Abro los ojos y me desperezo. Estiro el cuerpo con ganas por toda la cama, haciendo ruido, contenta y
satisfecha. Luego sonrío y lo oigo en el baño; está abriendo el grifo de la bañera, recogiendo los
productos de aseo que necesita, y después remueve el agua para formar espuma. El hombre que amaba
los baños es un hombre de palabra. Vamos a meternos juntos en la bañera y seguro que no faltará
nuestra típica conversación, aunque lo cierto es que no sé si esto último me apetece hoy.
Me desplazo al borde de la cama gigante, llevo mi cuerpo desnudo al baño y me apoyo en el
marco de la puerta. Está sentado en una silla junto a la ventana, con los codos sobre las rodillas,
contemplando los jardines de La Mansión. También está desnudo y se le marcan todos los deliciosos
músculos de la espalda. Tiene el pelo húmedo del vapor que llena el baño. Podría pasarme todo el día
mirándolo, pero incluso desde aquí y de espaldas, sé que los engranajes de su cabeza están trabajando
a mil por hora. Y también sé a qué le está dando vueltas. Está pensando que estoy negando lo evidente,
y no me cabe la menor duda de que también está rumiando cómo mantenerme en casa, pegada a él.
Mañana es lunes, por tanto, tengo que ir a trabajar.
Mi hombre imposible, neurótico y controlador.
Mi ex donjuán.
Mi marido.
Necesito tocarlo.
Me acerco muy despacio por detrás. Mis ojos se deleitan más y más a cada paso que doy y siento
ese familiar cosquilleo en la piel, las chispas que aparecen cuando nuestros cuerpos están cerca. Me he
puesto tensa y también estoy conteniendo la respiración.
—Sé cuándo estás cerca, mi preciosa mujer —dice; ni siquiera le hace falta mirar—. Nunca vas a
conseguir pillarme por sorpresa.
Mi cuerpo se relaja, los pulmones se vacían de aire cuando dejo de contener la respiración. Me
pongo delante de él y me siento en su regazo, con la cara pegada a su pecho.
Me rodea con los brazos y me huele el pelo.
—¿Intentabas darme un susto?
—Pero no hay manera.
—No lo conseguirás nunca. ¿Cómo te encuentras?
Sonrío pegada a su pecho.
—Bien.
—Bien —contesta abrazándome con fuerza—. No vayas a trabajar mañana.
Me encojo en su regazo a pesar de que sabía que me lo iba a pedir y de que me siento aliviada
porque no ha sacado el otro tema. Acepté casarme con él tan pronto si él aceptaba que no habría luna
de miel y que tenía que relajarse con lo de ser tan sobreprotector y tan imposible. No obstante, la
intuición me decía que Pedro iba a ser incapaz de cumplirlo. Lo miro y veo que me está suplicando con
la mirada.
—Necesito trabajar.
Niega con la cabeza.
—No. Necesitamos estar juntos.
—Ya estamos juntos.
—Ya sabes a qué me refiero —gruñe—. El sarcasmo no te pega, nena.
No vamos a ninguna parte, así que me levanto y me acerco a la bañera.
—¿Qué haces? —me pregunta cuando estoy de espaldas a él.
No me hace falta volverme para saber que me está lanzando una mirada asesina.
—Voy a bañarme.
Me meto en la bañera y me siento, pero casi al instante me muevo un poco hacia adelante para
dejarle sitio. Suelta un bufido de desaprobación y se acerca.
Se mete y se sienta detrás de mí, me atrae hacia su pecho y se lanza directo a por mi oreja. Me
muerde el lóbulo y gruñe.
—Ya te lo he dicho: no te resistas.
—Pues deja de ser tan poco razonable —respondo, cortante.
Me da otro mordisco, más fuerte, en el lóbulo de la oreja.
—No hay nada poco razonable en querer mantenerte a salvo, eso también te lo he dicho antes.
—Quieres decir en mantenerme pegada a ti. —Cierro los ojos y dejo que mi cabeza se relaje
contra su pecho mientras mis manos le acarician los muslos fuertes y mojados.
—No. —Sus dedos se entrelazan con los míos—. Lo que quiero es mantenerte a salvo.
—Ésa es una excusa para poder seguir siendo imposible.
—No. Es que me vuelves loco.
—Te vuelves loco tú solito. Mañana voy a ir a trabajar y vas a dejarme, sin montar una escena ni
coger un berrinche. Lo prometiste. —Tengo que recordarle que hicimos un trato, aunque sé que no se
le ha olvidado y que en el fondo le da igual no cumplirlo.
Siento su boca en mi oreja otra vez, y uso todas mis fuerzas para reprimir un gemido.
—Y tú has prometido obedecerme. Creo que los votos matrimoniales pesan más que las promesas
hechas antes del matrimonio —replica apretándose contra mi trasero—. Creo que alguien necesita un
polvo de entrar en razón.
Doy un respingo y salpico agua por todas partes. Me encantaría que me echara un polvo de entrar
en razón, pero ni aun así voy a dar mi brazo a torcer.
—También prometiste dejar de echarme polvos de entrar en razón porque acordamos que su
único propósito era que yo te diera siempre la razón. —Empiezo a arrepentirme de esa promesa. El
polvo de entrar en razón implicaba sexo duro.
—Amar, respetar y obedecer —susurra, y mi cara se vuelve sola al oír esa voz grave, suave y
ronca. Mi boca no tarda en encontrar la suya—. Es razonable, ¿no?
—No —suspiro—. Casi nada de lo que me pides es razonable.
—Pero que tú y yo estemos juntos sí que tiene sentido. —Me consume con la boca—. Dime que
tiene sentido.
—Lo tiene.
—Buena chica. Ponte derecha para que pueda enjabonarte. —Se aleja de mi boca y me siento
abandonada. Me empuja lejos de él—. Vamos a desayunar con tu familia y luego te llevaré a casa,
¿trato hecho?
—Trato hecho.
Me muero de ganas de irme a casa, aunque no tengo ninguna gana de ver a Kate y a Dan. Qué
chica más tonta. Ni siquiera voy a intentar averiguar en qué estaba pensando porque no lo entenderé
nunca, y sospecho que ni ella misma lo entiende. ¿Se acordará siquiera? Estaba como una cuba. Y
Sam. Refunfuño para mis adentros. ¿Cómo voy a mirar a Sam a la cara sabiendo lo que sé?
—¿En qué piensas? —me pregunta Pedro devolviéndome a la realidad.
—En Kate —respondo—. Estoy pensando en Kate y en Sam.
—Ya te he dicho...
—Pedro, no me digas que no es asunto mío —lo corto sin titubear—. Kate es mi mejor amiga. Es
como estar viendo a un tren descarrilar a cámara lenta. Tengo que impedirlo.
—No, lo que necesitas es ocuparte de tus asuntos, Paula —me riñe sin piedad—. Ya está.
Deja la esponja en el borde de la bañera y se levanta, sale y coge una toalla.
—Lávate el pelo. —Se seca y se enrolla la toalla alrededor de la cintura—. Quizá podrías mostrar
la misma preocupación por un pequeño detalle de nuestra relación del que tenemos que hablar.
Me taladra con una mirada de expectación y me olvido de Sam y de Kate en el acto, aunque no
me entusiasma su nueva pasión por hablar. Me sumerjo en la bañera de agua jabonosa. No estoy lista,
y me doy cuenta de que su nueva pasión por hablar sólo emerge cuando es él quien elige el tema de
conversación.
No lo estoy viendo, pero sé que ha puesto los ojos en blanco. Como si quiere pasarse así todo el
día. Por ahora, voy a llevar el asunto a mi manera. ¿Que cómo voy a hacerlo? Pienso enterrar la cabeza
mucho más hondo que el avestruz, ni más ni menos.
Entramos en el restaurante de La Mansión cogidos de la mano y nos reciben aplausos y vítores,
pero lo primero que noto, además de la algarabía, es que Kate está hecha un asco y que, desde la otra
punta de la sala, Dan mira fijamente a Pedro.
Mi marido o bien no se da cuenta o bien decide ignorarlos, porque me coge en brazos y camina
hacia una de las mesas, me deposita en una silla enfrente de mamá y papá y se sienta a mi lado.
—¡Cariño! —El chillido emocionado de mi madre me taladra los oídos—. Ayer fue un día
maravilloso, a pesar de cierto hombre imposible. —Mira a Pedro.
—Buenos días, Alejandra —dice él al tiempo que le dirige una sonrisa deslumbrante a mi madre,
que pone los ojos en blanco, aunque yo sé que está conteniendo una sonrisa afectuosa—. ¿Qué tal,
Miguel?
Mi padre saluda con la cabeza mientras corta una salchicha.
—Perfectamente. ¿Lo pasasteis bien ayer?
—De maravilla, gracias. ¿Os están tratando bien? —Pedro mira en derredor para comprobar que
el personal del restaurante está atendiendo a los invitados que quedan.
—Demasiado bien —se ríe mi padre—. Nos iremos después de desayunar, por lo que quiero
aprovechar la ocasión para agradecerte tu hospitalidad. Fue un día realmente especial.
Sonrío ante la elegancia de mi padre. Sus buenos modales nunca fallan. Me alegro de que se lo
hayan pasado bien.
—¿Dan va a volver con vosotros? —pregunto intentando que suene natural.
—No, ¿no te lo ha dicho? —dice mi padre.
Pedro unta mantequilla en una tostada, coge mi mano y deposita en ella la tostada con una
inclinación de la cabeza. Es su forma de decirme que coma.
—¿El qué? —pregunto antes de hincar el diente en la corteza.
—Se va a quedar una temporada en Londres —explica ella. Luego empieza a quitarles la grasa a
las lonchas de beicon de mi padre y yo me atraganto.
—¿Qué?
—Que va a quedarse en Londres, cariño.
Sabía que no lo había oído mal. Miro al lugar en el que Dan está sentado con la tía Angela,
aunque es evidente que no está escuchando ni una palabra de la cháchara de mi tía. No, sólo tiene ojos
para Kate.
—¿Por qué? Pensaba que tenía que expandir la escuela de surf y que tenía mucho trabajo por
hacer. Son malas noticias. Dejo la tostada en el plato y Pedro la recoge y me la vuelve a poner en la
mano.—
Dice que no hay prisa, y yo no voy a protestar. —Mi madre acepta el café que le sirve Pablo, y
luego él me ofrece una taza a mí.
—Sin chocolate y sin azúcar —confirma.
Lo miro y le sonrío con afecto.
—Gracias, Pablo.
Vuelvo a dejar la tostada en el plato y Pedro la coge de nuevo.
—Come. —Me la coloca en la mano que tengo libre.
—¡No quiero la puta tostada! —le espeto con brusquedad, y en nuestra mesa todo el mundo deja
de cortar, comer y hablar.
—¡Paula, esa boca! —contraataca Pedro.
Mi madre y mi padre nos miran alucinados desde el otro lado de la mesa. Yo también estoy
alucinada, pero no veo la necesidad de que me obligue a comer, y desde luego no veo por qué Dan
tiene que quedarse y complicar una situación que ya es complicada de por sí. ¿A qué está jugando? No
soy tan ingenua como para creer que se queda porque Pedro no le cae bien o porque está preocupado
por mí.
Ignoro la mirada incrédula de mi marido y las caras de sorpresa de mis padres y me levanto de la
mesa.—¿Adónde vas?
Pedro se levanta detrás de mí.
—Paula, siéntate —dice en tono de advertencia pese a que mis padres están delante.
Ya debería saber que le importa un pepino dónde y con quién estemos. Se cabreará conmigo o me
hará suya donde quiera y cuando quiera. Mis padres no son un obstáculo.
—Siéntate y desayuna, Pedro.
Intento alejarme, pero su mano es más rápida y me coge de la muñeca.
—¿Perdona? —Se echa a reír.
Lo miro a los ojos.
—He dicho que te sientes y que termines de desayunar.
—Sí, eso he oído. —Tira de mí para que me siente y me coloca la tostada en la mano, luego se
me acerca y me pega la boca al oído—. Paula, no es el momento ni el lugar para que te pongas chula, y
muestra un poco de respeto cuando tus padres estén delante.
Su mano se posa en mi rodilla y me acaricia el interior del muslo desnudo.
—Me gusta tu vestido —susurra.
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