sábado, 26 de abril de 2014
Capitulo 197 ♥
Les sonrío con dulzura a mis padres, que han vuelto a sus respectivos desayunos. Los tiene bien
puestos. ¿Que yo les muestre un poco de respeto? Aprieto los dientes cuando roza la costura de mis
bragas y me sopla al oído. Estaba perdiendo la batalla, así que me satura a caricias para recuperar el
poder. Maldito sea. Aprieto los muslos y cojo mi taza de café con manos temblorosas mientras él
sigue derritiéndome con su aliento ardiente en el oído y mis padres continúan desayunando tan
tranquilos. Ya han pasado un tiempo con nosotros y se han acostumbrado a que Pedro necesite estar
tocándome constantemente.
Se aparta y me dedica una mirada de capullo satisfecho. Sí, esta vez ha ganado, pero sólo porque
tiene toda la razón del mundo. No es ni el momento ni el lugar, sobre todo porque mis padres están
delante. Sé que a él tampoco le habrá gustado la noticia que acaba de darnos mi madre. Mi marido y
mi hermano no se llevan bien, y más me vale ir acostumbrándome porque sé que ninguno de los dos
va a ofrecerle al otro una rama de olivo.
—Pedro tiene razón, Paula —interviene mi padre, lo que me deja de piedra—. No deberías usar ese
lenguaje.
—Sí. —Mi madre está de acuerdo—. No es propio de una dama.
No me hace falta mirar a mi marido para saber que todavía está más pagado de sí mismo ahora
que cuenta con el apoyo de mis padres.
—Gracias, Miguel —dice, me da un golpecito con la rodilla por debajo de la mesa y yo se lo
devuelvo.
—¿Para cuándo la luna de miel? —pregunta mi madre, sonriéndonos desde el otro lado de la
mesa.—
Para cuando diga mi mujer —contesta Pedro mirando mi tostada—. ¿Cuándo crees que
podremos irnos, señorita?
Me lleno la boca con otra esquina y me encojo de hombros.
—Cuando tenga tiempo. Tengo muchas cosas pendientes en el trabajo, mi marido ya lo sabe. —
Lo miro, acusadora, y él me sonríe—. ¿De qué te ríes?
—De ti.
—¿Qué tengo de gracioso?
—Todo. Tu belleza, tu forma de ser, tu necesidad de volverme loco. —Me coloca bien el
diamante—. Y el hecho de que seas mía.
Con el rabillo del ojo veo a mi madre que contempla embobada cómo mi hombre imposible
necesita ahogarme con su adoración.
—Ay, Miguel —suspira—, ¿te acuerdas de cómo era estar así de enamorados?
—Pues no —contesta mi padre con una carcajada—. Vamos, es hora de irse.
Se limpia la boca con una servilleta y se levanta de la mesa.
—Iré al baño y a recoger las maletas.
Mi madre no le contesta. Está demasiado ocupada sonriéndonos con afecto. Mi padre sale del
restaurante y yo miro a Kate. Está horrible, mucho más pálida que de costumbre. Hasta sus rizos rojos
parecen haber perdido su brillo de siempre. Está picoteando como una gallina unos cereales mientras
Sam charla animadamente, como si no se hubiera dado cuenta de que ella está en otra parte. Sé que
tiene una buena resaca, pero salta a la vista que el dolor de cabeza y el estómago revuelto son sólo
parte de lo que la tiene sumida en la miseria. Sam no puede ser tan tonto. Dejo de mirarlos y busco a
Dan en el otro extremo de la sala. Sigue sin quitarle ojo a Kate.
—¿Tú también te has dado cuenta? —me pregunta Pedro en voz baja al ver hacia adónde estoy
mirando.
—Sí, pero me han advertido que me meta en mis asuntos —respondo sin apartar la vista de mi
hermano.
—Cierto, pero no te dije que no pudieras darle un toque a Dan para que la deje en paz.
Me vuelvo hacia Pedro, que no se da cuenta de la cara de sorpresa que se me ha quedado y se pone
de pie cuando mi madre se levanta para abandonar la mesa.
—Volveré en seguida para despedirme.
Se alisa la falda y sale del restaurante después de darle a Kate una palmadita en la espalda. Ella le
sonríe un poco, luego me mira un instante y rápidamente mira a otra parte. Dejo escapar un suspiro y
me pregunto qué voy a decirle a mi casi siempre feroz amiga. Parece estar pasándolo fatal, pero no
puedo evitar estar enfadada con ella.
Rápidamente me acuerdo de lo que Pedro ha dicho antes de que mi madre nos dejara.
—¿Quieres que le diga a mi hermano que se esfume? —inquiero.
Me mira con cierto recelo mientras vuelve a sentarse.
—Creo que necesita que alguien le dé un toque. No quiero hacerlo yo y que por ello te enfades
conmigo, así que deberías ser tú la que hablara con él.
Ya he intentado hablar con él y sé que hace oídos sordos, pero no voy a contárselo a Pedro porque
entonces decidirá intervenir.
—Hablaré con él. —Dejo la tostada en el plato—. Y no tengo hambre, así que no empieces.
—Tienes que comer, nena. —Intenta coger de nuevo la tostada y le doy un manotazo.
—No tengo hambre. —Mi voz no podría sonar más autoritaria—. Ya podemos irnos a casa.
Después de despedir a mis padres, pasar de mi hermano y decirle a Kate que la llamaré mañana
por la mañana, me sientan en el DBS y me llevan de vuelta al Lusso, mi hogar, el lugar en el que Pedro
y yo viviremos como marido y mujer.
Abro la puerta del coche, salgo y dejo escapar un grito de sorpresa cuando me cogen en brazos.
—¡Que tengo piernas! —me río pasándole los brazos por el cuello.
—Y yo tengo brazos. Estos brazos se crearon para abrazarte. —Me besa en los labios y cierra la
puerta del coche de un puntapié antes de echar a andar hacia el vestíbulo del edificio—. Voy a meterte
en la cama y no voy a dejar que te levantes hasta mañana por la mañana.
—Trato hecho —accedo. Espero que tenga en mente un poco de sexo duro, porque no me apetece
nada el rollo tierno.
Me olvido un instante de Pedro y dirijo toda la atención al mostrador del conserje cuando éste se
detiene y nos mira con unos ojos como platos.
¿Eh?
Yo también abro mucho los ojos. Detrás del mostrador hay un tipo con la oreja pegada al
auricular del teléfono, y no es Clive. Estoy casi segura de que no es él. Me muerdo los labios y sonrío
para mis adentros. Esto va a poner a Pedro en modo posesivo al estilo rinoceronte. Permanezco en
silencio mientras valoro la situación, aunque tampoco es que haga falta valorarla mucho. Mi marido
está de pie en mitad del vestíbulo, el nuevo conserje sigue hablando por teléfono y los dos se miran
fijamente. Luego el hombre me mira, y casi me echo a reír cuando oigo gruñir a Pedro. Por Dios, va a
aplastar a ese pobre chico hasta dejarlo hecho puré. Me abrazo con fuerza a sus hombros y espero a
que tome la iniciativa y siga andando, pero parece como si hubiera echado raíces.
—¿Dónde está Clive? —le pregunta al nuevo sin tener en cuenta que está hablando por teléfono.
Me revuelvo para intentar que me suelte, pero él se limita a mirarme un instante y a sujetarme con
más fuerza—. No te muevas, señorita.
—Te comportas como un troglodita.
—Cállate, Paula. —Sus fulminantes ojos verdes vuelven a acribillar al pobre chico, que ya ha
colgado el teléfono—. Clive —insiste Pedro, cortante.
El nuevo conserje sale de detrás del mostrador y no puedo evitar mirarlo de arriba abajo. Es muy
mono. Tiene el pelo rubio pajizo bien cortado, los ojos castaños rebosantes de alegría, y es alto y
esbelto. No está tan bueno como Pedro, pero sigue siendo un hombre joven, lo que para mi marido
equivale a ser una amenaza.
—Voy a trabajar con Clive, señor. En realidad, tendría que haberme incorporado hace algún
tiempo. —Suena asustado, y hace bien—. Por razones personales he tenido que retrasarlo.
Se acerca y le ofrece la mano.
—Me llamo Charlie, señor. Espero poder ayudarlo en todo lo que... necesite ayuda. —Está hecho
un manojo de nervios.
Me revuelvo otra vez. Me siento como una idiota en brazos de mi señor posesivo mientras el
nuevo conserje se presenta. Parece un chico dulce y sincero, pero Pedro no me suelta.
—Señor Alfonso —replica él, cortante, ignorando la mano que le ofrece el chico.
—Encantada de conocerte, Charlie —digo entonces ofreciéndole la mano, pero Pedro da un paso
atrás.
¡Por todos los santos! Lo miro y veo que sigue mirando fijamente al joven. Esto es ridículo. No
me es fácil pero me suelto, doy un paso adelante y vuelvo a ofrecerle la mano al nuevo conserje.
—Bienvenido al Lusso, Charlie —sonrío y él me estrecha tímidamente la mano. El pobre no va a
volver si no intervengo.
Clive ha estado trabajando sin parar desde que los vecinos se mudaron. Ya no tiene quince años,
necesita un relevo.
—Gracias, Paula. Encantado de conocerla —sonríe, y he de decir que tiene una sonrisa bonita, pero
me percato de la mirada de recelo que lanza por encima de mi hombro—. ¿Vive en el ático?
—Sí.
—Han llamado de mantenimiento para avisar de que ha llegado la puerta nueva de Italia.
—Fantástico. Muchas gracias.
—Que la coloquen cuanto antes —gruñe Pedro.
—Ya lo han hecho, señor —sonríe Charlie con orgullo cogiendo unas llaves de su mesa y
sosteniéndolas en el aire.
Pedro se las arrebata de las manos de un tirón antes de arrojarle las llaves del coche de mala
manera.
—Súbenos las maletas.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario