Sacudo la cabeza con incredulidad. ¿Por qué no se levanta y saluda al
público? A pesar de su engreimiento, ha sido bastante increíble y la escena
me ha hechizado, aunque ahora me siento bastante violenta. Pedro ha estado
ahí, ha hecho esas cosas, y lo ha hecho con muchas mujeres. Algunas de
ellas están en esta habitación. ¿Con cuántas y hasta dónde ha llegado?
Pedro dobla la muñeca y me doy cuenta de que le estoy agarrando la mano
con fuerza. Lo miro a la cara y relajo la presión.
Él me observa atentamente, como adivinando mis pensamientos. Se
vuelve por completo hacia mí y me coge de la otra mano.
—Tú no eres exhibicionista, Paula, y eso hace que te quiera más si
cabe. Eres mía, y sólo mía, y yo soy sólo tuyo. ¿Entendido? —dice con una
voz cargada de preocupación. Sabía lo que estaba pensando.
De repente me deshago, mi corazón se detiene durante un instante
demasiado largo y me tambaleo ligeramente hacia adelante. Pedro me
estrecha contra sí y apoyo la frente en su hombro. Su cuerpo es firme,
cálido, y es mío.
—Joder —susurra mientras su pecho se hincha con una respiración
profunda—. No tienes ni idea de cuánto te quiero. —Me besa la cabeza—.
Vamos, quiero bailar contigo. —Se aparta y me cobija bajo su brazo para
dirigirnos hacia la puerta. Después de ver todo esto, ¿quiere bailar
conmigo? Se inclina hacia mí—. Me apuesto lo que sea a que estás mojada
—dice suavemente. Me quedo sin aliento y él se ríe para sus adentros—.
Sólo para mí —me recuerda. Ni que fuera necesario.
Miro por encima del hombro y me quedo pasmada. La mujer se ha
puesto de rodillas, y uno de los hombres se inclina sobre su espalda y la
penetra por detrás mientras que otro se arrodilla delante de ella y le
introduce el pene en la boca silenciando sus aullidos. Abro los ojos como
platos ante ese cambio tan radical. Los dos la percuten, cada uno desde un
extremo de su cuerpo, y el tercero empieza a rondar el amasijo de cuerpos
postrados. ¿Qué diablos se dispone a hacer?
«¡No puede ser!»
Observo sobrecogida cómo coge algo de un mueble cercano y se
arrodilla detrás de ella. El otro hombre sale de su cuerpo y le separa las
nalgas para proporcionarle acceso a su culo. Tengo que irme de aquí. He de
marcharme ahora mismo, pero me quedo paralizada al ver que le introduce
algo. No tengo ni idea de qué es, pero es grande y sólo se lo mete hasta la
mitad. No puedo apartar la vista. Después se retira y deja que el otro
hombre vuelva a penetrarla lanzando un grito antes de colocarse boca
arriba debajo de la mujer. Le agarra un pecho con una mano, levanta la
cabeza, le toma el otro con la boca y se lleva la mano libre a la polla.
Madre mía. Pedro tira de mi mano. Lo miro y veo una expresión de
cautela en su rostro. Mi cara debe de ser un poema. Por favor, no puede ser
que él también haya hecho eso.
—Vamos, ya has visto suficiente —dice, y tira de mí hacia la puerta
que me alejará de todo esto. Joder, mi pobre e inocente cerebro acaba de
ver la realidad de este lugar.
—¿Pedro?
—Calla, Paula. —Sacude la cabeza sin mirarme. Sabe lo que estoy
pensando. Vuelvo a sentirme violenta, más que antes si cabe—. Sólo te
necesito a ti —dice, negándose todavía a mirarme a los ojos.
—¿Tú has...?
—Te he dicho que te calles. —Continúa arrastrándome, y decido no
insistir. Dudo que me diera una respuesta. No quiero ni imaginármelo así.
Cuando llegamos a la puerta, Natasha interrumpe nuestra huida. Está
desnuda, excepto por un par de bragas de seda microscópicas. Se acerca a
nosotros con las tetas bamboleando. No sé adónde mirar.
—Llevas demasiada ropa, Pedro —ronronea.
¿Qué? Después de lo que acabo de soportar, sin duda pretende
llevarme al límite. Siento ganas de abofetearla. Mi mano forma un puño y
se me tensa la mandíbula, pero Pedro desvía nuestro camino y la sortea.
—Haz el favor de tener un poco de respeto, Natasha —le suelta.
Mi ira se torna complacencia con la tajante respuesta de pedro ante la
impertinencia de Natasha conforme salimos del salón comunitario
dejándola ahí plantada.
—Yo también quiero enviar una nota recordatoria —digo de forma
sarcástica mientras me guía de vuelta al piso inferior por la escalera.
Alguien tiene que poner a esas mujeres en su sitio. Son una panda de
perdedoras maliciosas y desesperadas.
Él se echa a reír.
—Como quieras,Paula.
¿En serio? Eso nos ahorraría tener que abordarlas a todas y cada una
de ellas por separado lanzándoles advertencias. Puede que le tome la
palabra, y también puede que elabore otra nota recordatoria para los
empleados con el mismo asunto. Aunque de ésas sólo necesitaría una
copia. ¿Cuántas copias necesitaría para las socias femeninas?
—¿Quieres tomar algo? —pregunta Pedro cuando nos acercamos a la
barra. —Sí, por favor. —Intento que no se note que estoy herida, pero
fracaso estrepitosamente.
Me mira con su expresión pensativa y empieza a morderse el labio. Se
arrepiente de haberme llevado arriba. Y yo también me arrepiento de haber
subido. Eso no me ha ayudado en mi intento de superar el pasado de Pedro.
—¿Por qué me has llevado allí? —pregunto. Él sabía lo que iba a ver.
Yo no sé qué era lo que esperaba, pero desde luego eso no.
—Quieres que sea más abierto contigo.
Tiene razón. Y también me arrepiento de eso. Nunca podré borrar esas
imágenes de mi mente, aunque no veo a unos extraños arrodillados o dando
placer. Sólo veo a Pedro. Siento náuseas, pero me lo he buscado.
—No quiero volver ahí jamás.
—Entonces no lo harás —responde inmediatamente.
—Y tampoco quiero que vuelvas tú. —Estoy siendo poco razonable
pidiéndole que evite el epicentro de su negocio.
Él me observa con detenimiento.
—No tengo ninguna necesidad de subir ahí. Lo único que necesito lo
tengo en estos momentos al alcance de la mano, y quiero que siga siendo
así.
Asiento y recorro su cuerpo con la mirada.
—Gracias —digo en voz baja sintiéndome culpable por exigirle esto,
y más culpable todavía por el hecho de que haya accedido sin ofrecer
ningún tipo de resistencia.
Me aparta el pelo de la cara con suavidad.
—Ve a buscar a Kate y yo iré a encargar las bebidas.
—Vale.
—Vamos. —Me da la vuelta y me insta a marcharme.
Atravieso el salón de verano y evito pasar por el aseo, aunque tengo
ganas de orinar. La pista de baile está llena, y veo a Kate al instante. Su
pelo rojo destaca entre la multitud. Entro en la pista justo cuando empieza
a sonar Love man, de Otis Redding, y Kate chilla, entusiasmada por mi
llegada y por la canción.
—¡¿Dónde estabas?! —grita por encima de la música.
—Visitando el salón comunitario —digo encogiéndome de hombros,
pero entonces la terrible imagen de Kate participando en alguna de las
escenas que se desarrollan en esa estancia invade mi mente. ¡No, por favor!
Sus grandes ojos azules se abren de par en par a causa del asombro, y
en su rostro pálido se forma una enorme sonrisa. Eso no ayuda a borrar de
mi mente esos pensamientos espantosamente insoportables. Me coge de la
mano y yo me agarro el vestido para unirme a ella. Sam y Drew están muy
borrachos y bailan dándolo todo y atrayendo la atención de muchas
mujeres en la pista de baile. A Kate no parece importarle. Sigue
cogiéndome de la mano y pone los ojos en blanco al ver a su compañero
descarriado con su descarada sonrisa de siempre. Está tan tranquila y tan
segura como de costumbre, pero Sam, por lo visto, no tanto. Pronto se
aproxima y la aparta de un hombre que baila demasiado cerca de ella para
su gusto.
De repente doy un brinco y casi me da un ataque de pánico cuando una
espalda se pega contra la mía, pero entonces me invade su olor y vuelvo la
cara hacia la barbilla que descansa sobre mi hombro.
—Hola, preciosa mía.
—Me has asustado.
—¿Cómo has sabido que era yo? —pregunta.
—Por instinto —respondo sonriéndole.
Él me devuelve la sonrisa.
—Vamos a bailar.
Se agacha y me levanta ligeramente el vestido. Después se pega a mi
espalda y me lleva consigo. Empieza a mover las caderas lentamente, con
la palma de la mano pegada a mi vientre, y me guía por la pista. Muevo las
caderas yo también y bailamos sincronizados y al ritmo de la banda, que
está haciendo una versión increíble de la famosa canción. Echo la cabeza
hacia atrás y me río al ver su brazo suspendido en el aire, subiendo y
bajando mientras aprieta las caderas contra mí. Nuestros movimientos
circulares se aceleran y deceleran al ritmo de la música, y yo me balanceo
de un lado a otro y hacia adelante y hacia atrás.
Kate y Sam están pegados como lapas, y Drew agarra a una mujer que
lo estaba pidiendo a gritos.
Coloco la mano sobre la que Pedro tiene pegada a mi estómago y dejo
que haga lo que quiera, sin reservas y sin preocuparme por las decenas de
mujeres que nos rodean, quienes, conscientes de pronto de la presencia de
Pedro en la pista, han empezado a dar lo mejor de sí en cuestiones de baile.
Sus intentos por llamar su atención son totalmente en vano. Su barbilla
descansa con firmeza sobre mi hombro mientras sigue golpeándome con
sus gloriosos movimientos rotatorios y sin importarle lo más mínimo
quién nos esté mirando. Está centrado en mí.
—Joder, te quiero —me dice al oído. Entonces me besa la sien, me
agarra de la mano y me hace dar una vuelta para atraerme de nuevo contra
su pecho.
Los bailarines aplauden y la banda empieza a tocar Superstition de
Stevie Wonder. Kate suelta un alarido detrás de mí.
—¿Seguimos bailando? —Pedro enarca una ceja con una sonrisa
segura y empieza a moverme de un lado a otro.
—Vamos a beber —ruego.
—No puedes seguirle el ritmo a tu dios, dulce seductora —dice con
voz grave.
Somos los únicos que estamos abrazados. Todo el mundo a nuestro
alrededor está entregado a la última oferta de la banda. Pedro tiene razón:
son muy, muy buenos.
Me pasa la nariz por un lado de la cara y empieza a trazar lentos
círculos con ella.
—¿Eres feliz?
—Hasta la locura —respondo sin vacilar. Es la pregunta más fácil que
jamás haya tenido que responder. Lo pego aún más contra mí. Hay
demasiado espacio entre nosotros.
—Entonces, mi misión aquí ha terminado.
Hunde el rostro en mi cuello e inspira profundamente. Yo sonrío de
pura dicha mientras me abraza con fuerza, cobijándome entre sus brazos.
Jamás había sido tan feliz, y sé que no podría serlo con nadie más. Puedo
superar lo de su pasado.
—Tu dulce seductora se muere de sed —digo tranquilamente.
Siento cómo ríe contra mi cuello.
—Dios no lo quiera —dice, y me suelta por obligación—. Vamos, no
quiero que me acusen de desatenderte. —Me da la vuelta entre sus brazos y
empieza a guiarme fuera de la pista de baile.
Cuando llegamos al final, de repente soy consciente de que la cálida
palma de Pedro se ha despegado de mi zona lumbar y me vuelvo para
buscarlo. Al instante veo el rostro alarmado de mi hombre cuando cuatro
mujeres (dos de las cuales son la voz número uno y número tres del baño)
lo agarran y lo acarician mientras lo arrastran de nuevo hacia la pista de
baile.
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