lunes, 28 de abril de 2014

Capitulo 206 ♥


No es que se me acelere el pulso..., es que se me para el corazón. No lo he visto desde el lunes,
y está más irresistible que nunca, si es que eso es posible. Estoy segura de que Jay lo ha llamado y sé
que, probablemente, me sacará a rastras del bar, pero eso no me impide recorrer con la mirada sus
vaqueros, ascender a su camiseta blanca y seguir con su cuello y su cara, esa que me vuelve loca de
placer incluso cuando estoy cabreada con él. No parece estar enfadado y tampoco parece que haya
estado bebiendo. Se lo ve descansado, sano y tan espectacular como siempre. Y lo mismo opinan
todas las mujeres que hay en el bar. Se han percatado de la presencia de ese espécimen arrebatador
que se pasea por el local. Algunas incluso lo siguen. Está acentuando los andares. Sus ojos verdes se
posan en mí un instante y mi corazón vuelve a latir... muy, muy de prisa. Tiene el rostro impasible y
me mira unos segundos antes de apartar la vista sin siquiera saludarme. Luego sigue andando,
seguido por un grupo de mujeres.
Estoy destrozada. La cabeza me da vueltas y busco una explicación para su ausencia de cuatro
días. ¿Dónde ha estado? ¿Qué ha estado haciendo? Salta a la vista que no está llorando la pérdida. Se
lo ve arrogante, seguro de sí mismo y guapo hasta dar asco, igual que el día que lo conocí. Son
rasgos familiares pero, ahora mismo, acentuados. Sabe el efecto que tiene en mí y en todas las
mujeres que le lamen los talones.
La incertidumbre y los celos me están matando, y sigo sin poder dejar de mirarlo, observando
cómo noquea a las mujeres que lo rodean con esa puta cara. Se deshacen a sus pies.
Sí, ahí está. Mi marido. Parece como si acabara de aterrizar del planeta de los hombres
perfectos. Entorno los ojos al ver a una mujer morena vestida de rojo acariciándole el brazo, y tengo
que contenerme para no ir a arrancárselo. Lo dejo estar. Es evidente que no le molestan. Me río para
mis adentros. ¿Que me necesita? Sí, ya lo veo.
Soy consciente del silencio que reina en nuestro grupo. Desvío la mirada del bastardo de mi
marido y veo que Kate no me quita los ojos de encima. Tom está babeando, como todas las demás, y
Victoria está arañando el suelo del bar con sus tacones de infarto. Es un silencio incómodo. Niego
con la cabeza, me río y bebo un buen trago de vino. Llevaba toda la noche dándole sorbitos. Miro de
reojo en su dirección. Sabe que lo estoy observando. Si quiere jugar, que se prepare.
—Vamos a bailar —digo.
Me bebo lo que queda de mi vino, dejo la copa sobre la barra con estruendo y me abro paso
entre los pequeños grupos hasta que estoy en la pista de baile. Cuando me vuelvo, compruebo que
mis tres leales amigos se han unido a mí.
Kate está nerviosa. Intento cogerle la copa pero se la bebe.
—No seas tonta, Paula —me advierte, muy seria—. Sé que todavía estás embarazada.
Intento encontrar algo con lo que contraatacar, pero no se me ocurre nada. Así que, por hacer
una estupidez como una casa, me vuelvo cabreada al bar. Sé que Pedro me está mirando. Y Kate,
también. Pero eso no me impide pedir otra copa y bebérmela de un trago antes de volver a la pista de
baile.
—¡¿Qué intentas demostrar?! —me grita mi amiga—. Si quieres que piense que eres imbécil, lo
estás consiguiendo.
Si no hubiera bebido, sus palabras me habrían tocado la fibra sensible. Me da igual.
Tom suelta entonces un chillido que hace que me olvide de mi cabreada amiga. Le brillan los
ojos cuando el DJ pincha Clubbed to Death de Rob D. Se me abalanza.
—¡Dame un silbato, unos pantalones cortos y súbeme a la tarima! ¡Ibiza!
Pongo la mente en blanco y dejo de pensar en mi hombre imposible. La música se apodera de
mí, mi cuerpo se mueve al ritmo de la canción. Levanto los brazos por encima de la cabeza y cierro
los ojos. Estoy en mi mundo. Sólo soy consciente de la música a todo volumen.
Estoy perdida.
Atontada.
Destrozada.
Pero él está cerca.
Puedo sentirlo. Puedo oler su agua fresca acercándose y luego me toca. Mis brazos caen cuando
su mano se desliza por mi vientre, su entrepierna contra mi culo, su aliento en mi oreja. Me rodea y,
aunque sé que debería rechazarlo, no puedo hacerlo. Mi mente sigue en blanco y empiezo a moverme
con él cuando me besa el cuello. Su polla dura se me clava en la espalda. Estoy indefensa, no puedo
evitar ladear la cabeza para que me bese. Tengo el cuello tenso, hipersensible a su lengua
implacable, que sigue su trayectoria hasta el oído. Su respiración es ardiente, lenta y controlada. No
puedo contenerme. Gimo y me aprieto contra su cuerpo.
La música parece sonar más alto ahora. Me sujeta con más fuerza que antes y, cuando abro los
ojos, veo que me está sacando de la pista de baile. Podría intentar detenerlo pero no lo hago. Lo sigo,
me lleva por el pasillo que conduce a los baños. Todo parece moverse a cámara lenta, borroso. Lo
único que veo con claridad son sus anchas espaldas. Nos acercamos al final del pasillo, echo la vista
atrás y veo que Jay nos está mirando. Luego Pedro se vuelve y asiente antes de abrir la puerta de un
baño para discapacitados y empujarme adentro. La puerta se cierra rápidamente. Echa el pestillo en
un segundo y con su cuerpo me empuja contra la pared. La música resuena con fuerza. Hay unos
altavoces integrados en el techo pero me obliga a bajar la cabeza. Nuestras miradas se cruzan. Sus
ojos son verde oscuro, completamente turbios, y tiene la boca entreabierta. Jadeo, me coge por las
muñecas, me levanta los brazos y los clava a ambos lados de mi cabeza antes de morderme el labio
inferior y apartarse sin soltarlo. He perdido el control sobre mi cuerpo. El estómago se me revuelve
y envía las punzadas que martillean dentro de mí hacia abajo, hacia mi sexo. Lo necesito con
desesperación pero, con las manos clavadas en la pared y su cuerpo duro contra el mío, lo único que
puedo mover es la cabeza. Así que intento atrapar su boca pero me esquiva. Va a poner condiciones.
Cuando acerca los labios a pocos milímetros de los míos, confirma mis sospechas. Su aliento,
ardiente y mentolado, me llega a la cara pero entonces se aparta. Está jugando conmigo. Espero a que
me pregunte si lo deseo. Tengo mi respuesta más que preparada.
Una voz ronca escapa entonces de mi garganta:
—Bésame. —Se lo estoy suplicando, lo sé, pero no me importa. Lo deseo y lo necesito dentro
de mí. Su rostro sigue impasible pero me sujeta las muñecas con más fuerza y su cuerpo se aprieta más
contra el mío. Me acerca la cara, despacio. Sus ojos verdes me penetran por completo y me hace
cosquillas con los labios. Gimo e intento besarlo pero se aparta otra vez, todavía con cara de póquer,
todavía bajo control. Yo ya he perdido el mío y estoy a punto de enloquecer de desesperación.
—Bésame —le ordeno con brusquedad.
No me hace ni caso y junta mis muñecas para poder sujetarlas por encima de mi cabeza con una
sola mano. La otra desciende y me pone un dedo en la rodilla. Lentamente, comienza la tortura de ir
subiéndolo por mi muslo, la cadera, por las costillas, mi pecho, arriba, arriba, hasta que me tiene
agarrada del cuello, con el pulgar en la nuez y los otros dedos en la nuca. Se me ha acelerado el
pulso, el corazón se me va a salir del pecho y mis rodillas van a ceder en cualquier momento. Y
durante todo este tiempo me ha estado taladrando con sus adictivos ojos verdes. Quiero gritar de
frustración. Seguro que eso es lo que quiere. Trato de capturar de nuevo su boca pero esquiva mis
labios sin inmutarse y me hunde la cara en el pecho. Baja el escote del vestido con la barbilla y me
muerde una teta. Está repasando su marca.
Recuesto la cabeza contra la pared con los ojos cerrados, indefensa. La sensación punzante que
siento entre las piernas es insoportable, y tengo miedo de que me deje así. Ya lo ha hecho otras
veces. Está pasando por encima de mí. No tiene ningún derecho, pero yo tampoco se lo impido. Me
muero por sus caricias, por tocarlo, y ahora que ha empezado no quiero que pare.
La música es atronadora, tanto que uno pensaría que ahoga cualquier ruido, pero no. Mi
respiración febril es densa y jadeante. La de Pedro, en cambio, es lenta, superficial y controlada. Sus
tácticas lo mantienen tranquilo y bajo control. Sabe lo que se hace.
Estoy a punto de gritar de frustración, pero entonces hace que me dé la vuelta y me empotra
contra la pared. Mi cuerpo choca contra los azulejos. Ladeo la cara y apoyo la mejilla en la
superficie fría. Con la rodilla, me abre de piernas. Coge mis manos y las pone contra la pared
brillante. No necesita ordenarme que no las mueva. La firmeza con que las ha colocado en su sitio y
lo despacio que me ha soltado me dicen lo que se espera de mí. Eso, y que me ha pegado los labios
al oído. Cuando sus manos se posan en mis muslos y cogen el bajo del vestido, se me acelera aún
más la respiración. Luego se baja la bragueta y los pantalones. Impaciente, saco el culo, invitándolo.
Me da un azote en las nalgas y dejo escapar un grito de dolor.
—¡Joder! —jadeo, y me gano otro azote—. ¡Pedro!
Apoyo la frente contra los azulejos y mi aliento empaña de vaho la superficie negra y brillante.
¿Cuánto tiempo se va a pasar así? ¿Cuánto tiempo va a hacerme sufrir? Entonces tira de mis caderas,
me arranca las bragas y me la clava. Grito, sorprendida ante la repentina invasión, pero él permanece
en silencio, ni siquiera jadea, ni siquiera tiembla un poco. Se aparta despacio y se queda quieto un
instante antes de embestirme de nuevo. Se me tensa el estómago, la cabeza me da vueltas y mi frente
va de un lado a otro por los azulejos. No sé qué hacer. Vuelve a penetrarme, rápido y sin piedad, y
grito pero la música ahoga los sonidos que salen de mi boca. Se retira, despacio, y su mano abandona
mi cadera y se desliza por mi cuerpo hasta que me coge por la nuca. Me gira el cuello para que
vuelva la cabeza y entonces arremete contra mi boca. Gimo aceptando el beso y deleitándome con la
familiaridad. No me da ni la mitad de lo que necesito. Sólo era una muestra de lo que me he estado
perdiendo. Me deja con ganas de mucho más.
Se queda quieto como un muerto durante un par de segundos, luego mueve los pies y se prepara
para perder el control. Tira de mí para que vaya a su encuentro una y otra vez, cada estocada fuerte y
castigadora acercándome un poco más a mi objetivo. La gran explosión. Y justo cuando puedo
tocarla con la punta de los dedos, pedro sale de mí y me da la vuelta. Me levanta para que le rodee la
cintura con las piernas. Me la mete directamente y me abrazo a él mientras carga hacia adelante,
rescatando así mi orgasmo en ebullición. Echo la cabeza atrás y el calor de su boca me acaricia la
garganta. Me muerde, me lame y me chupa. Me echo a temblar cuando las oleadas que se expanden
por mi cuerpo se abren paso hacia mi clítoris, todas a la vez. Empiezo a gritar antes incluso de llegar
al clímax. Luego la presión se dispara y me catapulta a un abismo de placer embriagador y me hago
añicos, gritando a pleno pulmón, y sé que él también se ha corrido, aunque permanece en silencio. Mi
cabeza cae sobre el pecho y veo que su cara está empapada en sudor. Los ojos verdes miran al frente,
inmóviles, carentes de emoción. Me desconcierta. Enredo las manos en su pelo y tiro de él pero se
resiste. Lleva las manos a mis piernas y me baja. Estoy de pie, relativamente estable gracias a que
puedo apoyarme contra la pared. Desliza la mano por dentro de mis bragas, recogiendo nuestros
fluidos, y luego me la pasa por el pecho. Se enjuga la frente, se abrocha los pantalones y se va.


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