. Estoy
incómoda.
—¿Qué tal el día? —me pregunta él como si nada, sin rastro de
emoción en la voz. Todavía me hace sentir más incómoda, y la pregunta
me lleva a su presencia amenazadora al otro lado de la mesa pija. Se quita
la servilleta del regazo y la deja sobre la mesa. Me mira impasible.
¿Qué diablos le contesto? Está siendo un día muy raro, y eso que no
son ni las once. Por ahora, he averiguado qué edad tiene, he usado un
vibrador, lo he esposado a la cama y lo he dejado allí, y ahora estoy
desayunando en el Ritz. Desde luego, no es mi típico día en la oficina.
—No estoy segura. —Soy sincera porque tengo la sensación de que
habrá más rarezas que añadir a la lista.
Baja la mirada y sus largas pestañas abanican sus pómulos.
—¿Quieres que te cuente cómo va mi día?
—Como quieras —susurro. Mi voz está cargada de todo el
nerviosismo que tengo en el cuerpo.
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